martes, 5 de junio de 2018

LA PÁGINA DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
La mujer citó a sus seis nietos para contarles dos terribles secretos que había ocultado durante décadas y que involucraban un suicidio, la falsa identidad de su hijo y el horror del Ghetto de Varsovia.
Foto del Ghetto de Varsovia, donde Mira conoció a Edek
Los invitó a cenar en su departamento del barrio Belgrano con sus respectivas parejas, y cuando todos pasaron al living les pidió a sus empleadas que sirvieran café, desconectaran los teléfonos y se retiraran. Uno de los nietos encendió una cámara para filmar el momento histórico. Entonces, Mira Ostromoglinsky, que acababa de enviudar, los hizo llorar y estremecer con su historia de amor, persecución, homicidios, ocultamientos, esperanzas y redenciones.
Los nietos conocían sólo partes de la odisea de aquella familia judía, y quienes sabían esos secretos jamás se habían atrevido a comentarlos delante de su abuela. Esa noche inolvidable oyeron de su propia boca que por deudas con un prestamista el padre de Mira se había suicidado aspirando gas a través de la manguera de un calentador. Eso que se calló durante tanto tiempo sucedió en 1929, en la ciudad polaca de Lodz, donde Mira y su hermana mayor, Edwarda, fueron criadas, y desde donde tuvieron que emigrar para ganarse la vida. Varsovia era, en 1932, una urbe enorme y moderna donde se aceptaba a los judíos a regañadientes. Tres años más tarde, Hitler ganaba las elecciones en Alemania.
Edwarda conoció allí a un hombre rubio que trabajaba en una fábrica textil: Boris Lewin. Se enamoró, se casó, quedó embarazada y dio a luz a Teo, el otro protagonista de esta historia. A los 17 años, Mira también comenzó a trabajar y a escuchar la BBC de Londres: los nazis atacaban las casas y los negocios de los judíos en toda Alemania.
El 1° de septiembre de 1939, los alemanes comenzaron sus maniobras para invadir Polonia. Preventivamente, a Mira la despidieron por judía. Pronto comenzaron los bombardeos, las sirenas, las corridas, los temblores y el dolor. Cayó el gobierno polaco y las tropas hitlerianas entraron en Varsovia con la nieve.
Las hermanas Ostromoglinsky tenían una esperanza: que no las reconocieran como hebreas. Edek Erlich, el mejor empleado de la fábrica, se les unió en la desgracia. Era un hombre guapo de ojos azules, y a Mira le pareció hermoso. Pasaron esos primeros días todos encerrados en un sótano, y cuando salieron a la superficie comprobaron que una cuarta parte de Varsovia era puro escombro.
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Vieron que llevaban pilas de cadáveres en carros, y que había cientos de mutilados y niños huérfanos. Pero la fábrica todavía necesitaba de la pericia de Boris y de Edek, de modo que ellos se reintegraron a sus puestos, mientras los nazis cerraban diarios y confiscaban radios para aislar a los polacos del mundo. Expropiaban las tiendas y las fábricas de los judíos, y los obligaban a bajar la mirada al cruzarse con un alemán y a llevar un brazalete con la estrella de David.
Mira intentó vender sombreros y guantes en las calles, pero una patrulla alemana le arrebató la mercadería. Luego entró a trabajar en la fábrica con Edek, que al principio parecía ignorarla. Un día, un grupo de alemanes se llevó a las hermanas al cuartel de la Gestapo para que limpiaran los pisos y un soldado intentó violar a Mira. La salvaron los gritos desesperados de Edwarda y la intervención de un oficial de alto rango.
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En Varsovia todo era desolación y saqueo. Los propios judíos debieron poner los postes, tender los alambres de púas y levantar un muro de 18 kilómetros para construir ese barrio tristemente célebre. Pero dentro de sus límites, Mira y Edek construyeron su amor, y Boris y Edwarda criaron a Teo, mientras una epidemia de tifus liquidaba a miles de personas por día y los cadáveres sembraban la nieve con su hedor. Mira vio en una esquina cómo unos niños le hacían cosquillas al cuerpo inerte de un anciano que había sido asesinado de un tiro en la frente.
Los nazis ahogaron a treinta niños judíos en los pozos de arcilla de la calle Okopowa y la difteria estuvo a punto de acabar con la vida de Teo. Las dos cosas persuadieron a sus padres de que debían tomar una decisión dolorosa: hacerlo pasar por católico y entregarlo a una familia polaca para que lo criara mientras durara la invasión. A cambio de ese delicado servicio, le entregaron un cofre con todo el dinero y las joyas que habían podido esconder. Mira todavía recuerda a su hermana y a su cuñado abrazados, en luto, y al día siguiente sus caras al recibir la noticia de que habían sacado a Teo del gueto por las alcantarillas y que estaba en la casa de la señora Stempke.
Pocos días más tarde, el líder del Consejo Judío del gueto de Varsovia se quitó la vida, y Mira y los demás se dieron cuenta de que se avecinaba lo peor. Los nazis comenzaron, en efecto, a ofrecer raciones dobles de alimento para quienes se presentaran como voluntarios a ser deportados. Los hambrientos se anotaban en masa, aunque ninguno sabía adónde iba a ser enviado ni por qué motivo. Junto a las mesas había una montaña de efectos personales: en el sitio al que se dirigían no necesitarían nada, según les aseguraban. Se los proveería de todo lo necesario para comenzar una nueva vida.
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Los llevaban, luego, en camiones hasta el tren, que los sacaba de Varsovia. La ciudad fue vaciándose a gran velocidad: al final, los nazis entraban en las casas y capturaban a cualquier judío que no pudiera trabajar para “deportarlo”. Ya habían bajado a 85 calorías diarias la alimentación: eso equivalía a media rodaja de pan. Se trataba claramente de una campaña de exterminio.
Un día de agosto, las SS los arrearon hacia la zona del registro. Un judío intentó escapar y lo asesinaron de un disparo. Formaron dos filas, y Boris, Edwarda y Mira lograron colocarse en la cola de la derecha: sabían que, por lo general, formaban allí los que se salvaban. Edek quedó en la fila izquierda, pero un ingeniero polaco que lo estimaba empezó a empujarlo y a insultarlo de arriba abajo frente a las sonrisas de los alemanes. Tanto lo empujó que fue a parar a la fila de la derecha y así evitó por un pelo el traslado final.
La madre de las hermanas desapareció para siempre en aquellos días infaustos, y el pequeño grupo de familia tuvo la certidumbre de que ellos no pasarían la próxima “selección”. Edek aprovechó el interregno para proponerle a Mira casamiento. Se casaron en un cuarto polvoriento y se juramentaron atravesar juntos la terrible tempestad del destino.
El día en que Mira cumplió 21 años tuvieron la plena seguridad de que los nazis matarían a todos los judíos que quedaran en el gueto. La resistencia había comenzado a arrojar molotov y a formar barricadas. Ellos se escondieron en un sótano, bajo una escalera, junto con otros hombres y con una mujer que llevaba un bebe en brazos. El habitáculo era estrecho e irrespirable. Debían permanecer en silencio absoluto y en oscuridad total. Afuera había disparos y explosiones, y alarmas de toque de queda, y gritos de dolor y de festejo. Pasaron horas y horas. Un hombre pidió perdón y se orinó encima. Y lo siguieron los otros. Pasaban todo el día y la noche ciegos y mudos, allí escondidos, comiendo de cuando en cuando trozos de pan y bebiendo pequeños sorbos de vino.
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Al quinto día se acabó la comida, y el bebe comenzó a llorar. No podían pararlo con nada. Pasadas las bombas y los otros estruendos, caída la noche, el llanto seguía y era peligrosísimo. Mira trató de calmarlo y en la oscuridad vio que el padre sacaba de sus bolsillos un sobre de color blanco. “Es cianuro -dijo-. Dénselo al niño antes de que nos delate. Yo no puedo: soy el padre.” Lo sacaron carpiendo. No valía la pena matar a un niño para salvar diez vidas. Pero allí se veían nítidamente los extremos horrorosos del género humano.
El niño se durmió, agotado de tanto llorar, y al noveno día los vinieron a buscar unos miembros de la resistencia. Después de nueve días de oscuridad y silencio, Mira sentía un frío demencial en el cuerpo y en el alma. Las calles estaban infestadas de soldados y francotiradores, y un amigo de la antigua fábrica colocó a Edek y a su flamante esposa dentro de una caja de madera, selló los bordes con enormes clavos y dejó que trasladaran el “paquete” fuera del gueto: se suponía que en su interior iba una máquina valiosa.
De un sótano a una caja: Mira ya prefería las balas al encierro. Se quedó dormida después de los zarandeos y a poco de despertar los sacaron de la caja de madera y les permitieron quedarse un momento en una casa de la zona aria. Allí les informaron que Teo crecía fuerte y sano, y totalmente integrado a la vida cristiana de la familia Stempke.
Enseguida se reunieron con Edwarda y Boris, que también habían escapado del gueto, y se quedaron escondidos en la casa de una familia polaca, que bajo una alfombra tenía una especie de fosa de mecánico para las emergencias.
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Edwarda se admiraba de la suerte de Mira, y era fatalista acerca de su propio sino. Le apretaba las manos y le decía: “Tenés que salvarte para cuidar a Teo”. Mira rechazaba esos malos augurios, pero al poco tiempo los nazis apretaron el cerco sobre los polacos que escondían judíos, y las dos parejas tuvieron que meterse en la fosa. La situación se volvió insostenible: los cuatro abandonaron la casa e ingresaron en la resistencia a las órdenes de una partisana comunista. Los aliados estaban invadiendo Francia y Stalin venía en camino.
En septiembre, Edwarda no podía más. Quería saber de Teo. Era un riesgo demasiado alto: “Si descubren que el niño es judío, conseguirá que lo deporten. No podrá acercarse a él ni hablarle; sólo podrá verlo de lejos”, le dijeron. La madre aceptó llorando, y cuando una anciana trajo a tres niños rubios, desde lejos la hermana de Mira reconoció al suyo. Teo se apartó en un momento para orinar en un árbol alejado de un jardín, y Edwarda se le acercó para ayudarlo sin decirle una palabra, vibrando de impotencia. El niño terminó, la miró en silencio, le besó la frente y se fue con sus “hermanos”.
En la resistencia polaca, los dos hombres integraron un grupo que lanzaban por las noches bombas a los coches y a los tanques alemanes, y las mujeres otro dedicado a tareas de logística. Una vez, haciendo un inventario en una despensa, Mira revisó una enorme bolsa de porotos y encontró en su interior una caja de metal con una fortuna en billetes. Alguien, en la desesperación, había guardado allí sus ahorros.
Las hermanas se dividieron el dinero y aguantaron con sus maridos el bombardeo de la Ciudad Vieja: la resistencia no tenía artillería antiaérea y los rusos no terminaban de llegar. Llegó, entonces, la evacuación de la zona. La orden era escapar en tandas.
Las hermanas se despidieron y quedaron en encontrarse luego. Mira y Edek se metieron por los túneles de las cloacas y atravesaron la ciudad; se cambiaron ropas en la zona oeste; durmieron abrazados en un portal, y estuvieron esperando dos días a Edwarda y a Boris.
Varsovia había quedado reducida a cenizas. Boris apareció solo y llorando, sin saber qué había pasado con Edwarda. Ella y otros partisanos, se supo después, quedaron atrapados abajo porque una bomba había bloqueado la salida del túnel y los había obligado a vagar como fantasmas por las entrañas de la tierra. Boris Lewin se quedó atrás con un grupo, y ellos siguieron hacia el bosque, y en un momento quedaron solos, absolutamente solos.
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Lo que sigue es una fuga por campos y caminos mortales, entre pelotones de las SS, tropas soviéticas y polacos de dudosas intenciones. Cayeron prisioneros y lograron escapar en medio de un ataque del Ejército Rojo. Un baño reparador después de muchísimo tiempo, la culpa de haber sobrevivido y la búsqueda en vano de Boris, Edwarda y los demás. Era obvio que los nazis los habían aniquilado, pero tardaron un tiempo en darlo casi todo por perdido.
Quedaba, obviamente, el pequeño Teo. ¿Lo devolvería la señora Stempke después de tenerlo tanto tiempo dentro de su familia? Mira y su marido viajaron a Varsovia para buscarlo. Atravesaron esa molienda de edificios y recuerdos, y llegaron con el corazón en la boca a la casa de aquella polaca bajo una lluvia torrencial. Sólo había ruinas y el solitario e inútil marco de la puerta. Mira gritó en un ataque de odio. Puteó al mundo y maldijo la suerte de todos, pero de repente advirtió que bajo una piedra había un papel mancillado por el fango. Decía simplemente: “Estamos en Praga”. Y una dirección del barrio popular al otro lado del río. Una piedra, un papel en medio del infierno, la soledad y la tormenta: un milagro.
La señora Stempke la hizo pasar y le contó que Edwarda, durante el levantamiento, había pasado por allí y le había entregado, para pagar los gastos de su hijo, el dinero que había hallado en la bolsa de porotos.
“Le expliqué a su hermana que podía quedarse, pero no quería poner en peligro a Teo”, aseguró la polaca. “Quiero llevarme a Teo: soy su tía”, le dijo Mira llorando. “Déjeme su dirección y en Pascua le llevaré al niño”, le respondió. Pero cuando cerró la puerta, llegó a los oídos de Mira la voz de la señora Stempke diciéndole a su amante: “¿Qué haremos? ¿Le daremos el niño?”.
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Finalmente, se lo dieron. Estaba grande y fornido, y muy desconfiado. Stempke dejó a uno de sus propios hijos para que lo acompañara en la adaptación. Y Mira y Edek lo mimaron con pasión. Al despedirse de su “hermano”, dos o tres semanas después, Teo los culpó a ellos de su gran dolor. Fueron días intensos y difíciles. Hitler se había pegado un tiro en su búnker, había caído la bomba de Hiroshima y se anunciaban los juicios de Nüremberg. Pero Mira sólo tenía una preocupación: Teo. Ganarse al niño, y protegerlo de todo mal; protegerlo, por ejemplo, de la invasión rusa.
“Tenemos que irnos de aquí”, le dijo a Edek. No poseían papeles; ni siquiera un acta de nacimiento, y escapar de Polonia significaba contradecir la voluntad del régimen soviético. Vivieron un sinfín de peripecias, se instalaron un tiempo en Francfort, Mira quedó embarazada y dio a luz a una niña, y Edek consiguió trabajo y en Francia desarrolló negocios textiles.
Cada vez que Mira, para mantener viva la imagen de su hermana muerta, le hablaba a Teo de ella, el niño sufría y cambiaba de tema. Así que Mira y Edek evitaron el asunto. Un amigo le propuso a Edek una aventura: ser su socio en una fábrica textil ubicada en un país ignoto. Ese país era la Argentina.
Hubo que fraguar pasaportes para viajar a esa nación pujante que dirigían unos militares nacionalistas. El hombre fuerte del régimen se llamaba Juan Domingo Perón y sólo le había declarado la guerra a Alemania cuando ésta ya se estaba desbarrancando.
Ocultaron la condición de judíos para conseguir la visa argentina. Un judío convertido en cura católico les consiguió un certificado falso. Y dos amigos aseguraron bajo juramento que eran marido y mujer, y que Teo y la niña eran sus hijos. Sacar de Europa a un sobrino era otra complicación. Teo se había adaptado completamente a ellos, funcionaba como un hijo más, pero seguía reaccionando con llantos y mutismo cuando Edek o Mira le hablaban de sus verdaderos padres. Entonces, ella le dijo: “Si alguna vez querés saber quiénes fueron tus verdaderos padres y qué les pasó, no tenés más que preguntar”. Y agregó: “Si vos no me preguntás, yo nunca más voy a hablar de esto”. Ese pacto de silencio entre los tres duró más de cincuenta años.
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Llegaron a Buenos Aires en 1952 y descubrieron que era una sociedad abierta, formada de inmigrantes, y que a nadie le preocupaba si eran españoles, italianos o sefardíes.
Rememoraron el miedo el día en que los aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo, pero la vida en la Argentina les resultó benigna. Prosperaron, y mucho. Para absolutamente todos, amigos y familiares, Teo era el hijo de Mira y Edek. Cuando el chico salió del secundario, quiso estudiar ingeniería textil y pidió hacer la carrera en Canadá. La hizo y volvió. Y se casó con una católica. Y aunque Mira y Edek viajaron por negocios y placer muchas veces a Europa, nunca se atrevieron a volver a Varsovia.
Hasta que ya ancianos, en 1987, padres e hijos compartieron esa travesía al pasado. La ciudad estaba totalmente cambiada, pero fue un reencuentro conmovedor. El último viaje fue en 1995, con sus nietos. “Acá estamos, Polonia: sobrevivimos”, dijo Mira. Una tarde descendieron a las cloacas por las que habían escapado. Esas alcantarillas ya eran un monumento a la memoria.
El gran secreto de Teo ya no era tan secreto. Los hijos y nietos lo sabían: se lo habían comunicado unos a otros en murmullos, pero con la prohibición total de hablar con los viejos.
A los nietos no les cerraban las historias vagas de Mira y Edek acerca de aquellos días del Holocausto, y cada uno tenía una composición de lugar. Pero sólo cuando Edek murió, hace cuatro años, Mira decidió quebrantar con permiso de Teo aquel pacto.
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Ahora están todos en este living, donde me ofrecen un té con dulces manjares. Mira es una mujer de 86 años que está vestida y peinada para la foto. Sus hijos y sus nietos la rodean e intervienen en la conversación. Teo derrama lágrimas. Quiere que se conozca esta historia. Asoció a un escritor profesional, que, además, es amigo de la familia, para que escriba un libro. Le anticipo que será un libro maravilloso y también una buena película.
Percibo que Teo quiere lo mismo que Mira: terminar de algún modo con la clandestinidad. Son judíos que no han sido educados en el odio, pero sí en el silencio del perseguido.
Teo me cuenta que vivió y estudió en Canadá como católico para no tener problemas, y que sólo hace unos años, cuando se reencontró con sus viejos compañeros y comprobó que ese país se había modernizado y vuelto mucho más tolerante, les dijo al fin la verdad. Iba a misa y a retiros espirituales; cumplía los ritos católicos para sobrevivir. Y tardó años en entender que tenía derechos.
Me avergüenzan las sociedades que consienten la intolerancia. También me impactan los héroes que han sobrevivido a la maldad absoluta. Le doy un abrazo a Teo y beso a Mira. Le digo a ella que es un honor conocerla. Y veo algo extraño en el fondo de sus ojos. Veo la sombra de Edek, el hombre que la amó en el infierno, y más allá diviso la nieve, la sangre, los gritos, las risas, las esperanzas y el muro derribado para siempre del gueto de Varsovia.

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