sábado, 16 de enero de 2021

LECTURAS RECOMENDADAS


Flush, biografía de un cocker spaniel que no es cualquier perro

D. G. 

En sus diarios, Virginia Woolf consignó que iba a dedicarse a escribir Flush para aligerarse la cabeza, “agarrotada por el torbellino de Las olas”, su libro inmediatamente anterior. Publicada en 1933, esta curiosa biografía (donde el biografiado es un perro) narra una duradera historia de amor entre la poeta victoriana Elizabeth Barrett y su cocker spaniel.
A la hora de encarar el proyecto, Woolf no solo se basó en la correspondencia de Miss Barrett, donde hace referencia a Flush en varias ocasiones, sino también en la propia experiencia con su perro Pinka, regalo de su amiga y amante Vita Sackville-west. También se documentó con British Dog, de Hugh Dalziel Duncan. La acción se inicia en Londres, en 1842, el año de nacimiento del protagonista; por iniciativa de una amiga, Miss Mitford, Flush llega a casa de la “primera poetisa de Inglaterra, la brillante, la desventurada, la adorada Elizabeth Barrett en persona”. Como ella, el perro pertenece a una tradicional estirpe.
Según Woolf, fue un amor a primera vista. “Entre ellos se encontraba el abismo mayor que puede separar a un ser de otro. Ella hablaba. Él era mudo. Ella era una mujer; él, un perro. Así, unidos estrechamente, e inmensamente separados, se contemplaban”.
Como en todo romance, hay episodios de celos y en este caso se desatan cuando, en el invierno de 1845-1846, entra en escena el poeta Robert Browning, futuro esposo de la escritora. “A él le prestaban muy poca atención –cuenta Woolf con malicia–. Mr. Browning le hacía el mismo caso que si hubiera sido un leño colocado a los pies de Miss Barrett”. La biografía de Flush incluye un secuestro (con pago de rescate incluido), una boda, su vida en Florencia con los Browning, romances callejeros perrunos y sesiones espiritistas.

Borges, entre libros y animales

P. G. 

A los cuatro años, Jorge Luis Borges dibujaba tigres; eran dibujos del natural cuyo modelo encontraba en esos tigres de bengala que observaba incansablemente, a veces acompañado por su hermana Norah, en el viejo Zoológico de Buenos Aires. Contó Leonor, su madre: “Tenía pasión por los animales, sobre todo por las bestias feroces. Cuando íbamos al Jardín Zoológico era difícil sacarlo de ahí... Cuando se empecinaba y se negaba a ceder, le quitaba los libros. Era la solución”. No hubo después disyunción entre libros y animales, y los tigres, de innumerables alusiones propias y ajenas (no sabemos cuántas veces habrá citado, de William Blake, los versos “Tyger Tyger, burning bright,/ In the forests of the night;/ What immortal hand or eye,/ Could frame thy fearful symmetry?”), no fueron tampoco sus únicos animales. Acaso el tigre de Borges no compartía identidad con el visto; era un tigre ideal, sin existencia en el mundo. De semejante condición no resultaba difícil saltar a Manual de zoología fantástica, libro de 1957 en colaboración con Margarita Guerrero, que más tarde, ampliado, se conocería como El libro de los seres imaginarios. Tenemos aquí algo muy distinto de Sobre la naturaleza de los animales, de Claudio Eliano. Son “extraños entes engendrados por la fantasía de los hombres”: el basilisco, el minotauro, las ninfas, el kraken, los sátiros, los silfos, el simurg. Hay también historias más improbables, como la de Hochigan: “Descartes refiere que los monos podrían hablar si quisieran, pero que han resuelto guardar silencio, para que no los obliguen a trabajar. Los bosquimanos de África del Sur creen que hubo un tiempo en que todos los animales podían hablar. Hochigan aborrecía los animales; un día desapareció y se llevó consigo ese don”. Estos de Borges son animales tan imaginarios como el tigre del zoológico; monstruos que podrían tal vez haber sido animales, o bien que lo fueron y dejaron de serlo.


El cachalote más célebre y una novela clave de la modernidad
D. F. I. 

El cachalote blanco más famoso, la novela que se ganó un lugar dentro de las cimas de la literatura moderna, el inicio de relato más célebre, más citado, más discutido por los traductores al español: “Call me Ishmael”, que fue “Pueden ustedes llamarme Ismael”, “Llámenme Ismael”, “Llamadme Ismael”.
Publicada en 1851, Moby Dick significó un quiebre en la escritura de Herman Melville, su autor, que hasta ese momento había incursionado en las novelas de aventuras, pero que con Moby Dick se lanzó a una experiencia distinta. Porque más que el estricto relato de una obsesión –la del celebérrimo capitán Ahab y su empeño en liquidar, costara lo que costara, al cachalote que le había arrancado una pierna– el libro supone una frondosa indagación en los mecanismos de la narrativa, la reflexión existencial, el juego entre la sugerencia y la alegoría, e incluso cierto ejercicio de convencido iluminismo decimonónico: en las páginas de Moby Dick –siempre a través de la voz de Ismael, el joven marinero que cuenta la historia– hay detalladas descripciones sobre la vida en los barcos balleneros de la época, enumeración de objetos e instrumentos marinos, indicaciones e información ligadas con las ciencias naturales, la geografía, la navegación. Un texto del siglo XIX, escrito para lectores contemporáneos que sin embargo le dieron la espalda; la novela alcanzaría el podio de los consagrados bastante tiempo después de su primera edición.
Leviatán bíblico, encarnación del otro en su máxima alteridad, figura escurridiza y atrozmente deseada, por momentos el cachalote parece estar incluso más allá de lo animal. Su contraparte, Ahab, se estremece de furia, rencor, obcecación y desmesura humana. Muy humana. Si, como señalan algunos críticos literarios, Melville dejó de escribir novelas de aventuras para escribir desde el fondo de su ser, encontró en una bestia de leyenda el modo de hablar de esa otra bestia, cercana y desconocida, que habita en todos nosotros.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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