domingo, 5 de noviembre de 2023

DE NO CREER Y AL MARGEN


Massita-milei: la segunda vuelta es una cosa de locos
Carlos M. Reymundo Roberts
Macri no se bancaba más a los radicales, a Lilita, a Larreta... Con los libertarios se siente... liberado
Un colaborador veinteañero de Massita entró exultante en el despacho del candidato: “¡Lo encontré! ¡Lo encontré!”. Massita le había pedido que buscara países que también tuviesen problemas de desabastecimiento de naftas. Ser “el único del mundo”, como ya lo bardeaban en las redes, lo ponía de pésimo humor. Ni en Ucrania se ven colas en las estaciones de servicio. “Por Dios, tiene que haber otros casos. ¡Traeme al menos uno!” Con ese ejemplo pensaba llamar a conferencia de prensa y decir que se trataba de una escasez de alcance global. Al jovencito que irrumpió con la buena nueva le preguntó qué país había encontrado. “La Franja de Gaza”.
El chico ahora sabe que no es un país y las circunstancias que atraviesa, pero lo que no sabe es dónde va a conseguir trabajo. Porque para Massita fue una semana endemoniada en la que se lo vio fastidioso e intolerante como nunca. No era por los aumentos del 5% en los Precios Injustos, o por el cierre de colegios y centros de salud, o porque golpean a su puerta las novedades siempre escandalosas del caso Chocolate. Lo que lo mató fue la crisis de las naftas: como que ninguno de los trucos que iba ensayando servían para calmar la indignación de la gente. Massita tiene un approach a las situaciones de conflicto que lo convierten en un distinto: no les teme, lo excitan, siente el desafío de entreverarse con ellas y desplegar sus dotes de prestidigitador; siempre, claro, bajo la premisa de no trabajar sobre la esencia, sino sobre la apariencia. Seamos respetuosos: embustero, sí, pero profesional. Con los combustibles entendió que estaba perdiendo. Lo supo cuando llamó Malena a los gritos (bueno, a ella no le cuesta nada malenizarse), y lo ratificó al ver esa foto del surtidor de Mendoza al que le habían pegado un cartel: “¡No hay naftas! ¿Hasta cuándo? Hasta que voten bien”.
Hablando desde su iphone 15 le aceptó a YPF, y a las otras petroleras, un ajuste de precios del 10%; y hablando frente a un micrófono prometió que el desabastecimiento no iba a terminar en una suba. ¿Doble discurso? No. Palabra de fullero.
“De Cristina aprendí que la gente a veces quiere que le mientas. Tiene un efecto terapéutico”, suele decir. Mentira. Lo aprendió mucho antes.
El balotaje (pobre “ballottage”, cuánto charme pierde en español) ya no es lo que parecía hasta hace una semana. Sentado en el living de mi casa, un reconocido consultor político y encuestador me explicó que hoy el que está en condiciones de ganar es Milei. Su repartija de los votos de Patricia, Schiaretti y Bregman no me convenció. Decidí llamar a otro, también de muchos quilates, y, oh sorpresa, me dijo más o menos lo mismo. Che, ¿será verdad? Massita, ¡se viene el agua! Debe ser por eso que se ha puesto medio infumable. Lo entiendo: perder contra el Team M –Motosierra Milei-mauricio Macri– es algo que no se perdonaría jamás. Lo de Motosierra quizá va quedando vejete. No sé si Macri está en condiciones de enseñarle secretos de la alta política, pero al menos procura instruirlo en cuestiones de urbanidad: que se acaben los perros y los leones, la revolución capilar, gritos y berrinches, Lili Lemoine y Fátima Florez… Se lo dice con cariño: “Javi, comportate como si fueras un tipo normal”. Javi tiene la impresión de estar haciendo un máster, aunque hay clases que no le gustan nada. En una, Macri le dijo: “A ver, repetí conmigo: no debo hablar de dolarización, armas, órganos, casta, el Papa…”. El libertario lo frenó en seco: “¡Pará, Larreta!”.
Pero hay que ver cómo se van notando los cambios. En el último spot, grabado el martes, un Milei remixado luce tranquilo, compuesto, razonable. Uh, acabo de darme cuenta: ese día era Halloween.
Estrategas de campaña le arrimaron un consejo: cuando lo acusen de estar “tocado” debe responder que no hay mayor locura que votar a Massa, responsable de esta hecatombe. Buen tip. Porque es cierto: el menú de la segunda vuelta es una cosa de locos.
Macri vive horas de adrenalina a full. No se bancaba más a los radicales, a Lilita, a Larreta, a María Eugenia... Entre los libertarios se siente liberado. Al día siguiente de las PASO, con Pato Bullrich en un ruinoso segundo puesto, llamó a una exfuncionaria de su gobierno y le pidió que se sumara a la campaña. “OK. ¿Me va a llamar Patricia?” “No, nena –contestó Macri–. Te va a llamar Karina, la hermana de Milei”.
Un detalle: los de JXC que ahora militan a Milei no hablan de votar por él, sino “por el cambio”. Un eufemismo lógico: hasta hace un ratito ellos también decían que era un impresentable.
La vida se ha puesto muy difícil para los antikirchneristas que quieren votar en blanco, impugnar el voto o quedarse en sus casas. Están siendo sometidos a una presión asfixiante: ¡Impíos! ¡Serán culpables de ocho años de Massa más ocho años de Malena!
Ocho años de Massita suena muy fuerte. ¿Ocho años de Malena? Volvé, Cristina

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El cambio incierto o la continuidad recargada
por Héctor M. Guyot

Alguna vez el escritor norteamericano William Styron contó que una depresión feroz lo tuvo al borde del suicidio. Cuando creía que ya nada valía la pena y no le quedaba energía ni para ponerse de pie, lo rescató del pozo la audición completa de Ein Deutsches Requiem, el oratorio con el que Johannes Brahms ofreció, más que una plegaria por los difuntos, un consuelo para aquellos que han de seguir viviendo en el dolor de la pérdida. Yo siempre viví en la certeza del poder reparador de la música, de modo que al conocer esa historia salí a conseguir una buena versión de aquella obra, que hoy tiene un lugar entre mis CD más preciados. Al margen: Borges no era un amante de Brahms, pero escribió un cuento extraordinario que tituló Deutsches Requiem, en el que, desde la voz de un genocida nazi, indaga en la naturaleza del destino humano y en la forma en que un hombre sediento de sentido es capaz de abrazar ideas totalitarias que apagan todo sentimiento de piedad.
Volví a pensar en Styron en estos días. Pero no por su parábola de caída y redención, sino por una película de Alan Pakula que a principios de los años 80 llevó al cine una novela suya, La decisión de Sophie. Disfruté la primera parte, sobre todo por la relación que entablan los dos personajes protagónicos, interpretados por Meryl Streep y Kevin Kline. La segunda parte narra, en un largo flashback, la terrible decisión que tuvo que enfrentar Sophie cuando, prisionera junto a sus dos hijos en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, un oficial de las SS le da la posibilidad de salvar a uno de ellos de la cámara de gas y la pone en la insoportable posición de tener que elegir entre ambos. Aquello me pareció un golpe bajo. Cuesta pensar en un dilema más horrible para una madre. ¿Se puede tomar una decisión semejante? Y, en todo caso, ¿a cuál de los hijos elegir y por qué?
No resulta difícil deducir por qué recordé ahora a Styron y esa vieja película. Una deriva electoral impensada me ha puesto ante una disyuntiva que representa, para mí, un golpe bajo. Salvando todas las distancias con la pobre Sophie, en algo me identifico con ella: sé que no puedo escapar del dilema y que debo actuar después de tomar una decisión, cualquiera sea. Esa decisión no le va a costar en principio la vida a nadie, pero será el grano de arena que irá a integrar el médano de la voluntad colectiva a partir de la cual empezará a escribirse un futuro que marcará nuestra vida y, sí, también la de nuestros hijos. Muy borgeano: el simple gesto de hoy puede sellar la desgracia de mañana.
En una segunda vuelta, dicen, hay que optar por el candidato menos malo. Esa es la premisa para quienes en la primera vuelta no votaron por ninguna de las dos ofertas que quedaron en carrera. Pero ¿qué pasa si la opción menos mala también supone, a nuestro entender, un mal? La cuestión aquí es si un mal puede ayudar a evitar otro mal mayor. Para complicar las cosas, uno de ellos es conocido, en tanto del otro solo podemos tejer conjeturas sobre el alcance que podrían tener sus efectos negativos. A partir de evidencias preocupantes, eso sí. Muchos de los que votaron a Juntos por el Cambio han de estar lidiando con pensamientos como este. Y, hablando en criollo, están jodidos. No puede haber una resolución satisfactoria del asunto, porque por naturaleza uno tiende a evitar la elección consciente de lo que considera un mal. Pero, por otra parte, no optar podría significar, paradójicamente, evitar la oportunidad de rechazarlo. No hay vía de escape a la vista, no se sale indemne de aquí. Un consuelo para quienes padecen este trance –y yo podría contarme entre ellos– es que han hecho lo que estaba en sus manos para no llegar a este punto desolado.
Lo cierto es que esa parte de la ciudadanía que ha resistido la irracionalidad populista quedó en estado de orfandad, agravada además por la disgregación de la coalición opositora. Juntos por el Cambio fue, durante ocho años, un escudo en defensa de los valores republicanos frente al asedio del kirchnerismo a las instituciones. Habrá que hacer un listado de los errores que lo llevaron a perder veinte puntos desde las elecciones de 2021. Sin embargo, lo más doloroso es que ese escudo se desintegra justo cuando la continuidad del oficialismo resulta probable. Ante la tarea de destrucción que el kirchnerismo ha desplegado durante estos años, en especial desde el Gobierno, deberíamos preguntarnos hasta dónde podrían llegar sus tropelías y su afán de hegemonía antidemocrática en caso de resultar nuevamente elegido por el voto.
Sergio Massa es la nueva máscara del peronismo. Detrás de él vienen todos, con Cristina Kirchner a la cabeza. En verdad, ya están ahí. Y no descansan. En estos días, los jueces de la Corte Suprema, sometidos a la farsa de un juicio político que contó con el aval del ministro candidato, denunciaron el “ataque frontal a la división de poderes”.
Quebraron a la sociedad. Quebraron a la oposición. Van por la Corte. No sé si Milei representaría el cambio ni qué tipo de cambio. Massa, de eso estoy seguro, es la continuidad. Recargada
Esa parte de la sociedad que ha resistido la irracionalidad populista quedó en estado de orfandad, agravada además por la disgregación de la coalición opositora

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