sábado, 23 de julio de 2022

HISTORIA DEL ARTE


Marcos López, el fotógrafo referente del pop latino que sueña con ser pintor
En su reciente muestra, “Clásico y Moderno”, el artista intervino fotos antiguas que encontró en mercados de pulgas; hace visitas guiadas que son como un stand up. Su sello de autor es el pop latino
María Paula Zacharías
MARCOS LÓPEZ

Marcos López, en la inauguración de su nueva muestra en Centro Cultural Borges
“Hay pinturas que terminé media hora antes de colgarlas”, dice Marcos López frente a la pared del Centro Cultural Borges donde se agolpan casi cien obras que no son fotografía ni pintura ni instalación: son todo eso a la vez. “Me cansé de fotografiar, porque pienso que los grandes temas ya los he fotografiado, y bien. Me aburrí. Se me ocurrió juntar fotos viejas en los mercados de pulgas como La Lagunilla de México y los de San Telmo, y me puse a pintarlas. Mi gran deseo es ser pintor”, explica.
El núcleo central de las obras reunidas en Clásico y Moderno fue hecho en el encierro de pandemia. “Tenía miedo y angustia. Me iba a comprar fotos viejas a los anticuarios de San Telmo y me dedicaba a pintarlas. Hay muchos monstruos y fantasmas: me salieron los diablos”, dice López. Se fue haciendo amigo de los anticuarios de la zona. Nepo, uno de ellos, empezó a intuir lo que podía interesarle. Los canjes que establecieron son parte de una comedia o un juego. El diálogo era más o menos así:
–Mirá lo que tengo para vos.
–¿Vos sabés la cantidad de cajas de fotos que me tenés que dar a cambio de una obra mía que vale miles de dólares?
–Bueno, dame un libro intervenido, pero ponele fecha de hace veinte años.
–No. Te pongo fecha de hace diez.
–Hecho.
Y así, hay libros publicados en los 2000, firmados en 1993. “Todo trucho”, reconoce con mezcla de orgullo y picardía. Consiguió así cajas de fotos de novias y de chicos en comunión. Algunos raros desnudos. Una novia con una mano alzada donde López pintó la correa de un doberman. A una joven le puso una gallina en una mano y un cuchillo en la otra. Una niña de antaño es ahora una caperucita acaba de decapitar al lobo. Aparece el coronavirus en unas fotos de hombres coronados y con lenguas de serpiente y en retratos con barbijo, postales del distanciamiento social que publicó en New York Times. Hay escenas de sadomasoquismo pero también de ternura. Por ejemplo, en una foto especial: su mamá y su papá en el patio de la casa de Santa Fe donde creció. Es una típica copia de 9x13, a la que con pintura completó el paisaje.
"Clásico y moderno": así se define Marcos López
“Algo de bondad hay en mi corazón. A los chicos los hacen posar en situación de trance con la mirada perdida hacia arriba. Entonces, si le encontraba una mano alzada, le ponía una víbora o un perro”, dice. Humor y disparate. Algo pop. “Es raro definir el pop. No sé si es pop, como mi foto de la botella de Inca Kola, que sí lo es por su diálogo con la sopa Campbell, y sí parece una publicidad”, explica.
El montaje es vivo porque López va cambiando obras de lugar. “Confío en esa inteligencia paranormal que me dice que ponga ahí un rojo, allá un verde. Hay una coherencia azarosa entre las obras y a la vez yo mismo voy entendiendo para dónde fui. Por momentos me daba culpa, toda mi culpa católica está ahí: ¿qué derecho tengo yo a pintarle cuernitos a este señor, que a lo mejor tiene 120 años?”, pregunta.
Su psicóloga, a la que recurre dos veces por semana, no logra sacarle los remordimientos. “Ella dice que ha habido mujeres malas en mi vida, pero yo no las puedo identificar. Mi mamá pienso que fue buena. Trabajo mucho con la autocensura. La padezco. León Ferrari se animaba a ponerle un pájaro cagando en la Virgen María... y a mí me da miedo ponerle una lagartija en la mano de un niño. Mi productora, Julia, dice que los curas hicieron un buen trabajo conmigo”.
Fotografías antiguas intervenidas por López
Cuando Marcos López hace visitas guiadas, hay que entenderlas como un stand up: “Me eduqué en el catecismo en un pueblo de la pampa gringa. Yo tenía ciertas dudas. Hasta que habló el ayudante de un cura: Dijo Dios, a los tibios de mi boca los vomito. Yo me sentí bañado en vómito. Después fui a colegio de curas, más dictadura militar, más patriarcado de provincias... cuando mis hijos me reclaman, Marcos, sos machista, yo les pido que me tengan un poco de piedad porque bastante me estoy deconstruyedo”, dice.
En una jaula de aves, hay una imagen de un matrimonio. “Son los grandes temas que padezco... la familia para toda la vida, el matrimonio, la fe, la comunión, el pecado”.
También, hay un rescate del oficio de los grandes fotógrafos anónimos de estudio. Incluso, hay un retrato de comunión de Anatole Saderman, que compró, pintó y terminó cubriendo la firma. “La fotografía en sí misma no necesita pintura. Es casi un pecado ponerle pintura arriba. Yo creo que me voy a aburrir pronto, a no ser que empiece a ganar mucha plata. Esto tiene que ver con el mercado: estas fotos pintadas son piezas únicas. Igual se podrían vender como postales para turistas en el Mercado de Dorrego por 200 pesos, como el MoMA podría adquirirlas en cinco años en 20.000 dólares. Nunca lo sabremos”.
En un momento se cansó. Tenía pilas de fotos pintadas, pero las muestras en París Photo y en otras partes de Europa donde pensaba mostrarlas no se hicieron. “Paralelamente me puse a pintar al óleo y a dibujar, lo cual me sacó de una depresión por la que no me podía levantar de la cama. La psicóloga me decía que trabaje, que es lo que me gusta. Y entonces empecé a pintar. Dejé las fotos pintadas al costado. Y cuando me invitaron a exponer, me dio un ataque y pinté diez seguidas en la última semana. Algunas fueron montadas con la pintura fresca”, cuenta.
La pieza central es una foto de comunión de 120 centímetros de alto. “Yo la había visto hace tres años en El Juguete Ilustrado, que vende libros antiguos y juguetes en San Telmo. Le propuse a la dueña canjeársela por una obra mía. Le daba lo que quisiera. Le llevé copias vintage para que eligiera. No quiso. Me la dio a cambio de una reproducción de la obra terminada”, cuenta. A la Biblia de las manos de la niña le puso encima el Libro Rojo de Mao, y alrededor lo que podría ser un guion cinematográfico: “Le pinté el Che Guevara, a Mao, a la madre que le dice que sea católica y al comunismo... una ensalada de conflictos. Quizá diez años después esa chica podría haberse alistado en Montoneros”.
Hay un antecedente en sus primeros retratos de los años 80 en blanco y negro coloreados con tinta transparente. “Yo tuve una intuición de empezar a pintar las copias a mano como los fotógrafos de Carlos Paz y Mar del Plata, que pintaban las sierras de verde y el cielo de azul. Investigué, compré las tintas y tengo toda una serie de fotos coloreadas a mano con un look retro: cachetes rosaditos”, recuerda. Después de esa primera etapa, donde fotografía y pintura estaban unidas en su obra, pasó a otra de fotógrafo clásico, blanco y negro.
Cuando viajó a Cuba a estudiar cine en la escuela de Gabriel García Márquez surgió lo que sería su sello de autor: el pop latino. “Mi película de graduación de aquella primera promoción, en vez de hacer un documental, fue una puesta en escena en los hoteles de los `50 que son alucinantes, con cocodrilos embalsamados, gente tomando daiquiris al lado de la pileta... indirectamente es una forma de documentar. Hay un límite muy sutil entre la puesta en escena y el documental, que se puede discutir tres días seguidos. Éramos 70 alumnos de todos los países de América Latina y me sirvió para entenderla, en un trato cotidiano. Fue muy importante. Ahí rompí con el blanco y negro, me cansé, que quise distanciar... hacer todo lo contrario de Sebastián Salgado, Graciela Iturbide, Manuel Álvarez Bravo. Que mis fotos sean absolutamente latinoamericanas, pero sin ese terracota profundo que identifica al estereotipo de América Latina. Busqué usar materiales baratos, rollos de fotos comprados en el Once, chancletas, anteojos de Taiwán. Se dice que esas puestas en escena intuitivamente documentan al menemismo. El shopping center de cartón pintado. Viajé mucho por el continente y mi intención era que mi fotografía fuera exageradamente latinoamericana; exagerar los estereotipos de identidad. Cierto humor, con subsuelo trágico”.
"Mi sueño es ser pintor", dice Marcos López
Muchas de sus obras se cierran conceptualmente en sí mismas. Por ejemplo, en El cumpleaños de la directora están las alumnas que se entiende que son inmigrantes suizoalemanas, los criollos, la directora... “Cada personaje podría ser de una obra de teatro, que es el de mi propia vida. Sin dudas, es un exorcismo de mi educación, en un contexto donde no me relacionaba con artistas: debo haber tenido una vocación arrolladora para ser artista después de estar cinco años calentando un banco en la Facultad de Ingeniería en plena Dictadura. Era un suplicio, y seguía porque no me animaba a decirle a mis padres, que en realidad siempre me apoyaron. Vine a vivir a Buenos Aires en 1982 y me dediqué al fotoperiodismo. Pero enseguida supe que quería ser artista. La primera artista que conocí fue Liliana Maresca. Un amigo de Santa Fe me había anotado su teléfono en un papelito. Pronto hicimos una relación muy cercana y entonces hicimos aquella kermese, que influyó en todo lo que siguió”.
Lo que más le interesa ahora es el libro de todo este trabajo exhibido en el Borges que se va a publicar por un convenio entre la UNL de Santa Fe y la UNA. “Me gustaría que algún especialista en fotografía escriba y que lo haga en contra mío”. UNTREF lo está ayudando a ordenar su archivo. “Yo nunca cuidé nada. Está todo tirado en cajas de cartón”, reconoce. Pero tiene una sola obsesión: “Lo que más placer me da es pintar óleo sobre tela”.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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