miércoles, 26 de junio de 2019

LA PÁGINA DE LAURA DI MARCO,


Macri y Pichetto, la intimidad de una relación política

Laura Di Marco
La fórmula oficialista trabaja en la estrategia electoral y en los lineamientos de un eventual segundo mandato, en el que la economía y la búsqueda de acuerdos serán cruciales
Extrañas paradojas las de la Argentina política. Tuvo que venir un "rayo peronizador", como el que grafican los memes de internet, para sacar del letargo a una fuerza política que había llegado al poder con la promesa de "arreglar" lo que el peronismo había desarreglado durante los últimos setenta años. "Ahora somos todos peronistas", bromeó (y no tanto) José Torello, un Newman boy e integrante de la elite argentina, al recibir a Pichetto , que nació en Banfield y jugó en potreros, como la nueva estrella política del Gobierno.
El flamante candidato a vicepresidente tendrá hoy una ceremonia crucial de las varias que ya tuvo en los últimos diez días, que para él fueron como diez años: se reunirá con los cerebros de la campaña, Jaime Durán Barba y Marcos Peña , para determinar cuál va a ser exactamente su rol. ¿Cómo se inserta la imagen de un peronista -exponente de "la vieja política" hasta hace muy poco- con la oferta de "lo nuevo, lo joven y lo ingenuo", en el lenguaje de la filosofía duranbarbista? Este dilema central es el que le fue revelando el propio Durán Barba durante una larga cena a solas, que ambos compartieron la última semana. ¿Y cómo se conjuga, por ejemplo, el nombre de Zulemita Menem con la lucha contra la corrupción? Pichetto jura que fueron solo tanteos y relativiza el ingreso de la hija de Menem en las listas del oficialismo.
En los últimos tres años, el principal asesor político de Macri parece haber comprendido la diferencia entre el arte de ganar y el de gobernar. No es un dato menor. En la intimidad, Peña parece ser el único que no tramita del todo el volantazo peronizador, bendecido por su propio maestro, el ecuatoriano. "Sería una ingenuidad suponer que me han convocado sin que Jaime midiera mi incorporación. Iré adonde me digan", definirá ante los suyos el senador peronista, con un largo training en el verticalismo. Justamente, fruto de ese larguísimo entrenamiento en un esquema disciplinador, quedó sorprendido por un rasgo de Macri que lo descolocó. Lo registró en los varios diálogos telefónicos y encuentros personales que ya tuvieron. El viaje a Neuquén, el territorio de Vaca Muerta, fue prolífico en conversaciones. Nunca le dijo -al menos hasta ahora- los temas que debía tocar o evitar en público. "Me acepta como soy", se sorprende. Enigmas del mundo amarillo que apenas empieza a descifrar.
Macri lo tutea y lo llama Miguel; Pichetto, en cambio, lo trata de usted y lo llama "Presidente". Sin intermediarios, fue Macri quien lo llamó a su celular el martes 11 y le propuso una "decisión audaz". Esa fue la frase que utilizó. El punto de inflexión fue diferente para ambos. Macri terminó de convencerse cuando el senador, entonces opositor, defendió en Wall Street la estrategia financiera del Gobierno y se comprometió a apoyar desde el Congreso el pago de la deuda. En paralelo, durante las charlas con los fondos de inversión que más dinero tienen en el sistema financiero argentino, Pichetto detectó que no habría futuro para el país con un eventual triunfo kirchnerista.
Su migración al oficialismo no fue una decisión impulsiva, todo lo contrario. Hacía rato que ya no se sentía contenido por un peronismo que, otra vez, volvía a someterse a los arbitrios de Cristina Kirchner. Cuando criticó a los intendentes del PJ bonaerense por aceptar la conducción de "un comunista", en alusión a Kicillof, sabía que estaba echando sal en una herida colectiva y, a la vez, buscando agua para su molino. "Mucho peronismo no tiene nada que ver con Unidad Ciudadana", dirá a los suyos.
Pero ¿de qué hablan en privado Macri y Pichetto? Algunas ideas suenan grandilocuentes, desmedidas: dejar un legado, empezar un nuevo ciclo. Ambos saben que todo dependerá de la economía. En el viaje que compartieron a Neuquén decidieron desterrar, en la próxima etapa (si la hubiera), el nombre de "reforma o flexibilización laboral", no así el proyecto. Cuando se usan esas palabras, cree Pichetto, los trabajadores sienten que van contra ellos. Barajan entonces hablar de "acuerdos de productividad o de blanqueo laboral". Los dos coinciden en que el acuerdo laboral entre empresarios y trabajadores sellado en Vaca Muerta es un buen modelo para extrapolar. El senador propondrá impulsar un gran acuerdo económico-social, al estilo peronista, que hasta ahora fue resistido por Macri y Peña.
Todo indica que la incorporación de Pichetto es un giro la derecha en la coalición gobernante. Pero él no lo ve así. Más bien reivindica su identidad ambigua: ser de derecha en la agenda de seguridad y progresista en derechos civiles como el aborto o el matrimonio gay.
De existir un 11 de diciembre compartido, Pichetto también ofrece aplicar la lógica peronista en su nuevo espacio de poder. Sobre todo en el Senado, un territorio cuyos resortes conoce de memoria y que al Gobierno le ha sido hostil. Justo lo que Macri necesita. Sin embargo, la mayoría de sus antiguos compañeros ya le dieron la espalda en la Cámara alta apenas anunció su migración al oficialismo, tanto que el último miércoles debió dejar su cargo en el Consejo de la Magistratura por las presiones recibidas: la mayoría de los senadores del PJ apoyan la fórmula de los Fernández.
¿Y el inesperado triunfo de Perotti, a quien felicitó? Pichetto apela a lo que ahora parece ser su nuevo mantra: no hay que apretar a los gobernadores para que definan una posición. Su aspiración de mínima es la boleta corta. Una modalidad que liberaría a los gobernadores de tener que imponer una determinada fórmula presidencial. Los últimos diez días fueron de un frenético tejido político. Este domingo viajará a Río Negro, su provincia, junto con Emilio Monzó y el ministro Frigerio para negociar las listas oficialistas. Precisamente allí, en su propio territorio, el kirchnerismo le dio una estocada que marcaría el principio de una ruptura lenta. Corría el año 2007, la elección en la que Cristina Kirchner fue elegida presidenta. Pichetto aspiraba a gobernar su provincia. Imperaba la transversalidad y el senador había hecho todos los deberes. Pese a ello, Néstor y Cristina lo dejaron solo y terminaron impulsando la reelección del radical K Miguel Saiz. Como en El cuento de las comadrejas, la nueva película de Juan José Campanella, un viejo resentimiento terminaría condicionando toda la trama.
No tuvo suerte en concretar su sueño de convertirse en gobernador de Río Negro (cargo por el que compitió dos veces), es cierto. Pero sabe que este es finalmente "su" momento. Le llegó poco antes de cumplir setenta años. "Los momentos son fugaces; no creo en la hiperfelicidad", murmura como practicando un auto-coaching. Nadie imagina a este peronista recio bailando canciones de Gilda junto a Macri, rodeado de globos amarillos, si es que esta vez la suerte se pone de su lado. ¿Lo haría? Pichetto, que ahora sonríe más que antes, apela a un título de Norman Mailer para responder a esta pregunta repetida en la rueda movilera: los hombres duros no bailan.

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