martes, 21 de agosto de 2018

COSIFICACIÓN

Volver a lo natural La gran top model internacional de los años 60, Benedetta Barzini (75) eligió envejecer sin artificiosVolver a lo natural La gran top model internacional de los años 60, Benedetta Barzini (75) eligió envejecer sin artificios
Fue a través de los medios de comunicación y del mundo del espectáculo que, a lo largo de décadas, nuestra mirada acabó habituándose, tras algún susto y unas cuantas sorpresas, a las peculiaridades estéticas de la cirugía que se atribuye a sí misma ese mismo adjetivo. Si las ya lejanas narices tobogán y, alrededor de 40 años más tarde, los notorios labios neumáticos causaron sensaciones encontradas y sonoros cuchicheos, no existen hoy fantasías de bisturí que parezcan merecer comentarios. La opinión pública se hastió del asunto -o más exactamente, se entregó a él: en 2018, la reconstrucción física efectuada en quirófano resulta tan banal como el tatuaje en la tienda del motero barbudo.
Hace ya un tiempo que la cirugía plástica funciona como un dispositivo más de igualamiento de las personas, y si bien el número de modelos faciales y corporales en opción aparece restringido, son en cambio legión lxs usuarixs del servicio. No hay salón de belleza -ni peluquería de barrio- que no ofrezca una penetración de bótox o una impregnación de ácido hialurónico entre la coloración y el cincelado de uñas.
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La cirugía dicta los gestos que definen a la moda actual, ya que antes de vestirse, adornarse y maquillarse, se piensa en corregir, renovar, optimizar o, en casos extremos, transformar el cuerpo. Zygmunt Bauman, sociólogo y filósofo polaco, veía en la cirugía plástica un ejemplo diáfano de la ansiedad de cambio permanente en la que nos mantiene la sociedad del consumismo. Desechar el pasado para recomenzar de cero, reconstruirse y luego volver a vaciarse: es el ciclo sin fin de lo que él llamó los nacimientos seriales de lxs sujetos del consumismo, y es el único modo de presencia en el mundo -no puede llamársela vida- que el consumismo les propone.
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Las personas van transformándose en mercancías y como tales con el objetivo de ser incorporadas al mercado, compradas, vendidas, y aumentan de valor con cada transacción. A la vez, todxs se ocupan de promocionarse a sí mismos. Nadie puede convertirse en sujeto, dice Bauman, sin antes adquirir los atributos de un producto de consumo. Así, para no perder jamás su condición de sujeto, la persona deberá conservar actualizadas las propiedades requeridas de los productos de consumo. Su valor personal aumentará según el número de cualidades requeridas por el mercado que posea, es decir de su porcentaje de posibilidades de ser vendida -una condición que en inglés tiene nombre: salability, pero en español, felizmente, no; o al menos, no aún.
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La industria de la reconstrucción estética se ha convertido en un poderoso motor del engranaje consumista. Al presentar al cuerpo humano como un elemento cuyas posibilidades de transformación serían infinitas, sustenta y hace prosperar las fantasías extremas de las que el consumismo vive. Crea la ilusión de que podemos reconstruirnos del modo en que se nos ocurra y cuántas veces lo queramos. Que serán muchas, según los principios que rigen el comportamiento consumista. Pero la ilusión primaria y más tremenda que la cirugía estética alimenta es la de la supresión visible de las huellas del paso del tiempo. Un fraude irresistible, aún cuando esas señales reaparecen inexorables, que juega no solo con las expectativas del sujeto consumista, sino también con sus antiguos terrores humanos ante la fragilidad, las dolencias, el declive.
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La vía que nos señala Bauman para escapar a la opresión consumista y sus trampas aparece como una luminosa evidencia: se trata de volver a los modos de consumo tradicionales, vigentes hasta hace pocos decenios, y de los que por necesidad o convicción un gran número de seres humanos nunca se apartó; de guiarse por necesidades de otras épocas, necesidades genuinas, y por deseos realistas y aceptar que para satisfacerlos existen límites objetivos, difíciles o imposibles de negociar. Así de simple es el plan de resistencia a la cosificación.

J. A.

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