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viernes, 29 de junio de 2018

FRIEDRICH NIETZSCHE

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Como cualquier migrañoso, Friedrich Nietzsche tenía sus propias supersticiones acerca de cómo escapar del dolor; ya no mitigarlo, sino directamente faltar a la cita con él. Cada uno sabrá qué cosa predispone al ataque.
En cuanto a Nietzsche, él siempre había dicho que la parte más importante de un filósofo era la nariz, y es justamente por ahí -aunque tal vez esto sea una presunción mía- por donde uno percibe el clima, aun antes de sentir una temperatura. La metáfora del "clima" es muy frecuente en los escritos de Nietzsche. En su diatriba El caso Wagner, por ejemplo, dice que la música wagneriana se llevaba su "buen clima". El mal clima era justamente aquello que le producía migrañas. Leipzig, Basilea, Turingia, lo enfermaban. En Turín, por el contrario, estaba como en casa, con la exacta humedad del aire: "Desde el centro de la ciudad puede uno divisar los Alpes cubiertos de nieve. ¡Las avenidas parecen correr rectas hacia ellos! El aire seco es sublimemente claro". Según nos cuenta Lesley Chamberlain en el libro Nietzsche en Turín. Una biografía íntima, le gustaban los cafés, los edificios del siglo XVIII, caminar a orillas del Po, a la derecha y a la izquierda del Ponte Vittorio Emanuele.
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Es notable que de ese ambiente de serenidad salieran sus escritos más beligerantes. Dinamita, en sus propias palabras. No solamente El caso Wagner, sino también Ecce homo. Hay todavía en la casa donde él vivió una placa que recuerda la escritura de esa especie de lunática autobiografía intelectual en la que no deja de preguntarse "¿Se me ha comprendido?". El derrumbe mental estaba a la vuelta de la esquina.
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El 3 de enero de 1889 -acaso un día antes, acaso un día después- Nietzsche, bañado en lágrimas, se abrazó al cuello de un caballo de tiro al que maltrataban a latigazos. Fue en algún lugar de la Via Po. Según Chamberlain, cayó también el filósofo y perdió momentáneamente el sentido. Poco tiempo después, quedaría recluido, perdido para el mundo. Los registros médicos de esa década que lo separaba de la muerte son desoladores.
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¿Por qué este episodio es más filosófico que biográfico? Ese impulso último, de extrema conmiseración de un solitario de toda soledad al que el mundo le daba la espalda, contradijo su repetido desdén por los débiles. Borges llegó a decir una vez que la de Nietzsche era una filosofía para matones.
Pero no por nada el propio Nietzsche dijo, precisamente en Ecce homo: "Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos".
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Es cierto que, incluso como crítica de la modernidad, su pensamiento asistemático resulta finalmente menos sostenible que el estilo en el que lo despliega. Y es cierto también que ese estilo, por lo general fragmentario, habilitó interpretaciones de todo tipo. Por mencionar dos casos: el Nietzsche de Martin Heidegger no es el Nietzsche de Gilles Deleuze, y los dos son al mismo tiempo Nietzsche.
Está siempre el filósofo de lo dionisíaco y el crítico furibundo de Sócrates. Pero él mismo tuvo que reconocer: "Estoy tan cerca de Sócrates que sostengo una lucha constante con él".
El episodio de Turín es crucial y para nada ajeno a esta relación volátil con Sócrates. Romano Guardini la descubrió en el excepcional La muerte de Sócrates. Allí indicaba que el dionisismo sustancial de Sócrates trazaba una línea de superioridad moral que iba en dirección inevitable hacia la "buena nueva" cristiana.
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Es muy probable que Nietzsche intuyera eso desde muy temprano, ya en sus tiempos de filólogo, y que, por eso mismo, librara una resistencia sin cuartel con esa constatación. Eso: hasta el caballo de Turín. No deja de ser fascinante que aquello a lo que el filósofo se rindió finalmente no quedara por escrito, sino como un fugaz gesto público. En ese abrazo, el filósofo había descubierto la piedad. No necesitó más.

P. G.

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