Los pesebres, un símbolo más añejo que los arbolitos de hoy
En la Argentina, la tradición tuvo muchos ejemplos notorios
Miguel Vendramin Compilador, entre otros antologías, de Los 10 mejores cuentos de Navidad (Planeta, 2010)
En 1963, la Hermandad del Santo Pesebre, institución argentina con sede en la ciudad de Buenos Aires, adherida a la Federación Internacional Pesebrista (Universalis Foederatio Praesepristica). que funciona en Roma,publicó un libro titulado La Navidad y los pesebres en la tradición
Argentina, dirigido por el poeta y folklorista Rafael Jijena Sánchez, que nació en Tucumán en 1904 y murió en Buenos Aires en vísperas de la Navidad de 1979. Jijena Sánchez, notable estudioso de nuestras costumbres, fue inspirador y primer presidente de esa asociación. Su finalidad consiste en promover el movimiento pesebrístico, nacido y desarrollado en Europa, que cuenta con cultores en el mundo entero.
En 2023 se cumplirán ocho siglos desde que Francisco de Asís realizó el primer pesebre conocido, en el pueblo de Greccio. La tradición, iniciada en Italia, se difundió luego por distintos países de Europa. De allí que el verdadero símbolo de estas Fiestas es el pesebre (nacimiento o belén, como se lo denomina en otras latitudes) y no el árbol de Navidad que, con su encanto “a veces nos hace ir por las ramas”, haciéndonos olvidar la esencia de esta fecha.
En el libro dirigido por Jijena Sánchez, no solo se historiaban los orígenes del Pesebre y su posterior desenvolvimiento, y los villancicos nacidos en la temprana Edad Media –trasladados a América siglos después, en forma anónima, con una similitud impresionante– sino que, además, se reseñaban, provincia por provincia, costumbres, usos, modalidades y tradiciones propias de la Navidad local. El lector podía conocer, por ejemplo, cómo era la Navidad y su folklore en Córdoba, o la Navidad fueguina, o los pesebres mendocinos, o las fiestas en el Neuquén, o los cuatro siglos de navidades en Salta.
La investigación estuvo a cargo de un equipo de escritores, folcloristas, intelectuales y estudiosos como Orestes Di Lullo, Agustín Zapata Gollán, Berta Vidal de Battini, Julián Cáceres Freyre, Carlos Villafuerte y Olga Fernández Latour, entre otros, encabezados por el doctor Félix Domenech.
En la casa de mis padres no concebíamos la Navidad sin el pesebre, representación que aún hoy cautiva a los chicos y a los adultos con sensibilidad y corazón de chicos. Mi padre fue un fervoroso cultor de esta tradición, a la que dedicaba parte de los meses de cada año, confeccionando imágenes o construyendo en cartón una ciudad de Belén imaginaria, inspirada en estampas o reproducciones de libros. Apenas despuntado diciembre iniciaba el rito anual de armar el pesebre o nacimiento, visitado luego, hasta mediados de enero, por decenas de personas, a menudo desconocidas, creyentes o no, que solían traer como ofrenda simbólica un ramito de olorosos jazmines o de sencillas flores. Buenos Aires era por entonces una ciudad segura, de puertas abiertas, en especial en los barrios, que solo se cerraban con llave por las noches. El pesebre ocupaba un gran cuarto. Había que verlo a través de otro, manteniendo así la suficiente perspectiva. Quien haya tenido oportunidad de visitar en su momento el pesebre del Museo Colonial e Histórico de Luján “Enrique Udaondo”, uno de los nacimientos –como también se llama a los pesebres– más grandes que se conocen, con algo más de seiscientas imágenes que representan figuras humanas o animales, podrá tener una idea aproximada. Hoy de imposible reproducción por su elevado costo y la falta de imagineros especializados (su formación demandó más de medio siglo), permite imaginar este otro nacimiento –más modesto, por cierto– que reproducía con fidelidad, calles, casas y escenas domésticas. Las imágenes, de tamaños distintos, deben de haber llegado al centenar. Algunas eran importadas, en especial de la ciudad de Barcelona, que después de Nápoles era la proveedora habitual, a veces restauradas por mi padre, vestidas en tela pintada que ocultaba el yeso original. Aún en la década de 1980, las más importantes de ellas fueron exhibidas en exposiciones organizadas por instituciones y museos argentinos: el Museo Nacional de Arte Decorativo, el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, el Museo José Hernández y el Museo Municipal de Arte Español Enrique Larreta, entre otros.
Quizás algún lector se pregunte cómo eran los pesebres porteños y qué características tenían. Horacio Jorge Becco, gran estudioso y ensayista que se definió a sí mismo como “un gaucho de frac, que nunca había tomado mate”, tuvo a su cargo el capítulo “Los Pesebres de Navidad en la Ciudad de Buenos Aires” (en La Navidad y los Pesebres en la Tradición Argentina), en el que menciona, entre otros pesebres famosos, el de mi padre.
Luego de recordar los nacimientos porteños de antaño y las celebraciones y ritos sociales a los que daban lugar, Becco rememora otro muy famoso levantado por una negra africana en el Barrio del Mondongo, que corresponde hoy a las parroquias de Montserrat y de la Concepción, al que concurrían en procesión las demás personas negras de Buenos Aires, llevando en andas las imágenes de San Baltasar y San Benito.
Ya en nuestros días, después de resaltar lo extenso y dificultoso que resultaría la enumeración de las características sobresalientes de los nacimientos o pesebres porteños, Becco recuerda al pasar “el de Hebe Pirovano de Girondo, con sus figuras signées de artistas napolitanos; las imágenes criollas litoraleñas que contiene el de la familia González Garaño; las cuzqueñas en papier maché de Manuel Mujica Lainez; las criollas de la familia Schenone; las bíblicas recreaciones de la familia Jouly, de gran artesanía y minucioso encanto, con centenares de personajes; la escenografía, la movilidad del niño, el asno, el buey, los cielos y las escenas previas al nacimiento, que proyecta Esteban M. Musizzano; el realizado por Atilio Vendramin, donde aparece la Virgen depositando al niño en la cuna, con una Belén reconstruida en cartón corrugado”, y otros.
Nadie heredó, en mi familia, la vocación de mi padre. Ese pesebre hace muchos años que nadie lo arma y sólo en contadas ocasiones pudo verse una pequeña parte en el decorado de algún estudio de televisión. Pero el recuerdo de aquellas navidades pasadas persiste, como en los cuentos del escritor argentino Enrique Arenz, que hace más de veinticinco años publica, en el diario La Capital, de Mar del Plata, donde vive, su cuento de Navidad anual. O en los famosos relatos nostálgicos de Charles Dickens (1812-1870) o del escritor norteamericano Truman Capote (1924-1984), autor de Un recuerdo de Navidad, de 1965, llevado a la televisión al año siguiente, y Una Navidad, de 1982.
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