domingo, 17 de junio de 2018

HABÍA UNA VEZ....


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Estoy caminando en la cinta cuando lo veo. Observado a unos quince metros de distancia, es un hombre alto, de espaldas anchas y piernas bien torneadas. Se sienta despaciosamente en la máquina de remo, idéntica a la que Frank Underwood utiliza en House of Cards. Sin apresuramientos, realiza una primera brazada a la que le sigue una pausa muy breve. Durante los cinco minutos siguientes, repetirá ese movimiento con una lentitud en apariencia innecesaria. A los costados, en el gimnasio espacioso envuelto en la síncopa persistente de la música disco, otros hombres y mujeres se prodigan en ejercicios aeróbicos, series de abdominales y trabajos de peso en distintas máquinas. Algunos de ellos se afanan en ritmos extenuantes o cargan pesos inverosímiles; las venas hinchadas en cuellos y brazos dan cuenta de ese denuedo. Acá y allá, mujeres muy bonitas de movimientos gráciles se entregan a las exigencias de las bicicletas de spinning o a cargar pesos algo más ligeros que les añadan a sus cuerpos elasticidad y tonicidad muscular.
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El hombre de la máquina de remo es distinto de todos los demás. Cuando abandona ese ejercicio, se pone de pie: tiene las muñecas quebradas y los puños son dos garras crispadas, fruto de alguna clase de parálisis cerebral o de disfunción neurológica que le provoca rigidez muscular. Camina con lentitud en un levísimo vaivén. Se tiende en una de las colchonetas no sin dificultad y comienza una serie de ejercicios abdominales. Después de dos o tres movimientos, se detiene. Se tiene la impresión de que acaba de escalar el Himalaya. Tras cada paréntesis, recuperados la energía y el aliento, vuelve a ascender la ladera escarpada.
Mientras camino sobre la cinta, cierro los ojos y viene a mi mente la imagen de Daniel Day Lewis en Mi pie izquierdo. Esa vieja película de Jim Sheridan cuenta la historia de Christy Brown, un escritor irlandés afectado por una parálisis cerebral que vivió postrado en una silla de ruedas desde el comienzo. Sólo podía mover su pie izquierdo. Estimulado por una asistente social que comenzó a prestarle libros y materiales de pintura, Brown desarrolló una técnica sofisticada que le permitió empezar a escribir textos de fuertes acentos autobiográficos. El primero de esos libros fue Mi pie izquierdo, al que le siguieron unas cuantas novelas. Todavía recuerdo el modo en que me conmovió cuando la vi por primera vez.
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Observo al hombre de la máquina de remo con un nudo en la garganta. Nada sé acerca de él, pero cada vez que se empeña en un nuevo movimiento, siento que es el mejor de todos nosotros. No me atrevo a acercarme, no sé si debido a la dificultad que suele inhibirme cada vez que estoy ante alguien diferente, o por temor a herirlo si le pregunto cuál es su historia. Me la cuenta una de las entrenadoras.
Desde hace algunos meses sigue un trabajo de recuperación después de que hace cuatro años un accidente automovilístico le provocó una catástrofe cerebral. Tiene una hemiplejía y dificultades para comunicarse. Debió someterse a varias intervenciones quirúrgicas, quedó postrado en una silla de ruedas y lentamente fue recuperando sus posibilidades motoras. Un coach lo busca en su casa, lo entrena durante una hora y lo lleva de regreso, dos o tres veces por semana. Cuando llegó tenía que hacer ejercicios de bicicleta. No tenía control sobre sí mismo, de modo que debían atarle los pies a los pedales con una correa. Ahora lo hace solo.
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Como consecuencia del desastre neurológico, tiene apenas recuerdos parciales del pasado. Es un hombre sin memoria. Quizá de tanto en tanto vengan a su mente malherida imágenes brumosas en las que no se reconoce a sí mismo: fragmentos vidriosos de una vida ajena, la vida de un hombre (otro hombre) que en ese tiempo antiguo soñó el futuro.
Reconoce a las personas sólo si las ve en situaciones idénticas. Cualquier desvío lo intranquiliza. Como suele ocurrir con los niños, necesita aferrarse a las rutinas, seguir hábitos precisos. Si su trabajo comienza con un ejercicio de piernas, debe suceder así siempre. Sin alteraciones. Vive ahora en el puro presente, un instante exiguo y fugaz. La memoria es muy breve. No hay dolores del pasado ni un porvenir que lo abrume. De pronto recuerdo la enseñanza de un maestro del budismo zen: vivir en el presente, sin las sombras del pasado ni el temor a las acechanzas del mañana. Me consuelo. Tontamente, me consuelo. Y me echo a llorar.

V. H. G.

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