Ricardo Darín. La película en la que brilló con su personaje más oscuro y riesgoso
En El aura (2005), su segundo trabajo con Fabián Bielinsky, el actor personifica a un huraño taxidermista obsesionado con el robo perfecto; fue la última película de uno de los más grandes directores argentinos de los últimos tiempos, prematuramente falle
Marcelo Stiletano
“¿La mejor película argentina de género de los últimos 20 años? ¿Sí o no?”. El 8 de mayo pasado, desde Twitter, el crítico, programador y ensayista Diego Lerer dejó planteada esta pregunta, ilustrada con el afiche original de El aura (2005), segundo y último largometraje del cada vez más añorado Fabián Bielinsky.
Siguiendo el juego podríamos preguntarnos también si en este thriller extraordinario estamos frente a la mejor actuación de toda la enorme carrera que Ricardo Darín lleva hecha en el cine argentino, cuyo punto de partida podría establecerse en 1999 con El otro amor, la misma lluvia, de Juan José Campanella, y todavía más al año siguiente, cuando protagonizó Nueve reinas, la inolvidable ópera prima de Bielinsky.
Sobran argumentos para responder las dos preguntas de manera afirmativa, pero hacerlo exige un esfuerzo adicional. Bielinsky murió sorpresivamente de un infarto el 29 de junio de 2006 con apenas 47 años y por esa razón se hace difícil lograr que su obra, tan escasa y tan valiosa, consiga el reconocimiento inmediato del espectador de nuestros días.
Lo mismo cabe para Darín. Al pensar en él como actor de cine lo primero que aparece en nuestro radar y nuestra memoria es otra cosa. Sus personajes en El hijo de la novia, Luna de Avellaneda, Un cuento chino, El secreto de sus ojos, Relatos salvajes y, mucho más cerca, Argentina, 1985.
Siempre va a ser más difícil y más arduo llegar hasta el silencioso y huraño taxidermista que Darín personifica en El aura. No solo por la distancia temporal que separa a la película (estrenada el 15 de septiembre de 2005 en los cines de nuestro país) sino también por las propias características de un personaje con el que se hace muy difícil empatizar.
Esa búsqueda fue deliberada. Actor y director la sellaron al comienzo de un vínculo que se hizo profundo y entrañable desde el primer momento. “Quería que me sumergiera en la oscuridad de mis posibilidades como actor. No de las que ya había explotado. Él quería que apareciera la parte oscura. Precisamente por joder tanto con la parte oscura es como nace El aura”, cuenta Darín sobre Bielinsky en una entrevista con Juan Manuel Domínguez incluida en un libro (El fulgor, ideas sobre Fabián Bielinsky) publicado en 2016 por el Bafici.
En esa conversación Darín también nos dice que El aura apareció inmediatamente después del extraordinario éxito que ambos compartieron en Nueve reinas. Que Bielinsky imaginó esa nueva película “como una especie de combinación entre un guionista y un actor en términos de hacer un trabajo creativo en conjunto”. Y que ese ejercicio quedó plasmado desde el primer minuto de una película que nadie previó, porque todos esperaban una especie de repetición de lo que había pasado con Nueve reinas.
“El comienzo de El aura es algo que se me ocurrió a mí -recuerda Darín en el libro-. Y me acuerdo de su carita, de sus ojos, cuando le conté lo del cajero automático”. La secuencia de apertura de la película ya nos muestra en plenitud los resultados de esa feliz alianza creativa. ¿Qué vemos allí? El momento en que Darín recupera la conciencia después de haber sufrido un desvanecimiento. Lo vemos acostado en el piso, cerca de la puerta de acceso a un banco, a pocos metros de un cajero automático. Trata de ponerse de pie con movimientos pesados y a la vez tranquilos. Cuando lo consigue entendemos por sus movimientos y por la silenciosa expresión de su rostro que no es la primera vez que pasó por esa experiencia.
Más adelante sabremos que se trató de un ataque de epilepsia, cuyo momento previo, esa suerte de intuición transformadora e imposible de explicar que le permite a alguien anticiparse al momento del ataque, se conoce como aura. A esa condición, el personaje suma otras. Primero, una asombrosa memoria espacial que le permite reconstruir al detalle cualquier situación de la que participó como protagonista o testigo circunstancial. Segundo, una relación compleja, obsesiva, casi enfermiza con el dinero. Cuando la película facilita la confluencia de ambos factores, estamos frente a alguien en condiciones ideales para diseñar el robo perfecto.
En una película con varias escenas clave que se desarrollan dentro de un casino o alrededor de él vale decir que Bielinsky acertó un pleno trabajando como nadie lo había hecho hasta ahora el “lado oscuro” de Darín como intérprete. “Estaba concentrado en que yo no dejara que apareciera eso que él llamaba la maquinaria de la seducción”, detalla en la entrevista con Domínguez.
Encontró en un intérprete que saltó a la fama como galán un modo de expresión diferente y tan preciso que desde allí empezamos a acostumbrarnos a ver en el cine también a un Darín de gesto adusto, desafiante, apagado, misterioso y hasta antipático. Casi todo eso es el taxidermista de El aura, cuya secuencia inicial de títulos define con lenguaje visual puro (100% cine) los detalles de su oficio, pistas de una personalidad tan compleja como su relación con el mundo, con las demás personas.
En las dos horas y 10 minutos que dura El aura, la cámara de Bielinsky jamás abandona a Darín. Lo acompaña tan de cerca que hasta parece extraño que por momentos su figura aparezca recortada de un modo más lejano dentro del paisaje patagónico en el que transcurre casi toda la acción.
El actor responde con una clase maestra de concentración interpretativa. No sabemos el nombre del personaje (por allí aparecerá un “Espinosa” para identificarlo) y tampoco es necesario usar palabras para construir su retrato. Darín lo define desde la meticulosidad de su conducta, expresada de manera excepcional en la secuencia inicial de títulos, cuando lo vemos concentrado en la reconstrucción de los ejemplares a los que tiene que devolverles algún eco de la vida ya perdida para siempre: la textura de la piel o la mirada inmóvil de un par de ojos que guarda en un cajón de su escritorio.
A través de una mirada que parece perdida pero en realidad no descuida ni un solo detalle del cuadro, de la cabeza levemente inclinada (un gesto que parece estar guardando viejos rencores y deudas existenciales sin saldar) y desplazamientos en apariencia casuales, aunque pronto sabremos que el rumbo que sigue es absolutamente consciente, Darín va armando el rompecabezas de un personaje sombrío que pacientemente, entre calculados silencios, un talento perceptivo fuera de lo común, planes de contingencia y algún golpe de fortuna, comprueba que tiene un don para hacer realidad su máxima ambición: convertirse en artífice y ejecutor del robo perfecto.
La riqueza interior de un personaje como este solo puede hacerse realidad y cobrar vuelo de la mano de un actor con múltiples recursos, algunos de ellos casi imperceptibles. Darín lo consigue en algunos de los grandes momentos de la película, narrada a través de sus ojos. El taxidermista de El aura “parece un médium que registra los estados de ánimo colectivos”, observó Eduardo Rojas en la crítica de la película publicada por la revista especializada El amante en septiembre de 2005.
Los otros protagonistas de la historia se van configurando a través de ese asombroso poder de observación que no necesita más que de mínimos gestos o posturas corporales, porque se apoya en otra cosa. Darín nos muestra todo lo que pasa en el interior de una mente agitada e inquieta. Se mueve poco, no dice una sola palabra de más, guarda toda clase de secretos y cartas escondidas. Detrás de esa coraza de silencio y retraimiento hay una cabeza que funciona a toda velocidad e intuye lo que va a pasar.
A partir de El aura (o gracias a ella) Darín empezó a enriquecer con nuevos matices su evolución como intérprete. Esos descubrimientos compartidos con Bielinsky, iniciados en la portentosa experiencia de Nueve reinas, fueron decisivos para buena parte de lo que llegó después. Pueden rastrearse algunas huellas de este personaje en notables caracterizaciones que Darín fue aportando al cine en años siguientes especialmente a través de películas como Kóblic (2015), Nieve negra (2017) y La cordillera (2017). Personajes con un costado arisco o esquivo, que saben moverse en el lado oscuro de la condición humana. Y no solo allí.
Toda esta historia, sin dudas, comenzó con Espinosa, el taxidermista de El aura. Darín confesó en el libro sobre Bielinsky editado por el Bafici que de aquella sociedad aprendió sobre todo la metodología de trabajo aplicada al cine. “La rigurosidad, el valor de los planos, la importancia de tener la toma que querés, de no irte del set sin tener planos de apoyo”, detalla. Condiciones vitales y decisivas para el compromiso de un actor.
También lamentó (como todos nosotros) que Bielinsky no haya tenido con su prematura muerte más oportunidades de demostrar su inmenso talento como cineasta. Por fortuna, de ese encuentro prodigioso entre un actor y un director que se entendían a la perfección quedó un gran legado.
Darín dice que Bielinsky estaba fascinado por el misterio de la mirada. A partir de El aura, y sobre todo gracias a lo que entrega allí, cada nueva aparición del mejor actor de cine que tiene la Argentina es un viaje a través del mapa de esa magnífica obsesión
El aura está disponible en Amazon Prime Video y Flow
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