A FONDO
Surf y calidad de vida
Un viaje de ida que eligen cada vez más mujeres
Teresa Elizalde
“Así como uno surfea, así uno vive la vida”. La frase de Maicol Santos, un carismático profesor de surf, resuena en el grupo de argentinas que viajó hasta Itamambuca para vivir una semana de surf, yoga y alimentación saludable. “Si uno está nervioso, estresado, no sirve. “Hay que dejarse llevar”, dice en perfecto portuñol. Junto a Maicol, están Carolina Moreno y Loly Gómez Romero, dos argentinas al frente de Ganesha, un emprendimiento que organiza surftrips a este pueblo de pocas casas, algunas posadas y más tiendas de surf que almacenes, ubicado a 240 kms de San Pablo. El grupo de mujeres escucha con atención. Es de noche y recién mañana entrarán al mar. La mayoría no se conoce y nunca se subió a una tabla. Otras, más experimentadas, eligen viajar en grupo para tener todo asegurado y dedicarse a surfear. “Despacio, chicas. Hay que dejarse llevar. El surf es un arte, mucho más que un deporte”, remata Maicol, quien se define como lifecoach. El grupo se alista para una cena suave. El día empezará con yoga a las 7 de la mañana y luego irán a la playa. Ganesha fue una idea de Carolina Moreno, una politóloga argentina de 44 años, que hoy vive en San Pablo junto a su marido y sus hijos. Dedicada al mundo académico, conoció el yoga a los 25 años y se fascinó. De a poco, empezó a soltar los estudios para sumergirse en la disciplina de las posturas y los asanas. El destino la llevó a Brasil, donde tuvo su primer contacto con el surf. Un vínculo que no paró y que hoy, junto a su socia Loly, despliega de manera profesional: Ganesha Surf and Yoga es un emprendimiento que nació en 2017 por el que ya viajaron más de 400 personas, en su mayoría mujeres, hasta Itamambuca y Fernando de Noronha, un archipiélago al norte de Brasil y que emplea a veinte personas, entre instructores, coachs de alimentación y community managers. “Queríamos transmitir un estilo de vida. Que quienes vinieran hasta acá se conectaran con ellas mismas. Que hubiera un antes y un después”, dice Carolina desde su casa en San Pablo.
Cada vez más mujeres se animan al surf y descubren un mundo que no cambian por nada
El surf es un deporte común en países de grandes costas como Brasil, Hawai, Australia, México o Tailandia, pero en la Argentina era, hasta hace unos años, una actividad para pocos. Si bien solo se necesita una tabla y un traje de agua, no eran muchos los que se atrevían a meterse en las olas de Mar del Plata, Chapadmalal o Miramar, los tres lugares que hoy son parada obligada en la ruta surfera. A las frías aguas de la costa atlántica, se le sumaba la dificultad de aprender una actividad arriesgada, donde el contexto es impredecible. Lo practicaban, en su mayoría, varones que elegían playas alejadas y desconocidas. Hoy, esa imagen, se renovó. Más temerarias que temerosas, actitud necesaria para cruzar la rompiente y estar en el agua, las mujeres fueron avanzando de manera amateur y profesional en un deporte muy marcado por la diferencia de género. Si bien hoy las competencias profesionales no son mixtas, las mujeres lograron igualdad en campeonatos, premios en dinero y participaciones en torneos.


Los viajes que combinan surf, yoga y comida sana resultan ideales para ganar confianza en el mar
Maya Gabeira es brasileña, tiene 33 años, y ostentó durante un tiempo el galardón de haber corrido la ola más alta del mundo. Gabeira logró este podio en el Nazaré Tow Surfing Challenge, uno de los torneos más importantes de la categoría, una suerte de Oscar del Surf, que se disputa en un pequeño puerto al norte de Portugal. En 2020, corrió una ola de 22,4 metros, y entró en el Guinness por su récord. Ese mismo año, el surf fue considerado deporte olímpico, con categorías masculinas y femeninas. Lo curioso de Gabeira es que volvió a la ola que, en 2013, estuvo a punto de terminar con su vida. En aquel año, y luego de que una moto de agua la dejara en el mar, una ola de 20 metros y 144 toneladas cayó sobre ella y la dejó inconsciente. Operaciones de espalda, años de entrenamiento y la convicción de que la ola de Nazaré le iba a dar su revancha la llevaron al podio. Lo de Gabeira es extremo. La mayoría de las veces, las surfistas no buscan estas grandes olas, sino que eligen un entorno más amable. Pero como el riesgo siempre está, muchas prefieren un contexto que les dé confianza. Por eso, desde hace un tiempo, asociados al boom del deporte y de la búsqueda de esta seguridad para practicarlo, surgieron viajes que combinan surf, yoga y comida sana. Además de Ganesha en Brasil, están, entre otros, Swelltrips, Baibai, Delasurftrips, o los encuentros diarios de Chicas al Agua de surf y SUP en Mar del Plata.
En los viajes, se busca una conexión total con el entorno y la naturaleza. Estar en el momento presente.
Chapadmalal, nuevo epicentro El balneario de Chapadmalal fue siempre el lugar elegido para los surfistas que buscaban un ambiente agreste. En los últimos años, la población de esta zona cambió. Ya no es solo destino de veraneo sino un lugar de residencia para quienes quieren estar en contacto permanente con el agua. Allí se instaló Loli Lanusse, junto a su pareja y su hijo, Manu, de 2 años. Loli descubrió el surf a los 11 años en los veranos familiares en Playa Grande. Hoy, junto a su socia Pía Neira, está al frente de Delasurftrip, que organiza salidas con mujeres a diferentes playas. El último, a principios de noviembre, fue a Máncora, al norte de Perú. Cuando Loli arrancó, no había escuelas de surf ni muchas mujeres que lo practicaran. Ella lo hacía para imitar a sus hermanos mayores y para combatir el tedio de los largos días de playa. Al terminar el secundario, solo quería buscar olas y conectarse con mujeres que estuvieran en esa búsqueda. Era casi imposible. “Lo que veía era que el hombre estaba más en la competencia. En la carrera por ganar. Yo quería estar en el agua, flotar, sentir el mar”, relata desde su casa en Chapadmalal. Loli estudió diseño, trabajó durante años de 9 a 18 en una oficina porteña, hasta que finalmente logró su sueño.
Piru Neira y Loli Lanusse están al frente de Delasurftrips, con base en Chapadmalal y con viajes a Brasil y Perú
Delasurftrips surgió en 2016 cuando conoció a Pía y viajaron a Chapadmalal a buscar unas tablas. Loli compartió su idea de los viajes y junto a Pía la pusieron en acción. “El surf se trata de vencer los miedos. Cuando aprendés a sobrellevar ese miedo en el agua, cuando aprendés a jugar, no te queda otra forma de vivir la vida”, afirma. Ahora, cada mañana, después de dejar a su hijo en el jardín, agarra la tabla y se va al agua. Tiene un grupo de WhatsApp con otras amigas donde comentan el estado de las olas. “Por fin puedo surfear con mujeres”, dice. En Chapadmalal vive también Coco Cianciarulo, hija de Flavio, el destacado músico de los Fabulosos Cadillacs. Coco surfea desde niña, desde que se instalaron en esta zona de la costa. Para ella, el surf es todo. “Lo que respiro, bebo, amo, playa, una forma de vida, un amor”, sintetiza. “El océano es un misterio insondable y allí estamos flotando, surfeando la ola, el mar”, agrega. Como se fue dando en la mayoría de los espacios de la sociedad, la mujer fue ocupando lugares donde hasta hace poco solo se veían varones. Hoy, las mujeres no distinguen edad para practicar el deporte. Están quienes lo hacen desde niñas, en grupo, para competir o divertirse, lo que se conoce como freesurf. Y están quienes empiezan ya en edad adulta, con las dificultades que esto supone.
Maya Gabeira, la brasileña que logró en 2020 el podio por haber surfeado la ola más alta, en Nazaré, Portugal
María Julia Tramutola, consultora en sustentabilidad y artista, tiene 51 años y empezó hace 15 en las playas del sur de Brasil. Tomaba clases durante las vacaciones y ese era su único contacto con el surf. “Cuando me paré en la ola por primera vez, me di cuenta de que era ahí a donde quería estar. Lo que más me conmovió es que hay un momento en que sincronizás un 100% con esa ola. Estás en el mismo timing, vas a la misma velocidad y todo empieza a fluir”, describe. A sus clases de verano, María comenzó a sumar viajes solo para surfear. Los hace con amigas o con su marido. “El surf tiene sentido para mí si es compartido”, asegura. Ante la adversidad que puede generar el mar, los cambios repentinos que suceden dentro del agua cuando se pasa de una calma a un mar de olas altas, María practica más confiada si hay alguien cerca. “Es un deporte que demanda estado físico. Y al estar inmersa en la naturaleza, soy muy respetuosa. No es tu medio. Por eso, para poder divertirte, tenés que sentirte fuerte. Porque cuando te cansás, el mar te abate”, explica. Florencia Costa, que hoy tiene 13 años, empezó desde chica. Sus padres se mudaron de Buenos Aires a Mar del Plata para estar cerca del agua y ella empezó a surfear a los siete. “Forma parte de mi vida. Yo salgo del colegio, y voy a ver cómo están las olas”, dice. A veces, participa de competencias, pero otras, la mayoría, disfruta de meterse. “El mar es mi psicólogo”, asegura. El surf supone paciencia y tolerancia a la frustración. Es una búsqueda constante. Estar una hora en el agua, sobre la tabla, y esperar a que llegue una ola que, quizá, nunca llega. Es estar conectado con la naturaleza en su totalidad. En el surf no hay equipos, no hay puntaje, no hay ganador. Salvo competencias, el triunfo es lograr pararse y dominar el cuerpo, lograr estabilidad y bajar por la pared de la ola. Permanecer.


Paciencia y tolerancia a la frustración, dos cualidades fundamentales para el surf
Boom expansivo El boom del surf se expande también a otras modas. Con la llegada de las mujeres a las olas, se desarrolló una industria de trajes de surf especiales para ellas, con colores llamativos. Además, están quienes diseñan tablas que luego se pintan para decorar espacios. Están los tours que suman arte a su propuesta y quienes ofrecen una búsqueda de conexión que trasciende el deporte. “Es puro presente. Es estar ahí en ese momento. Es un viaje interior muy fuerte. Porque una se va conociendo en el medio del mar, aprendés a buscar y a esperar. A veces, salgo de Capital un martes a la tarde rumbo a Mar del Plata porque sé que viene una ola buena. A medida que avanzo en la ruta 2, la ola avanza en el mar. A la mañana, mientras desayuno y me preparo para ir al mar, sé que la ola está acercándose y que en algún momento, en algunas horas, nos vamos a encontrar”, resume Josefina Colombres. Tiene 52 años y hace 15 que descubrió este mundo. Y no se bajó. Ese encuentro con la ola, quizá sea de unos pocos segundos. Pero para Josefina valió el viaje. “El surf es aprender a lidiar con la propia frustración. Es muy sanador porque te saca de tu zona de confort. Y te enseña a enfrentarte a situaciones complejas. No es surfear, meditar o hacer yoga por sí mismo, sino que estas disciplinas te dan herramientas para tu vida”, argumenta Carolina de Ganesha. Al día siguiente de la charla introductoria de Maicol, el grupo de argentinas de Ganesha llega por fin a la orilla de la playa de Itamambuca a las 8 de la mañana. El mar vira del plateado al gris. Los profesores acomodan las tablas sobre la arena. La calma es grande. Se les pide concentración. Silencio. Escucha. El mar, por ahora, espera.
“Así como uno surfea, así uno vive la vida”. La frase de Maicol Santos, un carismático profesor de surf, resuena en el grupo de argentinas que viajó hasta Itamambuca para vivir una semana de surf, yoga y alimentación saludable. “Si uno está nervioso, estresado, no sirve. “Hay que dejarse llevar”, dice en perfecto portuñol. Junto a Maicol, están Carolina Moreno y Loly Gómez Romero, dos argentinas al frente de Ganesha, un emprendimiento que organiza surftrips a este pueblo de pocas casas, algunas posadas y más tiendas de surf que almacenes, ubicado a 240 kms de San Pablo. El grupo de mujeres escucha con atención. Es de noche y recién mañana entrarán al mar. La mayoría no se conoce y nunca se subió a una tabla. Otras, más experimentadas, eligen viajar en grupo para tener todo asegurado y dedicarse a surfear. “Despacio, chicas. Hay que dejarse llevar. El surf es un arte, mucho más que un deporte”, remata Maicol, quien se define como lifecoach. El grupo se alista para una cena suave. El día empezará con yoga a las 7 de la mañana y luego irán a la playa. Ganesha fue una idea de Carolina Moreno, una politóloga argentina de 44 años, que hoy vive en San Pablo junto a su marido y sus hijos. Dedicada al mundo académico, conoció el yoga a los 25 años y se fascinó. De a poco, empezó a soltar los estudios para sumergirse en la disciplina de las posturas y los asanas. El destino la llevó a Brasil, donde tuvo su primer contacto con el surf. Un vínculo que no paró y que hoy, junto a su socia Loly, despliega de manera profesional: Ganesha Surf and Yoga es un emprendimiento que nació en 2017 por el que ya viajaron más de 400 personas, en su mayoría mujeres, hasta Itamambuca y Fernando de Noronha, un archipiélago al norte de Brasil y que emplea a veinte personas, entre instructores, coachs de alimentación y community managers. “Queríamos transmitir un estilo de vida. Que quienes vinieran hasta acá se conectaran con ellas mismas. Que hubiera un antes y un después”, dice Carolina desde su casa en San Pablo.
Cada vez más mujeres se animan al surf y descubren un mundo que no cambian por nadaEl surf es un deporte común en países de grandes costas como Brasil, Hawai, Australia, México o Tailandia, pero en la Argentina era, hasta hace unos años, una actividad para pocos. Si bien solo se necesita una tabla y un traje de agua, no eran muchos los que se atrevían a meterse en las olas de Mar del Plata, Chapadmalal o Miramar, los tres lugares que hoy son parada obligada en la ruta surfera. A las frías aguas de la costa atlántica, se le sumaba la dificultad de aprender una actividad arriesgada, donde el contexto es impredecible. Lo practicaban, en su mayoría, varones que elegían playas alejadas y desconocidas. Hoy, esa imagen, se renovó. Más temerarias que temerosas, actitud necesaria para cruzar la rompiente y estar en el agua, las mujeres fueron avanzando de manera amateur y profesional en un deporte muy marcado por la diferencia de género. Si bien hoy las competencias profesionales no son mixtas, las mujeres lograron igualdad en campeonatos, premios en dinero y participaciones en torneos.


Los viajes que combinan surf, yoga y comida sana resultan ideales para ganar confianza en el marMaya Gabeira es brasileña, tiene 33 años, y ostentó durante un tiempo el galardón de haber corrido la ola más alta del mundo. Gabeira logró este podio en el Nazaré Tow Surfing Challenge, uno de los torneos más importantes de la categoría, una suerte de Oscar del Surf, que se disputa en un pequeño puerto al norte de Portugal. En 2020, corrió una ola de 22,4 metros, y entró en el Guinness por su récord. Ese mismo año, el surf fue considerado deporte olímpico, con categorías masculinas y femeninas. Lo curioso de Gabeira es que volvió a la ola que, en 2013, estuvo a punto de terminar con su vida. En aquel año, y luego de que una moto de agua la dejara en el mar, una ola de 20 metros y 144 toneladas cayó sobre ella y la dejó inconsciente. Operaciones de espalda, años de entrenamiento y la convicción de que la ola de Nazaré le iba a dar su revancha la llevaron al podio. Lo de Gabeira es extremo. La mayoría de las veces, las surfistas no buscan estas grandes olas, sino que eligen un entorno más amable. Pero como el riesgo siempre está, muchas prefieren un contexto que les dé confianza. Por eso, desde hace un tiempo, asociados al boom del deporte y de la búsqueda de esta seguridad para practicarlo, surgieron viajes que combinan surf, yoga y comida sana. Además de Ganesha en Brasil, están, entre otros, Swelltrips, Baibai, Delasurftrips, o los encuentros diarios de Chicas al Agua de surf y SUP en Mar del Plata.
En los viajes, se busca una conexión total con el entorno y la naturaleza. Estar en el momento presente. Chapadmalal, nuevo epicentro El balneario de Chapadmalal fue siempre el lugar elegido para los surfistas que buscaban un ambiente agreste. En los últimos años, la población de esta zona cambió. Ya no es solo destino de veraneo sino un lugar de residencia para quienes quieren estar en contacto permanente con el agua. Allí se instaló Loli Lanusse, junto a su pareja y su hijo, Manu, de 2 años. Loli descubrió el surf a los 11 años en los veranos familiares en Playa Grande. Hoy, junto a su socia Pía Neira, está al frente de Delasurftrip, que organiza salidas con mujeres a diferentes playas. El último, a principios de noviembre, fue a Máncora, al norte de Perú. Cuando Loli arrancó, no había escuelas de surf ni muchas mujeres que lo practicaran. Ella lo hacía para imitar a sus hermanos mayores y para combatir el tedio de los largos días de playa. Al terminar el secundario, solo quería buscar olas y conectarse con mujeres que estuvieran en esa búsqueda. Era casi imposible. “Lo que veía era que el hombre estaba más en la competencia. En la carrera por ganar. Yo quería estar en el agua, flotar, sentir el mar”, relata desde su casa en Chapadmalal. Loli estudió diseño, trabajó durante años de 9 a 18 en una oficina porteña, hasta que finalmente logró su sueño.
Piru Neira y Loli Lanusse están al frente de Delasurftrips, con base en Chapadmalal y con viajes a Brasil y PerúDelasurftrips surgió en 2016 cuando conoció a Pía y viajaron a Chapadmalal a buscar unas tablas. Loli compartió su idea de los viajes y junto a Pía la pusieron en acción. “El surf se trata de vencer los miedos. Cuando aprendés a sobrellevar ese miedo en el agua, cuando aprendés a jugar, no te queda otra forma de vivir la vida”, afirma. Ahora, cada mañana, después de dejar a su hijo en el jardín, agarra la tabla y se va al agua. Tiene un grupo de WhatsApp con otras amigas donde comentan el estado de las olas. “Por fin puedo surfear con mujeres”, dice. En Chapadmalal vive también Coco Cianciarulo, hija de Flavio, el destacado músico de los Fabulosos Cadillacs. Coco surfea desde niña, desde que se instalaron en esta zona de la costa. Para ella, el surf es todo. “Lo que respiro, bebo, amo, playa, una forma de vida, un amor”, sintetiza. “El océano es un misterio insondable y allí estamos flotando, surfeando la ola, el mar”, agrega. Como se fue dando en la mayoría de los espacios de la sociedad, la mujer fue ocupando lugares donde hasta hace poco solo se veían varones. Hoy, las mujeres no distinguen edad para practicar el deporte. Están quienes lo hacen desde niñas, en grupo, para competir o divertirse, lo que se conoce como freesurf. Y están quienes empiezan ya en edad adulta, con las dificultades que esto supone.
Maya Gabeira, la brasileña que logró en 2020 el podio por haber surfeado la ola más alta, en Nazaré, Portugal
María Julia Tramutola, consultora en sustentabilidad y artista, tiene 51 años y empezó hace 15 en las playas del sur de Brasil. Tomaba clases durante las vacaciones y ese era su único contacto con el surf. “Cuando me paré en la ola por primera vez, me di cuenta de que era ahí a donde quería estar. Lo que más me conmovió es que hay un momento en que sincronizás un 100% con esa ola. Estás en el mismo timing, vas a la misma velocidad y todo empieza a fluir”, describe. A sus clases de verano, María comenzó a sumar viajes solo para surfear. Los hace con amigas o con su marido. “El surf tiene sentido para mí si es compartido”, asegura. Ante la adversidad que puede generar el mar, los cambios repentinos que suceden dentro del agua cuando se pasa de una calma a un mar de olas altas, María practica más confiada si hay alguien cerca. “Es un deporte que demanda estado físico. Y al estar inmersa en la naturaleza, soy muy respetuosa. No es tu medio. Por eso, para poder divertirte, tenés que sentirte fuerte. Porque cuando te cansás, el mar te abate”, explica. Florencia Costa, que hoy tiene 13 años, empezó desde chica. Sus padres se mudaron de Buenos Aires a Mar del Plata para estar cerca del agua y ella empezó a surfear a los siete. “Forma parte de mi vida. Yo salgo del colegio, y voy a ver cómo están las olas”, dice. A veces, participa de competencias, pero otras, la mayoría, disfruta de meterse. “El mar es mi psicólogo”, asegura. El surf supone paciencia y tolerancia a la frustración. Es una búsqueda constante. Estar una hora en el agua, sobre la tabla, y esperar a que llegue una ola que, quizá, nunca llega. Es estar conectado con la naturaleza en su totalidad. En el surf no hay equipos, no hay puntaje, no hay ganador. Salvo competencias, el triunfo es lograr pararse y dominar el cuerpo, lograr estabilidad y bajar por la pared de la ola. Permanecer.

Paciencia y tolerancia a la frustración, dos cualidades fundamentales para el surfBoom expansivo El boom del surf se expande también a otras modas. Con la llegada de las mujeres a las olas, se desarrolló una industria de trajes de surf especiales para ellas, con colores llamativos. Además, están quienes diseñan tablas que luego se pintan para decorar espacios. Están los tours que suman arte a su propuesta y quienes ofrecen una búsqueda de conexión que trasciende el deporte. “Es puro presente. Es estar ahí en ese momento. Es un viaje interior muy fuerte. Porque una se va conociendo en el medio del mar, aprendés a buscar y a esperar. A veces, salgo de Capital un martes a la tarde rumbo a Mar del Plata porque sé que viene una ola buena. A medida que avanzo en la ruta 2, la ola avanza en el mar. A la mañana, mientras desayuno y me preparo para ir al mar, sé que la ola está acercándose y que en algún momento, en algunas horas, nos vamos a encontrar”, resume Josefina Colombres. Tiene 52 años y hace 15 que descubrió este mundo. Y no se bajó. Ese encuentro con la ola, quizá sea de unos pocos segundos. Pero para Josefina valió el viaje. “El surf es aprender a lidiar con la propia frustración. Es muy sanador porque te saca de tu zona de confort. Y te enseña a enfrentarte a situaciones complejas. No es surfear, meditar o hacer yoga por sí mismo, sino que estas disciplinas te dan herramientas para tu vida”, argumenta Carolina de Ganesha. Al día siguiente de la charla introductoria de Maicol, el grupo de argentinas de Ganesha llega por fin a la orilla de la playa de Itamambuca a las 8 de la mañana. El mar vira del plateado al gris. Los profesores acomodan las tablas sobre la arena. La calma es grande. Se les pide concentración. Silencio. Escucha. El mar, por ahora, espera.
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