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viernes, 17 de enero de 2020

SOLEDAD


La epidemia de la soledad

Santiago Bilinkis
La paradoja de esta época hipercomunicada en la que tenemos cientos de amigos en las redes sociales es que, al mismo tiempo, nunca hubo tanta gente sola como ahora. Una de cada cuatro personas en EE. UU. -equivalente a 80 millones de personas- considera que no tendría a nadie en quien apoyarse en el caso de una necesidad extrema, y el Reino Unido creó en 2018 una dependencia de gobierno para enfrentar el dramático aumento en la cantidad de gente aislada. Los países latinos, gracias a nuestra idiosincrasia, parecen mejor plantados frente a este fenómeno. En una encuesta que realicé, solo el 1% dijo no contar con soporte social alguno, aunque casi el 30% se siente más solo que una década atrás.

En paralelo, una investigación realizada en la Universidad Bringham Young, en 2015, mostró los efectos devastadores que tiene la soledad para nuestra salud y bienestar: la falta de vínculos fuertes tiene efectos negativos comparables con fumar, ser obeso o padecer adicciones. Y viene creciendo hasta alcanzar dimensiones de epidemia.
La manera en que la soledad funciona es bastante antiintuitiva. Por un lado, estar rodeado de gente no garantiza que no estemos solos. La soledad se padece aún más cuando tenés personas alrededor pero no te sentís aceptado e incluido. Por otro, desarrollar la capacidad de estar solos es un mecanismo clave para no sentir soledad. Necesitamos poder separarnos para lograr acercarnos. En la encuesta, casi la mitad de las personas siente que las redes eliminan los vacíos que hacían posible la introspección, como si nos propusiéramos suprimir el silencio llenando cada instante con ruido.

El desafío, en palabras de la investigadora en psicología del MIT Sherry Turkle, es lograr estar "solos juntos". Sin embargo, en la era de las redes "estar solo se siente como un problema que necesita ser inmediatamente solucionado". Basta que exista cualquier tiempo muerto, a veces hasta un semáforo, para que recurramos instantáneamente al celular para llenar ese vacío. Las redes aparecen como el antídoto que nos entretiene y nos hace sentir acompañados y logran el efecto contrario. Minando nuestra capacidad de estar solos terminan aumentando nuestra sensación de soledad. Un informe de la Academia de Pediatría de los Estados Unidos registró un nuevo fenómeno al que bautizaron la depresión de Facebook, que ocurre cuando los preadolescentes y adolescentes que pasan muchas horas en esa red social empiezan a manifestar síntomas de depresión con el consiguiente riesgo de aislamiento social que eso conlleva.

Como síntoma más extremo, varias compañías están utilizando inteligencia artificial para crear apps que sirvan como amigos. Una de ellas cuenta ya ¡con más de 1 millón de usuarios! Probablemente no exista una conexión más ilusoria que esa. Nuestra mayor disposición a mostrarnos vulnerables con un software antes que con una persona dice mucho de la época en que vivimos.
En definitiva, más que los amigos imaginarios el mejor antídoto contra la soledad probablemente sea destinar más tiempo a cultivar nuestros vínculos fuertes y conectarnos más en lugar de comunicarnos tanto. Si te sentís solo, quizá sea momento de usar menos las redes y sumarte a un club, hacer trabajo voluntario en una ONG o simplemente recontactar con viejos conocidos e invitarlos a tomar un café.


El autor es emprendedor y tecnólogo, autor del libro Pasaje al futuro (Sudamericana)

miércoles, 4 de abril de 2018

HABÍA UNA VEZ....


Un antídoto contra la soledad

Hay hogares sin libros. En otros, la cocina es menos que un lugar de paso. Están aquellos en los que faltan mascotas, plantas o cuadros. En mi casa no había instrumentos musicales. Tampoco en casa de mis abuelos. Ni en las de mis antepasados, hasta donde se tuviera memoria. Discos, libros, perros, gatos, plantas y la cocina incivilizada de mi abuelo gallego. Pero no instrumentos. Ni siquiera las casi obligatorias seis cuerdas. Nada.
Eso empezó a cambiar en algún momento de 1853, cuando un inmigrante alemán llamado Rudolph decidió fundar su propia compañía en Cincinnati, Estados Unidos. La bautizó con su apellido, Wurlitzer, y al principio se dedicó a importar instrumentos de su país. En 1880, tras ganar cierta notoriedad, se puso a construir pianos. Casi 80 años después, en 1959, lanzó su primer órgano electrónico, el modelo 4100.
Uno de esos gigantes gentiles llegó al país y ofició de atracción exótica en una sala de estar porteña. Hasta que, en otra curva cerrada del destino, esa familia decidió emigrar a Estados Unidos. El 4100 pesaba 100 kilos, así que costaba mucho menos comprar otro allá que pagar un flete. Pero nadie se mostró interesado en un artilugio que pare cía salido de un teatro o una iglesia. Excepto un amigo de esa familia -mi padre-, que reparó menos en el doble teclado y la pedalera para bajos que en el precio de ganga. Su plan era venderlo a un valor mucho más alto y saldar así parte de la hipoteca que pesaba sobre nuestro antiguo caserón.
Recuerdo el día que aquella maquinaria ingresó, fascinante y misteriosa, como el hielo de Aureliano Buendía, por el zaguán de baldosas adornadas. Fue depositado con pompa en el estudio de mi padre, que, para redondear el golpe de efecto, lo encendió. Una solitaria lucecita color rosa viejo se iluminó junto al interruptor. Sin poder evitarlo, toqué una nota con el dedo índice y por primera vez en mi vida oí algo que no salía de los discos o la radio, sino de mis propias manos. Como la existencia suele reservarse paradojas burlonas, mi padre me administró un chirlo y decretó:
-Esto no se toca. Es para vender.

Sin embargo, cada día, cuando regresaba del trabajo, encontraba a su desobediente primogénito de nueve años concentrado en las teclas. Imagino que intuyó mi enamoramiento y no se animó a vender el 4100. Más tarde, mi hermano, el único verdadero músico que dio la familia, se convirtió en mi compañero de la banda infantil que desvelaba sin piedad las siestas, excepto cuando había fútbol. Hoy nuestros hogares están atiborrados de instrumentos. ¿Y el Wurlitzer? Por supuesto, todavía vive, algo disfónico, conmigo.
Hace unos días, mientras trabajaba en mi huerta, vi a un chico de unos 15 años caminando hacia la laguna. Se sentó y sacó un instrumento. Le pregunté, de lejos, si era un ukelele.
-Sí. ¿Lo querés probar? -me preguntó, entusiasmado.
Obvio que fui, y estuvimos hablando de música un largo rato. Con más de 40 años de diferencia, pudimos entendernos gracias a los acordes de las cuatro cuerdas de su ukelele. Al despedirnos, me di cuenta de que no sabía su nombre.
-Santino -me respondió. Le dije el mío, nos dimos la mano, y entendí que había aprendido una lección.
La música conduce a un paraíso personal. Pero solo funciona si los chicos tienen acceso a los instrumentos. Ese primer contacto le cambia a uno la vida. Guitarras, teclados, ukeleles. Son instrumentos de paz que construyen un universo interior más rico y más feliz. No importa si vas a ser estrella de rock, médico o chef, son un antídoto contra el dolor y la soledad, y contra toda violencia. Un chico nunca vuelve a aburrirse si lo dejamos entenderse con las cuerdas o las teclas. Luego tal vez estudie el pentagrama. Es lo de menos. Santino se junta con sus amigos a crear y recrear. Están aprendiendo un idioma que ya no habrá de abandonarlos y que todos, hasta los adultos, pueden entender.

A. T.

jueves, 15 de febrero de 2018

EL CAMBIO SERÁ UNA REALIDAD....A PESAR DE LOS PALOS Y LAS RUEDAS....


El cambio cultural que impulsa Macri tropieza con la falta de dirigentes dispuestos a dejar atrás el pasado sin agravar problemas del presente
Jorge Todesca y Rodolfo Canicoba Corral se ubican en las antípodas, al menos en su función dentro del Estado. El economista logró en poco más de un año reconstruir las estadísticas del Indec. El juez federal, en cambio, lleva más de diez sin dictar sentencia en la causa por la escandalosa falsificación de la época de Guillermo Moreno, pese a que el fiscal Carlos Stornelli renovó hace pocos meses el pedido de procesamiento del polémico ex secretario de Comercio.
Este contraste es un botón de muestra que puede replicarse en múltiples sectores y no solo en el Estado. El pasado siempre se cuela para desalentar la perspectiva del futuro.
El Indec es un cambio concreto y tangible que puede exhibir el Gobierno. De ahí que el presidente Mauricio Macri haya inaugurado la jornada realizada para celebrar su 50° aniversario, que por primera vez contó con especialistas de organismos internacionales que asesorarán en el diseño de una futura ley estadística. Allí resaltó que el organismo es un símbolo del "sí se puede" y fue clave para recuperar la credibilidad de la Argentina en el mundo. Todesca enfatizó por su lado que se está trabajando en el Indec del siglo XXI reconstruyendo el mejor Indec del siglo XX, con otra organización interna, incorporación de tecnología digital y satelital y profesionalización de sus recursos humanos. 

Un breve video institucional destaca que la misión del Indec es "saber dónde estamos para pensar el futuro, con más y mejores datos para una ciudadanía informada".
Los 50 años del Indec deberían descontar una década perdida en esta tarea de aportar transparencia. Aun así, hace poco más de dos años, un nunca confirmado ni desmentido dictamen jurídico del entonces Ministerio de Hacienda y Finanzas, se valió del cajoneo de la causa judicial por Canicoba para argumentar que no estaba comprobado el delito de alterar el índice de precios al consumidor ante una demanda de tenedores de bonos ajustables por CER en reclamo de resarcimiento estatal. Pocos recuerdan además que hasta hace solo 13 meses la Argentina figuraba con un asterisco en las estadísticas internacionales, antes de que el FMI le retirara la tarjeta roja (moción de censura) por la invalidez de sus indicadores oficiales.
Ahora ni los más acérrimos dirigentes políticos y sindicales opositores ponen en duda los datos del IPC. Pero el problema a futuro es otro: la falta de consenso político para bajar la inflación a niveles civilizados, como vía más directa para reducir la pobreza (de ingresos) y aportarle competitividad a la economía. Precisamente, la mayor transparencia estadística permite comprobar que -con casi 25% en 2017-, la Argentina oscila entre el 6° y el 8° puesto en el ranking de países con mayor inflación, en un mundo donde predominan niveles de un dígito anual incluso en el vecindario latinoamericano (excepto la debacle de Venezuela). Pocos se atreverían a comparar esta deshonrosa posición con la que hubiera significado quedar afuera en las eliminatorias del Mundial de Rusia.

El "cambio cultural" que impulsa Macri debería tener este problema como eje principal, aunque lleve tiempo resolverlo y el populismo haya dejado una impronta difícil de borrar en la memoria colectiva. En paralelo con el bajísimo crecimiento del PBI per cápita (0,7% anual), la sociedad internalizó en los últimos 45 años consignas políticas que fueron desde la "Argentina Potencia" hasta conformarse con ser un "país normal". Es probable que buena parte del 45% que votó al oficialismo en las últimas elecciones haya avalado este último objetivo, más como aspiración a futuro que inmediata. No puede hablarse todavía de un país normal con una inflación de dos dígitos anuales; casi 30% de pobreza; alto gasto público, déficit fiscal y presión impositiva; inversión de 17% del PBI; baja creación de empleos de calidad; 35% de trabajadores en negro; fuerte dispersión de ingresos y graves carencias acumuladas en materia de justicia, educación, seguridad e infraestructura económica y social.

En este marco, la inflación es una cortina de humo que produce u oculta muchas de esas distorsiones. Y la excusa perfecta para que dirigentes políticos, sindicales, empresariales y sociales se quejen de sus efectos sin ocuparse de las causas. Como ya se señaló en estas columnas, existe un consenso que no es tal: todos los actores están de acuerdo en bajarla, siempre que el costo recaiga en otro. Lo mismo ocurre con las reformas para bajar el "costo argentino" y aportarle competitividad a la economía.
La Argentina necesita de reformas por donde se la mire. Pero el desafío para la Casa Rosada es aportarle volumen político a esa necesidad para compensar la escasez de aliados dentro de una dirigencia que, salvo escasas y honrosas excepciones, suele refugiarse en el pasado, en el conflicto o en el silencio para cuidar sus "quintitas".
Sin mayoría en el Congreso, por ahora el Gobierno parece haber transformado el "reformismo permanente" en cambios negociables, aunque con el agregado de datos que echan luz sobre la naturaleza de algunos conflictos.
 Una prueba es el desguace de la reforma laboral acordada con la CGT antes de su última fractura, que además divide aguas para las negociaciones salariales en paritarias. En este caso, la detención de dirigentes sindicales que amasaron enormes fortunas personales a base de prácticas mafiosas, descolocó a gremialistas perpetuados desde hace décadas en sus cargos vitalicios o hereditarios, que no produjeron ninguna condena explícita o, a lo sumo, los consideraron casos aislados. Otra fue la divulgación de los negocios familiares de Hugo Moyano, en vísperas de la marcha convocada para el 22 de febrero mientras se define la prórroga de la concesión a OCA. En cambio, el gesto de Moyano de invitar en enero a Jorge Triaca a la segunda inauguración del sanatorio Antártida del gremio de Camioneros (la primera había sido en 2009 con Cristina Kirchner) volvió a complicar al ministro de Trabajo. La fachada de ese centro médico en Caballito está hoy tapiada como entonces, sin indicios de cuándo comenzará a atender a los afiliados.
Estas pulseadas de poder colocan a años luz cualquier debate serio sobre un tema que se discute en el mundo y formará parte de la agenda del G-20 a fin de año en la Argentina: el impacto de los avances tecnológicos sobre el empleo y la necesidad de actualizar los contenidos educativos a la nueva realidad laboral. Sin ir más lejos, a un mes del comienzo de las clases, la paritaria de los gremios docentes está empantanada como todos los años. Y cuesta creer que no haya un reclamo sindical sobre el dispar cumplimiento de la ley de jornada extendida en las escuelas, sancionada en 2006, pese a que multiplicaría los cargos docentes en todo el país.
Más dificultosa se presenta en este marco la intención oficial de incluir cláusulas de productividad en las paritarias, donde el debate pasa por las cláusulas gatillo para actualizar los salarios en función de la inflación pasada y no de la expectativa a futuro. La indexación de salarios y jubilaciones torna más lenta la reducción de la inflación.

Máxime cuando persisten los desequilibrios macroeconómicos (fiscal y externo); falta un trecho de casi dos años para recuperar el atraso tarifario acumulado en doce; lo que se ahorra en subsidios se contrarresta con el mayor pago de intereses de la deuda -externa e interna- para cubrir el déficit fiscal y se busca apuntalar el crecimiento de la economía a base de inversión. Con la política monetaria claramente no alcanza y menos cuando el crédito doméstico representa poco más del 16% del PBI. Sin un plan integral, articulado y con prioridades explícitas, el gradualismo oficial implica comprar tiempo a crédito a razón de 25.000 millones de dólares anuales. Pero así como era insostenible emitir pesos sin límite para financiar el déficit fiscal, la Argentina también fracasó en el pasado con la estrategia de endeudarse para financiar -o evitar- inciertas reformas estructurales.

N. Sc.

martes, 18 de abril de 2017

TRISTEZA Y SOLEDAD CON GALLINAS



Era muy soñador y siempre en su regreso a casa parecía estar recorriendo lugares imaginarios. Ya estaba oscuro, conocía el angosto camino de memoria, cada curva, cada piedra y pozo. Regresaba del trabajo en bicicleta, con una cansada alegría. Entre las piernas, en un tacho de plástico, llevaba dos gallinas; de un hombro colgaba un bolso de lona, detrás del asiento sobre la rejilla, una caja de madera con herramientas. Cruzó el ultimo pequeño puente casi tambaleándose. Terminaba la semana de haceres.
Llegaba a su casa iluminada. Planeaba comenzar a preparar y cocinar gallinas de sabor, para el sábado y domingo, como lo hacía su padre. Abrió el pequeño portón con resorte de hierro que había hecho su hermano hacía décadas, lo demás fue todo una rutina de medidas, girar la bicicleta, apoyarla debajo del cobertizo y entrar a la casa donde le pareció escuchar a los niños que jugaban y reían. Salió al patio donde estaba la huerta, el tanque que juntaba agua de lluvia de los techos, la enorme parra y el caldero de hierro que usaría para cocinar. Cortó las gallinas en presas las volvió al balde lavado y les agregó un poco de sal -moviendo para esparcirla-, pimenta en granos y varios dientes de ajo con unas hojas de laurel.
Quedarían así toda la noche para la sazón, eran gallinas de campo muy caminadoras y musculosas, la sal comenzaría un trabajo de terneza que luego continuaría en la prolongada cocción de marmita. Antes de acostarse se bañó y recorrió toda la casa ordenando y apagando las luces hasta que se acostó. Siempre minutos después de apoyar la cabeza en la almohada se dormía profundamente.


Al despertar salió al patio comiendo un pedazo de pan con queso y con cuidado encendió un pequeño fuego debajo del caldero, donde agregó unos pedazos de panceta que lentamente comenzaron a derretirse. Espolvoreó las presas de gallina con harina y comenzó a dorarlas sobre la misma gordura chisporroteante. Fue con el tacho a la huerta y cosechó dos zanahorias medianas, un bulbo grande de hinojo, unas hojas de apio, un ramo de romero y dos cebollas, lavó las verduras en el balde sentado en una silla muy baja frente al fuego y con una tabla de madera sobre las rodillas cortó las verduras desprolijamente y las agregó al caldero. Tres botellas grandes de cerveza, una de salsa de tomates hecha por él durante el verano y dos litros de caldo completaron su cocido. Ahora sólo quedaba esperar a que se cocinara muy lentamente. Con su cuchara grande de raulí iba revolviendo muy despacio, tomando cuidado de no desarmar las presas.
Durante el largo tiempo de caldero, con un cuchillo muy chico -por haber sido tantas veces afilado le quedaban un par de centímetros de hoja-, comenzó a tallar en un tronco de alerce muy seco encontrado en la costa del lago; la cabeza de su hermana menor como la recordaba de niña. La olla a pequeño hervor olía muy bien dando vahos de romero e hinojos. Con un cucharón de latón fue desgrasando de a ratos la superficie del cocido donde se juntaba, además de la grasa de las gallinas, una espuma gris de las verduras.
Al terminar, dejó apagar el fuego y probó el caldo que estaba traslúcido y sabroso.



Esta rutina de calderos se repetía los fines de semana y los invitados del caldero variaban de vez en vez: el osobuco, el cordero o un cuarto de chancho. Aquel cacerolón era una simetría de su vida, había nacido junto a él y seguramente terminaría sus días entre sus abrazos.
Pero estaba solo, tenía casi ochenta años. Sólo le quedaba ese juego de recuerdos donde intentaba posicionar la alegría de su casa en los muchos años que había estado feliz con su familia. Cocinaba y compartía con ellos aunque no estuvieran. Las gallinas serían comida suficiente para toda la semana.
F. M. 

martes, 4 de abril de 2017

LA SOLEDAD TIENE SOLUCIÓN


Soledad: una epidemia silenciosa que puede detenerse

Nuevos estudios científicos explican cómo los efectos nocivos de la soledad crónica llevan al cuerpo a desarrollar enfermedades y piensan que atender las circunstancias y el dolor de quienes se ven obligados al aislamiento es la asignatura pendiente para la salud pública
El dolor que provoca el sentimiento de soledad podría ser mucho más que una preocupación de poetas y compositores. De una metáfora romántica que nos hace cantar bajo la ducha o acompañan alguna pena pasajera, a la constatación de que la soledad puede provocar cambios observables a nivel celular, hay todo un camino que la ciencia ha empezado a recorrer.
¿De dónde viene toda la gente sola, adónde pertenecen? Cuando en la década del ’60 Los Beatles compusieron Eleanor Rigby, el famoso tema sobre aquella anciana solitaria que recogía del piso el arroz después de una boda, no imaginaban que medio siglo después estaríamos frente a una epidemia de soledad.
En el siglo XXI varios investigadores advierten que el aislamiento de las personas en las sociedades contemporáneas (principalmente para los ancianos) es una asignatura pendiente para la salud pública. Y desde las neurociencias empiezan a estudiarse los mecanismos para entender cómo y por qué se puede verdaderamente morir de soledad.
Entre los científicos que explican cómo sus efectos llevan al cuerpo a desarrollar enfermedades se encuentran aquellos que asocian la soledad con una mayor presión arterial y enfermedades del corazón. En 2015, una meta-revisión de 70 estudios un grupo de investigadores de la Universidad Brigham Young (BYU), una universidad cristiana localizada en Utah, Estados Unidos, quienes aseguran que la soledad es un asunto de salud pública, responsable de daños peores que los del tabaco o la obesidad. 


Según el reciente estudio, publicado en la revista Perspectives on Psychological Science, el sentimiento subjetivo de soledad aumenta el riesgo de muerte en un 26%. En tanto que el aislamiento social -o la falta de conexión social- y la vida aislada resultaron ser aún más devastadores para la salud de una persona que el sentirse solos, factores que aumentan respectivamente el riesgo de mortalidad en un 29% y 32%.
Las cifras superan a las de otros factores psicológicos, como la depresión y la ansiedad, que se asocian al aumento del riesgo de mortalidad en un 21 por ciento.

Cómo afecta la soledad a los ancianos en Argentina
Según el Observatorio de la UCA y la Fundación Navarro Viola la soledad aumenta el grado de infelicidad de los ancianos, una población que ya se encuentra en estado de vulnerabilidad en la Argentina. Como parte del programa Observatorio de la deuda social argentina, barómetro de la deuda social con las personas mayores ambas instituciones patrocinaron un estudio titulado Las personas mayores en la Argentina actual: ¿vivir solo es un factor de riesgo para la integración social?, realizado por Enrique Amadasi y Cecilia Tinoboras y publicado en noviembre de 2016.
Para el informe se trabajó con bases apiladas 2010-2015, con un total de 7.511 encuestados de 60 años en adelante, y un universo de 16.963 personas mayores relevadas. Además de los datos censales disponibles, se analizaron sus estrategias de subsistencia, condiciones habitacionales y de salud, algunos de sus atributos psicológicos, sus relaciones sociales en general, la relación con su entorno familiar y también su sociabilidad.
A lo largo de treinta páginas de análisis de datos cuantitativos y cualitativos, el trabajo sugiere que son necesarias políticas sociales puntuales para “quienes por opción o circunstancias de la vida, voluntaria o involuntariamente, para bien o para mal, viven en soledad”, y señala que es necesario diseñar programas diferenciales para los adultos mayores que viven solos. 


Los investigadores observan que los déficits más elevados en materia de relación con los otros entre quienes viven solos ponen de manifiesto que estas personas carecen en gran medida de las relaciones sociales necesarias para llevar adelante una buena vejez.
En la Argentina, una de cada cinco personas mayores vive sola, según el informe de la UCA. Según el Censo 2010, el 10,2% de la población argentina es mayor de 65 años, uno de los países con mayor cantidad de ancianos en América Latina. Se estima que en 2025 esa población alcanzará el 12,7% y en 2050 el 19%. Para entonces, la población de personas mayores de 65 años, sobrepasará en proporción a la cantidad de niños y adolescentes de menos de 15 años. Se trata de un fenómeno que se registra a escala global en Occidente.
¿Cómo influye la soledad en nuestra biología?
En la actualidad muchos investigadores buscan comprender exactamente cómo el sentimiento de soledad provoca enfermedades a nivel celular. Gracias a distintos avances, están descubriendo que la soledad es mucho más que un dolor psicológico, un malestar del alma, sino que es una herida biológica que provoca daños concretos e identificables en nuestras células.
Uno de estos científicos es Steve Cole, un investigador de genética de la Universidad de California en Los Ángeles, autor de un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) que demuestra que la soledad tiene efectos fisiológicos en nuestro organismo. Junto con John y Stephanie Cacioppo, psicólogos de la Universidad de Chicago, realizaron un estudio titulado “Hacia una neurología de la soledad” en el que observan que “el nivel de toxicidad de la soledad es impresionante” y que “el aislamiento es uno de los grandes riesgos de salud de la época actual”.
El estudio consistió en observar la regulación de leucocitos (o glóbulos blancos, las células sanguíneas responsables de defender el organismo contra bacterias y virus) de 141 adultos durante un lapso de cinco años.

 Los resultados mostraron que, en los pacientes que estaban aislados, se producía un aumento de los genes que producían inflamación y un descenso de la actividad de las células que combaten estas inflamaciones. Por esto, concluyeron que la soledad hace que disminuya la actividad de las células de defensa del organismo contra las infecciones provocadas por virus dado que todo el esfuerzo del sistema inmune se concentraba en luchar contra las bacterias, responsables de las infecciones. El estudio también incluyó la observación sobre primates, en los que se evidenciaron los mismos efectos.
Cómo prevenir los efectos nocivos de la soledad
Los investigadores enfatizaron la diferencia entre el sentimiento subjetivo, auto-reportado de soledad y el estado objetivo de estar socialmente aislado. Ambos estados son potencialmente dañinos. Las personas que están objetivamente aisladas y las que pese a vivir acompañadas se sienten subjetivamente solas pueden estar en mayor riesgo de muerte, que aquellas que están felices con sus circunstancias.
Para el psiquiatra Diego Sarasola, especialista en Neuropsiquiatría, director del Instituto de Neurociencias Alexander Luria de La Plata, en la atención de adultos mayores, es vital distinguir a quienes quedan solos de aquellos que eligen estar solos. “Muchos pacientes mayores, definen su irse quedando solos, como una consecuencia de las pérdidas que se van sucediendo con los años y el fallecimiento de los seres queridos”, apunta. Por ese motivo, comenta que en la consulta es importante discriminar el cuadro de soledad como circunstancia que el paciente podría sobrellevar con algunos cambios en el modo de vida, de una depresión. “Las frases que deben llamar la atención son aquellas que relacionan la soledad con el displacer, y es allí donde debe discriminarse si la persona elige aislarse porque tiene ya un cuadro depresivo, o si los avatares de la vida la fueron llevando a esa situación.

 Muchos pacientes manifiestan su inquietud por no sentir ganas de tener contacto con pares, en cambio otros, tienen esas ganas, pero no encuentran un ámbito adecuado donde canalizarlas”, distingue. En ese sentido, si bien no acuerda con el término “epidemia de soledad”, reconoce que “la comunidad médica debería preocuparse más por esta condición, ya que numerosos estudios vinculan la falta de contacto y el aislamiento con mayor índice de enfermedades psiquiátricas y cardiovasculares. De hecho, “uno de los factores que se consideran vinculados a bajar el riesgo de demencia, tienen que ver con el estímulo a la actividad social”, subraya el doctor Sarasola.
En ese sentido opina que sería deseable desde los ámbitos pertinentes “estimular a los profesionales que indaguen sobre este tema y sus consecuencias en la salud”.
Para los autores del estudio de Universidad Brigham Young, en Estados Unidos, así como surge del informe de la UCA y la Fundación Navarro Viola, en Argentina, lo urgente es reconocer que el problema de la soledad es un problema de todos. 


Qué hacer cuando uno se siente solo
Cuando la soledad es una cuestión subjetiva, algo que la persona siente a pesar de estar rodeado de gente, o cuando al sufrir una pérdida afectiva se atraviesa un duelo -todo duelo confronta con la soledad-, las ganas de salir adelante juegan a favor. Es cuando la inteligencia emocional, la inteligencia social y las herramientas de psicología cognitiva pueden ayudar.
En ese aspecto, la licenciada en psicología y especialista en vínculos Cecilia Zugazaga, considera que hay una herramienta clave para poner en práctica: la empatía. “Todo vínculo conlleva siempre altos índices de tolerancia a la frustración”, expone la psicóloga.”La soledad no es en sí misma una entidad tratable, lo que es tratable es la neurosis de quien no estando en circunstancias de aislamiento, dice sentirse solo”, explica. Así, cuando en la sesión terapéutica el consultante refiere frases como “estoy solo/a, me siento solo/a, no me siento cómodo/a en situaciones donde hay otras personas, no me gusta que me observen, no me gusta que me pregunten”, para el profesional estos cuadros refieren a sintomatologías derivadas de desordenes en la personalidad, principalmente depresivos, evitativos, dependendientes, fóbicos, entre otros. La orientación en estos casos consistirá en guiar al paciente a salir de la caracteropatía que lo lleva a procesar la información de manera egocéntrica e infantil, llevándolo al aislamiento por disconformidad con quienes lo rodean: “los demás no complacen mis pedidos, los demás son amenazantes, los demás son poderosos…”, son algunos de los pensamientos que complican la posibilidad de un vínculos de calidad para estos pacientes. 


El esfuerzo para quien no estando solo se siente solo, en ese caso pasará por aprender a empatizar, es decir, a aceptar que las otras personas que nos rodean tienen sus propios pensamientos, intereses y deseos. Puntualiza Zugazaga que para desarrollar la empatía es importante aceptar a los demas con sus propias necesidades. “Las cosas que hacen o dicen las personas que nos rodean no se refieren siempre a nosotros sino a ellos mismos. Las personas que nos quieresn tienen derecho a ser diferentes (y ahi está lo divertido) y poder entrar en sintonía con ellos, aun no estando de acuerdo”, subraya.
Finalmente, la experta recomienda que, en tiempos de hiperconexión, podamos aprender a regular el uso de los dispositivos y de las redes sociales. “Los diálogos de un chat virtual favorecen la introyección solipsista y cuando esta es la única vía de contacto con los demás termina convirtiéndose en una excusa para el aislamiento”. En definitiva, salir del agujero interior, poner el cuerpo y el bocho en acción, como cantaba Virus, porque epidemia o no, la soledad jamás dejará de ser también un asunto de poetas

D. CH. P.

jueves, 30 de marzo de 2017

ELLA ES NOSOTROS; SI NO MORIMOS EN EL INTENTO

VIDRIERA DEL EGOISMO, LOS VIEJOS INVISIBLES
Foto: Dante Cosenza

 Todos los días a la misma hora la misma mujer se sienta a esperar. No sabemos qué cosa o a quién espera, pero verifica incesantemente en el reloj que se cumpla un horario. O, tal vez, hace sencillamente lo más difícil de todo: dejar pasar el tiempo para saber si conseguimos arrebatarle algo que no sea él mismo: algo que no pase. Dejar pasar el tiempo es también una variedad de la espera: la espera de que el tiempo termine. La espera es el ejercicio que se nos impone para conquistar lo permanente, para acostumbrarnos a lo que no se nos escurre, como los minutos, entre los dedos. Reflejado en el vidrio del hall del edificio de Acoyte y Díaz Vélez, el fotógrafo, igual que la mujer, tuvo que esperar. Esperó que la mujer se sentara a esperar. La imagen contiene también la historia de la conquista de una permanencia. El fotógrafo le arrebató algo al tiempo: la imagen de esa mujer que todos los días a la misma hora se sienta a esperar.
P. G.

domingo, 19 de febrero de 2017

LA MUERTE DEL GRAN GENERAL


La soledad de San Martín ante la muerte
A 200 años del cruce de los Andes, un relato de los últimos días del Libertador en Boulogne-sur-Mer y su obsesión por el destino del país
Abel Posse


El señor anciano, el señor argentino, vivía en el piso alto de la casa que le alquilaba el doctor Gerard, en Boulogne-sur-Mer.
Promediaba un agosto fuerte, de calores húmedos. Sólo refrescaba en la alta noche cuando la brisa del mar traía los olores salinos del puerto. La brisa entraba como una amiga y él la respiraba profundamente. Ya no dormía. Permanecía sentado contra las almohadas en la penumbra. Pensando. Recordando. Estaba a solas con su larga muerte. A veces se preguntaba desde cuándo empezó a morir. ¿Desde el fin de aquella tarde en Guayaquil? ¿Desde 1829, cuando decidió no desembarcar e irse para siempre de esa patria que empezaba a preferir la anarquía a la grandeza? Ningún ser sabe con certeza desde qué momento pertenece más bien a la muerte, aunque crea seguir por la vida.

Hacía mucho que no recibía visitantes. Esa ingratitud lo eximía de tener que fingir preocupación por las cosas reales. La fiesta, las angustias, las glorias... le parecía que no las había protagonizado él, sino otro. Eran como de la vida de otro.
Tenía 72 años y estaba casi ciego y ya doblegado por los dolores intestinales. Sabía que los achaques no venían de las cabalgatas terribles a 4000 metros de altura ni de las vigilias antes del ataque (cuando el jefe necesita eso que Napoleón llamaba "el coraje de las dos de la mañana"). La enfermedad venía del universo de chismes y calumnias, de la inesperada pequeñez de hombres de los que no se había dudado.
Se quedaba sentado todo el día esperando los embates del dolor. Cuando no los aguantaba llenaba el vaso con agua y volcaba el láudano ya sin contar las gotas. Juntaba fuerzas hasta el momento en que llegaría Mercedes, la hija, y entonces se pararía y fingiría tener energías como para ordenar los libros del estante o agregar agua para las flores.
Lo invaden imágenes perdidas: el resplandor verde y caliente de las selvas de Yapeyú con el portal de piedra de la iglesia jesuítica devorado por las lianas de la irreductible América. Ese aldeón de tejas, Buenos Aires; ve al niño que fue, escapándose en el solazo de la siesta de verano (las gallinas picoteando maíz en los bordes de la Catedral). Ve un teniente coronel, un piano en casa de los Escalada. Las risas de Remedios, Mercedes, Mariquita, quebrándose como cristales en el silencio del atardecer.

Ellas, las mujeres, son las que más retornan. Siguen pareciéndole un misterio. Son las dadoras de gracia y de vida. Extraños seres: su madre, la melancólica Remedios; Rosa Campusano, de las noches triunfales de Lima; María Gramajo, y hasta aquellas gitanas de sus primeras experiencias en sus tiempos de cadete en Murcia.
Hasta hace poco podía ir erguido, con su bastón y su chalina, por la calle de la iglesia hasta la plaza del municipio. Todavía podía comprarse algún cigarro bueno si había llegado desde Perú su devaluada pensión. El alcalde alguna vez les había hecho saber a los vecinos que se trataba de un gran general, que había vencido a regimientos de España que no había podido derrotar el mismo Napoleón. Todos le decían "le général".
Antes, cuando todavía podía hacerlo, él mismo iba a encargar carne de vaca que hacía cortar de una forma extraña. Una vez, el señor Brunet, dueño de la bucherie chevaline contó que el general había señalado con el bastón la cabeza de caballo dorada, insignia del negocio, y le había dicho: "No se deben comer los caballos, señor Brunet".


Sería porque en algunas noches sus entresueños se llenan de caballos. A veces son las mulas firmes y astutas en el terrible frío de los roquedales andinos, otras los caballos cargando por el llano, con los ojos enrojecidos, las crines al viento, echando espuma. Le parece oler el noble sudor cuando su asistente retiraba la silla y los acariciaba.
A veces tiene la suerte de ser visitado por lo que es para el la más noble de las músicas: el retumbar de los cascos cuando su regimiento azul iba tomando carrera y ya se ordenaba desenvainar sables y bajar lanzas. Si fuera poeta, si no fuera tan reservado, trataría de escribir para retener eso que siente. Trataría de decir que es algo grande, una exaltación suprema de la vida, como la culminación del amor.
Son amigos inolvidables. Los caballos del combate, los de las infinitas marchas por los despeñaderos, los del triunfo (cuando entró en Lima y encontró la sonrisa de Rosa) o los callados compañeros de la derrota que lo trajeron, con las cabezas bajas , como apunados, hasta su chacra en Mendoza.
¿Cómo puede haber gente que coma caballos?
Sabe que llamarán al doctor Jackson. Si fuera por él, mantendría escondida su muerte. Es cosa de mero pudor: dicen que el cóndor y el tigre se esconden para morir.
Por si viene Mercedes, se esfuerza en sentarse ante el escritorio. Cree adivinar en el muro el retrato de Bolívar, del que nunca se separó en sus viajes. Hace no mucho escribió a un amigo: "Es el genio más asombroso que tuvo América".
Desde 1830 está muerto. Sin embargo, lo siente vivo. Lo ve llegar con su fasto, su huracán de vida, sus impecables oficiales, rodeado de las mujeres más espléndidas. "César tuvo que haber sido así." Lo escucha citando poetas ingleses o filósofos clásicos. Lo ve junto a Manuela Sanz, la maravillosa amazona, con su casaca de húsar con alamares dorados y su cabellera negra cubriendo las charreteras del rango de oficial que ella misma se había otorgado.
Seguramente fue Alberdi, cuando vino a visitarlo, quien le contó que Bolívar dijo que "había arado en el mar". ¿Sí? ¿Hemos arado en el mar? ¿Nunca serán naciones civilizadas?
¿Será la Argentina para siempre una frustración, el eterno retorno del caos de la incapacidad?
Escucha voces desde abajo. Parece que monsieur Gerard dice que es el 17 (él ya no les encuentra significado a los números del calendario). Sabe que han llamado al doctor Jackson y hace un esfuerzo para llenar la caja de rapé, que le agrada al médico. Entonces siente el zarpazo que sabe final. El tigre que lo acecha desde las fiebres de Huaura esta vez lo venció. Se derrumba en el lecho.


Trató de calmar a Mercedes murmurando algo como "la tempestad que lleva al puerto". Se adormece. A veces surgen ráfagas de su filosofía íntima o atisbos del consuelo religioso. Pero nada agregan a su largo silencio ante la muerte. Nada puede rozar su misterio. Tiene la majestad de ese Aconcagua que le parece ver nítidamente recortado sobre el azul helado del espacio.
"¿Hemos arado en el mar? No, general Bolívar. Tal vez sea poco lo que hemos hecho, algunas cabalgatas heroicas... tal vez pudimos hacer más. Pero ellos harán el resto y mucho más, estoy seguro. Le digo que América será. La Argentina será." En su susurro final había seguramente ya más fe que convicción: la cruel América, con su politiquería, había destrozado a sus héroes.
Escritor. Miembro de la Academia Argentina de Letras