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jueves, 28 de junio de 2018

HISTORIA DE VIDA

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Esa tarde, al cabo de una conversación breve, me pareció que había conocido una forma de la felicidad. Solo le pregunté cómo habían resultado las vacaciones junto a su mujer y sus dos hijos, pero la primera respuesta trajo un brillo en la expresión que no le conocía. Nos conocemos hace más de treinta años, hemos compartido muchas horas en el trabajo, de modo que en cuanto Claudio comenzó a adentrarse en los recuerdos del viaje creí reconocer en sus ojos una emoción contenida, un sentimiento profundo expresado con esa reticencia que casi siempre enmascara los sentimientos más hondos entre los varones. Es apenas un malentendido, porque quien prestara atención y no se dejara engañar por los estereotipos descubriría la frecuencia con que los hombres hablamos de nuestros hijos. Solemos contarnos orgullosamente sus proezas, sin importar cuán grandes o pequeñas sean, porque a decir verdad esas conquistas -la mañana en que reciben el título universitario o la tarde en que consiguen andar en bicicleta sin que sostengamos el asiento trasero para que mantengan el equilibrio, lo mismo da- nos provocan una felicidad distinta de todas las demás.
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Yo estaba unos días después en el teatro junto a uno de mis hijos viendo Aida cuando de pronto recordé la ternura con que Claudio me había contado una parte de ese viaje. Me distraje unos minutos de esa historia pensando en la manera en que les presentamos el mundo a nuestros hijos cuando les ponemos en la mano un libro, les enseñamos a remontar un barrilete o los ayudamos para que se afeiten la primera sombra de la barba o se hagan el nudo de la corbata. En medio de esas distracciones miré de soslayo a mi hijo, que aprobaba ciertos pasajes de la ópera con un ligero asentimiento de cabeza, y que al final aplaudió con ese énfasis un tanto brusco con que los jóvenes celebran la aparición deslumbrante de las cosas que acaban de llegar a sus vidas.
Al día siguiente fui a buscar a Claudio para pedirle que me contase otros detalles de ese viaje lleno de revelaciones: sus hijos habían descubierto las maravillas del Viejo Mundo y él, la maravilla de la paternidad. No es que precisamente la había descubierto, porque muchas otras veces había disfrutado de la fascinación de esa clase de encuentro con los más grandes y también con estos, pero quizás el paso de los años hizo que la emoción calase más hondo.
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Unos cuantos meses antes de embarcar había percibido una conmoción temprana durante los preparativos de la travesía. Una tarde, mientras en la mesa familiar se mencionaban las ciudades que habrían de visitar, le pareció que la ilusión candorosa de la infancia empezaba a insinuarse en las miradas expectantes de los chicos y en el modo en que consultaban detalles del viaje. De pronto se vio de nuevo a sí mismo con 19 años, a punto de llegar por primera vez a Europa, y vio el reflejo de aquella excitación en los rostros de los dos muchachitos: él mismo se había sentido tocado por esa ansia de aventura y eran los mismos los ardores de la imaginación.
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A poco de llegar le llamó la atención que fatigaran calles, iglesias y museos a la par de los mayores. Había que verlos a los dos, dijo, las caras de dicha mientras recorrían los castillos (con sus armaduras restallantes, sus puentes levadizos y sus siniestros instrumentos de tortura, una iconografía que enfebrece inexcusablemente la fantasía de los niños) o rodeaban la escultura de Rómulo y Remo, en la Plaza del Campidoglio; había que ver los ojos redondos de asombro cuando se disponían en la mesa manjares que hasta entonces desconocían. El asombro del padre fue todavía mayor ante una escena íntima inesperada cuando vio a uno de sus hijos diciendo una plegaria. Estaba sentado en uno de los bancos de la iglesia y, no habiendo recibido una esmerada educación religiosa e hijo de su tiempo, musitaba los versos de una oración siguiéndolos en el teléfono celular. Mientras escuchaba el vívido relato, de pronto creí verlos a todos en penumbras, bajo la bóveda de la iglesia, durante una de esas pausas que solemos hacer aun los agnósticos, agitado el espíritu por una súbita conmoción, cuando sentimos un llamado íntimo que creemos que puede ser la voz de Dios. No imaginé que estuviesen buscando consuelo, sí acaso expresando en silencio gratitud. En los ojos de Claudio, empequeñecidos por la emoción, relumbraba la dicha de estar juntos, en familia, en ese estado del ánimo que a veces se nos antoja tan parecido al de la felicidad.

V. H. G.

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