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lunes, 4 de junio de 2018

INDIFERENCIA

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Las orejas no tienen párpados, de manera que, de no mediar impedimentos orgánicos, están expuestas a todos los sonidos. Oír, sin embargo, no es escuchar. "Escuchar es prestar plena atención a los otros y darles la bienvenida en nuestro propio ser", razonaba el sacerdote holandés Henri Nouwen (1932-1996), pensador profundo y dolido por el estado del mundo, escritor inspirado, y comprometido luchador por el reconocimiento y el respeto a los discapacitados. Escritos esenciales, La compasión en la vida cotidiana y Semillas de esperanza son tres de sus muchos libros, en los que se puede acceder a sus inquietudes.
Estos no parecen ser los mejores tiempos para esa escucha hospitalaria que proponía Nouwen. Antes que abiertos a la palabra del otro, y a su presencia, los oídos contemporáneos se ven taponados por auriculares que clausuran el contacto con cualquier palabra o sonido ambiente. E igual que los ojos capturados por pantallas, también ellos dejan de ser puentes hacia el mundo y hacia los prójimos, para transformarse en barreras que hacen de cada persona una isla. En su ensayo Alienación y aceleración, el sociólogo alemán Helmut Rosa señala que "no falta música en ningún supermercado, ni en ningún ascensor, ni en ningún aeropuerto; además, un número creciente de personas en los espacios públicos parecen estimular experiencias de autorresonancia a través de auriculares y gadgets personales, mientras pierden toda resonancia con su entorno".
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Para Rosa, la resonancia es el diálogo de la persona con el mundo, el fenómeno por el cual los unos y los otros nos reconocemos, establecemos puentes de comunicación, no solo verbal, sino también a través de la mirada e incluso gracias a significativos silencios compartidos. Hay un silencio que asusta y otro que pacifica, decía Nouwen, "pero para muchos el silencio es hoy amenazante, no saben qué hacer con él. Parece que no podemos soportar el sonido del silencio". Ese sonido suele ser el de voces propias e interiores largamente desoídas y, con ellas, de necesidades emocionales y espirituales abandonadas. Pareciera que se va perdiendo no solo la capacidad de escuchar al otro, sino también la de escucharse a uno mismo. Es decir, de prestar atención plena y hospitalaria, según el pensador holandés.
La vida buena, que para Aristóteles y los pensadores de la Grecia antigua es una existencia que descubre y honra su propio sentido, bien podría resultar hoy, señala Helmut Rosa, aquella que es rica en experiencias de resonancia. Así como la alienación nos convierte en extraños ante nosotros mismos, en extranjeros de nuestro propio ser, la resonancia es su opuesto. Nos enriquece en experiencias en las que encontramos una similar frecuencia de vibración con el otro. Esos ejes de resonancia, como los llama este pensador, se dan en la relación entre el sujeto y el mundo social, la naturaleza, el trabajo, la comunidad, etcétera.
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Pero no se puede resonar sin escuchar y sin mirar. No resonamos ni en los mensajes de las pantallas de los celulares ni en los sonidos que, desde los auriculares, nos hacen ajenos al mundo. Hoy, dice Rosa, la persona clama y el mundo no responde. Está sordo. El clamor, entonces, naufraga en un mar de soledad existencial. El yo está saturado, ahogado en una vasta red de contactos vacía de toda comunicación emocional. Acaso sea tiempo de devolver a los oídos su función principal, que no es oír, sino escuchar. Y a los ojos la propia, que no es ver, sino mirar, es decir registrar, reconocer, recibir. "Quiero mirarte cuando caminas conmigo y escucharte cuando me hablas", escribe Nouwen. Profundas y vitales experiencias olvidadas que urge recuperar.

S. S.

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