Cuando la conspiración empezó a resquebrajar el gobierno de Illia
Un anticipo de 1966, libro de María Sáenz Quesada sobre el caldo de los violentos 70
Por María Sáenz Quesada
El texto que sigue contiene fragmentos del libro
(Sudamericana), que la autora acaba de publicar
En los siete meses en que ocupó la Secretaría de Guerra [de noviembre de 1965 a mayo de 1966, un mes antes del golpe], el general Eduardo Castro Sánchez realizó sucesivas gestiones para mejorar la relación gobierno-ejército en un clima cada vez más tenso.
A pesar de las buenas intenciones, fracasó en el empeño. Del otro lado se había formado una coalición poderosa de militares, políticos, empresarios, periodistas, católicos preconciliares y sindicalistas, a los que se sumaría Perón desde Madrid, que “fragoteaban”, conspiraban, en el lunfardo rioplatense.
En ese contexto erizado de dificultades, el gobierno radical buscó la forma de llevar adelante una gestión digna más allá de las circunstancias adversas. Confiaba en que el buen manejo de la economía, el alza de salarios, la anulación de los contratos petroleros y el refuerzo en el presupuesto en educación se reflejarían en las elecciones.
Azules versus azules
No todo estaba perdido desde el principio. Los jefes leales Castro Sánchez y Laprida, responsables del vínculo político ejército-gobierno, eran adversarios para tener en cuenta. […]
El comandante en jefe, general Pistarini, era la autoridad aparente de la conspiración, pero no el estratega. Tales acciones estaban a cargo de Fonseca, cuya repartición era visitada por “políticos y golpistas consuetudinarios”. […]
Desde el área de Fonseca se realizaban multitud de operaciones de prensa y de operativos secretos, atentados y sabotajes que envenenaron el clima social y que cesaron abruptamente el 28 de junio. […]
Solo asesoramiento
Entretanto, la Secretaría de Guerra redoblaba esfuerzos a fin de que el gobierno escuchara los reclamos castrenses que fueran razonables. El canciller Zavala Ortiz, en reuniones mantenidas con jefes militares relacionadas con el problema de Laguna del Desierto, había ofrecido pleno apoyo. “Era absolutamente falso que la Cancillería era ‘floja’ y que solo el Ejército era el que estaba en una actitud firme”, anota Laprida en sus memorias.
Había descontento porque los salarios resultaban insuficientes. Incluso Onganía, al retirarse con la máxima jerarquía, se quejó de lo difícil que era la vida militar: después de treinta y cinco años de servicios no tenía automóvil y pagaba elevadas cuotas por la compra del departamento en que vivía.
“El Ejército no hace planteos, asesora”, fue la consigna del comunicado que Castro Sánchez dirigió a los generales de división, el 1° de abril. El documento se jactaba de tener el mejor ejército de los últimos veinte años, en equipos, edificios, maniobras. Decía también que era necesario hablarle al Ejecutivo con claridad “sobre los riesgos que se corren si se pretende dejar librado al azar el acceso del peronismo a las principales gobernaciones”; pero era muy crítico de quienes daban la falsa imagen de que estábamos al borde del golpe de Estado.
Según Laprida, el texto que “destilaba pura filosofía azul” se había inspirado en los comunicados 150 y 200, el discurso de Onganía en West Point, y el que pronunció en Brasil. Bien recibido por una mayoría silenciosa de oficiales leales, afirma, fue acusado por los golpistas de constituir una “traición al Ejército”.
Vale destacar que, en este y en otros escritos de Laprida, aparece el sentimiento de culpa por los soldados muertos en los enfrentamientos entre facciones del Ejército. Eran jóvenes “que la patria les había entregado para otra cosa”. Cuidadoso de su buen nombre: sentía legítimo orgullo como descendiente directo del diputado al Congreso de Tucumán que presidió la sesión en que se declaró la Independencia, Francisco Narciso de Laprida, muerto en el campo de batalla de las guerras civiles. Sin buscarlo, también compartía “el destino sudamericano” del ancestro, que Jorge Luis Borges homenajeó en un poema célebre.
Polémicas
Un editorial de la nacion elogió el contenido del comunicado de la Secretaría de Guerra porque mostraba buena voluntad para corregir el rumbo del gobierno; pero Montemayor, en Confirmado, sembró la sospecha de que el texto fue hecho a medida del interés oficial, le atribuyó afirmar que “los gobiernos militares son un mal intrínseco” y propuso ejemplos de militares “exitosos”: Franco, De Gaulle y el indonesio Haji Suharto (responsable, en esos días, de una feroz represión del comunismo).
Laprida, en carta al “Cadete” Güiraldes (9 de abril de 1966), director de Confirmado, criticó los ejemplos políticos de militares en el poder, recordó la negativa de José de San Martín a participar de luchas fratricidas y lamentó el regreso del estado deliberativo de los oficiales. Reflexionó asimismo sobre el golpismo que afectaba a vastos sectores de la sociedad y no solo a los uniformados: “No sé por qué ni si en los otros países del mundo será lo mismo. Pero aquí es normal que los militares serios, los militares que tienen sentido común y una cultura y una preparación que corresponde (…), son respetuosos de la ley, son constitucionalistas. En cambio, los abogados, los hombres de leyes, en este país son golpistas, son constantemente revolucionarios”.
Güiraldes, un militar de sofisticado estilo gauchesco, sobrino del autor de la novela Don Segundo Sombra, exdirector de Aerolíneas Argentinas en el gobierno de Frondizi, lo invitó a almorzar con Timerman y Montemayor, en su residencia. “Vea, Timerman –le advirtió Laprida–, no se engañe, no se equivoque, usted va a ser de las primeras víctimas. A usted le van a quitar la revista. Usted que ahora publica lo que quiere sin ningún problema”.
Timerman recordó esta predicción meses después, cuando se marchó del país descontento porque el gobierno de facto no le concedió los beneficios previstos. Años más tarde, fue preso y torturado por la dictadura militar, que también apoyó al comienzo.
Entretanto, las gestiones de la Secretaría de Guerra habían obtenido respuestas: más reuniones de gabinete, disminución de las retenciones a la carne y al trigo, devolución del proyecto de ley de despidos del Senado a Diputados. Pero ahora resultaba evidente, para sus camaradas del Ejército, que Onganía, el jefe azul, se había volcado a la revolución y que la condición para encabezarla era que el golpe fuera vertical, de arriba abajo, sin fisuras.
Las elecciones realizadas en la provincia de Mendoza, el 17 de abril, ganadas por el Partido Demócrata, en las que el peronismo se presentó dividido, un candidato apoyado por Vandor y otro por Perón, que resultó el más votado, fueron consideradas una catástrofe política, un anticipo de lo que ocurriría al año siguiente en la provincia de Buenos Aires y una prueba más de que la política del Ejecutivo, de favorecer la ruptura interna del peronismo, no daba frutos. Sin solución política el golpe parecía la mejor opción.
Contacto con Perón
Se había instalado el temor al regreso del peronismo y a la ineficacia del gobierno para impedirlo. Porque el peronismo recuperaba visiblemente su espacio propio y lo ampliaba en las capas medias de la sociedad. Tanto la conducción partidaria como la sindical se manejaban con habilidad. Incluso en los empleados municipales, donde la mayoría había sido antiperonista, luego de la larga huelga de enero de 1966, el filo-radical Pérez Leirós fue desplazado por Jerónimo Izzeta, diputado nacional del neoperonismo. En las elecciones de gobernador de Jujuy, el gobierno apoyó una candidatura peronista paralela que fracasó; triunfó Martiarena, el hombre señalado por la estructura local.
También los jefes de la conspiración, los mismos que acusaban al gobierno de ese presunto pecado, querían establecer contactos con el peronismo y a ese efecto conversaban con políticos y sindicalistas. Este nuevo vínculo se hizo público en la reunión en la sede de Luz y Fuerza, con el pretexto del homenaje al coronel Leal que volvió del Polo Sur, de la que se habló antes. Paralelamente se llevaban a cabo discretas aproximaciones a Perón, para que no se constituyera en un obstáculo ante el eventual golpe de Estado. En carta fechada el 20 de marzo, cuyo destinatario era un peronista amigo del general Fonseca, dijo el expresidente:
“Ellos nada deben temer de mi parte –señala Perón– si, como presumo, están animados de la misma sinceridad y buena fe que yo comprometo con mi palabra […]. Una acción como la que presupongo se deciden a realizar no tiene sus inconvenientes en el golpe, sino en el gobierno que debe realizarse a continuación, porque lo más pernicioso que puede ocurrir es tomar un gobierno para luego fracasar en él”. Perón vuelve en esta carta al tono de los documentos del GOU, en 1943, y de paso tranquiliza a los militares golpistas con respecto a sus intenciones.
El expresidente regresaba de a poco a ocupar un lugar central en la política argentina, y las simpatías peronistas aumentaban en sectores que antes le fueron adversos: clases medias, estudiantes, intelectuales.
Discursos antagónicos
El 1° de mayo el presidente de la Nación inauguró las sesiones ordinarias del Congreso. Había quórum estricto. Los neoperonismos no estuvieron presentes. El tratamiento del presupuesto era la cuestión pendiente más grave. Más allá de las ausencias, Illia señaló en su discurso los logros de su gobierno: la vigencia del Estado de derecho, sin presos políticos ni Estado de Sitio, ni personas privadas de su libertad sin orden del juez. Seguían los datos favorables de la balanza comercial, las medidas para contener la inflación, las obras para realizar en los complejos hidroeléctricos del Chocón-cerros Colorados y en los puentes y túneles para conectar al país con la Mesopotamia. […]
El 13 de mayo, Laprida acudió a la casa del empresario César Cao Saravia, cuyos invitados eran los jefes sindicales Vandor (UOM), Cavalli (Petroleros), Taccone, Luis Angeleri (Luz y Fuerza), y otros más. Tras escuchar encendidos discursos favorables al golpe, el militar reprochó a los sindicalistas su falta de coherencia ideológica, dado que había escuchado argumentos golpistas similares de labios de los “gorilas” más caracterizados.
“Si ustedes creen que Onganía puede ser la solución para el país, ¿por qué no lo llevan a la Presidencia de la Nación por los votos?”, preguntó Laprida. “Por los votos, no”, fue la repuesta.
Todo lo conversado esa noche se publicó hasta en sus menores detalles en la revista Primera Plana.
Es preciso señalar que solo tres días después de este encuentro se produjo el tiroteo en la confitería La Real, de Avellaneda, en la que, según se supo más tarde, secuaces de Vandor asesinaron a Rosendo García, Blajaquis y Zalazar, por una disputa posiblemente vinculada a candidaturas electorales para el año siguiente, en Buenos Aires. El crimen constituía un anticipo de lo que vendría después de la espiral de violencia iniciada en 1969.
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