Paz en la Tierra, la actualidad del papa Juan XXIII
Carlos María Galli Decano de la Facultad de Teología de la UCA
Hace 60 años, el papa Juan XXIII escribió su última encíclica, Pacem in Terris, sobre “la paz en la Tierra”. Fue un legado a la humanidad. La publicó en 1963, cuando estaba muy enfermo, dos meses antes de su muerte. Ya en su lema episcopal Angelo Roncalli había puesto la palabra pax como un elemento clave de su espiritualidad y su ministerio. Él fue un hombre pacificado por el Espíritu de Dios, que transmitía cariño y serenidad. Una paz cordial, afectuosa, conciliadora, exigente, que tendía puentes. Todos percibían su bondad y su calma. Por eso se lo llamó il Papa buono.
Roncalli sufrió dos guerras mundiales y fue representante pontificio en Bulgaria, Turquía, Grecia y Francia. Tuvo un vivo sentido de la unidad de la familia humana y un gran respeto por las diferencias culturales, religiosas y políticas entre los pueblos. Esas fueron las raíces de su amplio espíritu ecuménico y de su mirada universal, que lo llevó a preocuparse por la paz del mundo. Todos reconocen su arriesgada labor para salvar decenas de miles de hermanos judíos de la Shoah. Eso le valió que, post mortem, Israel le diera el título más preciado que da a no judíos: Justo de las naciones.
Desde 1958 aquel obispo de Roma guío a la Iglesia Católica en el período de la Guerra Fría entre el este y el oeste, que generaba conflictos calientes en los países del sur. Buscó la distensión entre las superpotencias gobernadas por J. F. Kennedy y N. Kruschev. Ante la crisis de los misiles en Cuba, en el mismo mes en el que se le descubría cáncer e inauguraba el Concilio Vaticano II, llamó a negociar para evitar guerras con armas atómicas. Estaba convencido de que, en la era nuclear, toda guerra es injusta. Por sus iniciativas recibió en 1963 el prestigioso Premio Balzan de la Paz.
El papa comenzó a pensar la encíclica en octubre de 1962. Pacem in Terris fue el primer documento dirigido no solo a los católicos, sino “a todos los hombres de buena voluntad”. Roncalli confiaba en la capacidad de la razón para descubrir el bien y en la buena voluntad que Dios pone en el ser humano. Por eso envió el texto a los jefes de Estado y a U Thant, el secretario de la ONU. En la encíclica resuena el canto de la Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y en la Tierra paz a los hombres” (Lc 2,14). Sus cinco partes exponen: la dignidad de todos los seres humanos, que es la base de la vida social; las relaciones de los ciudadanos con las autoridades; la constitución del Estado democrático y republicano; las relaciones entre Estados; la paz.
Juan XXIII aportó varias novedades a la doctrina social de la Iglesia sobre la sociedad nacional. La dignidad humana como base de una convivencia justa; la lógica moderna de los derechos humanos, evitando su impronta individualista; la variedad de los derechos, de la libertad religiosa al salario familiar; el equilibrio entre derechos y deberes para una ciudadanía responsable; el derecho natural de circular libremente de los migrantes; la notable distinción entre los valores de los movimientos históricos y sus lecturas interpretativas por las ideologías; el análisis de tres signos del tiempo: el protagonismo de las mujeres, los derechos de los trabajadores, la emancipación de los pueblos; la opción por un régimen democrático con una legítima autoridad representativa; el equilibrio entre los poderes del Estado; el control de los actos de gobierno; el compromiso político de los cristianos que colaboran junto con otros hombres de buena voluntad, comprometidos con otros partidos e ideas.
Su doctrina sobre la comunidad internacional anticipó planteos de la era global: el reconocimiento de los pueblos como sujetos de derechos y deberes mutuos; la igualdad entre los Estados sin supremacías dominantes; el derecho a la identidad cultural de las mayorías y las minorías; los intercambios libres de bienes, servicios y capitales según normas justas (entonces nacía el Mercado Común Europeo); la crítica a la carrera armamentista como estrategia disuasiva por medio del equilibro del terror (¡en 1963!). Sostuvo la impracticabilidad de la guerra en la era atómica y cuestionó la antigua teoría de la guerra justa; los criterios para crear instituciones de gobernabilidad con cierta autoridad mundial a favor de la paz; la solidaridad internacional activa con los pueblos pobres.
Luego, en la encíclica Populorum progressio, de 1967, Pablo VI expuso su doctrina sobre el desarrollo de los pueblos, que debe ser integral (de todo el hombre) y solidario (de todos los hombres). Y afirmó: “El desarrollo era el nuevo nombre de la paz”, lo que tiene una
En su encíclica Fratelli tutti,Francisco distingue entre la arquitectura de la paz, que concierne a los dirigentes, y la artesanía de la paz, que compromete a todos notable actualidad.
El núcleo de la doctrina de Juan XXIII es que la paz social, tanto nacional como internacional, se construye sobre cuatro pilares: verdad, libertad, justicia y amor. La convivencia en un país se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivificada y completada por la amistad social, respetando íntegramente la libertad. Esos pilares rigen los vínculos entre las personas y las familias; entre los ciudadanos y el Estado; entre los Estados en la comunidad mundial.
En su encíclica Fratelli tutti, Francisco distingue entre la arquitectura de la paz, que concierne a los dirigentes, y la artesanía de la paz, que compromete a todos. Para Juan XXIII, las autoridades debían ser los principales responsables en establecer los cimientos de la paz social. Todos los ciudadanos, en especial los cristianos, debemos comprometernos con responsabilidad en la causa de la paz para Ucrania, Siria, Sudán, Myanmar, Yemen, el Congo, Nicaragua, Armenia, el mundo entero.
Construir la paz en la tierra argentina tiene los mismos requisitos. Mirando al pasado de la violencia política y del terrorismo de Estado, toda búsqueda de pacificación debe asentarse sobre la verdad y la justicia, a partir de los recuerdos de la memoria y los datos de la historia, como intentamos exponer en la obra reciente La verdad los hará libres, sobre la actuación de la Iglesia en aquel tiempo.
Mirando el presente de un pueblo que sufre mucho, urge trabajar para superar la mentira metódica, la corrupción institucional, la desigualdad social, la inseguridad ciudadana, la puja sectorial, la violencia verbal, la enemistad política y la incertidumbre creciente, en línea con lo que dicen los obispos en el documento “A 40 años de la recuperación de la democracia renovamos la esperanza”. Mirando hacia el futuro, hay que renovar la convivencia democrática, la representación creíble, la honestidad ejemplar, la práctica del diálogo, la cultura del trabajo, el cuidado de la vida y la protección de los vulnerables, sobre todo de los niños y los mayores, construyendo una esperanza sólidamente fundada en esos principios tan sabios. Cuando aquí se polariza la lucha política hay que volver a decir: la paz es la obra de la verdad y la libertad. La paz es el fruto de la justicia y el amor.
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