domingo, 6 de agosto de 2023

SALUD, TUBERCULOSIS, POBREZA Y CONTAGIOS


Salud: la tuberculosis aumenta entre los sectores más vulnerables del país
Los casos se incrementan desde 2014; la Capital y el conurbano concentran el 65,5% de los enfermos; pobreza, hacinamiento y mala alimentación, factores preponderantes
María AyusoLourdes Hidalgo alerta sobre el impacto de la tuberculosis en los talleres textiles irregulare
En enero, Jaqui empezó con los primeros síntomas: dolores fuertes en su costado izquierdo, debajo de las costillas. De a poco, se volvieron más frecuentes: cuando se agachaba, al reír, bostezar o levantar los brazos. A eso se sumaba una sensación de falta de aire y tos recurrente.
La mujer recorrió varias guardias sin tener una respuesta y finalmente consultó con un gastroenterólogo, que sospechó que su cuadro podría estar vinculado con algo pulmonar. Le indicó una tomografía con contraste y tres meses después le dieron el diagnóstico: tenía tuberculosis.
“Fue shockeante: nunca pensé que podía ser eso. Como mucha gente, al principio creía que era una enfermedad erradicada, pero nos tocó muy de cerca”, cuenta Jaqui, que tiene 49 años y vive en la villa 21-24 de Barracas. Uno de sus hijos, con quien convive, había tenido tuberculosis en 2020, a los 22 años, pero los estudios que ella se había hecho le habían dado siempre negativos. “El médico me explicó que si uno tiene contacto con la bacteria, puede quedarse como ‘dormida’ y activarse cuando le bajan las defensas”, cuenta Jaqui, que comparte una casa con dos de sus tres hijos y una nieta.
Al contrario de lo que creen muchas personas, la tuberculosis está lejos de estar erradicada en nuestro país. Crece desde hace más de una década y se relaciona de forma directa con las condiciones materiales de vida y con la vulneración de derechos: vivir o trabajar en lugares hacinados, estar mal alimentado y tener un sistema inmune débil son factores que potencian las posibilidades de contagio. En otras palabras, pobreza y tuberculosis se encuentran muy relacionadas
“La Argentina es considerada un país de mediana a baja incidencia de la tuberculosis, pero los casos vienen aumentando. Está estrechamente ligada a las condiciones de hábitat. La infección se transmite por el aire: el hacinamiento y la mala ventilación, por ejemplo, favorecen muchísimo el contagio”, resume Domingo Palmero, director del Instituto Vaccarezza, centro de referencia de la tuberculosis de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de gran prestigio en el país. Comparte predio con el Hospital Muñiz, donde Palmero es jefe de Neumonología.
Según los últimos datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2021 hubo 11.884 casos de tuberculosis en el país, el número más alto desde 2004, cuando se registraron 12.079. Desde ese año hay un leve descenso hasta 2014, cuando la tendencia se revierte y empiezan a crecer los casos hasta hoy.
Los contagios notificados en 2021 representan una tasa nacional de 25,9 cada 100.000 habitantes (un alza del 15,3% en relación con 2020). Las personas que murieron por la enfermedad ese año fueron 734 (11% más que en 2020). Si se pone el foco en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, las tasas trepan a 36,8 y 37,3 cada 100.00 habitantes, respectivamente.
Distribución “irregular”
¿Cómo explica Palmero el crecimiento en los contagios? “Se relaciona con el aumento de la vulnerabilidad socioeconómica de la población, que genera dos cosas: un retardo en el diagnóstico y menor conciencia de la enfermedad. La población vulnerable tiene tantos problemas que la tuberculosis es uno más. Muchas veces consultan cuando la salud está muy deteriorada. Y cuando la consulta se retrasa, la enfermedad es más grave y el período de infecciosidad se prolonga”.
El médico agrega que la enfermedad “está distribuida de manera irregular”: el 65,5% se concentra en la Capital y el conurbano; el 13,5%, en Salta, Jujuy, Chaco y Formosa, y 21%, en el resto del país. Según un informe epidemiológico del Ministerio de Salud porteño de julio pasado, en 2022 los centros de salud de ese distrito atendieron 3355 casos: el 53% eran de la provincia de Buenos Aires y el 46% vivían en la Capital.
Los hospitales Muñiz y Piñero y el Instituto Vaccarezza recibieron la mayor cantidad de pacientes el año pasado: sumaron el 43% de los casos notificados. Coinciden en un mismo territorio, el sur porteño. Pero Palmero aclara que reciben personas “de todos lados”. “Poblaciones vulnerables hay en toda la ciudad”, añade.
Jaqui toma cuatro medicamentos diarios desde hace casi cuatro meses y hace vida normal. “En mi caso, la tuberculosis está alojada en la membrana pleural, que recubre el pulmón, y no contagio, si no tendría que estar aislada. El médico me dijo que no voy a contagiar a nadie”, cuenta la mujer, que trabaja como personal de limpieza en un sanatorio día por medio y como portera en un jardín de infantes de lunes a viernes.
“En el trabajo, mis jefes saben, pero al resto me da cosa contarlo. Tuve mis días de bajón, porque tenés miedo de que la gente se entere y te discrimine. Me costó mucho asumir el diagnóstico”, agrega. No sabe cómo fue que su hijo se contagió. En ese momento el joven estaba desocupado y, según su madre, “muchas veces por no cocinar tomaba mate cocido con galletitas”; piensa que eso puede haber incidido en una baja en sus defensas.
En la villa 21-24 los casos de tuberculosis son frecuentes. En la zona hay cuatro Centros de Salud y Acción Comunitaria (Cesac), que dependen del Hospital Penna, muy cercano al barrio. Juan Calvetti es médico y jefe del Cesac N°8: por mes reciben dos casos nuevos: “No todos los diagnósticos los hacemos nosotros, muchos los hacen en los hospitales Muñiz o Penna y nos avisan para hacer un relevamiento de la familia”.
Para Emiliano Muñoz, que es pediatra en ese Cesac y trabaja en el área de epidemiología del Penna, “la tuberculosis es la primera marcadora de desigualdad”. Desde el hospital, que tiene un área programática que abarca parte de las comunas 1, 4 ,5 ,7 y 8, realizaron un estudio entre enero de 2019 y abril de 2022 en el que registraron 306 casos, la mayoría entre 15 y 39 años.
“Si ahondás en las tasas de fallecimiento y de pérdida de seguimiento de los pacientes, la mayoría de esos casos se agrupan en torno al Cesac 10, que incluye constitución y parque Patricios y a los Cesac de la villa 21-24 y sus alrededores. Allí notás patrones vinculados con la desigualdad: problemas habitacionales, sociales y de consumo de sustancias”, resume. De las 26 personas que murieron durante ese período, hubo seis de las que no pudieron obtener datos, pero del resto se sabe que el 73% tenía vulnerabilidad habitacional y casi el 40% era VIH.
Para que una persona se contagie es necesario que haya un contacto prolongado (varias horas por día la mayor parte de los días) con alguien que tenga tuberculosis de tipo bacilífera, es decir que elimine la micobacteria a través de tos, estornudos y secreciones respiratorias. Y por otro lado, que haya una predisposición individual: las enfermedades inmunodepresoras influyen mucho. Palmero detalla que la patología tiene dos estadios: infección y enfermedad. “Podés estar infectado toda la vida y que no te pase nada. Pero, si disminuye tu nivel inmunológico, se puede activar: es una infección que se llama latente, está ahí esperando su oportunidad”.
En 2022, el 81% de los casos de tuberculosis en la Argentina fueron de localización pulmonar. Es el modo más frecuente de la enfermedad y contra el cual no protege la vacuna BCG, que evita solo las formas graves como la meningitis y osteomielitis. Al tener un tratamiento prolongado (de seis meses a dos años, dependiendo del caso), la adherencia no suele ser buena en los pacientes. A eso hay que sumarle otro problema: “Hay médicos, especialmente del sector privado, que al igual que mucha gente piensan que la tuberculosis no existe, que es una enfermedad rara o que no es importante”, subraya Palmero. Un paciente promedio puede llevar seis meses infectado antes de que lo diagnostiquen.
La Fundación La Alameda lleva años alertando sobre el impacto de la tuberculosis en los talleres textiles clandestinos. Las personas más vulnerables a caer en estas redes de explotación laboral son las migrantes. Lourdes Hidalgo, de 57 años, conoce bien esa realidad. Integra la Comisión por la Memoria y Justicia de los Obreros Textiles de Luis Viale. Trabajaba en Luis Viale 1269, en Caballito, donde hasta 2006 funcionó el taller ilegal en el que vivían y trabajaban 65 personas llegadas de Bolivia (más de la mitad, menores) en condiciones de explotación y hacinamiento. El 30 de marzo de
2006 un incendio mató a seis personas de entre 25 y 3 años.
Pasaron 17 años de la tragedia y Lourdes subraya que sigue invisibilizada la situación en las que están muchos trabajadores de la industria textil. “Hay una gran cantidad de gente que trabaja en negro, en condiciones terribles”, señala la mujer. “Varias veces me acerqué al Piñero y al Muñiz y me encontré con muchas personas de nuestra colectividad boliviana internadas por la enfermedad. Muchas trabajan en el rubro textil”, agrega
Cuando los sobrevivientes de la tragedia del taller de Viale fueron llevados al hospital tras el incendio, se supo que toda la familia de Wilfredo, de 15 años y una de las personas que murieron, tenía tuberculosis. “Eran de 16 a 18 horas diarias de trabajo. Comíamos sobre las máquinas, había un baño para las 65 personas y era un lugar en el que no entraba la luz: cuando se abría la puerta, salía humo como si fuese una panadería, mezclado con el polvillo de las máquinas”, reconstruye Lourdes.
Desde esa comisión piden expropiar el inmueble de la calle Viale y que se convierta en espacio de memoria. “Hubo cosas que mejoraron desde entonces, pero muchos talleres se fueron a provincia y hay gente que sigue trabajando expuesta a todo tipo de cosas”, se lamenta.
Según datos de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (Protex), de las 104 condenas de trata con fines de explotación laboral desde la sanción de dicha ley, 28 se produjeron en talleres textiles.
La Casa Masantonio es un dispositivo barrial que nació en 2016 junto a la villa 21-24, para brindar un acompañamiento integral a personas con tuberculosis y VIH, la mayoría consumidoras de paco y en situación de calle. Un equipo multidisciplinario los acompañan para que puedan sostener su tratamiento. Pero el fin es más ambicioso: ayudarlas a reinsertarse socialmente y a que recuperen el sentido de su vida.
Gustavo “Hermanito” Barreiro, uno de sus coordinadores, cuenta que la tuberculosis crece en la población consumidora de paco: “Son chicos que están mucho tiempo en la calle, mal abrigados y mal comidos. En una ranchadita si uno la tiene, se transmite fácilmente al resto, que está inmunodeprimido. La pandemia aceleró toda esa dinámica; los hospitales se abocaron al Covid y descuidaron el VIH y la tuberculosis”.
Parte del éxito de su abordaje consiste en que las mismas personas que atravesaron esas problemáticas y lograron salir se convierten en “acompañantes pares” de quienes las padecen hoy. En Masantonio trabajan en articulación con el Estado nacional y de la Capital, que los subsidia y les provee la medicación.
En la Casa Masantonio ya acompañaron a unas 400 personas con tuberculosis (70% en situación de calle), y la tasa de éxito de tratamiento fue superior al 90%. Fue el primer dispositivo de su tipo en el país, pero a la luz de su experiencia surgieron otros similares en la villa 1-11-14, en la villa 31 de Retiro, en Puerta de Hierro y San Petersburgo de La Matanza y en Pichanal, Salta. “Tiene que haber más lugares como este en todo el país”, concluye Barreiro.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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