martes, 25 de junio de 2019

HISTORIAS EXTREMAS.. HOLOCAUSTO,

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El catalán que fotografió el horror nazi
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"Nadie lo creerá si no lo ven". La película está en Netflix, se llama El fotógrafo de Mauthausen y se estrenó el año pasado en España. Se basa en una historia real: la de Francisco Boix, un catalán que consiguió preservar numerosos negativos de las fotos que registraban el día a día del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria. Boix, que rondaba los veinte años y tenía hambre de todo -especialmente de vivir-, supo que el horror desatado en los campos desafiaba todo parámetro de verosimilitud. Era un hijo de su época. 
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En el intenso contexto de la República española, conoció las bondades de las innovadoras cámaras fotográficas Leica, trabajó como reportero gráfico y, en 1939, con el fin de la Guerra Civil y el triunfo del ejército franquista, debió cruzar los Pirineos y refugiarse en Francia.
Allí, como a muchos otros españoles, lo sorprendió el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como también lo hicieron muchos otros republicanos en el exilio, se incorporó a las fuerzas francesas. En 1940, fue tomado prisionero y enviado a Mauthausen, campo destinado a los "enemigos políticos incorregibles del Reich". 
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Unos 7300 españoles pasaron por allí. La mayoría sucumbieron bajo el peso de las duras condiciones de vida, la crueldad de loskapos y los trabajos forzados. Sobre la ropa todos portaban un triángulo azul con una S en el medio. Dos indicios, un estigma. La S de spanier correspondía al lugar de origen. El azul indicaba la condición de apátrida: el gobierno de Francisco Franco, en buenos tratos con la Alemania nazi, había declarado que no existían españoles más allá de sus fronteras.Imagen relacionada
Boix, que era bastante audaz, y en cierto modo pícaro, consiguió ubicarse en un lugar más bien privilegiado dentro del riguroso armado del campo. Su familiaridad con la fotografía lo llevó al despacho de Paul Ricken, suboficial de las SS y esteta, que se ocupaba del archivo visual de Munthausen. Junto con otros españoles -Antonio García Alonso y José Cereceda-, y siguiendo los criterios incluso escenográficos de Ricken, Boix retrató a las nuevas camadas de prisioneros que iban llegando al campo, a los jerarcas nazis que eventualmente lo visitaban, a las mil formas de la muerte que tan eficientemente se producía en ese lugar.
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En 1943, la victoria del Ejército Rojo en Stalingrado cambió drásticamente la orientación del tablero bélico. Y en los campos, aquello que antes se archivaba con extasiada morosidad ahora debía ser eliminado. Cuando llegó la orden de quemar el registro fotográfico de Munthausen, ya era tarde: Boix y sus compañeros habían decidido poner a resguardo todos los negativos que se pudiera, escondidos en algún que otro recoveco del campo, o en la casa de Anna Pointner, una austríaca que aceptó correr el riesgo.
Boix fue el único español que declaró en los Juicios de Nuremberg. Sus fotografías demolieron los alegatos de algunos jerarcas nazis, que negaban las atrocidades cometidas. La guerra, no obstante, le terminaría pasando factura: murió poco después, a los 30 años, en París. Quizás en sus últimas horas recordara lo que debe haber sido un momento imborrable: el día en que, demacrado pero sin que eso importara, le sacaba chispas a la Leica y retrataba a las tropas aliadas que, a la entrada de Munthausen, descubrían el improvisado cartel que, en varios idiomas, les daba la bienvenida: "Españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras".
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 Ese día habrá sentido algo similar a lo que sintió Jorge Semprún, también veinteañero, también spanier, también testigo del horror de los campos (en su caso, fue Buchenwald), cuando recibió, desarrapado y enfebrecido, a los soldados americanos que no podían creer lo que tenían ante sus ojos. En La escritura o la vida define el origen de la alegría inexplicable y salvaje que lo había inundado aquel día: "Me sentaba bien, en definitiva, estar vivo".

D. F. I.

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