domingo, 22 de octubre de 2023

DE NO CREER Y AL MARGEN


Expectativa mundial: revelo mi voto
Carlos M. Reymundo Roberts
Dicen que entre el 8 y el 10% de los electores deciden su voto a último momento; incluso en el ultísimo: cuando están en el cuarto oscuro. Hay gente con tantas dudas que se termina quedando en su casa. Yo aspiro a resolver la cuestión mientras escribo estas líneas. Por ahora, técnicamente soy un indeciso. Me temo que mañana aquel porcentaje puede crecer en forma exponencial: ¡hay muy buenos candidatos! Y no te digo nada las candidatas. Ojalá las góndolas de los supermercados, donde cada día faltan más cosas, estuviesen a la par de la oferta electoral. Los presidenciables nos están prometiendo dólares, orden, normalidad, trabajar menos horas; uno dice que su prioridad será encarrilar la economía, y como es el ministro de Economía, buenísimo, ya empezó el laburo.
Milei no solo promete dólares: en el cierre de campaña los estuvo repartiendo. Billetes de 100; falsos, sí, pero me parece atendible su explicación: tampoco valen nada los pesos que están circulando, emitidos alegremente por la casta “inútil y corrupta”. Entre esas dos monedas truchas, ¿con cuál te quedás?
Si tenés que cerrar la Reserva Federal (la mítica Fed) o nuestro Banco Central, ¿cuál elegís? Mi problema con la dolarización es que Chucky sigue diciendo que tiene cinco planes (y dos peces), y que todavía no se decidió por ninguno. Hasta se muestra abierto a recibir otras propuestas. Yo pensaba que a estas alturas tendría el tema resuelto, porque fue gracias a eso que la gente lo convirtió en león. Podría darse el caso, espantoso, de que llevara dos años en la presidencia y siguiera analizando planes. Javi, no dejes para mañana lo que puedes estudiar hoy.
Es cierto que son tiempos difíciles para ponerse a leer esos papers. Chucky está hasta las manos, con una agenda que le estalla. Él quería ser candidato y la gente quiere hacerlo presidente. Se presentó como lo nuevo, y cumplió: Barrionuevo. El líder gastronómico por un lado lo ayuda –fiscalización, movilización, monetización– y por otro lo complica. Gastronómicos llevados en decenas de bondis al acto de cierre en el Movistar Arena se fueron del estadio gritando, frente a las cámaras de TV, “¡aguante Massa!”. Es comprensible el despiste: hasta hace poco don Luis les pedía que militaran a Wadito de Pedro. Tampoco ayuda mucho Lilia Lemoine. La espontánea Lili, cosplayer (personas que juegan a ser otras personas) fue su novia, ahora es su amiga, su estilista y, wow, candidata a diputada nacional. También ella es parte de lo nuevo. No sé cuál de sus últimas declaraciones reproducir acá, por resultar básicamente irreproducibles. Siempre está el recurso de los puntos suspensivos. Enojada por los ecos de su proyecto de permitir que los hombres puedan renunciar a la paternidad, abordó a un movilero que estaba saliendo al aire: “Loco, defiéndanme, en las redes me están haciendo con... Y es reinjusto, bol… Igual, me chupa un hu...”. ¿Qué reflexión me merece esa frescura? Puntos suspensivos.
Con mucha seriedad, en cambio, el libertario Alberto Benegas Lynch (h.) llamó, también en el acto de cierre, a romper relaciones con el Vaticano, es decir, con el argentinísimo papa Jorge Bergoglio. Chucky tuvo que salir inmediatamente a negarlo. Su idea no es romper relaciones, sino, como diría mi abuela, mandarlo a freír churros.
Massita cerró su campaña en una fábrica de Pilar. Aprovecho para desmentir a las redes: no era una fábrica de disfraces; solo hacen máscaras. Lo central de su discurso fue la siguiente promesa: “Mi gobierno va a ser distinto de este”. Clarísimo: su gobierno va a tener buenos ministros de Economía.
El último pase de magia de Ventajita fue la movida con el precio de los boletos de tren. Las pantallas en las estaciones decían: “Tarifa trenes Massa: $56,23. Tarifa trenes Milei: $1100. Tarifa trenes Bullrich: $1100”. Tremendo escandalete. Se habló de “campaña del miedo”, pienso que por el miedo a tener como presidente a un tipo que es capaz de hacer eso. Los trenes de Milei no van a costar 1100 pesos, sino poco más de un dólar. En los trenes de Patricia no importará el precio, porque serán los más seguros del mundo. De los trenes de Massita no se va a saber si están yendo o viniendo.
En las últimas semanas, a Pato se la vio renovada, convincente. Sirva como ejemplo la fiereza con la que desmintió la veracidad de esos audios tan comprometedores para Melconian: “Fueron hechos con inteligencia artificial”. La mejor defensa de Pato se vio en la mesaza de Mirtha, cuando le ordenó a Melco, que se enredaba en explicaciones: “Cambiá de tema”. Si mañana le gana a Massita, será Gardel, y si pierde, será culpa de la inteligencia artificial.
¿Schiaretti? El mejor candidato. Para Córdoba. ¿Bregman? Un primor, hasta que, también cosplayer, se revistió de terrorista de Hamas.
Bueno, ya estoy decidido. Voy por Milei. Me encanta votar, y con Chucky presidente acaso tengamos que volver a votar pronto
La última magia de Massita fue lanzar la “campaña del miedo”; ganó: da miedo que llegue a ser presidente

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Entre el desencanto, la bronca y la esperanza
Héctor M. Guyot
Voté por primera vez en 1983. Acaso porque la Argentina recuperaba la democracia tras la dictadura, o porque tenía 20 años, la emoción que sentí durante aquellos días de octubre me marcó para siempre. Mi voto sería una gota en el mar, pero parte de él. Después, a lo largo de los años, ese sentimiento volvió a mí en cada una de las elecciones, quizá no con la pureza de la primera vez, pero sí con fuerza suficiente como para vivir cada votación como una ceremonia laica que nos hacía mejores. Siempre fui a votar con alegría. Creo que nunca abandoné del todo la ilusión ingenua, nacida en el 83, acerca de los poderes terapéuticos de la democracia. Pero esta vez es distinto. Cuarenta años después, la sensación es que hay que volver a empezar. Peor, hay que recuperar el terreno perdido durante todo este tiempo. Con el riesgo cierto, además, de caer en el abismo y de sumar a las pérdidas aquello que hace cuatro décadas recuperamos con tanto sacrificio. Por eso esta vez el sentimiento es otro. También es otro el país, estancado en la pobreza, la anomia y la falta de rumbo. Y es otra, por supuesto, la sociedad.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad capaz de tropezar una y mil veces con la misma piedra. No está escrito que ahora lo volverá a hacer una vez más, pero los antecedentes no están de su lado. Es una sociedad que vive el presente sin comprenderlo del todo, acaso porque se ha acostumbrado a darle la espalda a la realidad, y que por eso no aprendió a sacar rédito de la experiencia vivida. Esa falta de pasado se ve agravada en estos tiempos por la instantaneidad de la vida digital, que impone un presente perpetuo, vertiginoso, que no deja huella. Todo es fugaz, efímero, y hasta los escándalos más abyectos pasan como si nada tras haber llenado algunas horas de indignación en las pantallas y los medios. Sin memoria, vamos perdidos. Prevalecen los impunes y los cínicos. La constante ebullición de las redes sociales nos impide establecer causas y consecuencias entre los hechos para crear sentido. No sabemos de dónde venimos ni tampoco hacia dónde vamos. Somos carne de cañón de los embaucadores seriales y los megalómanos.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad en la que “cantidad” mató a “calidad”. La disputa electoral se dirime en las redes, donde lo que cuenta es el número de clics y de seguidores que se obtiene haciendo o diciendo lo que haga falta, incluso cosas que tiempo atrás habrían provocado vergüenza. Ya no importa el contenido de una propuesta, la lucidez de una visión, sino el golpe de efecto capaz de concitar la atención epidérmica de una platea que busca emociones fuertes. Estimular el odio es negocio. La política quedó en manos de gurúes que, con la complicidad de los algoritmos, y para encumbrar a un candidato, multiplican un resentimiento que cancela la posibilidad de diálogo. A su manera, los medios tradicionales también participan de la carrera desesperada por el rating y se suben a la onda expansiva del fanatismo irracional de modo muchas veces irresponsable.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad donde la verdad y la mentira se han igualado. El divorcio del discurso con las cosas, favorecido por el ecosistema mediático enloquecido en el que vivimos, ha tornado seductor el verso de los vendedores de humo. Ya no importa la correspondencia de la palabra con la realidad, sino la eficacia de lo que se dice para obtener lo que se desea. El costo de vivir en la mentira durante estos años hoy nos pasa factura.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad alienada que no es capaz de reconocer cuáles son las causas de una pobreza que llegó a límites inadmisibles en un país como el nuestro, y que en el fondo obedece a un deterioro cultural que los conocidos de siempre alimentan y aprovechan para seguir adelante con un latrocinio que, naturalmente, provoca el vacío del otro lado.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad castigada que, después de haber comprado un espejismo al que todavía muchos se aferran, siente el deterioro y el daño en carne propia, en un día a día en el que intenta sobrevivir a pesar de todo, aunque sin horizonte a la vista. Una sociedad ofuscada, incluso contra sí misma, que hoy descree de la democracia al identificar lo que es un mero sistema, el menos malo de todos, con aquellos protagonistas o usurpadores que cuando lo encarnan traicionan su verdadera esencia. Además de desencanto, hay en ella una carga de bronca que sintoniza con pulsiones autoritarias y afanes destructivos.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad que sigue en pie, que se ha levantado mil veces tras cada tropiezo, y que muchas veces ha abierto los ojos y ha reaccionado con lucidez ante la adversidad. Una sociedad que cuarenta años atrás supo volver a la democracia sin divisiones malsanas y canceló sabiamente al pirómano que confundió al adversario con el enemigo y lo envolvió en llamas. Muchas cosas han cambiado en cuatro décadas. Ya lo dijimos: otro país, otra sociedad. Pero quizá haya otras cosas que permanecen. Mañana sabremos en qué medida.
Mañana vota y elige gobierno una sociedad capaz de tropezar una y mil veces con la misma piedra, aunque no está escrito que ahora lo volverá a hacer una vez más

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