lunes, 12 de junio de 2023

LA SED DE PODER


Ceausescu o el sueño de los autócratas
La historia del dictador rumano, un ejemplo del síndrome de hubris
Marcelo Gioffré
A lo largo de cuatro días y cuatro noches, en vísperas de la Navidad de 1989, las vidas de Elena y Nicolae Ceausescu, los dictadores rumanos, alcanzaron una súbita culminación. El 21 de diciembre Ceausescu, a su vuelta de un viaje a Irán, pronunció un discurso público. Fue un acto organizado al típico estilo populista, con acólitos arreados de las fábricas, transportes gratuitos y una escenografía de pancartas con las fotos de los dictadores, carteles que alimentaban el culto a la personalidad y apelaciones a los instintos nacionalistas.
Anunciando aumentos de salario y de los subsidios para los niños, en ese discurso intentaba disipar las críticas respecto de la represión a los estudiantes de Timisoara, en Transilvania, donde el reverendo Lászlo Tökés había sido removido después de que objetara desde el púlpito a los tiranos, tras lo cual estallaron grandes protestas juveniles con la ocupación del comité distrital del partido Comunista. En medio de su discurso, unos infiltrados abuchearon a Ceausescu al grito de “abajo la dictadura”. Luego, retumbó un petardo. Nicolae quedó perplejo, casi paralizado, pidiendo a la multitud que mantuviera la calma. Elena, a su lado, lo alentaba a que siguiera adelante. Cuando se interrumpió por tres minutos la transmisión televisiva, los que estaban viendo el acto en sus casas se alarmaron y salieron a la calle para constatar qué estaba pasando. Esa noche el ministro de Defensa se suicidó.
Al día siguiente, los Ceausescu advirtieron que la situación era crítica, sobre todo porque parte del ejército ya no le respondía. Es probable que esa actitud haya obedecido a que Ceausescu no asumió con hombría la represión de Timisoara y quiso derivar las culpas. Una traición trajo la otra. ¿Fue una revolución popular, como quedó tatuado en el imaginario colectivo o bien un golpe de Estado? Es probable que no hayan pedido asilo político en una embajada amiga porque su orgullo se lo impedía, o peor aún: porque se creían invencibles. al mediodía, Nicolae y Elena huyeron en un helicóptero, desde el techo del palacio del partido Comunista. En 2006 se rodó el film
Bucarest 12:08, del cineasta Corneliu porumboiu, que satiriza la historia de esa fuga desde la perspectiva de múltiples testigos: cada cual lo recordaba de un modo distinto.
Intentaron infructuosamente reorganizar sus fuerzas, hasta que el helicóptero tuvo que aterrizar. algunos sostienen que el sector rebelde del ejército ya tenía controlado el espacio aéreo y no podrían pasar; otros, que el piloto alegó falsamente una falla de la aeronave. Lo cierto es que bajaron en medio de una ruta y un miembro fiel de la Securitate, que los acompañaba, detuvo el Dacia negro del obrero Nicolae pretisor y, con la excusa de pedirle nafta, introdujo en el auto a los dictadores. pretisor pasó a ser un rehén que, bajo la amenaza de una pistola que empuñaba Elena, deambuló durante horas en busca de un escondite.
Debía de ser una experiencia increíble para este obrero llevar en su modesto auto a las dos personas que durante 23 años habían tenido a todo el país en un puño. En Targoviste fueron interceptados, apresados y llevados a un regimiento. Cuando uno llega hasta ese puesto militar, a unos 90 kilómetros de Bucarest, se encuentra con un lugar desolado. Una mujer que apenas se expresa en rumano cobra la entrada sin entregar ningún ticket y franquea el acceso. Se recorre en soledad la sala donde fueron objeto de una revisación médica; una suerte de aula de colegio, que es el lugar donde fueron juzgados; la habitación donde durmieron esas tres noches, entre el 22 y el 25; y, por fin, el patio donde fueron ejecutados, con las marcas de las esquirlas en una pared.
Ascenso y caída
Habiendo visitado la mansión donde vivieron los dictadores, en el lujoso barrio de Cotroceni, con una pileta olímpica, un dormitorio de estilo francés, vestidores repletos de zapatos y carteras y baños decorados en oro, uno imagina la sensación de oprobio de aquellos dos arrogantes durmiendo en el humilde regimiento de provincia, en dos angostos camastros de hierro, vigilados por un guardia rústico y comiendo en platos de latón. Habiendo además escuchado la voz imperativa de Elena en el balcón, uno puede barruntar los reproches flamígeros que habrá lanzado en esos tres días interminables, mientras se sustanciaba el juicio sumario.
Ceausescu había pertenecido a una familia campesina de la aldea de Scornicești. La llegada al poder de este hombre constituye una casualidad prodigiosa, que él debió de atribuir a una señal de los dioses: se afilió al partido Comunista, fue preso y compartió celda con Gheorghiu-dej, que después del final de la Segunda Guerra Mundial llegaría a ser primer ministro y presidente durante dos décadas. a su muerte, en 1965, lo sucedió Ceausescu, que se había granjeado su total confianza. En los primeros años de gobierno operó una torsión: fue lo que suele llamarse un realista político. Mostró cierta independencia de la Unión Soviética, a punto tal que en 1968 criticó la invasión a Checoslovaquia, y tuvo una relación amigable con las democracias liberales con las que pretendía comerciar, moderó las persecuciones políticas e impulsó la industrialización de rumania, llevando los salarios a un nivel relativamente bueno.
Pero poco después comenzó a encarcelar y asesinar a opositores y a censurar a los críticos. Entró en esa etapa de impunidad en la que suelen precipitarse los dictadores: consiguió que le otorgaran a Elena un dudoso título de doctora en Química, preparó a su hijo menor Nicu para ser su sucesor y arrasó barrios enteros del casco céntrico, donde había más de diez mil viviendas particulares, para construir un descomunal edificio público, la segunda edificación más grande del mundo después del pentágono. Tal era su megalomanía. Dentro de ese edificio, en el salón donde recibían a los visitantes extranjeros, hay dos imponentes escaleras de mármol por las cuales bajaban ambos dictadores, uno por cada una, en una coreografía simétrica. Él sentía que era la encarnación de Dios en la tierra; ella, como mínimo, munida de su título apócrifo, una mujer de ciencia. Si solían recibir a figuras como De Gaulle o Nixon, ¿cómo no iban a tener una sede gubernamental a la altura de semejantes visitas?
Una prueba dramática de que para este tipo de déspotas el poder es absoluto es el caso de la gimnasta Nadia Comaneci, que en 1976, a los 14 años, ganó varias medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal, convirtiéndose en una reina absoluta de la disciplina. En 1981, en una gira por varios países, Comaneci recaudó 250.000 dólares, de los cuales ella pudo retener solo mil y el resto quedó para los dictadores. Fue entonces cuando sus entrenadores se exiliaron. La vida de Comaneci devino un calvario: vigilaban su correspondencia, sus diálogos telefónicos y su vida íntima. No la dejaron salir más del país para competir. Se rumoreaba incluso que Nicu Ceausescu, el hijo elegido para la sucesión –que años después moriría de cirrosis– la acosaba sexualmente.
Comaneci se escapó el 29 de noviembre de 1989, tres semanas antes de que cayeran los dictadores, lo que prueba que hasta último momento prevalecía la idea de que el poder de los Ceaucescu estaba intacto. De lo contrario resultaría inexplicable que haya caminado por el bosque, como lo hizo, toda una noche helada de invierno, cruzando pantanos, embarrándose, hasta atravesar la frontera y pasar a Hungría, donde la esperaban para trasladarla a un aeropuerto austríaco. Ese imaginario explica, de paso, la perplejidad de Ceausescu al ser abucheado en su discurso del 21 de diciembre.
En 1973 recibieron en Bucarest al perón del exilio madrileño: una reunión festejada por la revista Las Bases, órgano de difusión del Movimiento Justicialista dirigido nada menos que por Norma López rega, como “El abrazo de dos estadistas”. algunos dicen que con perón el nexo fue la médica rumana ana aslán, que ofrecía tratamientos milagrosos para el rejuvenecimiento. puede ser: perón era coqueto. Otros prefieren una versión menos esteticista: que entre perón y Ceausescu corrían subterráneos hilos de financiamiento. Lo cierto es que cuando perón volvió al poder, en 1974, invitó a Buenos aires a la pareja de dictadores y le dispensó una verdadera fiesta: desde programas enteros en Ceausescu había nacido en una familia campesina el sueño utópico de los líderes autoritarios es estar en el poder para siempre el cogobierno familiar se repite en muchos de estos delirios hiperbólicos
Canal 7 hasta el otorgamiento para ambos de la Orden del Libertador San Martín y títulos honoris causa. Corresponde decirlo: en esa ocasión Ricardo Balbín también se reunió con Ceausescu y le rindió pleitesía.
El sueño utópico de los líderes autoritarios es estar en el poder para siempre. Los Ceausescu son solo un ejemplo, acaso extremo. Hoy la pareja nicaragüense de Daniel Ortega y Rosario Murillo representa esa anomalía autocrática. Ni hablar de la dinastía cubana.
Perón y los Kirchner también persiguieron ese sueño. Hay un rasgo que se repite en muchos de estos delirios hiperbólicos: el modelo del cogobierno familiar, simultáneo o sucesivo. La otra nota distintiva es la confusión entre izquierda y populismo. La izquierda bien entendida tiene una misión: conferir un piso de dignidad en el origen a los más vulnerables, es decir, educación y salud púbicas tan buenas como las que tienen en el sector privado los más aventajados, de modo de asegurar la movilidad social. En cambio el populismo busca soluciones cosméticas para la masa de pobres: aumentos salariales ficticios, jubilaciones para los que nunca aportaron o subvenciones eternas a quienes no trabajan. Así, no hacen sino petrificar la pobreza. Por eso en los regímenes populistas no hay ni educación ni salud adecuadas. En la protesta pública que sufrió Axel Kicillof en Brandsen, una mujer le gritó justamente eso: “¡El hospital no tiene médicos! ¡Los chicos no aprenden nada en el colegio!”.
No es nuestra intención equiparar a los Ceausescu y los Kirchner. Hay entre ellos una diferencia esencial: en el caso rumano se produjo el pasaje del autoritarismo al totalitarismo y en el nuestro no medió ese tránsito. Sin embargo, y salvando las distancias, existen correspondencias entre los dos modelos. Ambos perduraron entre dos y tres décadas. Ambas familias provienen de una clase suburbana o provincial; ambos fueron ungidos por su antecesor en el cargo; ambos cooptaron intelectuales y artistas para estructurar narrativas a fin de designar enemigos imaginarios. Ambas mujeres fueron muy afectas a las carteras y zapatos lujosos. Ambos vivieron con ínfulas de reyes y quisieron entronizar en el poder a hijos ágrafos. Ambos se rodearon de aduladores y bufones a los que encumbraban en puestos relevantes y a la vez podían escarnecer. Ambos sintieron que su poder era ilimitado. Ambos terminaron, con sus matices, condenados: los Ceausescu en un juicio paródico; Cristina, en un juicio ejemplar en el que pudo ejercer un amplio derecho de defensa.
Los Kirchner intentaron apropiarse del Poder Judicial y de los medios. De haberlo conseguido, ¿no se habrían deslizado en una vorágine totalitaria? El verbo “democratizar” en el vocabulario kirchnerista esconde un significado exactamente inverso: “colonizar”. Fue la heroica resistencia de la clase media, de la prensa y de la Corte Suprema la que abortó esa peripecia antidemocrática. De no haber sido así, ¿hasta dónde habrían llegado?
Los Ceausescu fueron básicamente un poder militar. Los Kirchner, no. Pero intentaron un salto de escala con los rocambolescos Berni y Milani. ¿No quisieron o no pudieron ir a más? Esa diferencia explica el final desparejo de ambos procesos: uno abrupto; el otro, evaporándose con lentos estertores agónicos.

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