Audrey Hepburn, una leyenda que sigue viva
emblema del estilo, su influjo aún persiste en el mundo de la moda, los libros y en ciclos de cine que le hacen honor
— texto de María Eugenia Maurello —
Con esa mirada intrépida que al mismo tiempo derrochó ingenuidad, la sonrisa infinita y una de las siluetas más elegantes de la pantalla, Audrey Hepburn encandiló a espectadores en el mundo entero. Y hay que decir que, si bien esto pasó hace más de medio siglo, aún continúa haciéndolo.
Es que al verla –incluso en un contexto político, social y cultural muy diferente al del apogeo de Hollywood– se confirma que estamos frente a un ícono del cine de todos los tiempos. Alcanza con atender a la concurrencia que se dio en las recientes funciones del ciclo Audrey Hepburn, un homenaje, el tributo realizado en la sala Leopoldo Lugones del Complejo Teatral de Buenos Aires.
Y si, por un lado, se tienen en cuenta las siete décadas que se cumplen del estreno de Roman Holiday –la comedia romántica que acá se llamó La princesa que quería vivir y que le valió un Oscar como mejor actriz–, por otro lado, este año coincide con los treinta que pasaron desde su muerte, el 20 de enero de 1993. Bienvenido entonces el doble aniversario para volver a traer a escena a uno de los rostros más recordados del espectáculo del siglo XX.
Plagado de fotografías de Audrey siendo niña, adolescente y en los inicios de su carrera, cuando aún no era conocida –además de documentos personales y dibujos realizados por la propia artista–, así está conformado Audrey Hepburn. Un espíritu elegante, el libro escrito por su hijo mayor Sean Hepburn Ferrer.
Detalla el derrotero desde su infancia en Arnhem, Países Bajos, donde pasó tanto hambre durante la Segunda Guerra Mundial que incluso llegó a alimentarse mediante bulbos de tulipán, además de los trabajos que hizo como modelo y el persistente deseo de convertirse en primera bailarina.
También en el exhaustivo repaso que hace de la vida de su madre, Sean da cuenta de los films en los que participó en sus comienzos:
The Lavender Hill Mob y Secret People, ambos en el Reino Unido. Y cómo, finalmente, la película Monte Carlo Baby cambió su destino para siempre.
Fue durante el rodaje cuando se topó nada menos que con la escritora Colette, quien se estaba alojando en el mismo hotel en el sur de Francia. Ese encuentro fortuito derivó en que la novelista la invitara a audicionar para ser la protagonista de la versión teatral de Gigi en Broadway.
Se sabe, el camino cinematográfico que la transformó en una figura del star system incluyó las recordadas Sabrina, Funny Face (La cenicienta en París)y Breakfast at Tiffany’s (Muñequita de lujo), entre otras películas. “Representó un nuevo tipo de mujer en la pantalla”, señala Diego Brodersen, crítico de cine y coordinador del ciclo visto en la sala Lugones. “Por un lado, adquiría ciertas características más independientes y, por otro, mantenía cuestiones más tradicionales de ingenuidad ante el amor y la vida”, sintetiza.
Vale mencionar que, además, de ser galardonada con tres estatuillas Bafta, Audrey fue reconocida como parte del selecto grupo de los denominados EGOT, cuya sigla alude a los pocos artistas que a lo largo de su recorrido fueron beneficiados con premios Emmy, Grammy, Oscar y Tony.
Estilo de vida
Más allá de los roles que interpretó en el cine, su figura logró notoriedad en dos universos que en apariencia pueden ser antagónicos. Es que, todavía hoy, se la sigue considerando como una de las mujeres que se volvió inolvidable por su vestimenta, aunque sobre todo por su estilo y su modo de llevar las prendas y accesorios que la caracterizaron. Al mismo tiempo, Audrey fue una celebridad poco frecuente para la época, con un pasar austero y un compromiso insoslayable con los más desprotegidos.
De su destaque fashionista alcanza con revisitar Breakfast at Tiffany’s (película basada en el libro homónimo de Truman Capote) cuando en la primera escena, a esta altura indeleble para la historia mundial de la cinematografía, aparece Holly Golightly de espaldas, frente la tienda de joyas en cuestión, emperifollada con un pequeño vestido negro, los lentes de sol, la tiara y el collar de perlas, justo ahí, en el corazón de Manhattan.
Fue en ese film, además, donde la actriz apareció ataviada con vestidos y abrigos diseñados por Hubert de Givenchy, con quien conformó un tándem imbatible desde que ella lo fue a buscar para que hiciera lo propio en Sabrina. Y si bien en ese trabajo a cargo de la ropa estuvo Edith Head, vale decir que la labor de Givenchy fue central para que el personaje interpretado por Audrey cumpliera con la metamorfosis estética que, de la aniñada hija del chofer, se transformara en la joven de aire parisino que enamoró a Linus Larrabee (Humphrey Bogart). “Su carrera como modelo fue en paralelo a las películas que ella protoganizaba”, reconoce Brodersen. “Había un vínculo muy fuerte en la elección del vestuario y podría decirse que como actriz era una muy buena modelo, y como modelo era una muy buena actriz”, concluye.
Tal es el fanatismo que generó su look y la vigencia que aún tiene para la indumentaria contemporánea, que no solo es frecuente ver producciones de moda que toman esos yeites vestimentarios (los zapatos chatos, los pantalones capri, el corte a la cintura, entre otros) como inspiración, sino también que algunos de sus atuendos y pertenencias fueron subastados durante la última década.
Uno de esos eventos transcurrió en la casa de remates Christie’s de Londres en 2017. Allí se vendieron vestidos y objetos que usó o que fueron parte de su trayectoria: retratos de reconocidos fotógrafos, guiones con sus propias anotaciones y una misiva que recibió del mismísimo Capote.
Entre las piezas, se vendió un impermeable de Burberry y una selección de sus balerinas de colores –tan típicas del andar de Hepburn– además de un diseño de cóctel de satén azul que llevó en una editorial de moda, cuyas fotos estuvieron a cargo de William Klein. Y de las otras imágenes ofertadas, se destacaron las de: Bud Fraker, Cecil Beaton –a propósito de My Fair Lady– y Steven Meisel para la revista Vanity Fair.
“Legends: Hollywood & Royalty” es el nombre del remate que será realizado la semana que viene (entre el 6 y el 8 de septiembre) por la casa de subastas Julien en California, Estados Unidos. Entre los 1400 objetos que pertenecieron a estrellas del cine norteamericano –como los del archivo de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, además de las prendas tanto de Star Wars como de Star Trek– será exhibido el vestido rosa con lentejuelas diseñado por Givenchy, con el que Audrey apareció en otra de las memorables escenas de Breakfast at Tiffany’s.
Lo cierto es que su trayectoria fue revisitada también en estas pampas. En esa tarea, la de recuperar su protagonismo, dentro y fuera de la pantalla, se embarcaron el historiador Daniel Balmaceda y el ilustrador Pablo Bernasconi, creadores de Audrey Hepburn. El libro, que integra la colección Biografía
para armar (que, como su nombre lo indica, contiene un rompecabezas como parte del asunto), da una pasada cronológica por la carrera de la actriz. ¿Lo singular? Se detiene en uno de roles que más anheló en el cine (Historia de una monja) y en el legado de sus acciones solidarias.
“Halló el papel protagónico de su vida”, ese es el título del capítulo donde el autor hace foco en la labor que desarrolló durante sus últimos años. Y esa recuperación, no en vano, alude a cómo se fue alejando cada vez más del cine, donde sólo realizó algunos trabajos esporádicos, para orientarse de lleno a la ayuda destinada a las infancias.
Episodio que inevitablemente remite a su propia niñez en los Países Bajos, cuando atravesó la penuria de la Segunda Guerra Mundial. Fue en esa oportunidad donde ella y su familia recibieron asistencia de la Administración de las Naciones Unidas para el Estudio y la Rehabilitación (UNRRA), el antecedente de lo que después pasó a ser el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, más conocido como Unicef. Es que, justamente, Audrey fue designada como Embajadora de la Buena Voluntad.
Rol que –según lo recuerda el sitio oficial de Unicef– la llevó a viajar e involucrarse en el proyecto de la vacuna contra la polio cuando visitó Turquía y con programas de capacitación de mujeres en Venezuela. También impulsó iniciativas para los niños que vivían y trabajaban en la calle en Ecuador, proyectos para proporcionar agua potable en Guatemala y Honduras, y propuestas de alfabetización radial en El Salvador. Pero eso no fue todo, ya que otro de los grandes gestos quedó demostrado al asimilar la importancia de la comunicación de esas problemáticas, a través de discursos y entrevistas a lo largo y lo ancho del planeta
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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