Donde nace la música. En su taller armó más de 100 guitarras y es el gran elegido por los músicos: la vida de un luthier de estos tiempos
El ensamblaje de las piezas es lo que más disfruta: “Despúes de tantos años sigue emocionándome. Las veo separadas, uno el mango con la tapa, luego agrego los aros y, algo en lo que venía trabajando meses, toma forma de guitarra”mariana roveda
Constructor de guitarras, ukeleles y cordófonos del mundo, Alex Leibiusky se prepara para lanzar su disco mientras dice: “Ayudo a músicos/as a obtene
Donde nace la música. En su taller armó más de 100 guitarras y es el gran elegido por los músicos: la vida de un luthier de estos tiempos
El ensamblaje de las piezas es lo que más disfruta: “Despúes de tantos años sigue emocionándome. Las veo separadas, uno el mango con la tapa, luego agrego los aros y, algo en lo que venía trabajando meses, toma forma de guitarra”
Constructor de guitarras, ukeleles y cordófonos del mundo, Alex Leibiusky se prepara para lanzar su disco mientras dice: “Ayudo a músicos/as a obtener el instrumento de sus sueños”
Mariangeles Lopez Salon
En el aire sobrevuela el polvillo de la última pieza que lijó. Se esparce en cada rincón, en la mesa de carpintero, en el molde que aún presiona un aro, sobre los estuches de los instrumentos que esperan ser reparados. Pero en el taller del luthier Alex Leibiusky no predomina el polvo, sino el perfume de la madera y el caos armónico de herramientas y de piezas que, una vez ensambladas, se convertirán en una guitarra única. Realizada a medida.
Nunca había imaginado que se convertiría en luthier, un personaje que veía, allá lejos y en su infancia, como “un tipo viejito en un taller secreto”. Pero si junta hoy todas las piezas –las de su vida– era el destino que le esperaba. Vivió desde los 4 a los 15 años en Israel, donde su única conexión con los acordes era la música que escuchaban sus padres los fines de semana. De regreso a Buenos Aires, el encuentro con un tío guitarrista lo inició en su primera profesión, la de músico.
Siguió aprendiendo de forma autodidacta con una guitarra que le regalaron sus padres. Cuando intentaba repetir los acordes de una canción, lo hacía con una facilidad que hasta a él mismo lo sorprendía. “Siempre tuve curiosidad por la música, pero también me gustaba la parte técnica de los objetos. Mis abuelos me daban una radio que no funcionaba y yo la desarmaba. Me gustaba buscar la esencia de todo”, dice.
Con esa misma facilidad cambiaba una cuerda o arreglaba la clavija de su guitarra, en épocas donde no existían tutoriales en YouTube. Mientras andaba en skate, tocaba en una banda de rock con amigos. Uno de esos días, en la sala de grabación, sintió que su guitarra estaba descalibrada. “La llevé a un local de música y quedó peor. Entonces decidí hacerlo yo mismo. Me salía tan natural que mis amigos traían sus instrumentos y, después, amigos de mis amigos”.
Se entretenía inventando instrumentos con trozos de caña que compraba en Tigre, o con calabazas a las que le agregaba clavijas viejas y cuerdas. Dio un paso más y armó un cajón peruano, mientras estudiaba en el Conservatorio Nacional López Buchardo, donde pretendía aprender a leer y escribir partituras. En un momento, no recuerda cómo, le llegó información del taller de luthería El Virutero, dirigido por Esteban González, uno sus maestros junto con Julio Malarino y Hernán Rojo.
Así se fusionaron sus dos pasiones, la música y sus comienzos como “constructor de guitarras, ukeleles y cordófonos del mundo”, como se presenta en su perfil de Instagram @luthier.leibiusky. Con sus profesores hizo sus dos primeras guitarras, una que aún lo acompaña en su taller, y otra que le regaló a su hermano. La tercera, para un amigo que le pagó los materiales. “La escuela fue un camino de ida, porque me metí y a la semana me compré mi primera herramienta; después formones y unas maderas”.
La luthería se impuso sobre el conservatorio, que decidió abandonar para tocar con amigos, una especie de fusión de música del mundo que sonaba familiar para Alex, con los instrumentos que había traído de Medio Oriente.
Comenzó con cajones peruanos, con tantos pedidos que invadían todo su espacio de trabajo. Siguió con guitarras, ukeleles, reparaciones de instrumentos. algunos más exóticos. Ya pasaron 20 años de ese inicio, donde calcula que armó más de 100 piezas. Cada una le lleva alrededor de seis meses, porque hace muchas en simultáneo, mientras también se ocupa de decenas de reparaciones por mes.
Materia prima
“Casi todas las maderas que uso son de acá, salvo para la tapa armónica, la frontal, lo más importante en una guitarra porque brinda casi el 90% de la sonoridad –dice mientras golpetea una tapa logrando un sonido mágico–. Es de un pino abeto alemán, que proviene de lugares fríos, de crecimiento muy lento. También uso cedro colorado de Canadá”. Elecciones que luego se proyectan en el sonido de la guitarra.
Para los aros (costados), madera cancharana, de Misiones, que permite doblarse con el calor y la humedad y mediante un molde. En la tapa trasera suele usar guayubira. Para el mango, cedro,
En su taller es posible encontrarse con Javier Calamaro, Bruno Arias, Adrián Berra, Rodrigo Pérez (guitarrista de Ciro y los Persas), los músicos de Sandra Mihanovich y de Natalie Pérez, entre otros. También fue luthier del fallecido guitarrista Pepe Luna. Además de pedidos del exterior, un negocio que piensa extender. Integra la Asociación Argentina de Luthiers, donde comparten información del oficio y de las ventas, y es docente en una escuela de luthería de Vicente López.
Mientras construye simultáneamente seis guitarras, ultima los detalles de un disco que lanzará en dos meses, musicalizado con guitarras de cuerdas de acero y de nylon, hawaianas, ukeleles, cajones peruanos. Todos realizados por él.Lijar el frente de la guitarra es el proceso que menos disfruta de la luthería, porque todo el taller se convierte en una nube de polvo. Pero, para él, no hay mejor sensación que sentir el perfume de una guitarra terminada
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