domingo, 11 de diciembre de 2022

IDENTIDAD CULTURAL




La memoria y la cultura de los inmigrantes en las quintas de Mercedes
LA NACION
Susana Boragno
El asentamiento rural en la segunda mitad del siglo XIX en el ejido del partido de Mercedes, provincia de Buenos Aires estaba poco habitado. Estaba en la pampa húmeda donde se quería ocupar con inmigrantes y lograr una economía productiva. El historiador Carlos A. Dagnino, quien proviene de una familia con fuerte arraigo local, investigó sobre el tema, en un trabajo aún inédito. Cuenta que la historia de las quintas comienza después que el agrimensor Raimundo Prat y Puig trazó en 1830 el ejido de la Guardia de Luján como se conocía el lugar, con una superficie mayor que el de la planta urbana. Fue amojonada en sus cuatro ángulos por cañones enterrados con la boca hacia arriba, de los cuales queda solo uno en su posición original, en la margen izquierda del río Luján,
Quien esto suscribe, vivió en su niñez en estas quintas, su familia arribó en 1855 proveniente de la Liguria. Fueron los primeros en romper la dureza de la tierra y abrir los surcos para cosechar todo tipo de verdura como choclos y zapallo. La zona fue una gran productora de porotos. Lo mismo de duraznos, de todos los colores y sabores como el Sol de Mayo, el brisco o el plateado.
En esa década del 50 se comienza a entregar tierras a los inmigrantes, mayormente italianos. Una ley permitió que las municipalidades, para obtener recursos, puedan vender estas quintas, que estaban afectadas por la figura jurídica de “enfiteusis”.
El gobernador Mariano Saavedra, en 1864 le vendió a mi bisabuelo Antonio Boragno y a otros paisanos, la chacra que ya venía trabajando, a través de la Escribanía General de Gobierno a cargo de Alejandro Araujo.
El historiador analizó la arquitectura rural doméstica de estas quintas que eran de líneas simples, pocas de dos pisos, de estilo italianizante, construida por albañiles de la misma procedencia. Sólidas, abundaban las pilastras, los cornisamentos, algunos mármoles de Carrara, molduras de cerámicas, rosetones con figuras humanas o de animales. Azulejos de Pas de Calais y tejas de Marsella que llegaban como lastre en los barcos que transportaban cereales a Europa. Los pisos eran de ladrillos, mi tía tenía la voluntad de encerarlos y no se podían cruzarlos sino en rigurosos patines.
Cuenta Dagnino que abundaba el color rosado en las paredes, producto de utilizar la grasa con vestigios de sangre animal, por la conveniencia de una mayor adherencia e impermeabilización, dándole un toque local particular. Las cocinas eran amplias donde se lucía una protagonista indiscutible. la istilart de tres o más hornallas. En el galpón se podía encontrar el fogón con campana. Abundaban los parrales de uva chinche para consumo y para producir vino. Se aprovechaba la sombra de las exuberantes glicinas. no podía faltar la bomba para extraer agua fresca en sus dos modelos: la sapo o la de elevación. Los trabajos de los herreros de ricas filigranas, se lucían en ventanas, puertas, y balcones. Algunas de estas construcciones albergaban almacenes de ramos generales, pulperías o escuelas rurales. Recuerdo a la escuelita Perazzo, donde empecé hacer mis primeros palotes. Las maestras venían del centro en sulky, los alumnos a caballo, a pie, etc Los cercos divisorios de las quintas de acacias o paraísos, ocultaban las silenciosas y tímidas violetas, que nos proveían de hermosos ramos que “le llevaba a mi querida maestra Mabel Herrera de Lértora”
Las almacenes y las pulperías eran lugares de descanso de los gauchos para tomar su copita de ginebra En el viejo camino a navarro había varias: Espíndola, Lartigue, Rocha, Zunino.
Hoy estas quintas son casas de fin de semana para el desasosiego de habitantes capitalinos. Todo está guardado en la memoria del pueblo, es bueno exhumarlo en el presente y para quien las vivió con unas lágrimas de nostalgia y a Carlos Dagnino agradecer por investigar y contarlas

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