lunes, 4 de septiembre de 2023

EL ASESINATO DEL INGENIERO Y Y DEL QUIOSQUERO ROBERTO SABO


El crimen en Palermo. Un testimonio, un cuchillo y la espera de una delación para resolver un caso con pocas pistas firmes
Fue inhumado el cuerpo de Mariano Barbieri y sus familiares reclaman justicia
Daniel Gallo
El cuchillo con manchas de sangre humana que fue encontrado por un periodista más de nueve horas después del crimen
El cuerpo de Mariano Barbieri fue inhumado en el cementerio municipal de San Fernando, en una ceremonia familiar. Allí pudo verse la desgarradora imagen de la pareja de la víctima, Maricel González Flores, que sostenía en brazos a Luca, el bebé de dos meses que había tenido con el ingeniero asesinado. La mujer mantuvo el silencio en el último adiós. Algunas horas antes había encabezado al grupo que reclamó justicia frente a la sala donde se velaban los restos. Por ahora, hay pocas pistas firmes.
Los detectives que están detrás del asesino de Barbieri chocan en las últimas 48 horas con los limitados datos que disponen desde la noche del miércoles pasado. A las 22.45 de ese día, el ingeniero de 42 años cruzó la avenida del Libertado tomándose el pecho, ingresó en la heladería situada en la esquina de Lafinur y se desplomó mortalmente herido por una estocada que perforó el corazón. Tuvo unos instantes de lucidez en los que contó a empleados y clientes que había sido víctima del robo de su celular. En ese mismo momento se supo de qué se trataba el caso en una de las zonas más importantes de Palermo. Pero tardaron en buscar pistas. Incluso, la prueba más segura por ahora es el cuchillo de cocina que un periodista encontró en la Plaza Sicilia... nueve horas, al menos, después del crimen.
Maricel González Flores, la pareja del ingeniero asesinado, sostiene al bebé de ambos en el momento del último adiós
Ese cuchillo tiene manchas de sangre. Aquello que podía observarse a simple vista lo confirmó el viernes una prueba de laboratorio. Y ahora se aguarda el resultado de una comparación de esa muestra con el ADN de Barbieri. Si se logró tomar una huella de esa cuchillo o de la manta y de la mochila que fueron hallados pasado el mediodía del jueves en Plaza Sicilia, aún no se sabe. Un testigo, la persona que había llamado en el momento del hecho al 911, describió al agresor. Detalló que tenía unos 30 años y llevaba un buzo rojo. Los investigadores siguen en busca de definir la ruta de escape usada por una persona de esas características.
Los detectives mantienen la vista en las cámaras de seguridad. Y esperan el dato que aporte claridad a la pesquisa, como en tantos otros casos: una delación.
El arma que habría sido utilizada en el mortal ataque es un clásico cuchillo tipo serrucho usado simplemente para comer. Eso implica una posibilidad clara, que el agresor portase ese elemento no solo como arma, sino principalmente como utensilio de cocina. Y en ese caso la mirada se colocaría en las ranchadas. Eso piensan los vecinos que fueron consultados en recorridas realizadas en la zona del crimen. La ranchada es el agrupamiento en un punto específico de varias personas en situación de calle. Hay varias ranchadas en esa zona y en todo Palermo.
Los detectives policiales indicaron que, incluso, cuando los perros rastrearon la huella olfativa del ingeniero asesinado llegaron no solo a la posición donde estaba una frazada, sino que también avanzaron hasta una ranchada de seis personas. Fueron identificadas, contaron los investigadores. Tanto como puede identificarse a una persona en situación de calle, que por lo general no porta DNI y menos aún puede fijar un lugar de residencia. Suponen que allí no estaba el asesino, pero de esas ranchadas podría salir un dato sobre un sospechoso que sea menos genérico al de un hombre de unos 30 años y buzo rojo.

Apuñalan a un hombre para robarle el celular en Palermo
Los peritos establecen que la huella olfativa de Barbieri se transfirió a su agresor y que este pasó el rastro a las cosas que tocó y los lugares que estuvo, todo al alcance de los perros adiestrados. Pero hasta ahí llega esa posibilidad. Las cámaras de seguridad no parecen aportar por el momento mayor resolución a esta pesquisa que empezó mal. La noche del miércoles no se aseguró el perímetro que había recorrido la víctima, ya herida. La aparición del cuchillo -por ahora potencialmente el arma homicida- es casi una casualidad. Por eso los investigadores confían en la irrupción de un dato decisivo a partir de alguien que se quiebre o alguien que delate a un conocido o amigo de amigo. Muchos casos de resuelven de esa manera que reorienta recursos hacia un blanco específico.
Por ahora, la causa cuenta con un testimonio importante, elementos a peritar (el cuchillo, la manta, la mochila) y alguna posibilidad de trazar una ruta de fuga con cámaras de seguridad. Pocas pistas firmes.
La familia de Mariano Barbieri reclama justicia
En un primer momento, los investigadores prestaron más atención a otras circunstancias. El hecho que Barbieri no fuese del barrio -estaba alojado desde unos días antes en la casa de un amigo en ese sector de Palermo- y su presencia en la oscuridad de Plaza Sicilia -”una boca de lobo”, según definieron los vecinos- los llevaba a pensar en algo más que un robo. A veces es más justificable que sea algo complicado antes que una cosa simple. Pero no, el ingeniero -que jugaba handball en Sociedad Alemana de Gimnasia-Los Polvorines)- estaba allí nada más que porque había luna llena. Su pareja y madre del hijo de dos meses que no conocerá a su padre, Maricel González Flores, y el hermano de la víctima, Fernando Barbieri, coincidieron que Mariano hacía lo que se llama meditación de la luna. Una experiencia de relajación, de recarga de energía espiritual, con algún punto de contacto con el Yoga o técnicas similares. Los investigadores pueden haberse quedado sin su misterio central. Ese que les demandó bastante tiempo.
Perros adiestrados encontraron la huella olfativa que habría transferido el asesino a una manta en el Parque Sicilia
Después de 72 horas no se pudo fijar un sospecho real. Y por el momento no se pudo seguir la pista del teléfono robado a Barbieri. “Tenía un celular de mierda, todo roto”, contó la pareja de Barbieri para exponer el insignificante botín que provocó la muerte del ingeniero. Posiblemente, el agresor observó cuando la víctima hablaba con ese teléfono. Minutos antes de ser apuñalado Baribieri se había comunicado con su pareja, habían hablado sobre el llanto de Luca, de los problemas del bebé para dormir. Fue la última comunicación que registra ese aparato.
Los investigadores están atentos al momento en que se prenda nuevamente. Quien lo active podría no saber a quién pertenecía ese aparato. El robo de celulares se alimenta de la falta de preguntas de los compradores en mercados informales.

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TRAS EL HORROR, EL DOLOR DE LA AUSENCIA PERPETUA.
Hace un año recibió la máxima condena el homicida, pero la sentencia no calma los corazones de los deudos del comerciante 
Miguel Braillard| Pedro Sabo comparte con su nieto Nicolás la atención del kiosco en Ramos Mejía
Hace dos años, el país se conmovía, como ahora, con un crimen atroz: el del kiosquero Roberto Sabo. Hoy, su padre, Pedro, su hijo Nicolás y su mujer, Patricia, buscan salir adelante. Pero sienten el dolor “como una pena perpetua”.
Ojos enrojecidos de la emoción, recuerdos que fluyen desde el dolor de una familia golpeada por la manifestación más extrema del delito. “Te va a parecer algo menor... ¿Sabés una de las cosas que extraño de mi viejo? Cuando iba al baño del kiosco. Me esperaba detrás de la puerta en el pasillo y cuando salía me asustaba. Yo sabía que él iba a estar ahí, pero igual lo lograba, era muy gracioso”, contó Nicolás, uno de los hijos del kiosquero Roberto Sabo, asesinado el 7 de noviembre de 2021 en la avenida de Mayo al 800, centro neurálgico de Ramos Mejía. Ese domingo, al mediodía, Leandro Suárez, de 29 años, lo sorprendió, totalmente indefenso; entró blandiendo una pistola semiautomática 7,65 mm y un revólver calibre 22 y le descerrajó cuatro tiros, dos en el rostro y dos en el tórax, a corta distancia, como un sicario que ejecuta sin piedad a su víctima ocasional.
Se llevó del kiosco algunos pegamentos que luego le encontraron en una bolsa. Y segó la vida de Roberto, querido y respetado por los otros comerciantes del barrio, donde llevaba trabajando allí casi tres décadas. Suárez huyó dejando un baño de sangre, junto a una menor de 15 años que lo acompañaba, en el remise que los había llevado hasta allí, luego de robarle al chofer $6000 y el auto. A las pocas cuadras chocó, ambos se bajaron y se metieron en un supermercado para cambiarse las ropas e intentar camuflarse. Salieron y le birlaron la moto a un empleado de delivery, al que le gatillaron en la cabeza dos veces, aunque los tiros nos salieron.
Hace un año, el 30 de agosto de 2022, Suárez fue condenado a prisión perpetua por los delitos de “homicidio criminis causae agravado por la participación de una menor de edad, robo calificado por el uso de arma de fuego y portación ilegal de arma de fuego de uso civil y de guerra”. Pero, paradójicamente, esa sentencia solo trajo a la familia del kiosquero una reparación parcial. Siguen adelante, pero cargan con un dolor que será eterno.
Ellos, como tantos otros deudos de víctimas de la inseguridad, también llevan el peso de una condena perpetua.
Los hijos de Roberto lo hablan con las hijas de Daniel Barrientos, el chofer de la línea 620 asesinado en Virrey del Pino, La Matanza, el 2 de abril pasado; o con las hijas de Arturo López, el empleado de una playa de estacionamiento porteña que quedó con secuelas permanentes tras ser noqueado por un joven que recibió una pena menor por ese brutal ataque.
“Con mi hermano Tomás presenciamos el juicio, solo salimos de la sala cuando hablaba el asesino de papá porque no hubiésemos soportado escuchar su relato. En treinta años del kiosco apenas le habían robado un par de veces, pero pavadas. El tipo no se llevó ni plata ni el celular del viejo”, señaló Nicolás al recibir a la nacion mientras trabajaba en el kiosco, situado en pleno Ramos Mejía. Y completó: “A mí nadie me saca de la cabeza que entró a matar por matar. Cuando salió de la cárcel después de esa condena que cumplió, en su Facebook venía demostrando sed de venganza, resentimiento. Como siempre, todos los derechos para el asesino, pocos para sus víctimas; eso duele no sabés cuánto”.
Pedro, el padre del kiosquero, que conmovió a todos por televisión cuando se conoció la noticia, saludó a la nacion mientras despachaba golosinas, lapiceras y cigarrillos. Dijo en voz baja, con el peso del dolor que se advierte en su cuerpo: “Yo pude escuchar al que mató a mi hijo en el juicio, le dio cuatro tiros y después pidió disculpas. Espero que no lo suelten más porque seguro va a volver a matar. Lo digo hoy, acuérdense de mis palabras si algún día vuelve a la calle. Pobrecito mi querido hijo, era el más bueno de todos, no tengo más palabras, perdoname...”, describió, con lágrimas que asomaban mientras volvía a atender a un grupo de niños que había ingresado al Drugstore Pato para comprar galletitas.
Una permanente presencia
Patricia Giglio fue la pareja de Roberto Sabo durante los últimos 16 años. Trabajaba cruzando la Avenida de Mayo, en la panadería de enfrente del kiosco, Pancitos. Un día él cruzó a comprar facturas y hubo un flechazo. No se separaron más. Roberto bautizó su comercio Drugstore Pato por ella y comenzaron un camino juntos como familia ensamblada en Mataderos: Patricia, con su hijo Agustín, de 22 años, y Roberto, con los suyos, Nicolás, de 27, y Tomás, de 19.
“Era, me cuesta hablar en pasado y aceptar que ya no está, buena pareja, buen padre, buena persona, nunca de mal humor... Ese domingo que esa basura lo mató yo iba a ir al kiosco a las tres o cuatro de la tarde, siempre le hacía compañía hasta que cerraba y volvíamos juntos. El chico de la fiambrería que está al lado fue el primero que avisó lo que ocurrió a Nico, que después me llamó a mí. Me llegó que estaba herido, por eso preparé un bolso con ropa. Pensé que podía quedar internado, esas cosas que a uno se le cruzan cuando tiene una familia y responsabilidades, llevar una muda para lo que Rober pudiera necesitar. Cuando llegué no entendía nada y me desesperé ante el panorama y la noticia, fue terrible”, rememoró Patri, como le dicen en familia, con la voz entrecortada.
Hace un alto para tomar fuerzas para continuar y agrega: “Cuando iba en camino me crucé con varios móviles y motos de la policía, que unas cuadras antes había detenido al asesino y su acompañante: que habían asaltado al chofer del remise que los trajo desde Ciudadela y a un repartidor que le sacaron la moto. Después supe que ese tipo había matado a Rober, una pesadilla. Aunque te cueste creerlo, en la escalera de la antesala donde se hizo el juicio me lo enfrenté casi cara a cara. Me produjo mucho estrés, indignación, bronca... no lo vi como un ser humano. Cuando declaró y dijo que se le había escapado un tiro, tuve ganas de ponerme de pie y decirle que no fue uno, sino cuatro. Me enfureció esa actitud cobarde de ni siquiera hacerse cargo”.
“Desde que Roberto no está –contó la mujer–, aunque te puedo asegurar que yo lo siento cerca todo el tiempo, nos turnamos. Nico y sus abuelos, Magda y Pedro están a la mañana, yo a la tarde, y así seguimos juntos, muy unidos. Sigo viviendo con los tres chicos en Mataderos, llega la noche, cocino, comemos, lo recordamos, reímos, lloramos, sufrimos la injusticia, por más que el asesino haya sido condenado: eso no nos regresa a quien tanto amábamos”. Nicolás, el hermano mayor, vuelve al diálogo. Amable, predispuesto, con una sonrisa, pese al desconsuelo: “Siempre fui un agradecido de los medios de comunicación. Si no nos hubieran acompañado, quizá el asesino del viejo estaría por las calles matando más gente. También a los abogados que nos contuvieron y ayudaron, Fernando Burlando, Humberto Próspero y Juan Tiberio, claves y muy humanos”.
Apoyos mutuos
Nicolás enfatizó ese sentimiento de dolor inextinguible, de una condena perpetua para los deudos: “Días atrás pensaba que la violencia despiadada se va acrecentando con el correr del tiempo. Justo venía de hablar de ese tema con las hijas del playero Arturo López, brutalmente agredido, que quedó con secuelas de por vida. También, con las del colectivero Daniel Barrientos de la línea 620, que vienen sufriendo como nosotros y sienten miedo por lo que les pueda pasar más allá de lo que ya les sucedió. Todos estamos conectados y nos ayudamos en la medida de lo posible. Lo charlaba con Graciela, la mamá de Fernando Báez Sosa y coincidíamos en lo que sentimos a flor de piel. Ella quiere hablar con su hijo, lo necesita, se siente impotente... Yo quiero ver a mi viejo, eso me desespera, necesito hablar con él, tengo ganas de gritar ‘¡que alguien me lo devuelva!’”.
“Soñábamos con el Mundial –dijo Nicolás–, festejar agarrándole la cara, abrazándonos. Gente que no tuvo piedad nos quitó esa posibilidad a todas las familias que nombré. Por eso insisto con que las penas no alcanzan a calmar nuestros corazones. Quedamos condenados a una pena perpetua que no se va a ir jamás”.
Y reflexionó con angustia: “Quienes matan deben también cumplir con esa carga por lo menos, aunque ellos no cargan con el peso extra del dolor porque no tienen ningún sentimiento de culpa”.
Enseguida se recupera y recuerda lo que describe como el peor momento de su vida: “Yo estaba volviendo de la costa, a la altura de Quilmes cuando recibo un mensaje del muchacho de la fiambrería, que es amigo de toda la vida. Me dijo que había pasado algo feo en el kiosco. Mi viejo en una semana se estaba por ir de descanso a Salta con Patri. Llamé a mi mejor amigo y le pedí que averiguara. Me dijo, ‘quedate tranquilo que te llamo enseguida’. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos y nada. Pensé que había pasado lo peor. Te soy franco, ahora volviendo el tiempo atrás y analizando un poco, me doy cuenta de que lo supe desde el primer momento. Después hablé con Patri, con mis abuelos, Magda y Pedro, que viven bastante cerca, en Morón, con mi hermano en Avellaneda, con mi vieja en San Martín. Todo era conmoción en la familia. Yo transitaba los kilómetros manejando y pensando, pero nada podía sacar de mi cabeza la peor noticia. Llegué, vi mucha gente en la calle, estaban cuatro de mis mejores amigos, me abrazaron tan fuerte que eso me terminó de confirmar todo. No quise ver, más allá de que la policía trabajaba y no se podía”.
“El velatorio también fue a cajón cerrado por obvias razones. Yo quise quedarme con la imagen del sábado previo a irme unos días de vacaciones, con sus chistes. Había una broma permanente que hacíamos con mi abuelo incluido en el kiosco. Le preguntábamos al viejo si teníamos dudas con un precio, qué hacíamos. ‘Redondeá para arriba’, jorobaba él, pero después no lo hacía, simplemente era una joda entre nosotros. O como lo del baño. El otro día mi hermano me asustó como él y estuvimos un rato largo tentados, sin parar de reírnos. Siempre que lo pienso a él me dispara una sonrisa, eso me hace bien”, rememoró.
Se tomó un momento para recibir a un distribuidor de golosinas, bromeó con él fiel a su costumbre, como lo hacía Roberto: “Tengo 27 años y me perdí de disfrutarlo otros 27 o más, quizás. Los momentos previos al juicio nos la pasamos luchando para que no quede en el olvido, para que se hiciera justicia. Después llegó el juicio y la condena fue a perpetua, eso estuvo bien. El asesino ya había estado preso casi seis años, salió y asaltó a un remisero, pero en lugar de quedar detenido porque era peligroso lo liberaron. Si no hubiese ocurrido eso no hubiera matado a mi viejo. ¿Te das cuenta de la importancia que tiene la resolución de un juez que decide dejar libre a un potencial asesino sin evaluar demasiado? Te lo contesto yo, la importancia de destruir a una familia honesta, trabajadora. Mirá, mis abuelos siguen laburando en el kiosco, están cerca de los ochenta y te reciben con una sonrisa. Los miro y les agradezco que sean así, que nos hayan criado como personas de bien, como lo era mi viejo”.
“La violencia despiadada se va acrecentando con el correr del tiempo”, dijo Nicolás Sabo

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