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martes, 29 de mayo de 2018

PARA PENSARLO Y PREGUNTARSE



En El periodista deportivo, la novela de 1990 de Richard Ford, Frank Bascombe -39 años, un divorcio, un hijo muerto- dice esto: "A mitad de camino de la vida suceden y se sufren muchas cosas: tus padres pueden morir, tu matrimonio puede transformarse o incluso terminar, un niño puede sucumbir, tu profesión puede empezar a parecerte vana. Puedes perder toda esperanza. Cualquier cosa puede hundirte. En cambio, es difícil decir cuál es la causa, ya que, en un sentido muy importante, todo es causa de todo".
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Los 40. La imagen mental que muchos tenemos de nuestros padres en los años de formación: una corbata, una coronilla que empieza a ralear, un 504 metalizado que surfea con plenitud la madurez joven. La edad de Don Draper. La representación de la adultez para un baby boomer, el momento de la asunción de las derrotas para un generación X, Dios sabe qué para un millennial. Demasiado viejos para escuchar trap, demasiado jóvenes para conformarnos con los restos del rock & roll.
Los 40 son, de alguna manera, la hora de la verdad. Como escribió Pamela Druckerman en The New York Times hace un par de semanas, a los 40 "ya no nos estamos preparando para un futuro imaginado. Nuestra vida real, indiscutiblemente, está ocurriendo en este preciso momento". Podés seguir postergando tus sueños, pero ya no podés hacerte el tonto.
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El escritor Enzo Maqueira me dice que desde que cumplió 40 lo persigue la sensación de que "es ahora o nunca". "Por más lejos que esté, ya se ve el final del camino. No es tan claro que falte vivir lo mismo que llevo vivido". Las expectativas pueden seguir estirándose, pero él no se enfoca en lo cuantitativo, sino en el declive de intensidad: "No tengo ganas de empezar de cero nada que se parezca a una vida normal -dice-, pero tampoco tengo el valor para mandar todo a la mierda y ser eso que alguna vez pensé que iba a ser: un extraterrestre, un aventurero, Hemingway. Tener 40 es también resignarse a que uno es un tibio más".
Esa tibieza puede ser vista como virtud. Un amigo psicólogo y músico asegura que con los 40 aprendió a no dar batallas innecesarias. Otro, docente universitario y jugador de póquer, me dice que los 40 lo encuentran dedicándole mucho tiempo y energía a "la idea de mantenimiento" (de objetos, del propio cuerpo) y que logró controlar su tendencia a los excesos: "Aprendí a encontrar placer en la moderación".
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La idea de que a los 40 uno se vuelve sabio y capaz de aplicar la Plegaria de la Serenidad es una ilusión, pero también es cierto que tenemos otra conciencia de nuestras armas y nuestros límites. ¿Es esa una forma de rendición? Quizá. Pero también puede ser la comprensión de que nuestra experiencia particular en la danza del cosmos no es nada excepcional.
Otro gran amigo, un agente de viajes de 39 años, me dice que sus preocupaciones de los 20 ahora le parecen pavadas y sabe que a los 60 le pasará algo similar con respecto a los 40. La mediana edad es saber que las cosas siempre pueden empeorar, y eso también implica valorar la ración de felicidad que nos toca.

P. P.

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