La fauna de las maravillas en una historia donde todo es posible
C. B.
He visto a menudo a un gato sin sonrisa –pensó Alicia–, ¡pero no una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más curiosa que he visto en mi vida!”. Entre los estrambóticos personajes que habitan en el mundo de Alicia en el País de las Maravillas (1865), clásico de Lewis Carroll, hay varios seres de cuatro patas. Principalmente, el Conejo Blanco, obsesionado con la posibilidad de una llegada tarde y con la hora que le da su elegante reloj, y responsable fundamental de que comience toda la historia con la caída de la chica en el pozo. Además del Gato de Cheshire al que se refiere la cita, por supuesto. Pero también están la Liebre de Marzo, el ratón que nada con la protagonista en un mar de lágrimas, la melancólica Falsa Tortuga (a quien está dedicado el capítulo 9) y esa mitológica especie mitad águila mitad león llamada grifo, por hacer un inventario incompleto de cuadrúpedos.
Muchos otros animales tienen dos patas y hay apariciones más fugaces de plumíferos –en el mojado picnic del final del capítulo 2 hay un Dodo, un Loro, un Aguilucho–. Más tarde, la Oruga dejará de fumar una pipa de agua para darle un consejo a Alicia, que no sabe muy bien quién es –y eso que no atraviesa como aquella la metamorfosis de la mariposa–, la sorprenderá el baile de la cuadrilla de langostas y otros bichos del mar, y un lacayo pez y un lacayo rana abrirán el capítulo titulado “Cerdo y pimienta”.
Es decir: criaturas dotadas de palabra contribuyen también a que todo sea posible en el mundo de Carroll, desde el inicial momento en que se pone en uso el recurso del portal, que en este caso es una madriguera. La edición de la colección Penguin Clásicos, que incluye Alicia a través del espejo (podríamos seguir enumerando especies aquí: mosquito, morsa, cervatillo, león, unicornio) y La caza del Snark, tiene las ilustraciones de John Tenniel, donde se puede apreciar la fisonomía de toda esta fauna fantástica.
Antología del encuentro entre la literatura y sus seres más cercanos
D. F. I.
“A menudo me pregunto, para ver, quién soy; y quién soy en el momento en que, sorprendido desnudo, en silencio, por la mirada de un animal, por ejemplo, los ojos de un gato, tengo dificultad, sí, dificultad en superar una incomodidad”, escribió Jacques Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo. En esta pregunta ni siquiera en apariencia simple, el pensador encuentra el hilo para tirar de una indagación donde el más bien incómodo –y paradójico, fascinante, temido, intrigante– lazo entre humanos y no humanos se abre a una reflexión que hoy comienza a percibirse urgente.
El eco de estas preguntas (quién soy/quién soy cuando me descubro en la mirada de un animal) resuenan en Zoografías. Literatura animal, compilación realizada por Mariano García (Buenos Aires, 1971), donde animales reales e imaginarios emergen en fábulas, relatos, poemas, fragmentos de novelas y textos filosóficos de los más diversos orígenes y temporalidades. “Los animales son cada vez más imaginarios para nosotros”, escribe García, quien a su vez destaca la innegable presencia del universo animal en la lengua nuestra de cada día: dichos, frases, refranes, voces en las que, sin siquiera darnos cuenta, evocamos presencias en franco retroceso en el espacio de lo real y sin embargo activas en lo profundo del imaginario. De allí, claro, el pasaje a la literatura. De Horacio a Tito Livio; de Kafka a Flaubert; de Hebe Uhart a Roberto Arlt, los textos se ofrecen a la mirada curiosa, al placer diletante, a la minuciosidad de una búsqueda más sistemática. Doctor en Letras por la UCA, investigador y docente, García ya había publicado en Adriana Hidalgo, junto con Mariana Dimópulos, la compilación Escritos sobre la mesa. Vuelve ahora con una antología que se presta, desde ya, al descubrimiento. Pero también al reencuentro con viejas emociones. Porque cómo no temblar otra vez al leer aquel pasaje de la Odisea donde Argos, el perro moribundo de Ulises, es el único que lo reconoce a su arribo a Ítaca.
Bestias de todas las especies en los primeros cuentos de Cortázar
D. G
En su primer libro de cuentos, Bestiario, publicado en 1951, Julio Cortázar delineó varias de las características que definirían su estilo. Además de la convivencia de elementos realistas y fantásticos en un mismo universo, se destaca la presencia de animales de todas las especies, incluidos los seres fantásticos que, en este volumen (en el cuento “Cefalea”), llevan el nombre de mancuspias.
Estas criaturas combinan cualidades de mamíferos, aves y reptiles, se alimentan de avena malteada, leche y vino blanco, y transmiten enfermedades a los trabajadores de una granja.
En el célebre “Carta a una señorita en París”, el narrador revela que vomita conejitos blancos. “Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco”. Por unas semanas, vive con ellos una angustiada doble vida, en el departamento porteño de la destinataria de su carta-relato.
Delia Mañara es la protagonista de “Circe” y los que la conocen le atribuyen poderes sobrenaturales, como pasaba con el personaje mitológico de idéntico nombre en la Odisea, que tenía el poder de convertir a los hombres en animales. En su versión del mito, Cortázar sitúa a la protagonista en el barrio de Almagro. “Un gato seguía a Delia, todos los animales se mostraban siempre sometidos a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara”.
El último cuento es el que da título al libro y, a la luz del presente, puede ser leído como la historia de una familia donde el tiranuelo doméstico (el tío Nene) abusa de su fuerza con mujeres y niños hasta que nada menos que un tigre restablece la armonía, siempre frágil en los mundos cortazarianos.
Cuentos perfectos, con más de cien años de garantía
N. B.
En 2018 se cumplieron cien años de la publicación de Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, un libro que sigue sumando lectores porque se lee en las escuelas primarias de todo el país. Por la fuerza del lenguaje y de las imágenes, por el realismo y la potencia con que plantea los conflictos humanos, es un clásico único y salvaje, de esos que no ofrecen moralejas, sino que hacen de la lectura una experiencia inolvidable. Los ocho relatos reunidos en el libro tienen como protagonistas a animales de distintas especies de la selva misionera y como escenario a una naturaleza hostil que, en algunos cuentos, es también un personaje. Los pocos hombres que aparecen ocupan roles secundarios y le sirven a Quiroga para remarcar cuestiones éticas.
Como dice Ana María Shua, los cuentos son perfectos. “Los animales hablan y sienten como personas, pero no están groseramente humanizados. Al contrario, parte del atractivo de los textos es el minucioso realismo con el que se cuentan sus características y sus hábitos: qué comen, dónde viven, cómo cazan, cómo juegan. Quiroga no necesita demorarse en ninguna descripción. Es siempre a través de la acción que el lector se entera de todo lo que necesita saber”.
Desde que los derechos son de dominio público se publicaron muchas ediciones: ilustradas (como la de Alcalá Grupo Editor, de España), económicas (Planeta Lector y Grandes Obras de la Literatura Universal, de Norma) y de colección como la de Loqueleo, con ilustraciones de la artista plástica Alejandra Knoll, que incluye un dossier con textos de Liliana Bodoc y Ricardo Mariño, fotos, una biografía muy completa y tapas históricas.
La primera edición la publicó la Sociedad Cooperativa Editorial Limitada de Buenos Aires en 1918 con el título Cuentos de la selva para los niños.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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