martes, 25 de junio de 2019

AUTORA Y LECTURA RECOMENDADA,


María Dueñas vuelve a la tierra de El tiempo entre costuras
Dueñas y un viaje que combina la ficción con la memoria personal
Aquí la autora española a Tetuán, diez años después de la novela que la hizo famosa
TETUÁN, Marruecos (Enviada especial).- Los aromas se mezclan sin concierto en el laberinto del mercado tetuaní. Hay dulce olor a pan; al picante de las especias y el más rancio de las curtiembres que funcionan en los mismos piletones de piedra construidos hace siglos.
Tetuán, la ciudad que fue capital durante los 44 años del protectorado español en Marruecos, es una geografía dentro de otra. Una cultura dentro de otra. Y a ella regresa María Dueñas para celebrar los 10 años de la edición de El tiempo entre costuras, la novela que la lanzó a la fama y que se convirtió en un auténtico fenómeno editorial: más de cinco millones de lectores y 60 ediciones.
Estos son los escenarios donde Dueñas situó la historia. La blanca Medina -la laberíntica ciudad sobre el enorme mercado árabe- y el Ensanche modernista construido por los españoles en el tiempo de la colonia.
"La convivencia de dos culturas que no siempre fue pacífica, pero que llegó a ser modélica", dice la autora, que guía a la nacion por el enjambre de callejuelas donde duermen los gatos, y los hombres se sientan con la pasividad centenaria del té de hierbas que beben incansablemente.
Uno de los escenarios donde se filmó la serie que se vio en la Argentina
Por aquí paseó Dueñas a su personaje imaginario: Sira Quiroga, la modista que nunca fue más que una ficción y que, sin embargo, cobró tanta dimensión que llegó a ser tan poderosa como los protagonistas reales e históricos en los que ensambla la trama: el militar Juan Luis Beigbeder, delegado de Asuntos Indígenas y alto comisario de España en Marruecos, y Rosalinda Fox, su amante británica.
La historia de ellos dos fue tan real como fugaz. Duró apenas los pocos meses en que Beigbeder fue una figura destacada en el "círculo rojo" del exdictador Francisco Franco. Luego, fue defenestrado: se volvió sospechoso por su cercanía con los aliados cuando el régimen optaba por la Alemania de Hitler.
Su nombre figuró luego en cuanta fallida conspiración contra Franco -real o imaginaria- hubo en la España de entonces. En medio se pasea también la figura felina de Ramón Serrano Suñer, el cuñado de Franco, que ató su futuro a los supuestos beneficios de una alianza con el Eje, con el final consabido cuando la derrota alemana en la Segunda Guerra empezó a hacerse evidente.
Mundo inmenso y perdido: no habrá segunda parte de la novela
"De la figura de Beigbeder me enamoré", confiesa Dueñas . "Un hombre con tantas luces como sombras. Un contraste andante", define. Pero lo cierto es que ella no quería montar una novela sobre personajes reales, sino una ficción. Así, nació la modista Sira, que se cuela entre las figuras históricas. Lo que nunca imaginó Dueñas era que esa costurera iba a "comerse" a los personajes reales. Sin embargo, así sucedió: "Sira se hizo tan real que se me fue de las manos y me pedía cada vez más carrete".
El legado familiar
Eso es lo visible. Lo que se capta en la lectura de El tiempo entre costuras. Lo que no está es lo que hubo en medio. La "memoria sentimental" que quiso rescatar Dueñas y que no es otra que la del mundo de su madre, Ana María Vinuesa, que nació en el Tetuán español en 1940 y del que tuvo que marcharse en 1956, cuando Franco dio "el carpetazo" y terminó con el protectorado.
Un éxodo que nunca entendió y que la dejó estancada en la memoria durante años. Ese es el mundo que "dejó de existir" y que ella, 70 años después, se propuso recrear.
"Cuando empecé a trabajar en la novela no sabía yo si sería de espías, de amor o de un robo. No sabía si habría asesinatos. Todo me daba igual. Lo que yo sabía era que quería recrear el Tetuán de mi madre y de mis tías. Aquel mundo maravilloso que no conocía, pero del que había oído hablar todos los días de mi infancia", cuenta. Tarea cumplida. Cuando El tiempo entre costuras fue publicado y ya se encaminaba al boom editorial que fue, Dueñas regresó a Tetuán con su madre y sus tías.
Un lugar entre España y el mundo árabe
"Todos lloramos. Fue un momento de enorme alegría y también muchísima nostalgia". El poder de la memoria hecho letra y carne lo fue también para los millones de españoles que devoraron la trama.
"La historia del protectorado estaba diseminada. La recuperación democrática nunca la reivindicó porque aparece "contaminada de franquismo" y en la escuela nunca se llega a ella "porque está al final del libro".
Un rescate que llegó de la mano de una costurera que nunca existió, pero cuyas andanzas mantuvieron en vilo a millones de lectores y luego de espectadores de la miniserie televisiva. Emocional, la memoria tiene sus puntos de referencia en un derrotero cuasi turístico que la nacion cumple con Dueñas como guía.
Arranca en el Riad El Reducto, una vieja casona moruna hoy reconvertida en hotel, donde el sello Planeta, editor de Dueñas, invita a un exquisito cuscús. Hay un mapa de aquel protectorado que dejó de existir en abril de 1956 y que ocupaba la franja norte de Marruecos.
La aventura sigue por la "bisagra" entre los dos mundos: la antigua Medina árabe y el Ensanche, construido por los españoles. Son los escenarios donde se filmó la miniserie que se vio en la Argentina.
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Declarada patrimonio de la humanidad, Medina está prácticamente intacta. "Sin contaminar por el turismo", dicen los locales, que recuerdan que Tetuán está fuera de los circuitos. Muchos de ellos descienden de los musulmanes andalusíes que fueron expulsados de España.
En un portal celeste rabioso en el número 32 de la calle de La Luneta está -real como la realidad misma- la pensión que inspiró a Dueñas para crear el blanco albergue que el entrañable personaje de Candelaria La Matutera ofreció a la modista Sira en su peor momento de desgracia.
Desde allí saldrá hacia la estación de tren -ahora cerrada- con el cuerpo revestido de pistolas para vender en el mercado negro. Lo hará pasando a través de la Puerta de la Luneta, uno de los siete accesos que tenía la ciudad amurallada y que, en su momento, fue construida por esclavos vendidos en remate en una plaza que aún se conserva intacta.
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Pocos pasos, pocas distancias para un mundo tan inmenso como perdido. El mismo mundo que su madre recorría para ir de casa a la escuela y de la escuela a casa y que, con el cariño de un homenaje, se convirtió en aventura, primero, y en espectacular fenómeno en ventas, después.
Y ese es, también, el final. Por mucho que se lo pregunten y se lo pidan, Dueñas asegura que no habrá segunda parte de la novela. Sira Quiroga llegó hasta aquí, que es mucho más lejos de lo que jamás soñó.

S. P.

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