lunes, 26 de marzo de 2018

EL CHE Y LUCÍA



Lucía nunca tiene sueños premonitorios. Y por lo tanto, tampoco soñó aquella noche fatal de octubre de 1967 con el ignoto sargento Terán, que acababa de rociar de plomo a un antiguo vecino de Barrio Norte. La noticia daba vuelta al mundo y ocupaba los titulares de Il Messaggero. Lucía dormía en un hotel de Roma, y un periodista de esa redacción la despertó para preguntarle si ya había leído el diario: acababan de matar a Ernesto Guevara en una pequeña aldea de Bolivia.
Lucía hizo un silencio y pensó: “Menos mal”. Fue una frase que en cierto modo la avergonzó, puesto que la ejecución del Che era para ella la noticia más triste. Pero había algo peor que la muerte, y era la decepción. Que fuera torturado, quebrado y transformado por sus enemigos; bajado a golpes del pedestal donde ella lo tenía.
Lucía Álvarez de Toledo
era también una burguesa ilustrada de Barrio Norte, bien alimentada y amiga de amigos y parientes de los Serna, los Llosa y los Guevara Lynch: “Nos conocíamos todos, éramos de la misma clase social”. Durante un tiempo ambos coincidieron en la calle Arenales, a nueve cuadras de distancia. Luego la familia del Che se mudó a Aráoz y Mansilla.

Lucía lo había visto a Ernesto jugar al rugby en San Isidro, y mucho más tarde había seguido, embelesada como tantas (“todas estábamos enamoradas del Che”), las aventuras de aquel comandante que había revolucionado Cuba y de aquel guerrillero icónico que era probablemente el hombre más famoso de América latina. Aunque ella no adscribió al guevarismo en su concepto esencial (la lucha armada marxista), sí abrazó una suerte de filosofía guevarista, que consiste en admirar al hombre acomodado que lo deja todo para luchar por los pobres, que lleva sus convicciones sin desmayos y que se encuentra con su destino sacrificial.
Ese temple y no la ideología es, en verdad, lo que millones de personas de distinto pensamiento político admiran del Che en todo el mundo. “Yo soy budista, imaginate, detesto la violencia, pero me cautivó su integridad, el hecho de ser fiel a sí mismo y no traicionarse”, me cuenta. El día en que le comunicaron su muerte, Lucía decidió cambiar su vida. “No agarré el fusil, pero sí la pluma -bromea-. Me comprometí a hacer algo. Me obsesioné con estudiar su historia, seguir sus pasos, hablar con sus compañeros de lucha. Fue una larga búsqueda; tal vez de mí misma.”
El resultado de tanto empeño es una biografía llamada La historia del Che Guevara , que Lucía publicó primero en inglés. Hace cuarenta años que esta argentina bilingüe vive en Londres, traduce para la BBC y es la intérprete oficial de Wimbledon, donde asiste a las grandes estrellas del tenis. Su libro está por aparecer en Canadá, China, Vietnam y, de manera inminente, en la Argentina. Al revés de otras biografías de Guevara, ésta cuenta con la mirada femenina y, por lo tanto, explora la intimidad sensible del hombre real y no se entrega a la mera leyenda que han construido a base de bronce sus mistificadores.
“Cuando yo leía las otras biografías que se publicaron sentía que ese hombre no era el verdadero Che Guevara y tampoco podía reconocer esa Argentina que lo formó y en la que yo me crié”, confiesa. Hija de un alto ejecutivo de empresas multinacionales y alumna del Northlands de Olivos, Lucía trabajó un tiempo en Radio Municipal, que funcionaba en el sótano del Teatro Colón, y luego se lanzó al mundo. Viajó con una beca a la India y quedó voluntariamente varada en Europa.
Después se radicó en Londres, se recibió de traductora profesional y se vinculó a la producción cinematográfica. Tradujo muchos guiones, y también El diario del Che en Bolivia y, en un solo volumen, los dos libros del padre del héroe de Sierra Maestra. Títulos, revistas, fotos, grabaciones, documentos, papeles, testimonios, anécdotas, detalles: Álvarez de Toledo coleccionó a lo largo de las décadas todo lo que llevara el sello del señor Guevara sin tener conciencia cabal de para qué lo hacía.
En un momento dado, intentó incluso realizar un documental con Pepe González Aguilar, amigo de la infancia del Che, pero el proyecto finalmente quedó en la nada. “No pasa un solo día sin que yo salga a la calle y encuentre su cara o su nombre en un cartel o en una revista, o lo vea en una remera o en una pared ¬señala-. En Katmandú hay sólo dos ídolos estampados en las camisetas: el Che y Bob Marley. A veces, en alguna parte del planeta paro a un chico y le pregunto si sabe quién es ese barbudo. Recibo distintas respuestas. Desde que es una estrella de rock hasta que es un hombre malvado que asesinó a mucha gente. Para casi todos no es argentino, es cubano.”
En su larga búsqueda solitaria, la dama viajó muchas veces a Cuba, Bolivia, Uruguay, Rusia, Tanzania. Entrevistó a amigos y enemigos, a camaradas y a familiares. Y hace muy poco, apenas dos años atrás, al fin una editorial inglesa se interesó por su investigación y la convenció de escribir la biografía. Treinta años de pesquisa apasionada cobraron de repente un sentido profundo.
Hablamos de la famosa foto donde Guevara lee LA NACION en una cumbre diplomática celebrada en Punta del Este. Era agosto de 1961, pocos días antes de su encuentro con Arturo Frondizi. “Los diversos embajadores argentinos de aquella época que viajaban para asistir a asambleas de organismos internacionales me contaron que siempre tenían que llevarle al Che un ejemplar de este diario -me dice Lucía-. El Che iba en representación de Cuba, pero les pedía LA NACION para luego comentar con ellos la realidad argentina, que nunca dejó de interesarle.”

Las 450 páginas de su obra narran de manera limpia y lujosa los hechos históricos y sus entretelas. La infancia y juventud en la primera patria del Che le sirve a Álvarez de Toledo como una suerte de laboratorio para analizar cómo se generaron las extraordinarias características de su personalidad. Allí escribe sobre la lección del asma: “Mirar a la muerte cara a cara cada vez que se ahogaba y no podía respirar le hizo ver la vida de otra manera. A una edad en la que casi todos los niños sueñan con volverse intrépidos exploradores y temibles piratas, Ernestito se familiarizaba con su condición de criatura mortal”.
Luego recuerda que el Che fue llamado en 1947 a presentarse para el examen médico del servicio militar, y que se dio una ducha fría sabiendo que le causaría un fuerte ataque de asma. Se presentó en ese estado a revisión y fue declarado físicamente no apto y eximido. “Por una vez -dijo- estos pulmones de mierda han hecho algo útil por mí.”
Se ocupa la autora de sus padres, a quienes define como iconoclastas, con valores éticos y estéticos contrarios a su clase social, y con un hogar donde se daba cobijo a los pobrísimos republicanos que escapaban de la Guerra Civil Española. “Los Guevara ponían la comida y nosotros las bocas”, confiesan los beneficiarios.
También alude a la prehistoria familiar, cuando vivían en Córdoba y llegaba la hora del té. Ernestito entraba en la casa con el batallón de amigos de la calle con quienes jugaba al fútbol, y había leche para todos. El Che quedó profundamente impresionado al descubrir, una tarde, que algunos de aquellos amigos vendían alfajores en los trenes.
Desde su admiración por los peones y los pueblos originarios hasta su sentido del honor, todo parece inscripto en esos primeros años, en esa vieja Argentina que Lucía también conoció. Luego Guevara vendría a la Capital y a las canchas de San Isidro, y más tarde a la Facultad de Medicina.
“Los estudiantes se proveían de cadáveres en el manicomio -me comenta Lucía-, donde era fácil conseguirlos porque muchos de los enfermos que morían habían sido abandonados. Los estudiantes podían comprar un cadáver entero y trabajar con él durante varias semanas en la morgue. Una vez Ernesto se llevó una pierna para estudiarla. Envolvió la pierna en unos diarios y tomó el subte. A medida que el envoltorio se iba deshaciendo quedaban a la vista los dedos del pie. Los pasajeros no sabían qué pensar y lo miraban raro. Ernesto se divirtió mucho con el impacto causado y llegó a casa riéndose a carcajadas.”
El guerrillero era extremadamente seductor, era la seducción misma, pero sin conciencia de ello. Se narra su amor por Aleida March Torres, su segunda y joven mujer: alguien difícil, “terriblemente celosa”. Y también las instancias de sus otras parejas. Guevara amó a esas mujeres tanto como un hombre enamorado de la revolución podía hacerlo. Escondido en Tanzania, después de la tremenda derrota del Congo, el Che pasó unos días con Aleida. No describe Lucía la pasión sexual que había entre ellos, pero muestra la sensualidad de ese guerrero que enseñaba amorosamente francés a su guajira.
Guevara se mostraba como un líder implacable. Capaz de caer de sorpresa en las fábricas cubanas y pedir el registro para ver el grado de ausentismo. “Les pido que no usen las horas de trabajo revolucionario para ausentarse de la fábrica -les ordenaba-. Tienen que hacer las dos cosas, si no este país no saldrá adelante.”
Esa severidad revolucionaria se verificó en la relación con sus padres. Hay una carta que es de algún modo una despedida: “Los he querido mucho, sólo que no he sabido expresar mi cariño, soy extremadamente rígido en mis acciones y creo que a veces no me entendieron”. Revela Lucía que cuando su madre, que ocultaba un cáncer, le escribió con la intención de anticiparle una visita a Cuba, el Che la frenó en seco: estaba a punto de partir al África en plan revolucionario.
“No le dijo que se estaba muriendo. Y él no intuyó lo que estaba sucediendo porque ella era demasiado fuerte para permitir que se notara. Pero en todo caso, un hombre suficientemente motivado para abandonar un hogar feliz, una esposa que lo amaba y sus pequeñas hijas, un país en el que era un héroe nacional, y donde tenía amigos y era influyente, para volver a ser un soldado, probablemente no hubiera cambiado sus planes aun si hubiera sabido lo enferma que estaba su madre.”
En 1990 Lucía Álvarez de Toledo estaba en Jujuy. Formaba parte del equipo de la coproducción de una película hecha con fondos argentinos y británicos. Al finalizar el rodaje, cobró cinco mil dólares en efectivo y cruzó la frontera con los billetes escondidos en un cinturón bucanero.
Era Corpus Christi y 14 de junio, día del nacimiento de Ernesto. Esperando al cónsul, sin atreverse a decir que su propósito consistía en seguir la ruta de los guerrilleros por la selva boliviana, se topó con unos guevaristas que trabajaban en una veterinaria.
Ellos avisaron a la central obrera de Bolivia para que le dieran una mano. Después el cónsul le presentó a un chofer veterano que no hacía preguntas. Lucía hizo esa travesía con los ojos del Che. El horno, el área del campamento, la casa, los parajes. “En la noche de luna, lo vemos a Ernesto montado en su mula.”
Llegó finalmente a Vallegrande, la pequeña ciudad colonial adonde trasladaron el mítico cadáver: allí de regreso conocería al fotógrafo que tomó aquella imagen póstuma del Che y que fue publicada y republicada por todos los periódicos del mundo durante décadas. Jamás había cobrado regalías por ese servicio; seguía viviendo de una manera extremadamente humilde.
Lucía durmió en una pensión precaria de Vallegrande. Y por la mañana compró un kilo de mandarinas y se subió a un camión de obreros. En Pucara le ofrecieron una sopa caliente y calórica; los obreros bajaron y una mujer con parientes en La Higuera se coló en el camión. Llegar hasta esa aldea que figura en los libros de historia era, hasta hacía muy poco, sólo posible a lomo de burro. Ahora había un camino estrecho y mísero

LEIDO POR JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
La mujer conocía a toda la comunidad y logró que por fin le abrieran la escuelita: dos habitaciones chicas y un banco de madera, y en la pared, contra la que se apoyó el más famoso guerrillero de todos los tiempos para que el ignoto sargento Terán lo fusilara, había un cartel: Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante Che Guevara .
“Este tipo salió de mi barrio”, pensó la inminente biógrafa, sintiendo la fuerza irreal del momento. Entonces Lucía, que jamás sueña ni llora, le regaló las mandarinas a unos chicos y se sentó en un banco a llorar

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