¡Pegue, y pegue, y pegue Presi pegue!
— por Carlos M. Reymundo Roberts
Pertenecer tiene sus privilegios: gracias a mi adscripción al mileísmo me entero de cosas que no suelen filtrarse a los medios. Amo eso de caminar por la Casa Rosada y ser convocado a reuniones en mi carácter de asesor en comunicación. Esta semana escuché a ciertos funcionarios –no voy a mandarlos en cana, aunque muero de ganas– hablar, en voz apenas susurrada, sobre que el Presidente debería morigerar sus ataques, contenerse, no andar lanzando veneno por la boca; y por Twitter (o X, ese nombre ridículo que le pusieron). Quieren un Milei prolijo, políticamente correcto. ¡Ese no es Milei! De hecho, una de sus frases de cabecera es que “a los educados los vomitará Dios”. Un grande: no sé qué Evangelios apócrifos lee, pero el Dios de Milei se parece más a Milei que a Dios.
A ver si nos entendemos: Javier llegó donde llegó con esos pésimos modales. No es que un buen día, ya en el poder, se volvió un sacado. Fue insultando y a los codazos que se hizo un lugar en la historia. Santiago Caputo, “ministro del Pensamiento”, el hombre llamado a aportar ideas, tiene una sola idea: cuando el Presiagravios dente no castiga, como que se diluye y pasa a ser uno más del “sistema”, de la casta. Dato inconfesable, que confesaré porque me quema las manos: si algo admiran Milei, Karina y Caputo de Cristina es que sabía que gobernar es dividir, confrontar, señalar a los malos y condenarlos al fuego eterno. También le reconocen que nunca dejaba de estar en campaña y que vendía una épica, y en eso la quieren imitar. Obvio que Cris tenía otro estilo; el de Javi es más sauvage. Le queda bien. Es parte de su estética: el pelo revuelto y la ira se llevan bárbaro. Me gusta verlo enojado, gruñón. ¡Pegue, y pegue, y pegue Presi, pegue! Es lo que hace siempre en Twitter. Una nota de Camila Dolabjian en la nacion puso en números la frenética actividad del Presi en esa red, “que usa para descargar su furia”; interactúa todos los días y llega a pasar noches sin dormir frente a la pantalla. En dos meses hizo 4364 publicaciones, un promedio de casi 73 mensajes diarios, y les puso “me gusta” a 14.000 posteos, más de 233 por día. Bien, Javi: gobernar es tuitear.
“Rata”, “sorete”, “delincuente”, “basura”–por citar solo algunas de sus últimas dedicatorias– son que solo los distintos pueden decir sin que se les desfigure la cara. Como algunos los viene repitiendo mucho, Karina me pidió que proponga otros, cosa de renovar el menú. Se me ocurrieron varios: sabandija, sotreta, dañino… OK, sigo pensando.
Javier se viene metiendo con periodistas, lo cual me duele. Pero es cierto: en principio somos todos ensobrados. ¿Quién en su sano juicio puede criticar al Gobierno si no es porque le ponen la tarasca? También le cayó duro a Alejandro Borensztein por su columna del domingo pasado en Clarín. ¡Perfecto! Cómo se le ocurre hacer humor político con tanto político malhumorado dando vueltas. Podríamos reparar en que Milei es más corrosivo con López Murphy, Lali Espósito o Borensztein que con Cristina, Máximo, Massita. ¿La explicación? Les recuerdo que mi trabajo es asesorar al Presidente, no explicarlo.
Apenas me animo a decir que Milei es un combo cerrado: nos encantaría separar al violento del que va al déficit cero, achica el Estado y emite para comprar reservas y no votos, pero no es posible; en el mismo paquete viene todo. En un informe de coyuntura leí una frase redondita: “El Gobierno desprecia las formas tradicionales”. El problema es que, me parece, estaba dicho en tono de crítica. Otro ensobrado; uno más. Ya sabemos lo que hace Dios con ellos: lean el Evangelio según Milei.
Los que están perplejos son los del Fondo Monetario. Acaba de visitarnos esta chica Gita Gopinath, segunda del organismo, y las crónicas de su encuentro con el Presidente cuentan que le pidió que estuviera atento al “impacto social” del plan económico. Incluso recibió a la CGT. De no creer: el FMI llama a atenuar el ajuste. Javi la sacó corriendo. No me extrañaría que en las próximas horas se ocupe de ella en los peores términos, tipo “cobarde”, “comunista”, “raza de víboras”. Presi, por favor: Gita no está familiarizada con su estilo, y mucho menos con un índice de pobreza del 57,4%. Presi, perdónela. Vuelva a Lali.
También llegó Blinken, el secretario de Estado norteamericano. Feroz cambio de era: con Néstor, los aviones traían a Chávez; con Cristina, a tipos como Antonini Wilson. Con Alberto no venía nadie. Blinken dijo que “la Argentina tiene lo que el mundo necesita”; no hablaba de alimentos, sino de Milei.
Sobre el cierre del Inadi hay distintas versiones. Una es que, sin ese ojo controlador, Javi puede insultar más tranquilo. Falso. Lo decidió el Presidente porque ese nido de zurdos estaba por aceptar una denuncia por discriminación de los 120.000 beneficiarios de planes sociales que viajaron al exterior: reclamaban que, con tantas millas acumuladas, ya nadie los llame planeros.
La segunda del FMI le pidió al Presidente que atenuara el ajuste; Milei la sacó corriendo
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La cita de Milei con sus insultados
Pablo Mendelevich
La política y la vida institucional no parecen funcionar bien lubricadas en la Argentina de 2024. El viernes de la semana próxima, a las 11, Javier Milei deberá hablarles de frente, por primera vez en su vida, a los 329 diputados y senadores. Se trata de aquellos a quienes el Presidente viene diciéndoles con cierta regularidad, en forma alternada, idiotas útiles, delincuentes, coimeros y parásitos. Cuando el temporal de vituperios amaina, los describe como miembros de la casta corrupta. Casta ya pasó a ser una categoría amable.
El lunes, al disertar en Corrientes, a Milei le pareció insuficiente afirmar de manera indiscriminada que todos los políticos “son una mierda”. A los legisladores (la cita es inevitable, pido disculpas) los llamó “soretes”. Desde luego, este último término, un americanismo capaz de atronar con su gravitación semántica hasta a los más descontracturados hablantes, no integra el léxico corriente de las columnas políticas, lo cual probablemente se deba a un decoro remanente de la mayoría de los escribas, pero más que nada a que hasta ahora no hizo falta convocarlo porque nadie lo utilizaba en el discurso público, mucho menos un presidente. El actual, cuyas excentricidades se van naturalizando con la rutina, la crisis y la estela del 55,6%, quizás evoque ahora aquello que recordó hace un par de años el papa Francisco, la coprofilia.
La coprofilia es la atracción fetichista por los excrementos. El Papa se la atribuyó en su momento a los medios de comunicación. La puso a la misma altura que otros tres pecados: la desinformación, las calumnias y la difamación. No confundir con la coprolalia, patología de quien tiene el impulso de descargar un vocabulario escatológico y obsceno. El problema con Milei, sin embargo, no pasa por el tipo de ira que él trae de fábrica, sea cual fuere –y que tantas satisfacciones electorales le dio en 2023–, sino por el cargo que ocupa desde el 10 de diciembre y las responsabilidades inherentes.
Véase lo que son las vueltas de la vida: la semana pasada el mismo Papa absolvió en Roma a Milei como insultador sin filtro. Lo recibió durante 70 minutos (fue el jefe de Estado que más tiempo estuvo con el Pontífice en su primera reunión) y le perdonó los improperios que había vertido contra Su Santidad. Milei lo había llamado imbécil, impresentable, promotor del pobrismo, defensor de dictadores, jefe de un sistema que mata a la gente, dijo que era el representante del maligno en la Tierra y lo tildó de comunista.
Francisco abrazado a Milei es un problema adicional para los diputados y senadores que se agravian por el hecho de que el Presidente, enojado por cómo votan o dejan de votar las leyes y sus incisos, les dedica un término escatológico. Milei es el presidente de un país presidencialista. Por aquello del ejemplo roosveltiano del poder, el comportamiento del presidente incide muchísimo en los estándares culturales y políticos. ¿Sabrán perdonar algún día los legisladores al fogoso presidente anarcocapitalista igual que perdonó el Papa cuando lo confundieron con el Diablo?
Lo de algún día tal vez deba leerse como el próximo viernes. ¿Milei estará pensando en hacer el discurso de apertura de sesiones ordinarias delante de una mansa masa de recién insultados? ¿Acaso planea pedirles perdón por sus descarríos verbales? ¿Podría suceder que las bancas queden despobladas? ¿O tal vez el peronismo organice un boicot con gritos e interrupciones del discurso presidencial como el que le hizo a Macri en 2019?
El Vaticano es unipersonal, pero los legisladores insultados son más de trescientos y no todos tienen la misma sensibilidad. Los oficialistas, por empezar, si las cosas funcionaran con la lógica tradicional no deberían sentirse clientes del almacén de insultos de Milei, pero en estos tiempos las fronteras entre propios, aliados, leales, claudicantes y vendidos es bastante dinámica. Lo atestiguan Carolina Píparo, tachada de traidora por la Casa Rosada, y Ricardo López Murphy, recientemente clasificado por Milei de verdadera basura y falso liberal. Luego, entre los más ofendidos están los kirchneristas, republicanos de último momento. Por ejemplo, Victoria Tolosa Paz, quien para replicar la descripción mileísta de Diputados como “un nido de ratas” aseguró que el Congreso “es uno de los tres pilares fundamentales de nuestra república”. Quizá por falta de tiempo, Tolosa Paz se perdió las conferencias de Cristina Kirchner en las que explicaba que la división entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial ya caducó y hoy urge cambiar toda la ingeniería institucional.
El viejo debate sobre los medios y los fines, aunque solapado, vuelve a estar ahora entre nosotros. No se trata de los fines, se trata de los medios para conseguirlos. Aun si se quiere defender la validez de la ley ómnibus en su totalidad y se comparte el argumento de que hay que acabar con las regulaciones que obstruyen el desarrollo, no es válido cualquier camino. Mucho menos el novedoso método del Presidente que insulta día por medio, sin mecanismos inhibitorios, al Congreso completo.
En ocasiones Milei ha sido capaz de explicar su posición en forma templada. Tuiteó el 9 de febrero: “Durante muchos años hubo en Argentina un grupo de políticos que dice representar la moderación, el diálogo, el consenso y la sensatez, que lo único que hacen es garantizar el statu quo a cambio de negocios personales. Registros automotores, concesiones de litio, repartija de sobres a periodistas y muchos otros negocios que algunos políticos hacen mientras ‘defienden la República’ en la televisión”.
En la televisión, esta descripción, que puede ser verosímil, andaría muy bien. Milei mismo la podría haber vertido dos o tres años atrás como panelista. Pero el Presidente no es más un panelista de televisión y buena parte de lo que está denunciando sin precisiones son delitos. Que como tendencia sean creíbles no significa que todos o ni siquiera que la mayoría los hubieran cometido. Si la corrupción se resolviera con insultos la impunidad habría desaparecido hace rato.
La cita de Milei con sus insultados
Pablo Mendelevich
La política y la vida institucional no parecen funcionar bien lubricadas en la Argentina de 2024. El viernes de la semana próxima, a las 11, Javier Milei deberá hablarles de frente, por primera vez en su vida, a los 329 diputados y senadores. Se trata de aquellos a quienes el Presidente viene diciéndoles con cierta regularidad, en forma alternada, idiotas útiles, delincuentes, coimeros y parásitos. Cuando el temporal de vituperios amaina, los describe como miembros de la casta corrupta. Casta ya pasó a ser una categoría amable.
El lunes, al disertar en Corrientes, a Milei le pareció insuficiente afirmar de manera indiscriminada que todos los políticos “son una mierda”. A los legisladores (la cita es inevitable, pido disculpas) los llamó “soretes”. Desde luego, este último término, un americanismo capaz de atronar con su gravitación semántica hasta a los más descontracturados hablantes, no integra el léxico corriente de las columnas políticas, lo cual probablemente se deba a un decoro remanente de la mayoría de los escribas, pero más que nada a que hasta ahora no hizo falta convocarlo porque nadie lo utilizaba en el discurso público, mucho menos un presidente. El actual, cuyas excentricidades se van naturalizando con la rutina, la crisis y la estela del 55,6%, quizás evoque ahora aquello que recordó hace un par de años el papa Francisco, la coprofilia.
La coprofilia es la atracción fetichista por los excrementos. El Papa se la atribuyó en su momento a los medios de comunicación. La puso a la misma altura que otros tres pecados: la desinformación, las calumnias y la difamación. No confundir con la coprolalia, patología de quien tiene el impulso de descargar un vocabulario escatológico y obsceno. El problema con Milei, sin embargo, no pasa por el tipo de ira que él trae de fábrica, sea cual fuere –y que tantas satisfacciones electorales le dio en 2023–, sino por el cargo que ocupa desde el 10 de diciembre y las responsabilidades inherentes.
Véase lo que son las vueltas de la vida: la semana pasada el mismo Papa absolvió en Roma a Milei como insultador sin filtro. Lo recibió durante 70 minutos (fue el jefe de Estado que más tiempo estuvo con el Pontífice en su primera reunión) y le perdonó los improperios que había vertido contra Su Santidad. Milei lo había llamado imbécil, impresentable, promotor del pobrismo, defensor de dictadores, jefe de un sistema que mata a la gente, dijo que era el representante del maligno en la Tierra y lo tildó de comunista.
Francisco abrazado a Milei es un problema adicional para los diputados y senadores que se agravian por el hecho de que el Presidente, enojado por cómo votan o dejan de votar las leyes y sus incisos, les dedica un término escatológico. Milei es el presidente de un país presidencialista. Por aquello del ejemplo roosveltiano del poder, el comportamiento del presidente incide muchísimo en los estándares culturales y políticos. ¿Sabrán perdonar algún día los legisladores al fogoso presidente anarcocapitalista igual que perdonó el Papa cuando lo confundieron con el Diablo?
Lo de algún día tal vez deba leerse como el próximo viernes. ¿Milei estará pensando en hacer el discurso de apertura de sesiones ordinarias delante de una mansa masa de recién insultados? ¿Acaso planea pedirles perdón por sus descarríos verbales? ¿Podría suceder que las bancas queden despobladas? ¿O tal vez el peronismo organice un boicot con gritos e interrupciones del discurso presidencial como el que le hizo a Macri en 2019?
El Vaticano es unipersonal, pero los legisladores insultados son más de trescientos y no todos tienen la misma sensibilidad. Los oficialistas, por empezar, si las cosas funcionaran con la lógica tradicional no deberían sentirse clientes del almacén de insultos de Milei, pero en estos tiempos las fronteras entre propios, aliados, leales, claudicantes y vendidos es bastante dinámica. Lo atestiguan Carolina Píparo, tachada de traidora por la Casa Rosada, y Ricardo López Murphy, recientemente clasificado por Milei de verdadera basura y falso liberal. Luego, entre los más ofendidos están los kirchneristas, republicanos de último momento. Por ejemplo, Victoria Tolosa Paz, quien para replicar la descripción mileísta de Diputados como “un nido de ratas” aseguró que el Congreso “es uno de los tres pilares fundamentales de nuestra república”. Quizá por falta de tiempo, Tolosa Paz se perdió las conferencias de Cristina Kirchner en las que explicaba que la división entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial ya caducó y hoy urge cambiar toda la ingeniería institucional.
El viejo debate sobre los medios y los fines, aunque solapado, vuelve a estar ahora entre nosotros. No se trata de los fines, se trata de los medios para conseguirlos. Aun si se quiere defender la validez de la ley ómnibus en su totalidad y se comparte el argumento de que hay que acabar con las regulaciones que obstruyen el desarrollo, no es válido cualquier camino. Mucho menos el novedoso método del Presidente que insulta día por medio, sin mecanismos inhibitorios, al Congreso completo.
En ocasiones Milei ha sido capaz de explicar su posición en forma templada. Tuiteó el 9 de febrero: “Durante muchos años hubo en Argentina un grupo de políticos que dice representar la moderación, el diálogo, el consenso y la sensatez, que lo único que hacen es garantizar el statu quo a cambio de negocios personales. Registros automotores, concesiones de litio, repartija de sobres a periodistas y muchos otros negocios que algunos políticos hacen mientras ‘defienden la República’ en la televisión”.
En la televisión, esta descripción, que puede ser verosímil, andaría muy bien. Milei mismo la podría haber vertido dos o tres años atrás como panelista. Pero el Presidente no es más un panelista de televisión y buena parte de lo que está denunciando sin precisiones son delitos. Que como tendencia sean creíbles no significa que todos o ni siquiera que la mayoría los hubieran cometido. Si la corrupción se resolviera con insultos la impunidad habría desaparecido hace rato.
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