El problema no es el Fondo, sino el fracaso
El establishment económico acude a dirigentes que ocupan cargos y que al mismo tiempo se autoperciben opositores; ¿lo que opinan es lo que van a hacer?
Francisco Olivera
Dicen que cada vez que escucha hablar del Presidente o de Guzmán y opina al respecto, el mejor recurso retórico de Máximo Kirchner es su cara. De disgusto, de hartazgo. Es el testimonio de empresarios que, últimamente, casi siempre a través de gestiones del ministro De Pedro, han empezado a consultarlo. Lo visitan buscando encontrar alguna certeza. No de futuro, porque en eso le tienen poca fe al diputado, pero al menos sobre lo más elemental de su espacio: qué es lo que se propone la vicepresidenta y hasta dónde será capaz de llevarlo a la práctica.
Los empresarios ven al heredero más propenso a la conversación y hasta despojado de algunos prejuicios. Él se refiere a la expresidenta como “Cristina”, pero no se molesta cuando sus interlocutores le hablan de “tu mamá”. De Alberto Fernández piensa lo que ya se sabe. No es tan elocuente en las palabras como Andrés Larroque, pero tampoco hace falta: basta con saber que su diagnóstico es, exacto, el de Cristina Kirchner.
Estos encuentros no son sencillos porque se dan en el contexto de una Argentina desencajada: el establishment económico acude a dirigentes que ocupan cargos y que al mismo tiempo se autoperciben opositores. ¿Lo que opinan es lo que van a hacer? ¿Campaña, discurso partidario o anticipo de toma de decisiones? Por eso los empresarios prefieren tratar con Guzmán. “Usted nos da confianza: tiene nuestro apoyo total”, recibió Eduardo Eurnekian al ministro de Economía anteayer en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción.
Pero el Gobierno está vaciado y quienes deberían invertir proyectan a tientas. Esta semana, por ejemplo, la Asociación Empresaria Argentina invitó a Carlos Melconian al Hotel Hyatt. Líder del Ieral, área de investigaciones de la Fundación Mediterránea, el economista está hace tiempo preparando un equipo que piensa poner a disposición del candidato opositor que resulte ganador. Fueron dos horas y media de charla en la que desde el auditorio preguntaron varios, incluidos los más relevantes, Paolo Rocca y Héctor Magnetto. Melconian tiene desde hace tiempo la costumbre de reunirse con actores de todo tipo, desde sindicalistas hasta líderes sociales o eclesiásticos. Y esa tarde volvió a escuchar las inquietudes de siempre: de qué modo cree que llegará la Argentina a 2023, cómo pretende tomar decisiones sin duda impopulares, qué proyección de inflación tiene, qué haría con el cepo cambiario y qué debe hacer el próximo gobierno ante medidas cautelares que puedan entorpecer la administración. Contestó varias y se guardó algunas respuestas para momentos más oportunos. Dijo, por ejemplo, algo que repitió otra veces: que en el corto plazo es inimaginable un libre flujo de capitales. Y que podía tener estimaciones, pero que la Argentina obligaba a revisarlas permanentemente. Dependerá en todo caso, planteó, de las respuestas que dé el poder político, una condición necesaria que deberá incluir una transformación cultural. Propuso además no subestimar, como se ha hecho otras veces, a las gestiones económicas.
Son preguntas básicas en un país que parece ingobernable y en el que casi nadie resuelve problemas. Se ve, como con Máximo, en algunas caras. Hay industriales que, por ejemplo, notan a Roberto Feletti de mal humor. El secretario de Comercio, que les pidió esta semana a las fabricantes de neumáticos un listado de requerimientos sobre costos y precios, no termina de entender cuál es el motivo del sector para ofrecer productos tan caros. Hace dos jueves, delante de varios de ellos, se levantó de la mesa y abandonó la reunión antes de tiempo.
Es cierto que estas plantas tienen dificultades propias del contexto global: subieron el alambre, fabricado en Corea; el caucho, que viene de Malasia, y la energía. Pero en algunas compañías que se contactaron con autoridades del Banco Central o del Ministerio de Desarrollo Productivo vienen recibiendo respuestas similares desde antes de la invasión a Ucrania: no hay dólares. Según le dijeron a Feletti, les falta un 35% de divisas para producir. Y todo está tan al límite que cualquier vencimiento de deuda soberana se vuelve drástico, incluso los que surgen de la negociación que Guzmán arregló en 2020, estimados en unos 1600 millones de dólares hasta enero. ¿Qué pensar, entonces, de los 450 millones mensuales que se van por turismo o los 500 millones por medidas cautelares presentadas por empresas? “Es una cuestión de prioridades”, dijeron en una multinacional de buena relación con el Gobierno. El Frente de Todos tampoco contribuye para que esto sea un vergel de dólares. Al contrario: como se supone que las peleas internas pondrán más nervioso al ahorrista, los exportadores retrasan las liquidaciones de divisas y los importadores adelantan compras. “En algún momento van a tener que administrar todavía más el comercio”, se quejaron anteayer en una cerealera.
El asunto es decisivo para la paz política. De esa escasez parte, por ejemplo, la crítica más furibunda de Máximo Kirchner. Si en el momento en que, por la cosecha gruesa, deberían estar entrando divisas, la Argentina no está incorporando de manera significativa reservas en el Banco Central, ¿qué hace pensar que lo que viene será mejor?, se pregunta el diputado. Los camporistas han decidido emprender el camino que más conocen: intentar redistribuir ingresos alentando paritarias altas o mediante aumentos salariales o bonos en los organismos estatales que controlan. Acaban de hacerlo Luana Volnovich en el PAMI, Fernanda Raverta en la Anses y Damián Selci en la municipalidad de Hurlingham. “Felicitaciones, Palazzo”, le dijo Cristina Kirchner al líder de La Bancaria no bien se enteró de que había conseguido un 60% en la paritaria, y en sintonía con dos proyectos oficialistas que se conocieron esta semana: el de diputados para adelantar seis meses el alza de 45% en el sueldo mínimo y el de senadores para otra moratoria previsional.
Pero son gestos ínfimos ante la magnitud de la crisis. No debería sorprender que parte de la discusión haya pasado entonces al ámbito de lo simbólico. Juan Manzur, que se venía quejando de que el Presidente le impedía hacer reuniones de gabinete, celebró esta semana haberlo hecho por primera vez en seis meses con un videoclip que posteó en Instagram. El mensaje es el encuentro en sí mismo: el tucumano llega al salón Eva Perón y, con música de fondo, como en un trailer de Carrozas de fuego, saluda a todos y encabeza la conversación.
Una inflación proyectada en más del 60% para este año vuelve infecundos épica y reparto. “No es suficiente”, se sincera el texto presentado por Máximo Kirchner y sus compañeros en Diputados para adelantar seis meses el alza del salario mínimo. Ese abismo entre administración y resultados explica más que ninguna otra divergencia el enojo con Alberto Fernández. Nadie en el Instituto Patria quería, por ejemplo, entrar en default. Hasta la leal María Inés Pilatti Vergara, que votó contra el acuerdo del FMI en el Senado, admitió en su momento que habría votado a favor si el memorándum hubiera corrido riesgo de caerse. Pero el mundo más triste es el que describe Máximo: entregar banderas sin acumular reservas. “Ortodoxia ineficaz”, lo definió Larroque. Exactamente lo que piensa “la jefa”. El problema no es el Fondo, sino el fracaso, y mejor tomar distancia de ambos. Se acabó la plata, el mundo no colabora, el votante está molesto y ella tampoco puede revertirlo.
Como se supone que las peleas internas pondrán más nervioso al ahorrista, los exportadores retrasan las liquidaciones de divisas y los importadores adelantan compras
Dicen que cada vez que escucha hablar del Presidente o de Guzmán y opina al respecto, el mejor recurso retórico de Máximo Kirchner es su cara. De disgusto, de hartazgo. Es el testimonio de empresarios que, últimamente, casi siempre a través de gestiones del ministro De Pedro, han empezado a consultarlo. Lo visitan buscando encontrar alguna certeza. No de futuro, porque en eso le tienen poca fe al diputado, pero al menos sobre lo más elemental de su espacio: qué es lo que se propone la vicepresidenta y hasta dónde será capaz de llevarlo a la práctica.
Los empresarios ven al heredero más propenso a la conversación y hasta despojado de algunos prejuicios. Él se refiere a la expresidenta como “Cristina”, pero no se molesta cuando sus interlocutores le hablan de “tu mamá”. De Alberto Fernández piensa lo que ya se sabe. No es tan elocuente en las palabras como Andrés Larroque, pero tampoco hace falta: basta con saber que su diagnóstico es, exacto, el de Cristina Kirchner.
Estos encuentros no son sencillos porque se dan en el contexto de una Argentina desencajada: el establishment económico acude a dirigentes que ocupan cargos y que al mismo tiempo se autoperciben opositores. ¿Lo que opinan es lo que van a hacer? ¿Campaña, discurso partidario o anticipo de toma de decisiones? Por eso los empresarios prefieren tratar con Guzmán. “Usted nos da confianza: tiene nuestro apoyo total”, recibió Eduardo Eurnekian al ministro de Economía anteayer en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción.
Pero el Gobierno está vaciado y quienes deberían invertir proyectan a tientas. Esta semana, por ejemplo, la Asociación Empresaria Argentina invitó a Carlos Melconian al Hotel Hyatt. Líder del Ieral, área de investigaciones de la Fundación Mediterránea, el economista está hace tiempo preparando un equipo que piensa poner a disposición del candidato opositor que resulte ganador. Fueron dos horas y media de charla en la que desde el auditorio preguntaron varios, incluidos los más relevantes, Paolo Rocca y Héctor Magnetto. Melconian tiene desde hace tiempo la costumbre de reunirse con actores de todo tipo, desde sindicalistas hasta líderes sociales o eclesiásticos. Y esa tarde volvió a escuchar las inquietudes de siempre: de qué modo cree que llegará la Argentina a 2023, cómo pretende tomar decisiones sin duda impopulares, qué proyección de inflación tiene, qué haría con el cepo cambiario y qué debe hacer el próximo gobierno ante medidas cautelares que puedan entorpecer la administración. Contestó varias y se guardó algunas respuestas para momentos más oportunos. Dijo, por ejemplo, algo que repitió otra veces: que en el corto plazo es inimaginable un libre flujo de capitales. Y que podía tener estimaciones, pero que la Argentina obligaba a revisarlas permanentemente. Dependerá en todo caso, planteó, de las respuestas que dé el poder político, una condición necesaria que deberá incluir una transformación cultural. Propuso además no subestimar, como se ha hecho otras veces, a las gestiones económicas.
Son preguntas básicas en un país que parece ingobernable y en el que casi nadie resuelve problemas. Se ve, como con Máximo, en algunas caras. Hay industriales que, por ejemplo, notan a Roberto Feletti de mal humor. El secretario de Comercio, que les pidió esta semana a las fabricantes de neumáticos un listado de requerimientos sobre costos y precios, no termina de entender cuál es el motivo del sector para ofrecer productos tan caros. Hace dos jueves, delante de varios de ellos, se levantó de la mesa y abandonó la reunión antes de tiempo.
Es cierto que estas plantas tienen dificultades propias del contexto global: subieron el alambre, fabricado en Corea; el caucho, que viene de Malasia, y la energía. Pero en algunas compañías que se contactaron con autoridades del Banco Central o del Ministerio de Desarrollo Productivo vienen recibiendo respuestas similares desde antes de la invasión a Ucrania: no hay dólares. Según le dijeron a Feletti, les falta un 35% de divisas para producir. Y todo está tan al límite que cualquier vencimiento de deuda soberana se vuelve drástico, incluso los que surgen de la negociación que Guzmán arregló en 2020, estimados en unos 1600 millones de dólares hasta enero. ¿Qué pensar, entonces, de los 450 millones mensuales que se van por turismo o los 500 millones por medidas cautelares presentadas por empresas? “Es una cuestión de prioridades”, dijeron en una multinacional de buena relación con el Gobierno. El Frente de Todos tampoco contribuye para que esto sea un vergel de dólares. Al contrario: como se supone que las peleas internas pondrán más nervioso al ahorrista, los exportadores retrasan las liquidaciones de divisas y los importadores adelantan compras. “En algún momento van a tener que administrar todavía más el comercio”, se quejaron anteayer en una cerealera.
El asunto es decisivo para la paz política. De esa escasez parte, por ejemplo, la crítica más furibunda de Máximo Kirchner. Si en el momento en que, por la cosecha gruesa, deberían estar entrando divisas, la Argentina no está incorporando de manera significativa reservas en el Banco Central, ¿qué hace pensar que lo que viene será mejor?, se pregunta el diputado. Los camporistas han decidido emprender el camino que más conocen: intentar redistribuir ingresos alentando paritarias altas o mediante aumentos salariales o bonos en los organismos estatales que controlan. Acaban de hacerlo Luana Volnovich en el PAMI, Fernanda Raverta en la Anses y Damián Selci en la municipalidad de Hurlingham. “Felicitaciones, Palazzo”, le dijo Cristina Kirchner al líder de La Bancaria no bien se enteró de que había conseguido un 60% en la paritaria, y en sintonía con dos proyectos oficialistas que se conocieron esta semana: el de diputados para adelantar seis meses el alza de 45% en el sueldo mínimo y el de senadores para otra moratoria previsional.
Pero son gestos ínfimos ante la magnitud de la crisis. No debería sorprender que parte de la discusión haya pasado entonces al ámbito de lo simbólico. Juan Manzur, que se venía quejando de que el Presidente le impedía hacer reuniones de gabinete, celebró esta semana haberlo hecho por primera vez en seis meses con un videoclip que posteó en Instagram. El mensaje es el encuentro en sí mismo: el tucumano llega al salón Eva Perón y, con música de fondo, como en un trailer de Carrozas de fuego, saluda a todos y encabeza la conversación.
Una inflación proyectada en más del 60% para este año vuelve infecundos épica y reparto. “No es suficiente”, se sincera el texto presentado por Máximo Kirchner y sus compañeros en Diputados para adelantar seis meses el alza del salario mínimo. Ese abismo entre administración y resultados explica más que ninguna otra divergencia el enojo con Alberto Fernández. Nadie en el Instituto Patria quería, por ejemplo, entrar en default. Hasta la leal María Inés Pilatti Vergara, que votó contra el acuerdo del FMI en el Senado, admitió en su momento que habría votado a favor si el memorándum hubiera corrido riesgo de caerse. Pero el mundo más triste es el que describe Máximo: entregar banderas sin acumular reservas. “Ortodoxia ineficaz”, lo definió Larroque. Exactamente lo que piensa “la jefa”. El problema no es el Fondo, sino el fracaso, y mejor tomar distancia de ambos. Se acabó la plata, el mundo no colabora, el votante está molesto y ella tampoco puede revertirlo.
Como se supone que las peleas internas pondrán más nervioso al ahorrista, los exportadores retrasan las liquidaciones de divisas y los importadores adelantan compras
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