jueves, 9 de agosto de 2018

LUIS ALBERTO ROMERO DE UNA SERIE DE CHARLAS EN EL CLUB DEL PROGRESO


Gran Bretaña, un socio controvertido
Denunciada por unos y reivindicada por otros, la intervención inglesa tuvo un papel clave en la transformación que vivió el país a fines del siglo XIX
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Luis Alberto Romero 

El ferrocarril, un símbolo de lo inglés en la Argentina
"Los ingleses son todos piratas". Aunque absurda, la frase sintetiza un sentimiento y una idea de nuestro pasado ampliamente arraigados. Se cree que, de un modo u otro, Gran Bretaña siempre nos ha perjudicado. La invasión de 1806, la apropiación de las Malvinas en 1833, el bloqueo de 1845, la injerencia en la Guerra del Paraguay habrían sido los jalones de ese designio.
Ninguno de estos episodios fue tan decisivo como la participación británica en la gran transformación de la Argentina de fines del siglo XIX. Los críticos han señalado el carácter deformado de aquel crecimiento y el enorme beneficio obtenido por Gran Bretaña, la que logró mantenerlo luego de 1930, cuando la crisis acabó con la prosperidad. Por entonces comenzó a popularizarse la idea del "imperialismo" británico, difundida por el revisionismo histórico.
El nacionalismo antibritánico está en el núcleo de una tradición ideológica amplia y diversificada que llega a nuestros días y que puede asociar componentes tan dispares como el tradicionalismo católico y el moderno populismo. Es una cuestión que vale la pena tratar de desentrañar. Ese fue el propósito de la conversación que, en el ciclo del Club del Progreso, mantuvieron dos calificados historiadores: Roberto Cortés Conde y Eduardo Zimmermann.
¿Gran Bretaña explotó al país en esas décadas de expansión? ¿La perjudicó de algún modo? Cortés Conde lo niega enfáticamente. Fue un acuerdo de conveniencia mutua, asegura, en un contexto mundial que por entonces premiaba la especialización y las ventajas comparativas, aprovechadas por ambas partes "con habilidad y sabiduría".
Europa demandaba cereales y carne. La tierra apta disponible y la mano de obra inmigrante que la puso en producción fueron dos factores fundamentales. Cortés Conde pone el acento en el tercero: el capital, inexistente en el país y provenientes de inversiones británicas. Los ferrocarriles permitieron acercar, a bajo costo, los granos a los puertos. El trazado -el tan criticado "embudo"- fue el único razonablemente posible. La inversión necesaria era muy grande, de lenta maduración y de rendimiento incierto, lo que explica las ventajas adicionales que se concedieron.
Es cierto que hubo mucha corrupción y despilfarro, sobre todo por parte de los bancos de inversión, como Baring. Pero nada muy distinto de los "barones ladrones" de Estados Unidos o de la estafa de la Compañía del canal de Panamá en Francia.
Los resultados fueron espectaculares. La Argentina se convirtió en uno de los grandes exportadores agropecuarios, y una nueva y pujante sociedad se formó en la "pampa gringa" y en las ciudades, estimulando también la industria. Fue una asociación mutuamente conveniente: los inversores británicos ganaron mucho, pero el mayor beneficio fue para los argentinos.
Pese a estos logros evidentes, ya en la época de bonanza comenzaron a manifestarse críticas a la asociación con Gran Bretaña. Zimmermann mostró que no faltaron quienes cuestionaron su influencia económica, y sobre todo la cultural. El diario la nacion, de posición liberal, reclamó en 1906 la nacionalización de las empresas de servicios públicos y la exclusión del capital extranjero, para acabar con una "dependencia económica tal que ni aún los asuntos internos podemos dirimir por nosotros mismos". José Luis Cantilo criticó la pretendida superioridad cultural de los "anglosajones". El católico Manuel Gálvez la emprendió con los misioneros protestantes y propuso expulsarlos del país, y así erradicar el "cosmopolitismo".
Contradicciones
En este nacionalismo tradicionalista, hispanista y católico, Zimmermann encuentra una precoz reacción contra el proceso de movilidad de la sociedad aluvial, la creciente presencia de los inmigrantes en las pujantes actividades comerciales y la postergación de los "argentinos viejos". La crisis de 1929 aportó nuevos motivos de decepción, y desde entonces toda la experiencia de la asociación con Inglaterra fue considerada un gran fracaso.
En La Argentina y el imperialismo británico, un libro de enorme influencia publicado en 1934, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta reprocharon a los ingleses no solo su papel en la economía sino, sobre todo, su pretensión de eliminar las "influencias ancestrales" hispanas. Pero el principal responsable no fueron ellos, sino la "oligarquía argentina", una élite que, obnubilada por el cosmopolitismo, no supo desempeñar su papel dirigente. Los grandes responsables de su extravío fueron Rivadavia y sobre todo Sarmiento, que ya era la bête noire del hispanismo católico.
Un buen ejemplo de servilismo ante los ingleses lo habría dado Julio A. Roca (h), que encabezó la misión a Londres y gestionó el Tratado Roca Runciman, calificado por otra pluma fértil, Arturo Jauretche, como el "estatuto legal del coloniaje". La crítica al Tratado, y posteriormente el demoledor balance que Raúl Scalabrini Ortiz hizo en 1940 sobre los ferrocarriles británicos, fueron los pilares de la nueva idea de un imperialismo británico responsable de todos los males argentinos, que otros desarrollaron en clave antiimperialista y hasta leninista. Hoy está instalada en el sentido común. También lo está la convicción de que en 1948, al nacionalizar los ferrocarriles, Perón habría desanudado esos lazos, fundando la soberanía económica.
Para Cortés Conde estas interpretaciones, como otras similares, se basan en verdades a medias, tergiversaciones y simplificaciones, y en el desconocimiento de la complejidad de estas cuestiones.
Los críticos del tratado Roca Runciman, que ponen el acento en los intereses de la "oligarquía vacuna", ignoran el aspecto principal del problema. Desde 1929, con el fin de la convertibilidad, fue imposible para las empresas británicas enviar a Londres sus ganancias en libras. Los "pesos congelados" eran un problema tanto para las empresas como para el país. En 1933, Roca (h) logró que un consorcio bancario inglés comprara la deuda en pesos y emitiera, bajo su responsabilidad, títulos de deuda en libras. Quid pro quo: a cambio de esto, las empresas británicas obtuvieron ventajas arancelarias y cambiarias. Según The Economist, colocar en Londres deuda en pesos argentinos fue algo "extraordinario". También lo sería hoy.
Cortés Conde también corrige la versión corriente sobre la nacionalización de los ferrocarriles. Desde 1920, el negocio ferroviario comenzó su declinación, debido a la competencia de las rutas y los camiones. En el largo plazo, no había sido un buen negocio, y las empresas comenzaron a gestionar su venta al Estado. Las cosas se precipitaron al fin de la Segunda Guerra Mundial, pues Gran Bretaña estaba endeudada con sus proveedores -las "libras congeladas- y quebrada. Ofreció a los países acreedores cambiar su deuda por activos, como los ferrocarriles, con éxito variable. En la Argentina, cuando Perón los compró, obtuvieron el mejor resultado posible, que celebraron con alborozo. "¡Lo logramos!", telegrafió la embajada a Londres.
De modo que el denostado "Estatuto del coloniaje" quizá fue un éxito nacional, y la nacionalización ferroviaria, un pésimo negocio para el país. "Las cosas no siempre son lo que parecen", concluyó el moderador, Eduardo Lazzari, resumiendo así el propósito del ciclo "Temas polémicos de la historia argentina".

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