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viernes, 15 de marzo de 2024

RESPETO


Milei volvió al colegio con el discurso equivocado
¿Por qué le cuesta tanto a la política concebir la escuela como un espacio plural, heterogéneo, no partidizado ni abrazado a ideas o concepciones sectoriales?
Luciano Román
El presidente Javier Milei durante su visita al colegio Cardenal Copello..Presidencia
Sentémonos, por un momento, en la sobremesa de una familia con hijos adolescentes. Imaginemos a la madre y al padre hablándoles de la importancia de respetar a los otros, aunque piensen diferente; de la necesidad de ser cuidadosos con el lenguaje, que es un arma que hay que aprender a usar con responsabilidad y con prudencia; de no caer en la vulgaridad ni en la descalificación para expresar ideas o marcar discrepancias; de ser educados y corteses con los docentes, aunque puedan estar equivocados, y de ser empáticos con los demás en cualquier situación, sobre todo si necesitan ayuda. Aunque la escena parezca fuera de época, esa sobremesa es más real de lo que podría suponerse.
Imaginemos ahora a esos mismos padres si ven que, al día siguiente, el Presidente se para frente a sus hijos y les dice que casi todos los líderes internacionales “son unos zurditos”, que los políticos “son todos unos inmorales” y que los que han apoyado la ley del aborto, “son los asesinos de pañuelos verdes”. Imaginemos que ven a la máxima autoridad del país reaccionar casi con sorna frente a dos chicos que se desmayan a su lado y que después lo escuchan zamarrear a una maestra de la escuela, “la señorita Teresa”, a la que califica de “mentirosa” y “farsante” por haber hecho un comentario al pasar. No es difícil imaginar la desazón de esos padres, que tal vez sientan que sus esfuerzos por transmitir algunos valores básicos son boicoteados, una vez más, desde la cima del poder. Aun cuando puedan estar de acuerdo con la orientación de esas ideas, la manera de expresarlas probablemente los incomode.
Tal vez no les sirva de consuelo, pero esa familia ya había visto lo mismo muchas veces, con un sesgo ideológico contrario, durante los años del kirchnerismo, cuando se hizo habitual que en las escuelas públicas descalificaran y estigmatizaran a los pañuelos celestes, mientras los presidentes, gobernadores e intendentes de turno adoctrinaban a los chicos sobre “la recuperación del Estado” e imponían en algunos colegios el nombre de Néstor Kirchner, como hicieron con el comedor del Nacional de La Plata. Aquellos padres seguramente recuerdan cuando Jorge Ferraresi, al asumir como intendente de Avellaneda, se hizo tomar juramento por chicos de escuelas municipales: “Por Perón, Néstor y la demostrada lealtad a Cristina Kirchner”, le hicieron recitar a un alumno de primaria. Y en estos mismos días de marzo escucharon la arenga política del gobernador Kicillof ante chicos de un jardín de infantes al inaugurar el ciclo lectivo en Florencio Varela. La pregunta que tal vez se hagan entonces muchos padres remite a una cuestión de fondo: ¿por qué le cuesta tanto a la política concebir a la escuela como un espacio plural, heterogéneo, no partidizado ni abrazado a ideas o concepciones sectoriales?
El Presidente tuvo una buena idea, que fue volver a su colegio, recordar a sus maestros y hablarles a los chicos que hoy se sientan en las mismas aulas en las que él se formó hace cuarenta años. Su mensaje en el Cardenal Copello tuvo algunos párrafos bien inspirados: subrayó el valor del mérito, la importancia de cultivar el espíritu crítico y de leer “las dos mitades de la biblioteca”; destacó a los profesores que transmiten valores y hasta tuvo el acierto de recomendarles a los estudiantes la lectura de un célebre discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford, donde el creador de Apple les habló a los graduados sobre los misteriosos caminos en los que se forja el destino. Sin embargo, al Presidente lo ganó después la lógica binaria y hasta el trazo grueso del discurso panfletario. Ensució su propio mensaje con una fuerte bajada de línea y hasta terminó sugiriéndoles a los alumnos que vieran una “película” propagandística en la que se relata su llegada al poder. Fue un político hablándoles a adolescentes de las minucias políticas, de sus reproches a los adversarios y de las “genialidades” de sí mismo, cuando podría haber sido un estadista hablándoles de futuro, de convivencia, del legado y también de las frustraciones de las generaciones que los anteceden. Usó el atril para acusar a una profesora de la Universidad de Belgrano por una supuesta persecución a un joven asesor suyo. Levantó el dedo y reclamó “tomar medidas” en lugar de hacer un llamado a la pluralidad en las aulas, al debate constructivo, al respeto de todas las personas, tengan las ideas que tengan.


En la Argentina todo pasa a una velocidad vertiginosa, y ese discurso de hace apenas siete días ya parece un material de archivo. Sin embargo, tal vez sea necesario rebobinar y verlo en cámara lenta, porque el mensaje mete una cuña en el diálogo entre padres e hijos y porque, además, refleja el modo en el que el nuevo poder les habla a los jóvenes, ya no en el contexto de una campaña electoral, sino desde la institucionalidad que implica el ejercicio del poder. ¿Los convoca al esfuerzo, a la ilusión y a la convivencia, o los incita al fanatismo, a las visiones antagónicas y a las lecturas maniqueas? ¿Busca abrirles una ventana a la complejidad de las cosas o intenta “venderles” ideas simplonas y una colección de eslóganes? ¿Se conforma con representar su enojo y su desesperanza o los ayuda a gestar una idea de futuro? ¿Fomenta la interrogación y la duda o trata de reforzar prejuicios y “verdades absolutas”? ¿Intenta, en definitiva, oxigenar el aire viciado de la escuela militante que moldeó el kirchnerismo o propone reemplazar una hegemonía discursiva por otra?
El Presidente se jactó de no haber escrito su discurso, sino de tener solo un borrador como ayudamemoria. También se burló de “los someliers de las formas”, para permitirse un lenguaje condescendiente y por momentos vulgar. Pasó por alto, sin embargo, que tanto las palabras como las formas son absolutamente esenciales en el ámbito escolar. Es cierto que se fomenta una llamativa flexibilización de los modales, al extremo de que los tres alumnos que le pudieron hacer preguntas al Presidente se permitieron tutearlo. Ningún profesor, evidentemente, les había sugerido el trato de usted que sin duda hubiera correspondido frente al primer mandatario. “Tutéenme”, les decía Alberto Fernández, en un alarde de demagogia, a alumnos del Nacional de Buenos Aires que lo entrevistaban en Olivos. Algunos presidentes parecen perder de vista que, al asumir un cargo representativo, dejan de ser ellos mismos para ejercer una investidura. El que hablaba la semana pasada ante los alumnos del Cardenal Copello no era un ciudadano común ni tampoco un exalumno: era el presidente de la Nación. Y era un presidente que daba su primer discurso en un colegio y que, por primera vez, se dirigía directamente a jóvenes a los que les tocará vivir, trabajar y desarrollarse en la Argentina que intenta construir su gobierno. Era, por eso, un mensaje casi tan importante como el que el jefe del Estado había pronunciado unos días antes frente a la Asamblea Legislativa. No cabía la improvisación, mucho menos la chabacanería en la que cayó al aludir a los atributos del burro.
La filóloga española Irene Vallejo cuenta en un libro maravilloso (El infinito en un junco) que los escritores de los discursos presidenciales de Obama, y antes de John F. Kennedy, se inspiraban en las palabras que probablemente enhebrara Aspasia, la mujer de Pericles, a la que se cree autora en las sombras de grandes discursos en la Grecia antigua. No se les exige tanto a los asesores del presidente argentino, pero sí un texto elaborado, prudente, mesurado y cuidadoso. Los discursos pronunciados por un jefe de Estado en ámbitos académicos o institucionales deberían tener una ambición histórica, contribuir a la calidad del debate público y rescatar ideas y valores que marquen el pulso de una época. Deberían tener, en definitiva, altura y densidad conceptual. Deberían ayudar a los docentes y a los padres, en lugar de desautorizar sus esfuerzos y complicar su tarea.
Los estudiantes del Cardenal Copello escuchan el discurso del Presidente
¿Cómo harán los profesores de Instrucción Cívica o de Introducción a la Economía para explicar la naturaleza de los sistemas tributarios después de que los alumnos lo escucharon al Presidente decir que “todo impuesto es un robo”? El desafío tampoco será fácil para el profesor de Lógica, a quien tal vez le pregunten por qué el Presidente equiparó todo gravamen con un delito mientras impulsa, al mismo tiempo, la restitución de Ganancias. O por qué afirma que “el Estado es una asociación criminal” mientras ejerce como jefe del Estado o envía a las fuerzas de seguridad a jugarse la vida en Rosario frente a las mafias del narcotráfico. Son los riesgos de hablar con eslóganes frente a un auditorio escolar.
“El Presidente fue auténtico, él es así”, justifican sus asesores, y así es como millones de jóvenes se identifican con él. Tal vez tengan razón. Pero la autenticidad, sin embargo, no es necesariamente un mérito y hasta puede ser una coartada para justificar el desubique. El mérito, en todo caso, consiste en actuar como se debe de acuerdo con el ámbito y el papel que a cada uno le toque representar.
Imaginemos al Presidente diciéndoles a los alumnos: “Hoy no vengo a hablarles de política; tampoco vengo a hablarles de mí. Vengo a hablarles de un sueño que compartimos: el sueño de construir entre todos una Argentina de la que ustedes, pero también sus hijos y sus nietos, puedan sentirse orgullosos. Esa Argentina se construye con respeto, con esfuerzo, con decencia y con educación. Se construye con la cabeza, pero también con el corazón abierto. La educación es la herramienta que los hará mejores. Pero también quiero recordarles que cada dificultad es una oportunidad para crecer, aprender y fortalecerse. No teman al fracaso, porque es parte del camino. Cultiven sus talentos y descubran sus pasiones. Aprovechen el conocimiento y la experiencia de sus profesores. Sean curiosos, cuestionen el statu quo y busquen siempre la verdad. Comprométanse con su educación, persigan sus sueños con valentía y nunca pierdan de vista el poder transformador que ustedes tienen para hacer del mundo un lugar mejor”.
Tal vez muchos padres se hubieran sentido más acompañados con ese mensaje de mayor amplitud y de mayor altura, tal vez algo previsible, pero esencialmente adecuado. No era tan difícil: solo había que pedírselo al ChatGPT: “escriba un discurso presidencial para leer frente a estudiantes de un colegio secundario”. El párrafo anterior fue escrito por la inteligencia artificial. Con su ayuda, y en apenas cuarenta segundos, tal vez podamos ahorrarnos futuros derrapes y, de paso, los sueldos de varios asesores.

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martes, 22 de agosto de 2023

RESPETO


Ha llegado la hora de una revisión exhaustiva y objetiva de Sartre
A nadie se le reconoció tanto el derecho de equivocarse como al autor de La náusea, gracias, precisamente, a su obra monumental
Mario Vargas Llosa
Fue el secretario general del Comité Central de la URSS, o jefe del Kremlin, Leonid Brézhnev, quien decidió poner fin a la Primavera de Praga, como se llamó a esa demostración de un socialismo abierto y plural, de jóvenes que podían anteponerse a los viejos carcamales que se limitaban a seguir y a respaldar todas las directrices de Moscú. Este período, a finales de los años 60, dio una gran popularidad a Checoslovaquia, pues participaron muchos intelectuales y pareció que las masas acudían a secundarlos. Brézhnev procuró que la URSS no estuviera sola en el cometido de aplastar el experimento del socialismo en libertad y enviar un mensaje contundente a todo el bloque soviético, sino acompañada de Polonia, Bulgaria y Hungría, en agosto de 1968. El ataque fue simultáneo y ruidoso, y cayeron centenares de víctimas, hasta que la URSS terminó dominándolo todo. La ocupación duró 23 años, hasta 1991, y el caso provocó múltiples renuncias y apartamientos del Partido Comunista en Europa y otras partes
La conducta de Jean-Paul Sartre fue ejemplar en esta ocasión. Está descripta en el artículo de muchas páginas que escribió (“La voz augusta”), y que forma parte, a modo de prefacio, del libro de Antonin Liehm, Trois générations, publicado en 1970 por la editorial Gallimard. Sartre condenó la expedición militar y lamentó los muertos, a la vez que explicó, con lujo de detalles, las razones por las que el Partido Comunista soviético no había tolerado la Primavera de Praga y había cortado con ella. En esto hubo en él coherencia, pues en 1956, con motivo de la intervención de la URSS en Hungría a raíz de una gran rebelión popular, también había tomado distancia de Moscú y de los comunistas europeos que la apoyaron o fueron ambiguos al respecto.
Sin embargo, Sartre siguió insistiendo, en los años siguientes, en que era indispensable que todos los movilizados por las ideas de Marx se afiliaran al Partido Comunista, en los lugares donde este prosperaba, como en Francia e Italia (en Francia los comunistas habían obtenido inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial más de 26 por ciento de los votos y desde entonces el partido mantenía el apoyo de una quinta parte de los electores a pesar de sus tropiezos y controversias). Pero eso es algo que él no hizo, y tampoco lo haría en otras ocasiones en las que estuvo cerca de él y propuso que, por más críticas que hubiera al Partido Comunista, todos debían afiliarse a él, estuvieran o no comprometidos con una “liberación” del marxismo. Después de la Segunda Guerra Mundial sus relaciones con el Partido Comunista habían sido ásperas (los comunistas lo habían atacado mucho por su admiración filosófica a Heidegger), pero en los años 50 se había acercado a ellos.
¿Cuál era la razón de animar a otros a afiliarse? Muy simple: el único partido que podía arrebatar a la burguesía el control de la ecosamiento. nomía era el comunista, y todos debían apoyarlo. A pesar de esta convicción, él continuó, hasta su muerte, preservando su independencia, aunque en ciertas ocasiones se expusiera a actuar en público y ante masas de trabajadores. ¿Por qué Sartre se definió a sí mismo como un escritor independiente y ajeno a toda militancia? La explicación, además de que propugnaba un socialismo con visión humanista que no era compatible con la rigidez del partido, es su extraordinario prestigio, que aliados y enemigos respetaban por igual, y que hacía innecesario someterse a una estructura o jerarquía partidista.
Es sorprendente, a la distancia, observar que Sartre gozaba de esta excepción a una regla en la que él mismo quería embarcarnos a todos. Pero la verdad es que nadie se lo reprochó, incluso cuando aceptó ser la voz y el ejemplo viviente del Tribunal Russell, convocado por el anciano e ilustre inglés Bertrand Russell, que soñaba con despedirse de este mundo condenando los asesinatos americanos en el lejano Vietnam.
El respeto que inspiró Sartre en amigos y enemigos fue enorme, casi tanto como la inmensa obra que produjo en esos años. Porque sus ensayos políticos no lo apartaron de sus investigaciones literarias. Siguió dedicándose con lujo de detalles a las investigaciones sobre Flaubert, sobre el que publicó un minucioso relato en Gallimard, y la obra maestra que era, y en eso estuve siempre de acuerdo con él, Madame Bovary. Si, además, tenemos en cuenta todas las obras de teatro que escribió en estos años, la fecundidad de Sartre está fuera de toda comparación con sus compañeros de oficio. Estos estudios literarios son tal vez las mejores obras que dejó en herencia. Son muy desiguales, sin lugar a dudas, probablemente porque fueron interrumpidas muchas veces debido a los ensayos políticos. Y en algún caso, en la biografía de Flaubert, en su exploración biográfica de tres volúmenes, que yo leí rigurosamente en esos años, no llegó a escribir el punto y final del ensayo, ni siquiera en lo que concierne a Madame Bovary.
El caso de Sartre es muy curioso. Su influencia fue reconocida en todos los medios, sobre todo en los más alérgicos a él, y a menudo le daban tribuna diarios o revistas que estaban en las antípodas de su penY creo que por una razón simple: por su enorme talento. Era acaso el único que podía competir de igual a igual con los filósofos alemanes que estaban cambiando la visión de las ciencias sociales. Las obras completas de Sartre alcanzarían muchos volúmenes y nadie todavía ha sido capaz de reunir la totalidad de sus novelas, obras de teatro y ensayos. Si a estas obras se añaden los muchos reportajes que dio, donde se explaya sobre sus ideas y convicciones, puede decirse que no hay, probablemente, ningún escritor tan fecundo ni ambicioso como él en la época contemporánea. Esa es la autoridad de la que él presumió, y que el propio general De Gaulle reconoció, llamándolo en una carta célebre “mi querido maestro”. A nadie se le reconoció tanto el derecho de equivocarse como a él, gracias, precisamente, a esa obra monumental. Salvo alguna excepción aislada, nadie lamentó sus graves errores en aquellos años ni a la hora de su muerte. Como si a las alturas intelectuales que había alcanzado Sartre tuviera un derecho de estar equivocado en cosas importantes que no se les reconocía a otros intelectuales.
Yo lo tengo muy presente porque en los años de San Marcos, en Lima, una universidad de la que tengo tan buenos recuerdos, Sartre era una guía que servía de referencia a muchas personas de la vida intelectual y universitaria de ese país en el que, una vez más, un generalote gobernaba. El Partido Comunista era probablemente mínimo, y los militantes –yo estuve solo un año en él– no podían, no debían, enterarse de su número, pero es evidente que éramos muy pocos y, probablemente, las enseñanzas de Sartre, que defendía la libertad de la cultura y una visión humanista del socialismo, eran la mejor de las guías que podíamos tener.
En nuestra época, como reconocía con pesar ese viejo librero que encontré hace no mucho en la Place Saint-Sulpice, “casi nadie lee a Sartre” y aún no se han revisado las extraordinarias contradicciones en que incurrió en esa vida tan fecunda que tuvo y en la que, además de escribir, vivió intensamente, compartiendo experiencias múltiples con esa amiga de toda la vida, Simone de Beauvoir. Ha llegado la hora de una revisión exhaustiva y objetiva de Sartre, ahora que su prestigio ya no tiene por qué inhibir a nadie de hacerlo. Es una tarea que queda pendiente.© EL PAÍS, S.L.
Propuso que, por más críticas que hubiera al Partido Comunista, todos debían afiliarse a él, estuvieran o no comprometidos con una “liberación” del marxismo

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viernes, 3 de marzo de 2017

EL MIEDO Y EL RESPETO


Mamá nadaba. Caminaba hasta la rompiente y escrutaba las olas durante un largo rato. Hacía caso omiso de los banderines y los guardavidas. Confiaba sólo en su instinto y, si le parecía que estaba todo bien, se metía hasta la cintura, se zambullía y nadaba.
Nadaba en línea recta hacia el horizonte, hasta que se convertía en una figura diminuta que aparecía y desaparecía en la sonrisa innumerable de las olas marinas. Siempre recuerdo este verso de Esquilo cuando pienso en mi madre nadando tan sola hacia la nada.


Yo me quedaba en la orilla, en puntas de pie, dando saltitos, tratando de divisarla. Al final la perdía de vista y me sentaba en la arena a esperarSiempre volvía, exultante, renovada, sin el menor resuello, como si todo ese esfuerzo apenas la hubiera afectado. Hoy sé el porqué.
El mar era su único espacio de locura, de libertad y de secretos. Había querido ser escritora y admiraba a los osados, pero su vida -como la de muchas mujeres de su época- estuvo signada por los mandatos y la rutina. Excepto cuando volvía al mar. Entonces caminaba hasta la rompiente, escrutaba las olas verdes o azules o grises y se iba nadando. Nunca, ni una vez, ni una sola vez, regresamos a Buenos Aires sin que mamá bajara hasta la orilla. "Voy a despedirme del mar, ya vengo", nos anoticiaba, como si el rito no fuera de rigor, y sabíamos que ninguno debía acompañarla. El asunto era entre ella y el mar.


Mamá nadaba hacia el horizonte desde que tenía 10 años. Cuando regresaba de sus travesías oceánicas, la gente la miraba como si fuera una loca o una atleta. Un día, preocupado, le pregunté:
-Mamá, ¿no te da miedo meterte tan adentro?
-Al mar no se le tiene miedo. Se le tiene respeto -me respondió, con la certeza del veterano. A pesar de su juventud, llevaba más de media vida nadando.
Papá era exactamente lo opuesto. Detestaba la playa, a la que acudía -si no quedaba más remedio- en camisa blanca, pantalones largos y mocasines impecables. Se refugiaba bajo la sombrilla y leía todo el día. Jamás se metió en el agua.
Pero también él lidiaba a menudo con un monstruo. A los 10 años había armado una radio a galena y desde entonces su mundo estuvo ligado a la electrónica. Como le ocurrió a mamá con la escritura, sus padres se opusieron, no sólo porque, argüían, dicho oficio no tenía ningún futuro (carecemos de videntes en esa rama de la familia), sino, sobre todo, porque la electricidad era peligrosa.
Pero se salió con la suya y coqueteó con los voltios y los amperios desde pequeño. La siguiente escena acredita que sabía lo que hacía.
Una tarde estaba con él mientras reparaba nuestro televisor, uno de esos inmensos y pesados aparatos de la década del 60, cuando, de pronto, se oyó un chasquido malintencionado y papá salió repelido, cruzó volando todo el cuarto y aterrizó contra la pared opuesta. Exactamente como en las películas.
Se levantó un poco aturdido, pero se sacudió el polvillo de la ropa, recogió el destornillador del piso y volvió a trabajar. No daba crédito a mis ojos. Le pregunté:
-Papá, ¿no te da miedo hacer eso?


-A la electricidad no se le tiene miedo. Se le tiene respeto -me dijo, y a continuación me explicó la magnitud de lo que acababa de ocurrir y por qué todavía estaba vivo.
Por supuesto, era muy chico para entender lo que querían decir. Pero retuve las palabras y, hoy más que nunca, la distinción entre miedo y respeto es cristalina. El que teme está sometido, no puede pensar, es incapaz de decidir, ha perdido su libertad y su juicio. En su parálisis, sólo caben la obediencia o la desesperación, nunca el respeto.
El miedo, que se ha ido poniendo tan de moda, es el primero y el más cruel de todos los déspotas.

A. T. 

jueves, 16 de febrero de 2017

RESPETO Y COMPRENSIÓN




Como soy medio bruto, pregunté: ¿Porqué se da entre soldados enemigos esa necesidad de contacto, si han tratado de matarse antes? Un veterano argentino, con humildad, trató se iluminarme......COMPRENSIÓN Y RESPETO me dijo.
"EL la vivió y sabe lo que se siente, igual que yo. NADIE que no haya pasado por la guerra comprende al combatiente, de allí que es común que soldados enemigos compartan la incomprensión de sus compatriotas. Y el respeto proviene de la condición de Veterano, es tan terrible lo que se vive, se sufre y tan inmensa la entrega del soldado que uno entiende y comprende, se genera respeto por todo aquel que ha luchado por su país, aún en contra nuestra".

Esto se da con mayor frecuencia los últimos tiempos, estimo que mucho necesitan "cerrar el ciclo" y a veces el contacto con el otro contribuye a eso.
Seamos respetuosos de quienes adoptan estas actitudes y no "molestemos" con actitudes futboleras a quienes, están mucho mas allá por el solo hecho de haber puesto el cuero en combate.
RESPETO Y COMPRENSIÓN, Sres y Sras....
(Imagen de un soldado del ejército británico rindiendo respeto en una tumba de un soldado argentino. Gracias por la foto Stephen)

domingo, 6 de noviembre de 2016

RESPETO POR NUESTROS PUEBLOS ORIGINALES


LUEGO DEL ATENTADO, SE RECONSTRUYÓ EL OPY EN EL SITIO SAGRADO PUNTA QUERANDÍ




Vecinos y militantes de pueblos originarios de la zona norte reconstruyeron el lugar espiritual de la cultura guaraní que había sido destruido hace semanas por quienes pretenden adueñarse del territorio arqueológico y sagrado Punta Querandí. Exigimos a las autoridades garantizar el derecho a desarrollar nuestras prácticas culturales y espirituales.
"Tenemos que estar de pie, tenemos nuestra raíz muy profunda y así nomás no nos van a cortar la raíz. Todas las veces que ellos destruyen una cosa nosotros vamos a volver a empezar; eso no nos va a hacer bajar los brazos" señaló hace pocos días la abuela Gladis Roa del pueblo guaraní y vecina de José C. Paz.
Por su parte Reinaldo Roa, vecino del barrio La Paloma de Tigre, había expresado: "Más fuerza nos van a dar. No nos van a debilitar jamás. Vamos a seguir resistiendo por lo nuestro, que es para fortalecer a todos los hermanos del continente y del mundo".
Así fue como el domingo 9 de octubre se volvió a levantar el Opy (traducido frecuentemente como "Casa de oración guaraní") con la participación de vecinos y militantes de pueblos originarios de la zona norte, integrantes de las culturas guaraní, quechua y wichí, así como miembros de organizaciones populares de la zona.





Además se pintaron carteles para señalizar el Opy como lugar sagrado guaraní y el respeto que se merece en cumplimiento del derecho de los pueblos originarios a desarrollar sus prácticas culturales y espirituales.





La construcción religiosa guaraní se encuentra cerca de donde encontramos un fragmento de cráneo humano en 2010, a unos 100 metros del salón comunitario y el quincho de Punta Querandí. Cabe destacar que el Opy no es el único espacio ceremonial de los pueblos originarios. A 50 metros hay una Apacheta levantada en el 2009, un montículo de piedras de tradición andina donde se realizan las ofrendas de la Pachamama y el Inti Raymi o Willka Kuti (año nuevo quechua-aymara).
En las comunidades de Misiones y Paraguay el Opy es centro de celebraciones y un lugar donde se enseña la cultura. Es la "Universidad Guaraní". Generalmente las actividades se hacen en su patio o alrededores, ya que su ingreso es muy restringido.
Es el segundo Opy que se levanta en Punta Querandí, luego del atentado a la espiritualidad originaria que significó la destrucción y desaparición total de la primera construcción hace un mes. La semana siguiente al ataque se llevó a cabo la ceremonia del Ara Pyahu con la participación de unas 200 personas, donde se ratificó la decisión de reconstruir el espacio.
"Exigimos a las autoridades una investigación sobre lo sucedido y que den garantías para que no vuelvan a violentar las construcciones religiosas y espirituales de las distintas culturas indígenas, como la Apacheta, el Opy u otras", se expresó en un documento firmado durante el Ara Pyahu.
Por otro lado, desde el sector político se presentaron proyectos para repudiar la destrucción del Opy en el Senado Bonaerense y en el Concejo Deliberante de Tigre.
El Convenio 169 de la OIT, al que la Argentina adhirió, obliga a los estados a reconocer y proteger "los valores y prácticas sociales, culturales, religiosas y espirituales" de los pueblos indígenas, así como a tomar "medidas encaminadas a allanar las dificultades que experimenten dichos pueblos al afrontar nuevas condiciones de vida y de trabajo".
Punta Querandí es un espacio arqueológico, sagrado y educativo que es reivindicado y protegido por familias de distintos pueblos originarios que allí desarrollan su espiritualidad y realizan talleres de enseñanza abiertos a toda la comunidad. Está localizado en el Paraje Punta Canal, entre Maschwitz (Escobar) y Dique Luján (Tigre), rodeado de barrios privados del Complejo Villa Nueva de la empresa EIDICO, cuyo presidente Jorge O?Reilly fue asesor de Sergio Massa. El intendente de Tigre, Julio Zamora, vive en este complejo.
Distintos organismos oficiales como el Consejo Provincial de Asuntos Indígenas, el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas y la Defensoría del Pueblo de la Provincia han avalado la importancia de la recuperación de Punta Querandí. Sin embargo el conflicto no se resuelve. El empresario Jorge O?Reilly no cede en sus pretensiones sobre el lugar. Y los funcionarios no avanzan sobre sus intereses.
¡¡Roñembo`y!! ("Estamos de Pie").
Territorio público, educativo, arqueológico y sagrado Punta Querandí :
Paraje Punta Canal (entre Dique Luján-Tigre y Maschwitz-Escobar)
Movimiento en Defensa de la Pacha
Contactos: (011) 1559422784 - 1544041382
Blog: http://puntaquerandi.wordpress.com
Email: movimientoendefensadelapacha@gmail.com
Facebook: http://facebook.com/puntaquerandi
Twitter: http://twitter.com/puntaquerandi






domingo, 24 de abril de 2016

NUESTROS AMADOS SERES NO HUMANOS


Tienen, en general, cuatro patas mientras nosotros andamos en dos piernas. Donde tenemos narices, ellos muestran hocicos. Nuestra piel va desnuda, en tanto sus cuerpos están cubiertos de pelos. Carecen de dedo pulgar, herramienta evolutiva esencial y salto cuántico en la posibilidad de construir artefactos y usarlos. No hablan ni cuentan con gramática; maúllan, ladran, relinchan, gruñen. La corteza cerebral ocupa una buena porción de nuestro cerebro y nos permite reflexionar, intuir, calcular, operar matemáticamente, imaginar, deducir y percibir la propia individualidad; la de ellos es pequeña y apenas aplicable al ejercicio de la inteligencia práctica. Aun así establecemos con nuestras mascotas relaciones de empatía, afecto y comprensión. Llegamos a entendernos, a cooperar, a percibir los sentimientos del otro e incluso a anticiparnos a ellas. Nos reconocemos en la distancia y en la multitud demostrándonos cariño mutuo.


En la relación con los animales se manifiesta a menudo una capacidad de aceptar e integrar lo diferente y diverso que a veces cuesta encontrar en el vínculo entre personas. Quizás ellos existan para que no se nos atraganten para siempre, hasta intoxicarnos, esos sentimientos, esa predisposición, esa vocación de servicio, esa capacidad de resignar en favor del otro que suelen verse obstruidas, desvirtuadas y hasta reprimidas en las relaciones humanas. Una mascota en la vida de un chico le enseña a cuidar, a entender, a comunicarse, a empatizar. Es verdad. Pero también los adultos aprendemos y ejercitamos estos atributos con quienes San Francisco llamó nuestros hermanos menores.
Los humanos somos los únicos seres morales, porque, fruto de la conciencia y la razón, sabemos qué es bueno y malo en relación con la vida (esto es la moral) y en función de esos principios elegimos cómo actuar, sea al margen de ellos o alineados con los mismos (depende de la ética de cada quien). Esa condición moral no nos hace superiores (aunque a menudo actuemos como si lo fuéramos), sino que nos exige responsabilidad. Somos solo una de las especies que habita el planeta, recuerda el filósofo James Rachels (1941-2003) en su valiosa Introducción a la filosofía moral, y afectamos a otras con nuestras acciones y decisiones. A diferencia de esas especies, sabemos lo que hacemos. Por lo tanto, dice Rachels, nuestra comunidad moral debe ampliarse hasta incluir a los animales. Son vidas (hay quienes sostienen que son almas), valen como tales y merecen respeto y atención a sus necesidades. Los animales que criamos entran en la esfera de las cuestiones morales, apunta Rachels. Aun sin pensarlo tanto, basta con advertir nuestra preocupación ante su enfermedad, nuestra voluntad de atenderlos y el profundo dolor que nos produce el final de sus vidas para advertir que llevamos este conocimiento en el inconsciente colectivo.
Tenemos deberes hacia ellos, pero no son recíprocos. Al no ser morales, los animales no deben actuar de acuerdo con ciertos valores. Según la filósofa inglesa Mary Warnock en Guía ética para personas inteligentes, violar los derechos de otro ser humano es injusticia, mientras maltratar a un animal es crueldad. Respetarlos es tan obligatorio moralmente como respetar a otra persona. Recibimos el mundo y la naturaleza en concepto de depósito y tendremos que dar cuenta de cómo los tratamos. Quizás porque lo sabemos es que establecemos con estos hermanitos vínculos tan hermosos.
Así es que dedico esta columna a Luana, la Beagle que durante 14 años presenció, acompañó y embelleció nuestras vidas hasta que murió.Y a Fixin un gato callejero que me adoptó hace 15 años Gracias Luana y Fixin. Ambos descansan bajo un enorme y bello árbol en la casa del mar.
E. M Y S. V

viernes, 11 de marzo de 2016

RESPETO EN TODAS SUS FORMAS ¡¡BASTA DE ACOSO!!!


Todos los femicidios hablan de nosotras. Dicen algo de nosotras. No por solidaridad de género. Y no siempre en todos los detalles, no siempre en los desenlaces. Pero en la trayectoria que desembocó en la puñalada, el golpe, la asfixia, el fuego, la violación o la muerte, algo hubo que nos es común. El destino incierto de Marita Verón , el crimen de Marina y María José en Ecuador o el de Cintia, apuñalada en Castelar frente a sus hijos, cuentan algo que habla de todas. Incluso de las que tuvimos la suerte de que no nos golpearan tragedias así. Pero en el origen, allá donde las señales pasan desaparcibidas, todas tenemos algo para recordar.



Pensé eso mientras leía el texto que escribió Lucila Schonfeld para la Revista Anfibia: "#Viajo sola: Qué habrás hecho", animado por el anterior "#Viajo Sola: a mí me mata el asesino", de la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Gracias, Anfibia, pensé, y lo digo ahora. Porque mientras leía el inventario de agresiones -nada espectacular ni trágico, sólo lo de todos los días para cualquier mujer que camine por la ciudad, que viaje en colectivo: el tipo que se masturbó ante sus ojos en la parada del colectivo cuando tenía 9 años, el habitual pasajero que apoya a las chicas en el subte o los hombres que parecen sentirse invitados a cualquier cosa ante una mujer joven que viaja sola-, mi cabeza también se llenaba de imágenes ¿olvidadas?, ¿naturalizadas?



En cascada, mientras leía, me iban bajando Polaroid desterradas de la memoria. A los 7 años, el hombre que desde los arbustos y la arena mostraba lo mismo que aquel con el que se topó Lucila; el otro tipo al que no le alcanzó con mostrar desde lejos y, aunque tuve suerte porque algo lo frenó y se escapó por los médanos, me dejó una de las lecciones del programa de educación continua para mujeres que nos va formando desde chicas: caminar sola por la playa es exponerse. El tipo que casi me convenció de subirme a su auto cuando tenía 12 años e iba hacia la escuela por las calles de Banfield. El taxista que no paraba de tocarse; el taxista que me asustó al punto de que abrí la puerta en un semáforo y salí corriendo. El colega que distraída pero inequívocamente me tocaba la pierna mientras decía algo sobre el texto que acababa de entregarle. El pibe que me persiguió por uno de los laberínticos pasillos del subte y me gritó no sé qué de la minifalda.

 El padre de un amigo y un amigo de ese amigo que habrán visto en la muchacha veinteañera que viajaba sola una señal de permiso que nadie les había dado (recuerdo eso y recuerdo la incomodidad de un vago sentimiento de culpa, la sospecha malsana de la ley machista plantando bandera en mi propia subjetividad). Los tipos, la cantidad de tipos que -siempre, siempre, siempre- había que evitar en los colectivos, o en el subte, o en el tren, cambiando de lugar por el pasillo, las carpetas de la facultad que ponía a un costado de mi cuerpo cuando iba sentada y el apoyador de turno tenía mi hombro a disposición (¿por qué no podía pararme y gritarle? ¿por qué nadie parecía darse cuenta de nada?).


Todas podríamos hilvanar escenas como éstas. Todas. Pero no solemos hacerlo, casi que lo tenemos incorporado como una de las facetas del ser mujer. Ni siquiera formaba parte de nuestras conversaciones cuando éramos chicas y estos episodios eran tan frecuentes. Hace unos años hablábamos con una amiga de esas historias de acoso a las que nunca les habíamos puesto nombre -ese nombre, acoso- y de pronto alguna de las dos dijo: "¿Viste que ahora ya no pasa tanto eso?" Dos segundos tardamos en darnos cuenta: no es que ahora no acosan más desde los autos o no incomodan o violentan en un taxi, no es que una chica suelta por la ciudad ya no sea ahora una oportunidad para desubicados, enfermos o violentos, es que nosotras pasamos los 50, hace rato que no somos el target. Pero tenemos hijas o sobrinas o hijas de nuestras amigas o conocemos historias que nos conmueven. Y sabemos que el pecado a cielo abierto de ser joven y mujer y querer decidir cómo vivir y con quién, cómo vestirse o a qué hora salir, o beberse de un trago -y sola- la libertad, la maravillosa anchura de este mundo, sigue teniendo su precio. No tanto tal vez para las que cruzamos cierto umbral de la edad (aunque la palabra no siga siendo difícil de digerir para hombres de todas las edades).

 Pero sí para las chicas, sí para Marina y María José en Ecuador, sí para Lola Chomnalez, sí para Cintia en Castelar, y para las hijas de mis amigas y las hijas de todas nosotras a las que permanentemente un goteo de machismo consentido o tolerado o subestimado las pone bajo sospecha y les enseña los límites del corralito en el que debe mantenerse una mujer.
C. A.