jueves, 27 de septiembre de 2018

LA OPINIÓN DE MIGUEL ESPECHE,


MIGUEL ESPECHE

La "zona de confort" pareciera ser la peor zona del mundo. Nadie la quiere. Todos la desmerecen y descalifican, destacan que nada bueno puede surgir de la comodidad, de la quietud, de ese estar sosegado y sereno que parece no producir nada, salvo vagancia, mediocridad, dejadez.
"Si estás confortable algo anda mal", pareciera ser el mensaje de quienes son dados a moverse y agitarse, atravesar límites, rutinas, paradigmas y tradiciones, aunque no siempre queda claro para qué. El mandato es siempre el mismo: "Hay que salir de la zona de confort", esa zona maldita.
No a la siesta, no al sillón mullido, no a aquellas creencias que siempre nos han acompañado y hoy aparecen como sospechosas. Todo pareciera apuntar a que, lejos de lo conocido, las nuevas ideas, por el solo hecho de ser nuevas y romper paradigmas, nos llevarán a territorios desconocidos y, se supone, mejores.
Sin que nos demos cuenta, de repente una nueva culpa se suma a todas las que acuñamos en nuestro nuevo catecismo moderno y liberado: la culpa de estar cómodos, quietos, aquerenciados en un territorio en el cual la novedad y cierta idea de progreso no son tan importantes, y en donde los paradigmas más o menos funcionan bien, por lo cual no hay que esforzarse tanto en romperlos porque sí.
Respetar la zona de confort, no desmerecerla en automático, implica riesgos. Suele ocurrir que aquel que la elogia sea acribillado con adjetivos nada amables y de variado tenor, tras un juicio sumarísimo en el que no habrá misericordia. Vagancia, conformismo, mediocridad. Palabras de ese calibre rodean a quien se digne a defender la zona maldita.
Como si la vida no tuviera ya bastantes inconvenientes y desafíos, hay una suerte de confabulación cósmica contra las pocas zonas de confort que podemos habitar. Gracias a esa campaña los ansiolíticos se venden como caramelos, la precarización anímica está a la orden del día y ni los intrépidos militantes anticonfort pueden darse por satisfechos, ya que, gracias a esa militancia, estar bien los ubicaría, justamente, al borde de sentirse cómodos con sus logros: lo peor que les podría pasar.
Es verdad que hay gente rígida, mediocre, opaca y dada a consignas vacías a las que confunde con ideas y pensamientos de verdad. Gente que juega a no perder, que se asusta con lo nuevo y, lo peor, sucumbe ante ese susto, mientras genera rituales que, más que confortables, son angustiosos. ¿Es adjudicable al confort ese tipo de actitud que tiende a cortar alas propias y ajenas, achancharse o embrutecerse de manera metódica, con una constante negación a abrir juegos con vitalidad renovada?
La respuesta es no. Esa gente no está cómoda, está refugiada, atemorizada, rigidizada, entontecida, aniñada. Todo menos confortable. Sin embargo, se le echa la culpa al pobre confort que poco tiene que ver con el asunto. De hecho, las condiciones de confort (físico, mental, espiritual, afectivo, etc.) son parte de aquello que puede generar ideas y reflexiones que luego nutren la vida comunitaria, como el escritor que se sienta a escribir en condiciones de confortabilidad, o aquel que, gracias a una rutina, puede derivar energía a la contemplación que luego se torna creativa o simplemente gozosa.
Alabada sea, entonces, la zona de confort y que reine la prudencia a la hora de atacarla. Cuando Fito Páez decía en su canción, "Hablo de cambiar esta nuestra casa/ de cambiarla por cambiar nomás" quizás podría sumar algunas razones para hacerlo o, por lo menos, rendirle gratitud por los servicios prestados a aquella casa que lo cobijó hasta el momento de tomar la decisión de la remodelación o mudanza.
En los hechos, los seres de este mundo buscan ese equilibrio al que llamamos confort y recién se movilizan cuando ese lugar confortable deja de serlo y se torna incómodo. Tal el caso de la primera zona de confort del ser humano: el útero materno. Cálido, plácido, protegido... hasta que no lo es más. En realidad, el alumbramiento se produce cuando el lugar en el que el chico flota deja de ser un espacio de cobijo para pasar a ser un monoambiente apretado del que hay que salir para sobrevivir.
Por eso podemos pensar a la zona de confort como un lugar bueno, sano, gozoso, en el que podemos estar mientras sea eso: confortable. Cuando no lo es más, se sale del lugar para ir hacia otro sin que haga falta hacer una liturgia exagerada al respecto.
La publicidad puede ejemplificar algo más la cuestión del injusto y a veces violento ataque a la zona de confort. Un comercial de televisión nos muestra a varios jóvenes sentados, tranquilos, con ánimo casero. De repente, aparece al ataque un astro del fútbol con un alimento supuestamente energizante y, a modo de Super Yo moderno, ofrece el producto para combatir la "pachorra", vista como la mala de la película. Quedarse en casa, tranquilos, confortables, es "pachorra" (vista como villana) y, en cambio, el andar agitado por la vida es un signo de inequívoca vitalidad.
Vale reflexionar acerca del nivel de exigencia artificial que subyace a esta manera de ver las cosas y los daños anímicos que vienen como resultado. Sirve también entender los efectos de la innegable culpa que sufren millones de personas por habitar la quietud un rato, y preguntarnos si, de manera enmascarada, no seguimos sometidos a ciertas inquisiciones, amables en sus formas, pero igualmente perniciosas .
El propio proceso de crecimiento puede generar crisis y nuevos paradigmas, pero eso no se logra a través de una cruzada anticonfort sino, por el contrario, a través del respeto a un ciclo natural que hace que, con el tiempo, lo que es confortable en un momento deja de serlo.
Se dirá que la defensa de lo confortable podría ser argumento para que aquellos vivillos dados a parasitar el esfuerzo ajeno logren una validación a sus conductas. Pero nada más lejos de ello.
Nuestra vida se ha plagado de lugares comunes que repetimos creyendo estar pensando. Uno de ellos es el planteo anticonfort que, así sostenido, nos transforma en gente ansiosa, incómoda, automática, que confunde el confort con la abulia y lo "anticonfort" como algo de por sí inteligente, valiente, evolucionado.
La zona de confort suele tener su tiempo y probablemente se asemeje a un tiempo de incubación. Si algo nos saca de ella, que sea la vida misma y no un mandato artificial, nervioso, que impida el sosiego y el sostén de lo conocido, en pos de un mandato falaz cuyo sentido, sospechamos, apunta a transformarnos en entidades eficaces en la producción de bienes y servicios, y no tanto en personas viviendo una vida sana y lo más plena posible, acorde a los genuinos e inexorables ciclos naturales que nos propone la existencia.
Psicólogo, especialista en vínculos

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