jueves, 27 de junio de 2019

HABÍA UNA VEZ...,


Aprendizaje para saber decir que no. Y una pregunta en los labios: ¿será posible?
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No quiero jugar a las cartas o practicar golf, no quiero ir a asados de hombres, o hablar interminablemente de pesca. Quiero siempre compartir mis días con mujeres y hombres. Allí reside mi interés por la vida. Quiero estar afuera en las montañas muchas horas del día, mantener el alerta de la nieve y el sol sobre mi piel y menos el cuidado de autos al cruzar la calle. Quiero estar con mi vaca, mi bote de remo y sentir todo el día las brisas que pasan a través de los Andes y que retienen el olor y aura de coihues, lengas, alerces y ñires. No conozco bálsamo, poción o remedio que haga mejor. Solo quizás un beso librado al alba en la tibieza cobijada de su cama, cuando las estrellas ya cansadas se van y los bordes del lago congelados hacen invernar a los peces.
Quiero estar mucho solo, acrecentar y enmendar cada vez el respeto por mi individualidad, y así poder compartir con otros la belleza de la palabra, los gestos, las caricias y el deseo.
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Quiero cocinar arroz blanco para mis hijos con ensalada de repollo colorado aderezada con aceite de oliva de las colinas, vinagre tinto, limón y soja y comer más con las manos. No quiero sentarme a la mesa con personas recelosas y llenas de envidia, aquellas que miden todo con resentimiento y frustación.
Compartir los días en el silencio hermoso de la irreverencia y el deseo. Abrazar todo lo posible, a veces en los confines de la incertidumbre, porque es solo allí que crezco en batallas adversas, iluminado por los rayos con un réquiem de truenos que por momentos suenan como música o como las mismas voces del infierno.
Quiero jugar al golf con palabras y con los besos de las brisas de la mujer que amo, con mi pequeña Alba muy abrigada en mi mochila durmiendo mientras caminamos por los senderos de las montañas, sus mejillas rojas de tanto viento y sol. Quiero coser en la enorme mesa de la cocina de la Patagonia mientras la nieve tapa las ventanas entre peroles de cebollas, ajos, y limones, con el silencio majestuoso, misterioso de búhos blancos que solo veo cuando nieva copiosamente.
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Quiero caminar por las calles de París con todos mis hijos recordando cada uno de los pasos que di allí hace más de cuarenta años, cuando la vida comenzó en una insinuación de romances, arte y subsistencia. Poder tomarles las manos y legarles la sinuosidad de curvas que aquella ciudad me dio entre cacerolas, libros y sueños, con el ardor y resollar de mi aliento.
Quizás crecer sea aprender a decir no con bondad y afable convicción. Y dar el sí cuando la palabra solo se dice con las yemas de los dedos.
Tener quietud como ingrediente primario y llegar al vacío del reparo que solo se encuentra en la calma silente. Son los gestos y la virtud de la naturaleza la mejor enseñaza para llegar al cogollo de nosotros mismos. Ella nos muestra en el aspecto de árboles, flores, viento, lluvia, montañas, piedras, arbustos y pájaros el eje que le da sostén y soporte a nuestro aliento. Hexagramas del fuego, la plenitud y el agua.
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Un corazón que está distante crea. Comenzamos a llegar cuando las palabras no alcanzan. Nos fracasan al buscarlas, mudos de clandestinidad en los crudos laberintos y los desiertos de la memoria colectiva.
Quiero vivir como viví cada día, con la pregunta en mis labios. ¿Sera posible ? ¿Será posible que mi sueño sea cortejado por el sí? El no solo tiene de dos letras.
Y sí, gracias por recordarme, ayer decía que era blanco. Hoy creo vehementemente que es negro. Sí, puedo vivir en el silencio de mis convicciones.
He aprendido a decir no.

F. M.

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