domingo, 11 de junio de 2023

Diez años sin Ángeles. MI ÁNGEL SE QUE SOS UN ÁNGEL FELIZ

 “El legado que me dejó mi hija me ayuda a resignificar el dolor”
Jimena Aduriz se convirtió en una de las impulsoras de la ley que busca humanizar los procesos judiciales y encontró en el acompañamiento a otras familias un sentido para seguir adelante | Foto: Alejandro Guyot“Nos unimos muchísimo como familia y ella está presente siempre”, dijo Jimena Aduriz
El 10 de julio de 2013 cayó lunes y Jimena Aduriz se levantó temprano. Vio que no quedaba café y antes de irse a trabajar escribió una nota para que alguien se ocupara. Cuando llegó a la oficina, llamó al departamento y la atendió su hija, Ángeles Rawson, que tenía 16 años y acababa de levantarse: “Gorda, hay que comprar café”, le recordó. Listo. Beso. Chau. Un intercambio breve, logístico, cotidiano. Fue la última vez que hablaron.
Lo que sucedió las horas siguientes fue reconstruido por los medios de comunicación decenas de veces. Esa mañana, Jorge Mangeri, el encargado del edificio ubicado en Ravignani 2360, en pleno Palermo, donde vivían Ángeles y su familia y quien la había visto crecer desde los 5 años, la asesinó mientras intentaba violarla, y su femicidio se convertiría en uno de los más mediáticos de los últimos años.
“Hay cosas que ayudan a resignificar, a darle un sentido a la tragedia, al horror. Siempre digo que mi hija es mi maestra y que me dejó un legado, una enseñanza que ayudó a visibilizar, a que se promulgue una ley de víctimas para ponerle freno al maltrato que sufrimos por parte de la Justicia, a que haya un Ni Una Menos”, asegura Jimena en diálogo con la nación.
A partir de esa tragedia, esta madre se convertiría en una de las impulsoras de la llamada “ley de víctimas” (la N° 27.372), que busca garantizar los derechos de quienes atraviesan por procesos judiciales similares al que ella vivió, y pasa gran parte de sus días dando charlas y acompañado a otras familias que perdieron a sus seres queridos en hechos violentos.
Para Jimena, diez años del asesinato de su hija no son un número más: “La vigencia del dolor para nosotros es la misma, pero el número redondo hace que sea más doloroso todavía. El paso del tiempo, si bien te da herramientas para convivir con esta agonía, porque eso es lo que es, acrecienta el dolor, esa sensación de que lo que pasó es irreparable”, sostiene. Y pide: “No quiero que a mi hija la recuerden por su final. No quiero que la recuerden como la nena a la que mató Mangeri”.
Jimena recibe en el departamento de Barrio Norte donde vive desde hace unos años. En la biblioteca del living hay varios retratos familiares y la belleza descontracturada de Ángeles está por todos lados. Siempre sonriente, con los ojos castaños y el pelo larguísimo. “Una de las cosas que más extraño de ella son estas notitas: ‘Mami, te saqué un jean. Te quiero mucho’”, lee Jimena. Está sentada en el sillón y tiene el papel manuscrito entre las manos. Se lo dejó Ángeles el 13 de mayo de 2013, un mes antes de su femicidio.
Además de esas notas, entre los muchos objetos que la madre conserva, están los que Ángeles tenía guardados en el joyerito donde atesoraba lo más preciado: un pin de animé; una entrada a un evento de cosplay (esos encuentros, que por aquel entonces eran algo incipiente, donde los participantes se disfrazan para representar distintos personajes de cómics o películas) y un sobre con 60 pesos que tenía ahorrados para su próximo disfraz.
“El cosplay era la forma de expresar su parte histriónica, porque ella era muy tímida, le costaba mucho hablar de sus sentimientos”, cuenta Jimena. Cantar y escribir eran otras formas en que Ángeles volcaba su mundo íntimo. “Usaba su Facebook como una especie de blog para su compromiso social o su activismo, contando lo que pensaba de la realidad, cosa que me sorprendía mucho, porque yo no era así, eso me lo enseñó ella. Cuando fue el asesinato de Candela [Rodríguez, la niña de 11 años que fue víctima de femicidio en 2011] ella estaba desquiciada”, cuenta Jimena.
En ese entonces Ángeles tenía 14 años e hizo un posteo largo que decía: “Señores políticos: no queremos netbooks, queremos salir a jugar tranquilos”. Terminaba con una frase contundente: “No queremos más Candelas”.
El 10 de junio de 2013, cuando Jimena volvió a Ravignani 2360 a eso de las 17, se encontró con Mangeri en la puerta del edificio. Era un día particularmente caluroso para ser otoño y le llamó la atención que él estuviera con un buzo de polar. Le vio muy mala cara. “Jorge, estás enfermo, tomate el día”, lo retó. Habían pasado apenas unas horas desde que el encargado había asesinado a Ángeles.
Esa noche le sorprendió que su hija no volviera de inglés a la hora de siempre. La llamó por teléfono. Alguien atendió y cortó. Volvió a probar. Nada. Después vendrían los otros llamados (a sus amigas, al instituto de inglés, al resto de la familia) y la desesperación en aumento. La última vez que la habían visto había sido por la mañana, en gimnasia: hacía 12 horas que nadie sabía de ella. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente en el predio de la Ceamse en José León Suárez. Mangeri lo había metido en una bolsa de consorcio y arrojado a la basura.
Ángeles tenía 11 años cuando la eligieron mejor compañera. Una foto la muestra ese día abrazada a una maestra. “Tenía un compromiso muy grande con ella misma de mejorar. La profesora de gimnasia, que dio testimonio en el juicio, contaba cómo cuando no le salía un movimiento de vóley lo practicaba sin parar hasta lograrlo. Buscaba llegar a la excelencia”, dice Jimena.
Para ella, es indispensable que las características que tanto admiraba de Ángeles, como “su perseverancia e integridad”, sean recordadas: “Ella tenía una capacidad matemática asombrosa, sacaba 10 en todo y en silencio ayudaba a sus compañeros. Era muy solidaria”.
A Ángeles le decían Mumi, por los caramelos Mu-mu, esos cuadraditos de dulce de leche que eran la perdición de Jimena: “Es que era demasiado linda: morfable”. Su mamá guarda una tarjeta que la niña le hizo para un cumpleaños, cuando todavía estaba en la primaria. El mensaje que escribió suena una premonición: “Feliz cumple Mamita. Que tu amor sirva a las generaciones futuras”.
“Es parte de mi misión”
Los sábados eran especiales para Jimena y Ángeles. Solían ir a desayunar juntas a El Gallego, un bar en una esquina que tenía un café con leche y unas medialunas que eran la gloria. “Cuando vos perdés un hijo, hay un proyecto que se trunca. Y todo ese amor, esas ilusiones, esas expectativas las tenés que poner en algún lado. Cuando pasó la ola, lo que a mí me surgió fue eso”, cuenta Jimena.
En 2014 empezó a estudiar counseling y ese mismo año se contactó con las Madres del Dolor. Hablando con ellas empezó a ponerles nombre a sus emociones: desde el miedo de olvidar la voz de su hija hasta el temor de que los demás se empezaran a olvidar de ella: “Eso que sentí, el ser comprendida, es lo que trato de transmitir hoy a través de mi Facebook y mis charlas. Hablar de cómo es perder un hijo ayuda a que los otros, a quienes no lo vivieron, también te entiendan. Esa es parte de mi misión”, asegura Jimena.
En 2016, Matías Bagnato (sobreviviente de la llamada “masacre de Flores”) convocó a Jimena y a otras víctimas de delitos violentos, como Carolina Píparo, María Luján Rey, Nilda Gómez y Viviam Perrone, entre otras, con el objetivo de hacer una marcha que se llamó “Para que no te pase”. Fue el 11 de octubre de 2016. “Después empezamos a trabajar sobre un proyecto que las Madres del Dolor venían impulsando para sacar la ley de víctimas”, cuenta Jimena. Finalmente, la norma se sancionó en 2017.
Hoy Jimena integra el Observatorio de Víctimas de Delitos, que depende de la Cámara de Diputados de la Nación y que vela por que se cumpla la ley: desde el derecho de las familias a acceder al expediente sin necesidad de un letrado hasta el de aportar pruebas o el ser informados de cada decisión que se toma con respecto al imputado. Además, por iniciativa de Viviam Perrone, participó de la elaboración de una “Guía para víctimas”, una suerte de ruta crítica de cómo actuar en momentos en que el dolor enceguece.
A una década del femicidio de su hija, Jimena subraya: “Diez años es mucho tiempo, es una generación y es muy movilizan te para toda la familia, particularmente para sus hermanos. Nos unimos muchísimo como familia y ella está presente siempre. Cada 15 días nos encontramos a tomar el desayuno y cuando hablamos sale todo el tiempo: ‘La Mumi te diría tal cosa’, ‘pero La Mumi tal otra’”.
Hoy las cifras de esta problemática social no bajaron: en la Argentina una mujer es víctima de femicidio casi a diario. Ángeles no es “la nena a la que mató Mangeri”. Ante todo, Ángeles era Ángeles. Y su madre pide que no se olvide. Era fanática del cosplay. La mejor compañera. La adolescente tímida de carácter fuerte que cuando se enojaba sacaba de eje la puerta de su cuarto. La que se mataba de risa con sus cuatro hermanos y sus primos. La chica que un sábado estaría desayunando en el bar de la esquina un café con leche y medialunas con su mamá. La Mumi.

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