Cuando hace unas semanas la atención mundial se centró sobre Colombia y el referendo sobre el acuerdo de paz entre el Estado y una guerrilla que inició sus pasos en la política y los terminó en el narcotráfico, tras dejar decenas de miles de víctimas a lo largo de casi medio siglo de guerra, una palabra se alzó en toda su potencia. Es una palabra de apenas dos letras, una brevedad que basta para generar agudos conflictos a la hora de pronunciarla. Si estos no son bien resueltos, pueden provocar remordimiento, resentimiento, culpa, duda, inquina. Sin embargo, el enunciado de esta pequeña palabra también puede traer alivio, claridad, certeza y tranquilidad.

La palabra es No. Por miedo, por conveniencia, por falta de práctica, por inhibiciones psíquicas, por imposición de mandatos, por malentendidos de la educación y por otras causas suele ser una de las más difíciles de articular. Cuando se la calla para evitar problemas se transforma en fuente de nuevas dificultades. Edward de Bono, psicólogo maltés pionero en las investigaciones sobre los mecanismos del pensamiento (a él se deben trabajos siempre vigentes, como El pensamiento lateral, Lógica fluida o Seis sombreros para pensar) considera, en El pensamiento práctico, que el No es el instrumento más poderoso del pensamiento humano.
Si bien señala potenciales efectos restrictivos, como la eliminación de alternativas o la inflexibilidad ante lo nuevo, su presencia y su uso es necesario por varios motivos. Acaso el más obvio sea que el No da más valor al Sí. Quien siempre asiente, acepta y otorga, termina por no discernir. El sí fácil puede deberse al deseo de agradar, a la necesidad de ser querido a cualquier precio, a no poder sostener argumentos, a evitar compromisos y hasta a la pereza mental. Cuando existe el No, el mismo Sí deja de ser un reflejo automático y aparece como resultado de una evaluación y como la toma de una decisión.
No habría forma de establecer límites sin la palabra No. Y los límites no sólo existen sino que son necesarios, y cuando se rebasan sobrevienen accidentes, graves desacuerdos, confusiones, dignidades arrasadas, intimidades invadidas y demás consecuencias. Hay quienes creen que decir No los convierte en egoístas. Sin embargo, ese vocablo a menudo protege a quien lo enuncia y también a quien lo recibe. Ocurre, por ejemplo, en el caso de la crianza y la educación. Se dice brevemente, pero no es breve el proceso que conduce a un No con cimientos firmes y fundamentados.
El No alcanza su poder cuando, lejos de ser un ejercicio de necedad, es el resultado de una evaluación, de una reflexión, de un proceso de autopercepción y auscultación, cuando para decirlo tenemos que hacernos preguntas, dialogar con nosotros mismos, con nuestras necesidades y posibilidades, cuando debemos repasar nuestros recursos y prioridades. El polifacético escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004) escribió: "Me propuse tratar de ponerme esos límites que una parte de mí estaba reclamando; de prestar atención a mis reclamos en lo que mis reclamos tienen de razonable y de justo (.) Límites. Duros. Precisos. Pero necesarios". ¿Cómo conocerlos y establecerlos sin el No?
A su vez, Ernesto Sabato veía en el ejercicio de la negación la posibilidad de nuevos horizontes: "Esa sagrada rebeldía, como la llamaba, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso." Quien aprende a decir que No con suavidad y firmeza, sin violencia y en el momento oportuno, contribuye a descontaminar los intoxicados aires de las relaciones humanas.
S. S.


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