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martes, 4 de septiembre de 2018

PARA PENSARLO


Hace un tiempo recibí una curiosa invitación. Me convocaban como jurado de unhackaton, una de estas competencias cada vez más frecuentes en la cual varios equipos intentan resolver un problema. En esa ocasión, los grupos estaban integrados por empleados de la propia compañía organizadora y su meta era reinventar desde cero uno de los principales negocios de esta empresa. Cada equipo disponía de dos días para elaborar una propuesta y mi rol, junto a otras personas más, era escuchar las presentaciones finales y elegir al ganador.
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Cuando finalmente llegó el momento de las exposiciones, me llevé una gran sorpresa. ¡Todos diseñaron soluciones que eran esencialmente idénticas! Fue sumamente difícil elegir un ganador. Tal vez estés pensando que seguramente la causa era que, empujados por la inercia y los preconceptos, los participantes fueron incapaces de imaginar caminos novedosos. Pero no era el caso: todas las propuestas implicaban una transformación grande y muy necesaria, capaz de generar una mejora sustancial del negocio en cuestión.
El episodio me dejó desconcertado y durante días estuve pensando por qué habría pasado eso, hasta que finalmente se me ocurrió una explicación. En cualquier empresa, conviviendo a diario con los problemas que los usuarios tienen al interactuar con ella, casi todos los integrantes sabemos bien cuáles son las cosas que deberían cambiar. En el caso puntual de la compañía que organizó la competencia, aun sin haberlo conversado nunca entre ellos, existía un gran consenso respecto de qué estaba funcionando mal y de cómo arreglarlo.
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Me pregunté entonces, desconcertado de nuevo: ¿cómo podía ser que, pese a ello, la mayoría de las empresas den un servicio deficiente si todos están, tácita o explícitamente, de acuerdo en lo que debe ser corregido? La respuesta me la daría el tiempo. Ya pasó más de un año desde el día del hackaton y, a pesar de que todos coincidían en lo que había que hacer, nada de lo que se propuso ese día ha sido implementado aún.
Esta pequeña historia ilustra un principio general que aplica a la mayoría de las empresas, pero también a otros ámbitos de la vida. Cuando se trata de innovar, en muchos casos la barrera más importante no es saber qué hacer sino vencer los desafíos y resistencias que se presentan al hacerlo.
Mientras nos quedamos atrapados en los vericuetos de innovar, la tecnología nos dobla la apuesta. Poco después de la historia anterior di una conferencia para un gran banco de un país vecino. Terminada mi charla, el presidente del banco me invitó a conocer su flamante Centro de Innovación, una dependencia separada del resto de la organización cuya meta era, obviamente, "aportar innovaciones al negocio" del banco. Dados los masivos cambios que se vienen en la industria financiera, mi sugerencia fue que esa nueva área se llamara Centro de Disrupción y tuviera un objetivo diferente. Su misión debía ser destruir al banco. La razón es simple: si ellos no encuentran el Talón de Aquiles de su modelo de negocio, montones de emprendedores brillantes están ahora mismo intentando hacerlo. Es cuestión de tiempo.
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En definitiva, la innovación mejora incrementalmente lo que estamos haciendo. La disrupción aniquila lo anterior e instala en su lugar un modelo superador que deja al anterior obsoleto. Con el avance de la disrupción tecnológica, a todos se nos acerca ese momento de atrevernos a destruir nuestro propio trabajo y reemplazarlo por lo que viene, antes de esperar que otro lo haga por nosotros y nos saque del partido.

S. B.

lunes, 6 de agosto de 2018

PARA PENSARLO


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Romina y Esteban no conviven. No comparten gastos, viajan por separado con amigos al menos una vez al año y no planifican nada más allá del próximo fin de semana. Para ellos, la fórmula del éxito de una relación que ya lleva más de siete años se llama libertad. Juntos pero separados, en pareja pero sin ataduras. "Muchos amigos nos preguntan cómo hacemos, porque ven que lo nuestro funciona y quieren algo parecido en sus parejas. Nosotros les decimos que hay que animarse. Somos conscientes de que no entramos dentro del modelo de pareja tradicional. Ese modelo está obsoleto", dice Romina, que no quiere resignar su vida por estar "atada" a otra persona.
La de mantener casas separadas es una de las tantas estrategias que muchas parejas aplican en busca de la felicidad. No es la única. Otros se plantean convivir pero manteniendo su independencia financiera e incluso las salidas habituales que hacían mientras estaban solteros y aquellos viajes con amigos que tanto renuevan el espíritu. Los nuevos acuerdos apuntan a la individualización dentro de la pareja. Incluso, la monogamia puede no ser un factor determinante para que una pareja prospere. Los nuevos contratos suelen ser mucho más flexibles en cuanto a la exclusividad sexual al punto de que la infidelidad dejó de ser un tema determinante para separarse.
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Sin duda, los nuevos pactos de pareja están atravesados por la época. Por empezar, el avance de la mujer cambió las reglas. "En general hay dos grandes modificaciones. En primer lugar se generan hoy en día contratos menos asimétricos, en donde ambos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones, a diferencia de otros tiempos en los que el hombre tenía más derechos y menos obligaciones que la mujer -plantea Sebastián, psicólogo especialista en parejas, autor del libro ¡No te aguanto más!-. Por otro lado, el otro tipo de contrato que aparece hoy en los vínculos tiene que ver con acuerdos que desafían las cláusulas habituales e históricas: desde vivir en lugares diferentes hasta la relación abierta en términos sexuales".
En realidad, la vida en pareja nunca ha sido fácil. Cada período estuvo marcado por distintos acuerdos tácitos. Pero ahora se ha vuelto especialmente complicada para la vida de a dos. "Vivimos en una época en donde se prioriza lo individual por sobre lo grupal en general y eso también llega a la vida sentimental -describe -. Todas las parejas sanas necesitan construir un "nosotros" por sobre el "vos y yo". En ese sentido esa construcción que requiere de esfuerzo, compromiso y mantenimiento, se presenta muy complicada en tiempos de individualidad exacerbada y compromiso frágil".
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Los nuevos acuerdos surgen también de comprobar una y otra vez que la idea tradicional de pareja no asegura la felicidad. "Frente al fracaso de la fórmula clásica surgen nuevas alternativas que se postulan para reemplazar al estilo histórico -sostiene  La fórmula tradicional está en crisis, pero no creo que vaya a desaparecer nunca. Lo que sí va a suceder es que la fórmula que conocemos hasta el momento como la única va a pasar a formar parte de un grupo y dejará de ser la única para ser una junto con estas nuevas formas, que irán consolidándose de a poco", asegura el especialista.
Para Gabriela , psicóloga y fundadora de Conexión Positiva, un espacio de consultoría para parejas, "una cosa es la necesidad de mantener el propio espacio físico y otra mantener vidas completamente separadas. Si el nuevo contrato de pareja implica que el 90% de las cosas se hacen por separado, entonces eso ya no es una pareja. La pareja es una persona con la que uno quiere estar en los mejores y peores momentos. Y para eso se necesita tiempo. Es cierto: hoy las parejas comparten poco tiempo. Pero ese es el problema, no la solución".
No hay mejores o peores contratos. Ni los nuevos necesariamente son mejores que los viejos. "Cuando un acuerdo está atravesado por el amor requiere consenso, que ambos estén de acuerdo. Hay contratos más difíciles, que tocan fibras más íntimas de la relación, como el de la fidelidad. Los contratos como vivir en casas separadas, mantener una economía personal o abrir la pareja se vuelven complicados cuando uno de los dos no está convencido. El problema es que muchas veces uno de los dos acepta el contrato con una agenda oculta de que va a hacer cambiar al otro y en realidad las personas pueden cambiar, pero hasta cierto punto", sostiene.
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En el caso de Amorina y Sebastián  la no convivencia fue el primer gran acuerdo de pareja. De novios desde hace cinco años, el pacto implica que cada uno conserve su casa y sus espacios. "Vivimos juntos, pero en casas separadas. Está buenísimo porque yo en su casa me relajo, hago otras cosas. Por ejemplo, en el departamento de Sebastián miramos Netflix. En la mía no tengo ni cable, solo libros. Yo necesito momentos de soledad. Llego a la noche y me costaría no tener ese tiempo conmigo misma. Disfruto estando con el otro, pero también está buena esa soledad. Para mí es una manera hermosa de estar en pareja", asegura Amorina, cosmetóloga y maquilladora.
Aunque pasan la mayor parte del tiempo juntos, ella asegura que tener cada uno su casa ayuda a descomprimir en momentos de tensión. "Cuando hay una pelea, duermo en mi casa, en mi lugar. Me ayuda a estar tranquila y a la mañana siguiente, cuando me levanto, veo las cosas de otra manera", cuenta, y asegura que esta relación le llegó en un momento de realización profesional y personal. "Es importante que la mujer haya ganado su espacio para poder elegir qué tipo de vínculo de pareja quiere tener. Con el padre de mis hijas conviví muy poco tiempo y fue una experiencia dolorosa. Hoy no lo repetiría. No siento la necesidad de convivir con el otro, no siento que me estoy perdiendo de nada, porque lo que quiero compartir lo comparto y viviendo con él habría cosas que se perderían".
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Denise  en cambio, apostó por la convivencia con su novio después de varios años de relación. Para los dos significa la primera experiencia de techo compartido, aunque cada uno sigue con sus rutinas de casas separadas. Incluso, manejan una economía separada. "Ya teníamos cuentas separadas y las mantuvimos. Los gastos comunes los dividimos, cada uno paga algo diferente según lo que cada uno puede. Pero los gastos personales no se consultan: sé con qué plata cuento y si quiero comprarme algo lo hago. Lo mismo él", dice la psicóloga, que trabaja como maestra integradora.
En cuanto a la convivencia, Denise, de 27 años, asegura que se dio de manera natural: "Hace ocho años que salimos y nos fuimos a vivir juntos hace un año y medio. Al principio él tenía ganas de vivir solo, yo no me quería ir de mi casa. Hasta que tomamos la decisión de convivir y creo que la pareja cambió para bien: dividimos tareas, yo salgo por mi cuenta, él también. Cada uno mantiene lo suyo, no nos encimamos para nada".
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Denise  convive con su novio pero mantienen economías separadas
Libertad, igualdad
Más allá de algunos cuestionamientos a las nuevas formas de transitar la vida en pareja (algunos vislumbran menor dosis de compromiso), muchos otros destacan como positivo que los nuevos contratos incluyan la cláusula de la igualdad. Porque otra de las fórmulas que más beneficios traen para la vida en pareja es equilibrar las cargas en cuanto a derechos y obligaciones en el hogar. "Muchas parejas se han separado porque están formadas por una mujer del siglo XXI y un hombre del siglo XX. En la medida en que el hombre se aggiorna y se sensibiliza, las parejas pueden ser menos asimétricas y ser al mismo tiempo más sanas", plantea Girona.
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Maxi Kupferman, publicista de 36 años, cuenta que Pilar, su mujer, es feminista, al igual que toda su familia política. "Yo la conocí así, y me encanta. Las tareas en casa se reparten. Tratamos de que el criterio sea el de hacer lo que más le gusta a cada uno. Yo, por ejemplo, cocino. Hice un curso de gastronomía hace algunos años, nunca trabajé de cocinero, pero casi por una cuestión lógica soy el que cocina en casa", dice Maxi, papá de Olivia, de 3 años, y el hombre detrás de @papacocina, una cuenta en Instagram donde comparte sus recetas con sus más de 20.000 seguidores. El pollo al curry con arroz es su plato de batalla.
Además de cocinar, la crianza de Olivia es otra de las tareas que se reparten en partes iguales. Lo mismo que la vida social: "Nos conocimos de grandes, con una vida formada y con el grupo de amigos de hace años. Y tratamos de conservar eso, que cada uno salga y no deje de hacer lo que le hace feliz -dice Maxi-. El tándem juntos a todos lados no nos va. Funcionamos muy bien en pareja, pero también por separado".
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Probablemente no haya fórmulas que aseguren la felicidad para siempre, pero al menos hagan más sencilla la vida en pareja. No exigir tanto del otro puede ser un principio de solución. "Creo que lo que vuelve difícil la vida de a dos es la expectativa que se pone en el otro. Queremos una persona que nos divierta, que nos nutra intelectualmente, que sea mi mejor amigo, que sea un amante increíble y cumpla mis fantasías sexuales y además que sea el mejor padre o madre de mis hijos. Esto, combinado con la poca tolerancia a la frustración que tenemos todos hoy en día, hace que cuando el otro no cumple del todo mis expectativas agarremos el bolso y nos vayamos", sostiene
Y Girona admite: "La vida de pareja es y será compleja en parte porque nos cuesta pensar el amor y el vínculo en términos de esfuerzo. Nos gusta pensar más en la magia y en que todo tiene que fluir, y la verdad es que las cosas funcionan de otra forma. En gran medida, el contrato de una pareja regula el poder que circula dentro de ella, y si ese poder se distribuye equitativamente la pareja saldrá fortalecida".

L. R.

miércoles, 25 de julio de 2018

PARA PENSARLO


Los abuelos, la red de apoyo más importante de las familias porteñas
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Son los que cuidan a los nietos mientras sus padres trabajan, los que les preparan el almuerzo y también, cuando es necesario, los van a buscar a la escuela. Los abuelos son la red de apoyo más importante en siete de cada diez hogares porteños que reciben ayuda. Son ellos (en su mayoría, abuelas) las que "de paso, si total no me cuesta nada", también van al supermercado si hace falta comprar algo, ordenan los juguetes de los chicos, sacan la ropa del tender o riegan las plantas. Salvo en lo que se refiere a la limpieza general de la casa, su rol se sobrepone a todas las actividades.
Según los resultados de la primera encuesta sobre la caracterización de las familias porteñas, realizada el año pasado y difundidos ahora por la Dirección General de Desarrollo Familiar, junto con el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, los abuelos cumplen una función determinante en el cuidado de los nietos ante diversas circunstancias, y su colaboración es clave para que el andamiaje de la rutina familiar no se desmorone.
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Myriam  tiene 57 años y cuatro hijos, y hace tres meses llegó el primer nieto, Antonio. Está de estreno en su abuelidad, y ansiosa, dice, por comenzar a ejercer su rol parental full time, ya que como su hija Lourdes se reincorpora al trabajo, ella será la encargada de cuidar al bebé. "Todavía no salí a la cancha pero estoy encantada. Con mi marido teníamos muchas ganas de que llegaran los nietos, así que la prioridad ahora es Antonio. Yo no quiero ser para él una visita, entonces cuando mi hija nos preguntó si nosotros podíamos cuidarlo le dije que sí, que contara conmigo de manera incondicional. Hasta le armamos a Antonio un cuarto para él, porque los días que esté en casa quiero que se sienta cómodo, que tenga sus cosas, su espacio".
Myriam, que hacía yoga, salía a correr y tenía varias actividades en la semana, no se siente avasallada, dice, al menos por ahora. "Reacomodaré los horarios en función de Antonio. Mi ofrecimiento de cuidarlo fue voluntario, es algo que hago por placer, no por obligación".
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Como apunta Graciela Zarebski, directora de la carrera y posgrado en Gerontología de la Universidad Maimónides, las investigaciones demuestran que los abuelos cuidadores de nietos (en su mayor parte, abuelas), obtienen una mejor satisfacción con la vida y beneficios para su propia salud psicosocial. "Contribuye al envejecimiento activo, que es lo que hoy se promueve a nivel internacional. Además, el vínculo intergeneracional le permite al abuelo ubicarse como un eslabón en la cadena generacional, ya sea en lo familiar o en lo sociocultural, a través de la recuperación del legado de los antecesores y de su transmisión a los que siguen, actuando como puentes generacionales, consultores, consejeros y mentores, lo cual lo provee al adulto mayor de oportunidades esenciales para renovar el sentido de sus vidas y disminuir los sentimientos de soledad y depresión".
Y advierte: "Una condición para que el resultado sea satisfactorio, es que el cuidado de los nietos se realice en condiciones voluntarias, y no permanentes. Hoy, la adultez mayor se ejerce con más años de sobrevida sanos y con recursos suficientes para seguir siendo productivos en diversos órdenes de la vida".
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Cuidar, cocinar y planchar
Analía es la madre de Valentina, y hace dos meses se reincorporó a su trabajo en una empresa multinacional. "Valen nació prematura y no queríamos mandarla a una guardería, pero la verdad es que tampoco pensábamos en que una de las abuelas la cuidara todos los días. Como al principio comencé a trabajar desde casa, mi vieja empezó a darme una mano, y finalmente ahora la cuida ella. Yo estoy feliz", confiesa Analía, y reconoce que además de atender a la beba, su madre se ocupa de otras tareas de la casa.
"No me puedo quedar quieta, entonces mientras Valen duerme siempre hay algo para hacer. Colgar ropa, planchar algo, preparar alguna comidita. A mí no me molesta, y ellos me lo agradecen. Tengo amigas con nietos que solamente están disponibles determinados días porque tienen otras actividades. Dicen que quieren sentirse libre. Las entiendo, pero yo no me siento esclavizada", dice Nora 
De acuerdo con los datos del estudio, que entrevistó a 2400 familias, en cinco de cada 10 hogares, los abuelos realizan otras actividades como cocinar, servir alimentos y lavar los platos. Y la misma proporción hace tareas de lavado o planchado. Sólo el 30% se involucra en la limpieza general de la casa. Mientras que cuidar a los nietos es la responsabilidad mayor: siete de cada diez hogares donde hay bebés hasta niños de 14 años reciben ese tipo de ayuda.
"Necesitábamos tener una foto actual de las familias de la Ciudad de Buenos Aires para poder trabajar de forma preventiva en las distintas problemáticas. El trabajo nos aportó muchos otros datos relacionados con las dinámicas familiares, como el uso de la tecnología, la estimulación emocional de los chicos y su relación con el deporte -cuenta Adrián Dall' Asta, director general del área de Desarrollo Familiar-.Con ambos padres trabajando fuera de la casa, o muchas mujeres que están solas como jefas de hogar, el sostén está afuera, y la figura del abuelo es muy fuerte".
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Abuelas esclavas
Nora , aunque sin proponérselo, hace referencia al síndrome de la "abuela esclava", un concepto acuñado por la psicogerontología que se difundió a partir de la multiplicación de personas mayores que ejercen su rol parental full time y no tienen tiempo ni para ir al médico porque deben cuidar de los pequeños mientras sus padres trabajan y también cuando salen. La "abuelidad", entonces, se transforma en una obligación y no en un placer.
"En estos casos actúa en la abuela una gran carga de autoexigencia, o la imposibilidad de reivindicar algo para sí mismas o de pedir ayuda. En ocasiones, no detecta en su propio cuerpo las señales corporales de la sobrecarga que padece, lo cual le lleva a múltiples malestares y consultas", agrega Sabreski, que destaca la iniciativa del gobierno porteño de relevar la situación de las familias porteñas y los requerimientos de apoyos, donde los abuelos que asumen en numerosas ocasiones las tareas de cuidado de los nietos "se convierten en una fuente de soporte económico, psicológico y social para las familias actuales".
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Para la experta, además, la prolongación de la longevidad les permite a los adultos mayores conocer a sus nietos como niños, adolescentes y como adultos, y en algunos casos también como adultos mayores, "lo que constituye una oportunidad para entablar lazos afectivos más intensos y duraderos. "Básicamente, las funciones que cumple el abuelo o abuela son tres: en el plano intersubjetivo, hay mayor disponibilidad afectiva y temporal para compartir actividades, la posibilidad de ser proveedor de cuidados o menor ansiedad en la imposición de normas. En el plano intrasubjetivo, el nieto se internaliza un modelo positivo de llegar a viejo. Por último, el plano transubjetivo, relacionado con la genealogía familiar, donde el abuelo transmite a los nietos la historia familiar, la de los propios padres y su lugar de hijos, a la vez que padres".
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Con eso sueña Adrián  que a los 62 años se convirtió en abuelo de Antonio. "Tengo el recuerdo de mis dos abuelas todavía muy presente, y me gustaría poder ver crecer a mi nieto y contarle todas las vivencias de uno, de la familia. Ya trabajo poco, y aunque pueda sonar cursi, disfrutar de mis nietos es lo que más me importa en este momento".
Consejos para los abuelos cuidadores
Contar con una identidad flexible, disposición al cambio, a la solidaridad, a enriquecerse con la incorporación de lo nuevo, renovarse con el aporte de las nuevas generaciones.
No avasallar la función paterna o materna de su hijo o hija.
Cuando esto no se logra, abuelo y nieto se hacen cómplices contra los padres, ubicados imaginariamente en el lugar de poder, dando lugar así a múltiples malestares familiares.

S. V.

lunes, 18 de junio de 2018

PARA PENSARLO


Cómo dejar de ser una madre culposa
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Graciela culpaba a su mamá por haber sido demasiado estricta y poco cariñosa durante su infancia. Cuando sus tres hijos, Juan, Ramiro y Aldana, llegaron a la adolescencia, se descubrió repitiendo las conductas que tanto había reprobado en su madre, su severidad y poca expresión afectiva. Fue muy doloroso porque se había jurado cuando niña que, en caso de tener hijos, no sería con ellos como había sido su madre.
Pasaron unos años. Sus hijos se hicieron adultos. Juan, el mayor, doctor en bioquímica, era investigador en un importante laboratorio en Francia.
Una noche, hace pocos meses, Graciela despertó angustiada presa de una pesadilla. Veía a Juan como cuando era adolescente debatiéndose en medio de un mar embravecido, las olas lo cubrían, pedía auxilio, su cuerpo subía y bajaba mientras hacía señales desesperadas con sus brazos. Enloquecida ella corría hacia él y cuanto más corría más se alejaba sumida en la impotencia de salvarlo. La despertó su propio alarido. No podía quitar las imágenes de su cabeza.
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Eran las 4 de la mañana, ya las 9 en Francia, y corrió a buscar el celular como tabla de salvación. Había sido tan vívida la pesadilla que debía cerciorarse de que Juan estaba bien. Atendió enseguida, calmo y amable porque sí, todo estaba bien, "ninguna novedad mami, te dejo porque estoy llegando al trabajo". Había sido solo un mal sueño, nada que temer.
Pero Graciela no lo dejó ahí. Ese sueño fue para ella la representación de todo lo que creía que había hecho mal y necesitaba terminar con el peso que sentía por no haber sido lo buena madre que debía haber sido. Había soñado con Juan, de modo que empezaría con él. Tomó un papel y comenzó a hacer una lista de todas las cosas de las que se acusaba, hechos, circunstancias, palabras, conductas. Cubrió cuatro páginas, con fechas y descripciones de las cosas que estaba segura que había hecho mal con Juan y de las que debía ser expiada y perdonada. Se sentó ante la computadora y le escribió un correo con el pedido de que viera la lista y le respondiera por favor cómo había sido vivido por él y si consideraba que habían tenido consecuencias en su vida.
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Esa noche Juan la llamó alarmado: "¿Qué te pasa mamá? No entiendo nada, ¿estás psicótica?" "¿Por qué?" "Porque no sé de qué me estás hablando. Miré todas las cosas que decís y no me acuerdo de ninguna, nada". Graciela escuchó enmudecida. "Pero si querés, si eso alivia tu alma, te puedo escribir de lo que sí te acusé en su momento para que lo veas y me digas por qué o para qué lo hiciste. Pero dame unos días".
Y así fue. Una semana después entró un correo de Juan. Graciela dejó pasar unas horas. Al fin la curiosidad pudo más. Se dijo "¡ahora o nunca!" y abrió el mail. Estalló en una carcajada que le dibujó estrellitas de colores en el alma. Rió, sollozó, moqueó, siguió riendo y sonándose la nariz mientras leía la insólita respuesta de su hijo. La lista de Juan, tan larga como la suya, mostraba que se había tomado en serio el trabajo de rememorar momentos penosos, pero enumeraba cosas, situaciones y dichos de los que Graciela no tenía el menor recuerdo. Imprimió las dos listas, las enmarcó y las dejó a la vista. No le hizo falta hacer listas con sus otros hijos. Había entendido. No solo se alivió luego de tantos años de autoacusaciones, sino que también fue al cementerio y le pidió perdón a su mamá.

D. W

jueves, 7 de junio de 2018

PARA PENSARLO


Entre las ventajas de envejecer, está el privilegio de ir viendo cómo, casi sin darnos cuenta, el presente va convirtiéndose en pasado. Esta variedad de la percepción del tiempo es particularmente interesante cuando se refiere al arte. Los perfiles que eran nítidos empiezan a difuminarse, a veces a cambiar de signo, incluso extinguirse.
Me acuerdo bien, hace 20 años, de un poeta argentino que, en una lectura de poesía, tiraba besitos con las manos igual que lo hacía entonces un delantero del fútbol argentino. Eran los énfasis teatrales de la poesía argentina de los años 90, gestos alineados con sus supuestos: temas bajos y materiales bajos. De esa generación quedaron algunos libros inolvidables, los que menos adherían a esos signos de la época.
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¿Dije que envejecer nos confería el privilegio de ver cómo el presente se convierte en pasado? También nos regala el privilegio inverso: ver cómo, contra toda dialéctica histórica, el pasado se convierte en presente. El poeta futbolero era la parodia involuntaria de la pretensión vanguardista de disolver la distancia entre arte y vida. Esta semana, volvimos a escuchar una canción que parecía haber quedado donde tiramos los trastos viejos. La letra de esa canción dice: el arte debe incomodar. Esta idea le habría resultado un poco rara a un pintor de íconos bizantinos del siglo XII. Más bien, es una ambigua conquista de las vanguardias, que radicalizó después el arte contemporáneo. Las vanguardias pusieron la provocación en el lugar de la obra, en un giro que resultaba históricamente inevitable (todo lo que ocurre en la historia se nos revela como necesario). Pero ese canto de sirena del escándalo, propio de un período, conforma para muchos todavía una idea entera, y muy exigua, del arte, que comparten gestores, funcionarios y aventureros que se hacen pasar por artistas. Anything goes, todo vale, es la consigna relativista. Pero el arte no es relativista.
La provocación hace mucho ruido, pero dura muy poco, y, dado que cualquier intento de repetirla resulta estéril, se duplica la apuesta y se incurre en la ofensa religiosa, algo de lo que ya el cineasta Luis Buñuel había sacado a principios del siglo XX bastante provecho.
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La provocación, el efectismo, no es más que un efecto sin causa. El arte, en cambio, una causa sin efecto.
El arte, o digamos lo bello (cualquiera sean las máscaras que la belleza adopte), introduce una distancia siempre renovada. Cuando creemos acercarnos, lo bello vuelve a replegarse. Hay aquí una dimensión más profunda de la incomodidad, ese sentimiento desapacible que nos deparan (hablo por mí mismo) un quinteto de Schubert, un cuarteto de Beethoven, algunas piezas para orquesta de Helmut Lachenmann o una naturaleza muerta de Giorgio Morandi. El desasosiego proviene de que las obras (aun las antiobras) parecen anular por un momento la arbitrariedad del mundo. Nace además de que nunca terminamos de arrancarle a la obra su significado cabal, y es justamente esa perpetua condición elusiva aquello que las convierte en lo que son.
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El filósofo Roger Scruton
dio una explicación de esa lejanía: "El arte, tal como lo hemos conocido, se sitúa en el umbral de lo trascendental. Apunta más allá de este mundo de cosas accidentales e inconexas hacia otro reino, en el que la vida humana está dotada de una lógica emocional que hace que el sufrimiento sea noble y el amor valga la pena. Por consiguiente, nadie que esté atento a la belleza ignora el concepto de redención, de una trascendencia final del desorden mortal en un «reino de los fines». El arte sigue atestiguando los anhelos espirituales".
Pensándolo bien, desde de la perspectiva de Scruton, que escribió esas palabras hace apenas siete años, ¿quién incomoda más?: ¿los que se sirven del esnobismo para promocionarse a sí mismos y sustituir con la ofensa aquello de lo que espiritualmente carecen?, ¿o los anónimos pintores de íconos, que se ocultaron para siempre detrás de sus obras?

P. G.

martes, 5 de junio de 2018

PARA PENSARLO


El concepto mítico de pueblo es un peligro para la democracia
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Loris Zanatta
El lazo que une a los ciudadanos debe ser el contrato social compartido y no una idea esencialista
BOLONIA.- El pueblo es una categoría mítica". Eso dijo el papa Francisco hace algún tiempo. Nunca entendí bien lo que quería decir. O tal vez lo entendí tan bien que me asusta pensarlo.
Francisco lo explicó así: "Para entender cuáles son los valores de un pueblo, debemos entrar en el espíritu, el corazón, el trabajo, la historia y el mito de su tradición". Lo que se deduce de ello son tres rasgos: el primero es que el pueblo es uno, una es su tradición, unánimes son sus valores. El segundo es que el pueblo es un organismo natural y como tal es superior a la suma de los individuos que lo forman: el todo es superior a la parte, suele recordar el Papa. Como organismo, tiene "un corazón": tiene personalidad moral. El tercer rasgo es que si uno es el pueblo, una su historia, una su tradición, ¿qué será de quien no los comparta? El Papa es hombre de fe, pero tiene sus matices. Afortunadamente, porque la idea mítica de pueblo es la idea más ajena posible al pluralismo, que es la sal de la democracia.
Recordé la frase del Papa al enterarme de la telenovela de Pablo Iglesias, líder del partido político español Podemos, y su esposa, Irene Montero, también dirigente, que compraron un costoso chalet de 600.000 euros. ¡Muy agradable, a juzgar por las fotos!
Mezclar al Papa con un chalet tal vez sonará grotesco, pero es que la historia es grotesca. Lo que revela es que ellos también tienen una idea mítica del pueblo. No me importa la compra en sí: dichosos ellos. Y dejo de lado también la hipocresía, la doble moral: ¿qué más decir de quien se absuelve a sí mismo por actitudes que condena en los demás? El aspecto hilarante es la consulta de los militantes a su "pueblo". ¿Comprar un chalet será digno de los "valores de este pueblo"? Ni Dios ni la conciencia, es "el pueblo" el que decreta qué y quién es moral o inmoral. El pueblo mítico absuelve y condena, es juez de vicios y virtudes. La responsabilidad del individuo se arrodilla ante el "espíritu" del pueblo. Ciertamente no pasa por la mente del Papa o de Iglesias, pero hay pueblos que en nombre de su "historia" y su "tradición", de su "corazón", encuentran moral exterminar infieles, infibular niñas, imponer matrimonios, quemar viudas. Lindo mito, el del pueblo.
Esta idea mítica del pueblo retumba hoy en todas partes. Todo está claro, dijo el líder de la Liga Norte de Italia: "Es el pueblo contra las elites". No me suena nueva: "Seré el abogado del pueblo", le hizo eco un amigo de Beppe Grillo. Escúchenlo a Nicolás Maduro: en su pueblo mítico hay espacio incluso para Diego Maradona. ¿Maduro hace pasar hambre a los venezolanos? ¿Maradona acaba de firmar un contrato millonario en Bielorrusia? No importa: el pueblo purifica, el pueblo beatifica. ¿Hay mejor prueba de que el pueblo no son los pobres, sino que pobres son los que el pueblo mítico define como tales? Maradona es pueblo; muchos venezolanos hambrientos, no; Iglesias es pueblo a pesar de su hermoso chalet; muchos españoles que no pueden ni soñar con una casa así no son considerados pueblo.
El pueblo es un mito, una abstracción. No será coincidencia que Podemos haya reconocido su paternidad peronista: no porque sus líderes sean peronistas o porque peronistas sean el Papa y todos los demás; no trivialicemos. El punto es que todos ellos, peronismo incluido, son gemelos diferentes, miembros de una misma familia histórica. Una familia que tiene su inspiración en la idea de pueblo expresada con tanta inocencia por el Papa y con tanto cinismo por Podemos.
El concepto mítico de pueblo que los une, aunque lo desconozcan, es anterior y contrario al de la Ilustración: es el de un pueblo sin individuos, un pueblo "ético" que pretende imponer sus valores como moral colectiva; un pueblo que para defender su identidad puede estar tentado de aplastar como una enfermedad a quienes considere que atenten contra ella.
Podría ser que algo así funcione en una comunidad muy homogénea. Pero ¿qué pasa con las sociedades modernas, fragmentadas y plurales? El pueblo mítico de nuestro tiempo, el pueblo populista, es el heredero de esa noción antigua. Evocando la historia, la naturaleza o la moral, se pretende restaurar la unanimidad perdida o en peligro. La Inquisición y el gulag, el lager y la guerra santa son sus hijos: todas esas persecuciones se hicieron en nombre de la pureza moral de un pueblo mítico.
Esta visión es ajena a la idea de que el pueblo se base en la "lógica", como se complace en decir el Papa. En otras palabras: es ajena a la idea de que lo que llamamos "pueblo" sea un contrato social garantizado por la Constitución; una convención racional, no un mito natural. Ya sé que suena menos romántico y que no calienta los corazones. Pero es lo mejor para garantizar que el todo no elimine las partes; para defender el pluralismo y la libertad de los individuos.
Cuando el Papa, como en los últimos días, responde a aquellos que lo acusan de ser comunista afirmando, con sorna, que él solo es fiel al Evangelio, suena un poco superficial. Su definición de pueblo como categoría mítica, a pesar de sus buenas intenciones, no difiere de la de los populismos, comunismos y fascismos incluidos. Es un mito que ellos trasladaron al plan secular: en la política, en la cultura, en la sociedad. No será coincidencia que la historia de la Iglesia Católica esté llena de figuras que en los fascismos se ilusionaron con ver resurgir la cristiandad perdida y con muchas otras que repitieron hasta el cansancio que "el socialismo es el orden social más cercano al Evangelio": no el socialismo democrático, sino el cubano, venerado por tantos teólogos de la liberación.
Considerando el difundido miedo a la modernidad que lo fragmenta todo, a la tecnología que lo hace todo tan rápido y a las migraciones que todo lo mezclan, no es de extrañar que hoy haga estragos una cierta nostalgia de unanimidad. La palabra sagrada que resuena en todas partes, "pueblo", es el mejor síntoma. Los líderes de Podemos se han dirigido a este pueblo mítico: al someterse al veredicto de sus compañeros no apelaron a la ética de la responsabilidad, sino a la fe y la culpa. ¿Somos pecadores? Esta fue, después de todo, su pregunta angustiada.
Pero si este es el caso, si no es su conciencia la que los llama a la coherencia, sino la vox populi a establecer el veredicto, Iglesias y Montero pueden dormir sueños tranquilos: el pueblo mítico los ha absuelto y perdonado. Expiado el pecado, podrán volver a pecar y a pegarles a los pecadores; nadie es más amoral que los moralistas: total, ¿a quién le puede importar un chalet frente a tantas tragedias? Se creen que son posmodernos, son lo más antiguo del mundo.

Historiador, profesor de la Universidad de Bolonia

jueves, 31 de mayo de 2018

PARA PENSARLO


En la bella película Il Postino, Mario Ruoppolo, cartero de una aldea de pescadores del sur de Italia, descubre la poesía de la mano de un residente ilustre hasta cuya casa debe ir todos los días a alcanzarle la profusa correspondencia que le llega al correo. En la ficción, esa persona es Pablo Neruda.
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A lo largo de una trama agridulce, el personaje inspirado en el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada lo invita a mirar con nuevos ojos las maravillas que habitan en su pequeño mundo, a descubrir sugerencias insospechadas en las mil formas de las olas o en los sonidos de ese poblado que parece suspendido en el tiempo. La poesía que habita en todas las cosas. Para que Mario entienda de qué le habla, Neruda le explica esa singular cualidad sirviéndose de "metáforas", una figura literaria que Mario se esfuerza por entender y que repite como un mantra que puede elevarlo por encima de su realidad cotidiana.
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He aquí un punto de contacto entre dos creaciones humanas que pueden parecer antagónicas, pero que comparten la misma fascinación ante los misterios del mundo, la ciencia y la poesía. Más allá de su utilidad, lo que enamora de la ciencia es que, tras su muro de abstrusos términos técnicos, es, como la poesía, una generadora de metáforas que hacen volar la imaginación. Basta con conversar con alguno de los físicos que estudian temas de frontera para sentirse Alicia del otro lado del espejo. En sus teorías, ellos hacen malabarismos con la eternidad y el infinito con la misma familiaridad con que, bajo la carpa del circo, diestros saltimbanquis hacen equilibrio sobre una cuerda mientras lanzan al aire y reciben con inverosímil rapidez objetos coloridos.
En jornadas que reúnen a las mentes más brillantes del momento, por ejemplo, se baraja la hipótesis de que nuestro universo es "un holograma", como sostiene el premio Nobel Gerardus 't Hooft, que no hace mucho pasó por el Instituto Balseiro, en Bariloche.
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Entre otras cosas, allí se discutió sobre qué ocurre en las regiones más enigmáticas del universo, los agujeros negros, esos objetos que desafían las leyes de la física relativista. En la geometría extrema que da lugar a estos cuerpos, descriptos como modelos matemáticos antes de que se contara con evidencia alguna que delatara su existencia, la gravedad es tan poderosa que todo lo devora, y nada, ni la luz, puede salir. Si las teorías actuales son correctas, allí se verifican los fenómenos más extraños que puedan imaginarse. Por ejemplo, el tiempo corre más despacio, y desde la perspectiva de un observador externo eventualmente se detendrá.
Como cuenta Hawking en su Historia del tiempo, si un astronauta se aventurara en su interior y les fuera enviando señales a sus compañeros que aguardan "afuera", a medida que avanzara, los intervalos entre estas serían cada vez más largos hasta que, entre la penúltima y la última transcurriría... una eternidad.
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Se piensa que dentro de los agujeros negros hay un punto en el que la densidad y la curvatura del espaciotiempo llegan a ser infinitas y conforman lo que los físicos llaman una "singularidad". Es más: según sugieren sus ecuaciones, ocurre algo muy loco: el tiempo se convierte en espacio y el espacio, en tiempo.
También contemplan la posibilidad de que se den dos agujeros negros con un único interior. En una reciente charla en el Centro Cultural de la Ciencia, Juan Martín Maldacena describió este fenómeno como "un animal con dos cabezas" que podría unir regiones que están a millones de años luz de distancia.
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El año último, en un esfuerzo por obtener la primera imagen del "horizonte de sucesos" de una de estas bestias salvajes, se enfocaron ocho poderosos radiotelescopios hacia el que habita en el centro de la Vía Láctea. Más de cien científicos están procesando los datos reunidos. Tal vez pronto nos sorprendan con una maravillosa metáfora cósmica. Poesía ciento por ciento.

N. B.

martes, 29 de mayo de 2018

PARA PENSARLO Y PREGUNTARSE



En El periodista deportivo, la novela de 1990 de Richard Ford, Frank Bascombe -39 años, un divorcio, un hijo muerto- dice esto: "A mitad de camino de la vida suceden y se sufren muchas cosas: tus padres pueden morir, tu matrimonio puede transformarse o incluso terminar, un niño puede sucumbir, tu profesión puede empezar a parecerte vana. Puedes perder toda esperanza. Cualquier cosa puede hundirte. En cambio, es difícil decir cuál es la causa, ya que, en un sentido muy importante, todo es causa de todo".
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Los 40. La imagen mental que muchos tenemos de nuestros padres en los años de formación: una corbata, una coronilla que empieza a ralear, un 504 metalizado que surfea con plenitud la madurez joven. La edad de Don Draper. La representación de la adultez para un baby boomer, el momento de la asunción de las derrotas para un generación X, Dios sabe qué para un millennial. Demasiado viejos para escuchar trap, demasiado jóvenes para conformarnos con los restos del rock & roll.
Los 40 son, de alguna manera, la hora de la verdad. Como escribió Pamela Druckerman en The New York Times hace un par de semanas, a los 40 "ya no nos estamos preparando para un futuro imaginado. Nuestra vida real, indiscutiblemente, está ocurriendo en este preciso momento". Podés seguir postergando tus sueños, pero ya no podés hacerte el tonto.
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El escritor Enzo Maqueira me dice que desde que cumplió 40 lo persigue la sensación de que "es ahora o nunca". "Por más lejos que esté, ya se ve el final del camino. No es tan claro que falte vivir lo mismo que llevo vivido". Las expectativas pueden seguir estirándose, pero él no se enfoca en lo cuantitativo, sino en el declive de intensidad: "No tengo ganas de empezar de cero nada que se parezca a una vida normal -dice-, pero tampoco tengo el valor para mandar todo a la mierda y ser eso que alguna vez pensé que iba a ser: un extraterrestre, un aventurero, Hemingway. Tener 40 es también resignarse a que uno es un tibio más".
Esa tibieza puede ser vista como virtud. Un amigo psicólogo y músico asegura que con los 40 aprendió a no dar batallas innecesarias. Otro, docente universitario y jugador de póquer, me dice que los 40 lo encuentran dedicándole mucho tiempo y energía a "la idea de mantenimiento" (de objetos, del propio cuerpo) y que logró controlar su tendencia a los excesos: "Aprendí a encontrar placer en la moderación".
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La idea de que a los 40 uno se vuelve sabio y capaz de aplicar la Plegaria de la Serenidad es una ilusión, pero también es cierto que tenemos otra conciencia de nuestras armas y nuestros límites. ¿Es esa una forma de rendición? Quizá. Pero también puede ser la comprensión de que nuestra experiencia particular en la danza del cosmos no es nada excepcional.
Otro gran amigo, un agente de viajes de 39 años, me dice que sus preocupaciones de los 20 ahora le parecen pavadas y sabe que a los 60 le pasará algo similar con respecto a los 40. La mediana edad es saber que las cosas siempre pueden empeorar, y eso también implica valorar la ración de felicidad que nos toca.

P. P.

jueves, 10 de mayo de 2018

PARA PENSARLO

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En el siglo V, antes de Cristo, Sófocles, Esquilo y Eurípides fundaron en Grecia la tragedia teatral, el más poderoso y trascendente de los géneros que ha dado este arte, acaso porque sus mecanismos se ratifican una y otra vez en la vida real. Algo conocían estos creadores acerca de las pasiones y emociones humanas. Así, el primero de ellos dijo: "Para quien vive con miedo todos son ruidos sospechosos". Una advertencia que suena muy vigente en tiempos como los actuales, cuando la paranoia se disemina con facilidad.
Una paradoja marca a la época. Un extraordinario avance tecnológico y científico corre aparejado con temores que se multiplican y amplifican, de tal modo que, más que la sociedad del conocimiento podría llamarse sociedad del miedo. Miedo a enfermedades que parecen renovarse con la misma prodigalidad que los tratamientos que prometen combatirlas. Miedo a componentes de alimentos que parecen más amenazantes que nutrientes. Miedo a los aviones, a caminar por las calles en horarios y lugares más amplios a pesar de que miles de cámaras nos vigilan (¿o nos espían?), miedo a los que no pertenecen al barrio, a la familia, a la etnia, a la religión, al país. Miedo a lo desconocido, que más aumenta cuanto más conocemos, y a los desconocidos, que en un mundo cuya población crece son cada vez más. Curioso efecto contradictorio de la globalización, que parece encerrarnos (en pantallas, redes sociales, buscadores, edificios vigilados, coches blindados) en lugar de abrirnos al mundo real y a sus espacios verdaderos, no virtuales.
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Se nos venden seguros sofisticados o absurdos. Seguros contra todo, como si fuera posible vivir con riesgo cero. La tecnología y la ciencia nos prometen seguridades que no pueden brindarnos, porque el imponderable, lo inesperado, lo azaroso son inherentes a la vida y le otorgan valor. La inmortalidad o la seguridad absoluta anularían nuestra imaginación, nuestra creatividad, nuestra esperanza, nos llevarían a una vida sin propósitos y sin sentido.
Hay dos formas de miedo, señalan los médicos españoles Juan Gervás y Mercedes Pérez-Fernández en su libro La expropiación de la salud, poderoso y sólido alegato contra la industria de la enfermedad. Una es el miedo natural y otra el miedo cultural. La primera es ancestral y se relaciona con los peligros directos contra la vida: animales salvajes, eventos de la Naturaleza, armas, serpientes, rayos, etcétera. Miedo cuya función es preservarnos. Existirá siempre, anularlo es como anular el sistema inmunológico. Tiene una función evolutiva, dicen Gervás y Pérez-Fernández, acompaña el peligro y lo evita, y es común a todos los seres humanos.
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El miedo cultural, en cambio, es un miedo aprendido, que se incorpora a partir de las creencias, los mitos, los prejuicios de una familia o una comunidad. Varía según el contexto histórico y múltiples factores. Es el miedo que, multiplicado en innumerables versiones, se convirtió en signo de los tiempos. Mientras el miedo natural nos instrumenta, el cultural paraliza. O peor, anula la capacidad de pensar, de reflexionar, de comparar. Acaso el miedo al extranjero, al refugiado, al que se aparta de lo conocido, al diferente en todas sus expresiones, al que no piensa igual sean las formulaciones más disfuncionales de este miedo, que llevan a escuchar ruidos sospechosos en cualquier sonido. Paranoia significa, etimológicamente, estar afuera de la propia mente. Perder los recursos que nos permiten diferenciar lo real de lo imaginario, lo cierto de delirante. Acaso sea tiempo de no tener miedo a los miedos, para poder atender a los que nos protegen de verdad y rechazar los que nos aíslan y enfrentan.

S. S.

lunes, 23 de abril de 2018

PENSEMOS UN POCO

En enero de 2010, el jefe de la policía iraní Ahmadi Moghaddam confesó, sin ningún prurito, que "las nuevas tecnologías nos permiten identificar a los conspiradores y a los que están violando la ley sin necesidad de controlar a toda la población individuo por individuo". Donde este funcionario decía conspiradores, otros controladores de estas tecnologías podrían decir consumidores, usuarios, aficionados, partidarios. Cuando hace pocas semanas quedó en claro, debido al escándalo de Cambridge Analytics y su manipulación de datos de 50 millones de personas con fines políticos, que Facebook es ante todo un reservorio para la cosecha y posterior tráfico y negociación de datos personales, se derrumbó el mito de la neutralidad de Internet. Ni esta ni otras redes sociales (o buscadores, como Google) tienen como primer propósito servir a la comunicación e información o crear comunidades humanas, sino recopilar antecedentes de sus usuarios (búsquedas, gustos, hábitos de conexión y navegación, posteos, contenidos de correos electrónicos) para personalizar luego campañas publicitarias, políticas, o del fin que se ofrezca. Una vez recogida, esa información convierte al internauta en un blanco (eso significa target) sobre el cual disparar. O, si se quiere ser menos crudo, sobre el cual influir, empujar en cierta dirección y hacerle mirar ciertas cosas mientras se le ocultan otras. Eso se llama Big Data. Y nada tiene de neutralidad.
Lo que ocurrió con Cambridge Analytics y Facebook no es inocente, a pesar del tardío, oportunista y poco creíble arrepentimiento de Mark Zuckerberg, creador de la red social. Solo que esta vez fue, además de grosero, denunciado. Y tampoco es novedoso. Pensadores, ensayistas y especialistas en el tema lo vienen advirtiendo desde hace tiempo, entre ellos Evgeny Morozov, Nicholas Carr, Tristan Harris o José Van Dijck (investigadora holandesa, conviene aclararlo dado su nombre de pila). Para estar a tono, el lector puede googlearlos para seguir sus libros y escritos. De manera que los usuarios escandalizados o que se sientan ofendidos estarían pecando, en cierto modo, de ingenuidad o desinformación, lo que se sería paradójico en este caso.
El uso indiscriminado y adictivo de las redes sociales es pornográfico, como lo califica el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han (en libros como La sociedad de la transparencia, En el enjambre o Psicopolítica). Todo está a la vista, todo está explícito, no hay metáfora, no hay misterio, no hay recato ni pudor. "Cada uno es su propio panóptico", dice Han, en referencia a la prisión así llamada e imaginada por el filósofo británico Jeremy Bentham en 1791, cuyo diseño permite al carcelero observar a todos los prisioneros sin que estos sepan si los vigilan o no. 
En su defensa Zuckerberg y sus colegas podrían decir que ellos no roban datos, puesto que los usuarios los entregan voluntaria y profusamente en cada interacción. Ellos solo comercian y manipulan tales datos, pero sin coacción. Así, lo que el Gran Hermano de 1984, la clásica y vigente novela de George Orwell (1903-1950), obtenía por medio de la intimidación, la persecución y la violencia, se consigue hoy amable y graciosamente.
La culpa no es del chancho, dice el viejo refrán. En este caso sí lo es, pero hay además una gran responsabilidad del que le da de comer, del que elige vivir en las redes antes que en la vida real, del que se desprotege arrojándose a un mundo virtual olvidando que su existencia encontrará sentido en el mundo real, el de experiencias intransferibles, el de prójimos de carne y hueso. Usar las redes e Internet es una cosa. Ser usado es otra. Encontrar la diferencia es importante.

S. S.

jueves, 19 de abril de 2018

PARA PENSARLO POR JUAN JOSÉ CRUCES


JUAN JOSÉ CRUCES
Las inversiones de funcionarios en el extranjero han irritado a la opinión pública, aun a sectores afines a Cambiemos. Analizamos aquí dicha tenencia a la luz de la buena praxis financiera. El análisis invita a una pregunta más profunda: ¿cómo hacer para que suba la inversión aquí?
En parte, la irritación se debe a que invertir en el exterior ha sido históricamente una manera de evadir impuestos. Pero una cosa no implica la otra. Debemos convencernos de que pagar impuestos es el precio de vivir en una sociedad civilizada. De modo que me referiré a la inversión internacional que ha sido declarada ante la AFIP.
Esta es una discusión teñida de hipocresía. Como reacción a las históricas violaciones al derecho de propiedad sobre sus ahorros en pesos, bonos y acciones locales, los argentinos han decidido hace décadas atesorar dólares como vehículo preferido de ahorro. Pues tener dólares en el colchón es tan fuga de capitales como invertirlos en el exterior. Solo que es un poco peor para nuestra economía, porque el ahorro en el colchón sale del circuito productivo y no genera ningún rendimiento, mientras que las inversiones internacionales pagan una renta. De hecho, comprar dólares es darle un crédito de largo plazo a tasa cero al gobierno de Estados Unidos. Vale notar que el país de la tierra con más dólares en el colchón per cápita es, precisamente, la Argentina. Esta desgracia ilumina lecciones importantes. Pero ensañarse con los funcionarios que hacen algo similar al resto de la sociedad, es poco conducente a nuestro progreso, aparte de ser una impostura.
En la organización moderna de las finanzas existe una separación, por la cual las familias asignan su ahorro entre distintos activos, y son las empresas e inversores institucionales quienes deciden en qué países y proyectos invertir.
Pero no todo es capital financiero. Para la mayoría de las personas, el principal componente de su riqueza es el valor de sus salarios futuros. De modo que sus inversiones financieras deben verse en conjunto con sus ingresos laborales. Los riesgos argentinos afectan tanto a las inversiones radicadas aquí como a los futuros salarios. En ese sentido, una firma internacional que está diversificada globalmente tolera mejor el riesgo argentino que cualquiera de nosotros. Ello no es por falta de patriotismo nuestro, sino que resulta de su menor exposición a este riesgo del cual nosotros estamos empachados.
Diversificar
Tres premios Nobel han concluido que los mejores portafolios para una familia resultan de combinar un activo seguro con una canasta muy diversificada de todas las acciones y bonos del mundo. La fracción de cada uno de estos ingredientes en el portafolio dependerá del nivel de riesgo que la familia quiera correr.
En los hechos, la gente invierte más en su propio país que lo sugerido por la teoría, en parte porque cuenta con mejor información sobre proyectos cercanos y en parte por incentivos tributarios. Pero vale la pena tener como referencia que la manera antedicha es lo más beneficioso desde el punto de vista del ahorrista.
Siguiendo esta receta, el ahorrista estaría invirtiendo en la Argentina indirectamente, ya que poseería acciones de empresas con filiales aquí. Aproximadamente 65% de las grandes empresas radicadas en nuestro país son multinacionales, generan 12% del empleo formal y 20% de nuestro producto bruto interno. De modo que quienes verdaderamente deciden qué proyectos de inversión llevar adelante son los gerentes de las empresas y a ellos es a quienes hay que convencer.
Balanceando parcialmente lo anterior, quisiera exponer un argumento que va en la dirección contraria. El financista de un proyecto de inversión suele querer que el financiado ponga también un poco de capital propio en juego, como muestra de confianza en su propio emprendimiento. En este sentido, sería bueno que los funcionarios tengan hoy un poco más de activos argentinos en sus portafolios que lo que tenían en, digamos, 2014. Sería una muestra de fe en el proceso de cambio que ellos mismos están liderando, y en el propio presidente Mauricio Macri.
Más allá de ello, el verdadero desafío sigue siendo hacer reformas para que sea más lucrativo invertir aquí y crear un entorno de confianza recíproca que le otorgue seguridad al inversor. Ello es más incómodo que denostar a un funcionario, pero es un camino más promisorio.

lunes, 9 de abril de 2018

PARA PENSAR


No es raro que la muerte de un filósofo ya no sea noticia, y mucho menos raro es si el filósofo, como pasa con Clément Rosset, no se rebajó ni al espectáculo ni a la distribución de consejos "motivacionales" o las "fórmulas de la felicidad".
Rosset, que murió hace una semana, no daba consejos. Se dedicó más a mirar el mundo con mirada estética y también un poco desesperada. La suya fue, sobre todo, una vida bien pensada (y por eso mismo bien escrita) con un dramatismo un poco sotto voce.
A otro filósofo, el imposible Slavoj Zizek, le preguntaron una vez cuál era su posesión más valiosa. Veleidoso, contestó: la obra completa de Hegel. Si le hubieran hecho la misma pregunta a Rosset (y él era quien era porque nunca le hubieran hecho semejante pregunta), habría respondido: la obra completa de Schopenhauer.
Parece haber un Schopenhauer a la medida de quien lo lea. El Schopenhauer de Richard Wagner está lejos del de Nietzsche, del mismo modo que el Schopenhauer de Freud está bastante lejos del de Borges (aunque menos lejos de lo que a Borges le habría gustado creer). ¿Cómo era el Schopenhauer de Rosset? Lo definió muy bien Enrique Lynch hace unos años: como un filósofo del absurdo antes que del pesimismo. Así es. Rosset, además de en la devoción por la música, coincide con Schopenhauer en que los dolores de este mundo son innumerables, y los placeres, escasos. El pesimista Schopenhauer descubre allí el absurdo: nuestras agitaciones y tribulaciones no llevan a ningún lado.




Sí, Lynch sabía de lo que hablaba, tanto que fue el traductor de un libro crucial de Rosset, Lo real y su doble, en el que ya desde el título está Schopenhauer de cuerpo entero: el mundo como representación y la contemplación artística como suspensión en que morimos para nosotros mismos. Ahí reside la gloria y lo terrible de la experiencia estética.
Pero Rosset no necesita glosa. Leamos: "Así pues, el angustiado romántico aparece, al menos en todos los escritos en que se habla del doble como esencialmente receloso respecto de sí mismo: necesita a toda costa un testimonio exterior, algo tangible y visible que lo reconcilie consigo mismo. Completamente solo no es nada. Si un doble no le garantiza su ser, deja de existir". Esa soledad es irrecusable, a tal punto que incluso el terror del doble (así lo entendió la literatura) es preferible a la soledad. Dirá mucho tiempo después Rosset en su libro Lejos de mí: "Si soy Stravinski, y cuando estoy trabajando me pregunto de improviso quién es Stravinski y en qué consiste su estilo, la partitura que estoy componiendo se interrumpe al punto". Esto es como decir: cuando nos preguntamos quiénes somos, dejamos de ser.



En una nota que publicó estos días en El País, el periodista Rubén Amón proponía una relación entre el pensamiento de Rosset y el libro de William Styron Darkness Visible. Puede ser. Aunque el estilo con el que Styron cuenta la historia de su depresión ("esa memoria de la locura", según nos dice) no tiene absolutamente nada que ver con el de Rosset, algo los une: la pérdida como corazón de la tristeza. Aquello que en Styron es anécdota, Rosset lo convierte en teoría. El melancólico, o quien está deprimido, no se reconoce (ni siquiera en el espejo, literalmente); deja de ser quien estaba acostumbrado a ser y quien los demás estaban acostumbrados que fuera.
La pesadilla en la filosofía Rosset bien podría haber sido la pérdida de la identidad. Lo dice, de nuevo, en Lejos de mí: "Lo más notable de este tipo de quiebra es que la sensación de haberlo perdido todo se confunde con la sensación de haber dejado de ser, o de verse devuelto al estado anterior, reducido a la mera personalidad social".
Cuando leemos a Rosset somos nosotros los que nos reconocemos en el espejo. Una rara paradoja, o quizás un sacrificio filosófico.

P. G.