El poder como fin, la mentira como medio
Negar, falsear o manipular la realidad tomando al otro como estúpido ha sido una constante en el actual ministro de Economía y precandidato presidencial
Cuando el poder deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo, la mentira adquiere un protagonismo y una centralidad esenciales junto a otros medios, como los procederes violentos o corruptos. El precandidato presidencial Sergio Massa no ha dejado dudas de esa función de la mentira a lo largo de su trayectoria política, que aspira coronar con la máxima magistratura, tras dos intentos fallidos.
Solo así se explica que a más de un año de haber asumido sus actuales funciones como ministro de Economía, desentendiéndose de los fracasos de su gestión, se presente sonriente con aires renovados como la mejor alternativa para construir un futuro de grandeza cuando sus verdaderas credenciales son los nefastos resultados del presente.
El pensador francés Michel Onfray señala en su Antimanual de filosofía que, en esa ambición de poder, se falsean datos y hechos, se desacredita al adversario y se miente sobre uno mismo. “Se ocultan las propias zonas sombrías –escribe Onfray–. Se borran las molestas huellas del trayecto, los fracasos, las blasfemias, las anteriores tomas de posición tajantes”. Y se aspira a alcanzar el cargo, o a mantenerlo, “para terminar lo que no ha dado tiempo a hacer, para realizar lo que no se tuvo tiempo de hacer a causa del destino, la fatalidad, los otros o la coyuntura, pero nunca de uno mismo”.
Massa se ajusta perfectamente a esta descripción. Ya no es quien va a poner presa a Cristina Kirchner. Ahora es su sonriente copiloto. Quien iba a “barrer a los ñoquis de La Cámpora” ahora es el candidato que ellos apoyan, mal que les pese. Puede mentir sobre cifras y datos; puede fabular impunemente con que un soplón del FMI le contó que economistas de la oposición pidieron que no se le concedan fondos a la Argentina para precipitar así lo peor de la crisis, sin mostrar ni una sola prueba.
Entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción, de las que hablaba Max Weber, padre de la moderna sociología, Massa definitivamente no adopta la primera, que obliga a detenerse en el punto en el cual las consecuencias de las propias acciones producirán daños irreversibles en otros. La ética de la convicción impulsa a seguir los propios objetivos a cualquier precio, sobre todo porque ese precio lo pagarán otros. Es inútil desplegar ante Massa todas las pruebas escritas, grabadas, filmadas y documentadas que permiten cuestionar su tan declamada como insostenible ética porque es probable, a la luz de la experiencia, que las niegue rotundamente una por una sin el menor rubor. Ambición de poder mata prestigio o reputación, pero no resiste un archivo.
Claro está que, lamentablemente, no es este precandidato el único para el cual el valor de la verdad resulta relativo o nulo. Cualquier ciudadano despierto y que mantenga la capacidad de pensar críticamente puede advertir en todos los aspirantes distintos grados de desapego o falseamiento de la verdad, aunque difícilmente con la impudicia o el cinismo desplegado por Massa. Es una triste comprobación de aquello que exponía la genial filósofa política alemana Hannah Arendt en Verdad y mentira en la política: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos, sino también del hombre de Estado”.
Esto mismo, según la propia Arendt, hace que, primero como candidatos y luego en el poder, los agentes de la política actúen de espaldas a la realidad padecida por aquellos que, según cada escudería, llaman “pueblo”, “gente” o “vecinos”. La realidad es para el ciudadano de a pie, dice Arendt, algo “que todos ven y oyen igual que nosotros. Es la presencia de los otros, que ven lo que vemos y oyen lo que oímos, la que nos asegura la existencia de la realidad del mundo y de nosotros mismos”. Una verdad de Perogrullo que la política muchas veces se esfuerza por presentar a su conveniencia.
Negar, falsear y manipular la realidad, apunta a su vez el pensador antifascista Theodor Adorno, convierte a la mentira en inmoralidad cuando “toma al otro por estúpido y sirve de expresión a la irresponsabilidad”. Quien apaña la mentira tanto de los aspirantes al poder como de quienes ya lo ejercen, anteponiendo el interés propio e individual al bien común y al futuro colectivo a la hora de votar, termina por premiarlos en lugar de sancionarlos. Allí radica el poder del sufragio en una sociedad democrática. Abstenerse de participar es también hacerles el caldo gordo a quienes no reparan en medios para alcanzar sus perversos fines.
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Sin celulares en las aulas
No hace mucho nos referíamos desde este espacio a decisiones de países como Suecia e Italia, que optaban por limitar el uso de celulares y dispositivos electrónicos en las aulas. En el caso de Suecia, al punto de redireccionar financiamiento para distribuir libros de texto con el fin de detener el descenso en los niveles de lectoescritura y comprensión lectora experimentado en los últimos años.
Una iniciativa en Finlandia recogió más de 30.000 firmas en pos de prohibir el uso de celulares en las escuelas, medida que el gobierno conservador consideró seriamente una forma de reforzar el poder de los docentes para intervenir durante las horas de clase ante las distracciones que imponen estos dispositivos.
En estos días, los Países Bajos se han sumado a la tendencia tras difundirse estudios que ponen en evidencia que los alumnos se distraen y disminuyen su rendimiento con el uso de dispositivos electrónicos. El ministro de Educación, Cultura y Ciencia, Robbert Dijkgraaf, reconoció que si bien los teléfonos móviles son parte de la vida de todos, dados sus efectos en la atención y concentración, no corresponde que estén en las aulas. Se anunció así la directiva que fija que, a partir del 1º de enero próximo, junto con tabletas y relojes inteligentes, quedarán prohibidos en ámbitos educativos a excepción de su uso por razones médicas o de discapacidad.
Estudios científicos han mostrado que estos dispositivos tecnológicos afectan las habilidades necesarias para el aprendizaje, por lo que en realidad lo que se busca es proteger a los alumnos. La decisión fue fruto de un acuerdo entre centros escolares y organizaciones afines con el ministerio. Quedará bajo la órbita de cada establecimiento educativo cómo instrumentar la prohibición, marcando el límite entre lo que quedará permitido y lo que no. Profesores, alumnos y padres fijarán las reglas.
Universidades y centros superiores de enseñanza quedan exceptuados de la flamante directiva, que será revisada a fines del año escolar 2024/2025 luego de evaluar su eficacia.
El nivel de invasión que ha planteado la llegada de la tecnología a las vidas de todos, con su carga de beneficios incluida, no puede negar tampoco su condición de adictiva.
¿Qué autoridad puede reconocerse a un docente para educar si no puede controlar el uso de dispositivos en las aulas durante las clases? ¿Puede plantearse en términos de legalidad e ilegalidad una medida al respecto? En la era digital, muchos preconceptos deben ser revisados. Afortunadamente, algunos países intentan ya poner el caballo delante del carro. No combatir de alguna manera el sesgo de confirmación que imponen las redes es limitar perniciosamente el desarrollo del pensamiento crítico, acotando la libertad para pensar y alejando a los estudiantes de una de sus más sublimes potencialidades: la de aprender.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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