lunes, 22 de enero de 2024

El Palacio Alcorta y su “estadio olímpico”


El Palacio Alcorta y su “estadio olímpico”

En Palermo, fue construido para una concesionaria de autos y tuvo en su terraza una pista circular para probar los vehículos
Malú Pandolfo —En los años 20, el proyecto de Mario Palanti rompió todos los moldes respecto de la edificación que se veía en Buenos Aires


Sí, una pista de autos en la terraza de un palacio. ¿Por qué no, si había faros en la cima de edificios y hasta un molino en lo alto de una confitería? En el centenario de la patria todo parecía posible en una ciudad que hasta entonces había tenido el monopolio del estilo Beaux Arts francés. Pero una generación de arquitectos italianos llegó en un momento de prosperidad, con ideas renovadoras y técnicas novedosas y, así, el paisaje urbano cambiaría.
En la década del 20 –entre 1926 y 1928– se levantó, en Figueroa Alcorta entre San Martín de Tours y Ortiz de Ocampo, ocupando toda una manzana, el Palacio Chrysler, hoy conocido como Palacio Alcorta. Contemporáneo de otros íconos de la ciudad, como el Palacio Estrugamou, el Palacio de los Patos y la casa de Victoria Ocampo, en Barrio Parque, donde en 1931 fundó la revista Sur, se erigió en un Palermo que poco tenía que ver con el aspecto que tiene hoy.
Después de haber funcionado como concesionaria de la marca de autos norteamericana, primero de Resta Hnos. y, a partir de 1931, de Fevre y Basset, el edificio fue ocupado por el Ejército Argentino y, más tarde, por el Registro Nacional de Armas. Finalmente, fue rematado en subasta pública en 1994. Entonces se llamó a concurso para su remodelación a edificio de viviendas. El estudio elegido fue MSGSSS (Manteola Sánchez Gómez Santos Solsona Salaverry). “Fue condición de la venta cumplir unas normas para su desarrollo: había que mantener la volumetría y la fachada”, revela Flora Manteola, una de las arquitectas a cargo del estudio responsable de la transformación en viviendas. La profesional destaca la fuerte presencia urbana del volumen del edificio. “Además, es muy notable su fachada, que está alejada de un uso industrial. Esta es una característica de muchos edificios de servicio, por ejemplo, edificios de estacionamiento con estudiadas fachadas que se implantan en la ciudad, como si tuvieran cierto pudor de mostrar su esencia industrial”, agrega. A partir de entonces, el Palacio Chrysler pasó a llamarse Palacio Alcorta.
Pero, para tomar dimensión del impacto del Palacio Chrysler en el momento de su creación, hay que hacer un fuerte trabajo de imaginación. El paisaje urbano poco tenía que ver con el actual. En un barrio dominado por mansardas y piedra París, el hormigón armado desembarcó de la mano de Mario Palanti, el mismo autor del Palacio Barolo, el Palacio Salvo de Montevideo y el edificio Roccatagliata, en la esquina de Santa Fe y Callao. El arquitecto italiano fue también responsable de la Casa Redonda, erigida en 1922, por encargo de la familia Fevre, representante de Chrysler en el país, justo en la esquina de enfrente de lo que sería en los años 90 el Museo Renault.
No es casual la ubicación elegida para la venta de autos Chrysler. Para Valeria Gruschetsky, doctora en historia e investigadora del Conicet, instalar una concesionaria sobre la avenida Figueroa Alcorta en la década del 20 tenía que ver con el público al que apuntaba, proveniente del sector social más acomodado. Sobre todo, si se tiene en cuenta que los autos que se ofre
cían allí no eran masivos. “Chrysler no era ni la General Motors ni Ford, las dos grandes empresas, más masivas. Chrysler seguía la lógica de las marcas europeas, que eran más para sectores de la élite”, señala. Hay que tener en cuenta que en la década del 20, la Argentina tenía mucha cantidad de automóviles en comparación con el resto de los países latinoamericanos. El parque automotor de entonces era comparable al de países europeos, como Francia o Inglaterra. “El dato estadístico es un automóvil cada veintiséis habitantes que estaban concentrados en las ciudades”, detalla la investigadora.
Establecer allí una concesionaria de autos implicaba, además, una desarrollada visión de futuro. Zona de grandes casas de estilo francés, faltaba un tiempo para que asomaran los edificios de vivienda. “Desde el Centenario empezó el impulso hacia el norte, hacia esa parte más linda de la ciudad, donde se estaba instalando la élite. Y la potencialidad de futuro que tenía el auto en ese momento es insoslayable”, destaca Gruschetsky. Justamente los festejos del Centenario le dieron un impulso importante a la ciudad. Estos se desarrollaron, entre diferentes puntos, a lo largo de la avenida Alvear, hoy Av. del Libertador. En ese entonces comenzó a crecer la zona. “La ciudad, en un primer momento, creció desde Plaza de Mayo hacia el sur. Pero tras la epidemia de la fiebre amarilla y el proceso del primer momento de modernización, hacia la década de 1880, con las obras de Torcuato de Alvear, la élite que se estaba conformando se movió hacia el norte. Ese primer norte adonde se va es el de la Plaza San Martín”, explica la historiadora. De a poco, ese espacio se extendió hacia Palermo, una zona que era considerada las afueras de la ciudad.
En 1928, cuando se inauguró el Palacio Chrysler, Bustillo estaba levantando el Palacio Tornquist –actual embajada de Bélgica–, de estilo Beaux Arts. En Palermo también se iban ubicando las estatuas y monumentos que habían sido obsequiados al país por distintas comunidades con motivo de los festejos del Centenario, en los parques. “Es un proceso que partió del Centenario y después se fue asentando. En la zona norte encontramos palacios urbanos, que tenían que ver con prácticas que eran de cascos de estancia”, reflexiona Gruschetsky. En ese corredor, en un principio estaban las viviendas habitadas por una sola generación de familias. “Las nuevas generaciones no querían vivir con esa idea de familia ampliada. Ser más moderno quería decir vivir en un edificio y usar un automóvil. Los sectores altos trajeron las ideas de Europa”, añade.
Innovación y visión de futuro
En los años 20, el proyecto de Mario Palanti rompió todos los moldes respecto de la edificación que se veía en Buenos Aires. Fernando Carral es el arquitecto que llevó a cabo la restauración del faro del Palacio Barolo y conoce cada detalle de la vida de su autor. “Palanti era un creativo con una visión e imaginación únicas para hacer edificios”, afirma. Había estudiado en la escuela de arte de la Academia de Brera, en Milán, y más tarde “hizo la tecnológica de arquitectura”, añade Carral. De allí, la visión integral del arquitecto que era, además, un acabado artista. Su estilo, que no se inscribe dentro de los cánones en boga en sus días, es señalado como ecléctico. Y sus grandes obras son encargos hechos por empresarios a los que les estaba yendo muy bien. “Palanti, a diferencia de otros arquitectos italianos, como Colombo, rápidamente buscó a estos inmigrantes a los que les fue muy bien y que querían demostrar que les iba muy bien. Por eso esa extravagancia, en el caso del Palacio Chrysler, que era para una empresa que tenía la concesión de la marca de autos en la Argentina”, narra Gruschetsky.
El nombre de Mario Palanti, como autor de la obra, está fuera de discusión. “Según algunas fuentes, la concesionaria de Resta Hnos. fue realizada en coautoría con el arquitecto Oscar González. Según otras, es obra solo de Palanti”, detalla Virginia Bonicatto, arquitecta, docente en la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) e investigadora de Conicet. Esta construcción, así como otras de su autoría, contaron con una novedad de la época, sin la cual muchos de sus proyectos no podrían haberse llevado adelante: el hormigón armado. “Para el momento, la innovación que se realizaba con este material en el país era muy significativa. Era una técnica que Palanti conocía desde su formación en el norte de Italia y por haber trabajado con Prins y Ranzenhofer”, cuenta Bonicatto. En ese momento, al material le decían la piedra líquida y la primera obra en Sudamérica realizada en hormigón armado fueron los silos que se encuentran al final del Puente de la Mujer. Cuando Palanti edificó el Palacio Chrysler, ya tenía experiencia en el manejo del material, con el que había levantado el Barolo. En ese entonces, “buscó a la empresa constructora Wayss-freytag, que, hasta entonces, lo usaba para fines industriales”, señala Carral.
En el caso del Palacio Chrysler, la estructura en hormigón armado “admitía un gran salón de ventas de 80 metros de largo por 16 de ancho, con una gran losa sin columnas intermedias”, describe Bonicatto. Para evitar los movimientos térmicos de la masa de hormigón, la arquitecta señala que la obra se dividió en cinco secciones con juntas de dilatación. En cuanto a la célebre pista, la investigadora afirma que fue revestida con ladrillos prensados de máquina, sobre los que se colocó una capa asfáltica. La pista “contenía un parapeto de hormigón de seguridad en su perímetro”, describe.
Para rematar la obra, en uno de los laterales se construyó un restaurante con pérgolas, desde donde se podía observar los movimientos de los autos. “La instalación del conjunto se completó con el uso de instalaciones de montacargas y ascensores, calefacción central, servicio de incendio, telefonía y correo neumático”, enumera
En cuanto a su fachada, según Virginia Bonicatto, “está compuesta de manera tradicional”. Simétrica, cuenta con un frontis clásico en el medio. “Vemos elementos característicos del neorenacimiento italiano, junto a otros destinados a caracterizar al edificio, es decir, a indicar su función”, agrega. Estos elementos son una gorra con las antiparras del piloto, enmarcadas por dos haces lictorios, símbolos de la autoridad republicana en la antigua Roma. Estos “fueron adoptados como emblema por el fascismo y dispuestos por Palanti en un modo de relacionar el régimen con la modernidad”, afirma la estudiosa. Aún hoy se conserva la fachada original, tal como la recibió el estudio a cargo de la remodelación en los 90.
Modelos a seguir
Unos años antes de la construcción del Palacio Chrysler, en 1923, en Turín, la empresa Fiat había levantado un edificio revolucionario que fue durante años modelo en la industria. Se trata del Edificio Lingotto, donde se fabricaron los autos que, una vez listos, eran probados por un piloto de competición, en la pista de pruebas con superficie de hormigón, oval, con curvas peraltadas, que se encontraba en la terraza. Unos 80 modelos de autos fueron fabricados y probados allí y el edificio recibió elogios hasta del célebre arquitecto suizo Le Corbusier. “Una de las mejores imágenes de la industria”, exclamó. Sin dudas, entonces, el edificio Lingotto fue antecesor y fuente de inspiración del Chrysler.
“Pensemos que Palanti era de Milán y había estado allí poco antes de realizar la obra para Resta Hnos. El edificio de Resta tiene una planta octogonal –como si fuera un palacio renacentista–, salvo la fachada sobre Libertador, que se inclina siguiendo el ángulo de la avenida”, destaca Bonicatto. “Resulta evidente que Palanti conocía la fábrica Fiat en Lingotto, realizada por Mattè-trucco. Si bien la planta Fiat, de 2,4 kilómetros de largo, supera ampliamente en escala a la de Buenos Aires, la similitud es evidente”, asegura. El punto en común más obvio entre ambos edificios es la pista de autos ubicada en la terraza. Según Valeria Gruschetsky, Palanti reprodujo esa pista de pruebas de la fábrica Fiat construida en Turín entre 1919 y 1922. “Intenta imitarla en términos morfológicos. Pero tiene una raíz ecléctica y el edificio fue criticado por su decoración”, apunta la historiadora; “el resultado es una síntesis imposible”, entre la vanguardia, la técnica y la tradición. Justamente, la técnica –dice Gruschetsky– es lo que define que se trata de un edificio moderno.
En la década del 90, al momento de encarar la reforma, Flora Manteola asegura no haber encontrado allí una rampa para acceder a la pista, “salvo que se hubiera demolido anteriormente”, aclara, por lo que supone que los autos originalmente se subían hasta la terraza por medio de montacargas. A partir de la traza ovalada de la pista y la fuerte presencia arquitectónica del frente comenzó un cuidadoso trabajo, casi de cirujano, “que incluso significó construir un subsuelo de estacionamiento, que se hizo debajo del edificio existente, sosteniendo por tramos la estructura superior, un procedimiento poco habitual”, declara Manteola. A partir de la reforma, la terraza se transformó en un patio ovalado, que “tomó la huella de la pista de autos. Pero nada más. Constructivamente no tienen nada que ver; es solo una referencia”, agrega.
En general, el Palacio “no fue difícil de adaptar porque, realmente, fue pensado como un edificio civil y no como un edificio industrial”, concluye Flora Manteola. La arquitecta considera de suma importancia mantener este tipo de edificios emblemáticos de la ciudad. La razón principal es su valor en sí, al considerar que se trata de “una masa construida con cuidado, con visión urbana que, más allá de sus cualidades arquitectónicas, forma el paisaje urbano que los porteños reconocemos”.

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