domingo, 26 de enero de 2020

LOS PADRES MARCAMOS EL CAMINO


"Somos una sociedad que fabrica obesos", me dijo la nutricionista de mi hija


Una cosa es leer el dato de que 4 de cada 10 chicos argentinos tiene obesidad o sobrepeso. Y otra distinta es darte cuenta de que tu hija de diez años es uno de esos cuatro chicos. Uno sabe lo que significan esos kilos: más riesgo de diabetes, de enfermedades cardiovasculares, de depresión y de tener una autoimagen negativa. Pero en definitiva, el dilema es cómo ayudar a tu hijo a bajar de peso sin acercarlo a trastornos alimentarios ni estigmatizarlo con ideales de belleza poco reales.

El primer escollo con el que me encontré hace un par de meses, cuando decidimos buscar ayuda, fue encontrar un especialista que atendiera chicos. "No, el doctor no atiende niños", era la explicación que se reiteró en varios centros médicos. "No tenemos nutrición infantil", otra variante. Finalmente saqué un turno para mí y le expliqué el dilema a la nutricionista. "El problema es que los chicos no tienen que hacer dieta. Tienen que regular su alimentación para que al crecer y dejar de engordar se equilibre", me explicó. Algo similar me había dicho su pediatra. Los primeros indicios de un aumento de peso para preocuparse llegaron hace unos cinco años, cuando nació la hermana. Nada grave, me dijo el pediatra. Y me explicó eso mismo. A los chicos no se los pone a dieta. Hay que tratar de que hagan más actividad física, menos vida frente a las pantallas y que el crecimiento los equilibre.

"Traela en tres meses y vemos cómo evoluciona", me dijo. Pero los resultados no fueron muy distintos. Confinamos las galletitas, unas cuatro o cinco a los recreos del colegio. Sumamos productos descremados, pan integral casero, yogures y otras opciones. Los resultados no llegaron. Algo estábamos haciendo mal. Probablemente era aquello que a nosotros mismos nos mantenía con más kilos de los que queríamos
"Una tiene alma de flaca y a la otra le gusta comer"
Sumamos actividad física: empezó a hacer natación y patín dos veces por semana. Sacamos la bicicleta y nos íbamos todos a andar por Palermo. Pero el aumento de peso siguió muy de a poco, casi invisible, al tiempo que mi otra hija crecía en las marcas más bajas de los percentiles para su edad. A una, le pedíamos que comiera menos y a la otra, más. "Tiene alma de flaca", explicábamos cuando la más chica rechazaba la torta y las cosas dulces en los cumpleaños, pedía agua en vez de gaseosa y le sacaba el pan a los panchos. La más grande nos sonreía cuando le abríamos los ojos, mientras se terminaba la segunda porción de torta con todo placer. "Ella en cambio, disfruta comer. Y también le gusta cocinar", decíamos. Ya va a encontrar el punto en el que le moleste y decida ella sola bajar, pensábamos. Hasta que el año pasado el nuevo pediatra nos sugirió la consulta con un especialista.
Allí llegó el derrotero por conseguir quien atendiera niños. ¿Realmente los chicos no deben bajar de peso? Finalmente dimos con una nutricionista. El problema entonces fue comunicárselo a mi hija. Cuando le dijimos que íbamos a ver a una doctora que la iba a ayudar con el tema del peso lo tomó como una ofensa personal. Le explicamos que era más frecuente de lo que ella creía, que varias de sus compañeras de colegio probablemente tenían el mismo problema. Que no era una cuestión estética sino de salud.

Para no agravar las cosas, decidí no asistir yo a la consulta. Lo mandé al padre, para evitar la fricción que se desata entre nosotras cuando hablamos de estos temas. La nutricionista se sorprendió de que yo no estuviera. La alimentación y el cuidado de los hijos sigue siendo visto como algo que corresponde "exclusivamente a las mujeres". No creo que hubiera hecho la misma pregunta si era el padre el que faltaba a la consulta.
Una silla diminuta
No sé si fue la mejor decisión. Pero funcionó. Al principio, mi hija se enojó porque la llevamos. Me marido me mandó una foto de ella sentada en la sala de espera, en una sillita diminuta y con los brazos cruzados, en clara señal de piquete. Entraron a la consulta y ella casi no hablaba ni respondía a las preguntas que le hacía la nutricionista. Hasta llegó el llamado telefónico del padre para consultarme cuál era el último peso que había registrado el pediatra. La nueva marca lo superaba en casi cinco kilos. Habían pasado apenas un par de meses. Tenés sobrepeso, dijo la especialista sin rodeos. Ella se enojó más. Recién se relajó cuando le explicó los riesgos para la salud y cuando le dijo que lo que a ella le pasaba era una responsabilidad de toda la familia.

Después, le explicó que no esperaba que bajara de peso, sino que comiera sano. Que aprendiera cuál era la porción que le correspondía para su tamaño y la variedad de alimentos que tenía que incorporar. Le dibujó en un papel el plato, la hizo mirarse la mano y le explicó que ese era el tamaño de lo que tenía que comer: la palma iba a ser la carne, el pollo o la milanesa. Los dedos podía ser algo de arroz o fideos. Y la otra mitad del plato tenía que tener vegetales. "Si comés empanadas, son dos", dijo. Pizzas son dos. Las bebidas, sin azúcar. Las galletitas, en ocasiones y contando hasta cuatro. Le dijo que no le convenían la manteca ni el dulce de leche, que mejor eran dos tostadas con queso descremado y la mermelada light. La dejó desayunar chocolatada y le dijo que cada tanto, se podía comer un helado. Le preguntó qué verduras le gustaban, cuál era su fruta favorita, cómo le gustaba el yogur. Y después, antes de citarla para dentro de un mes y mandarle a hacer estudios, dijo que todo lo que había explicado era también para nosotros, la familia.
Cuestión de todos
Me sorprendió su cambio de actitud. En una cena en casa de los abuelos, como la gaseosa no era light, se levantó y se sirvió agua. Además, le dijo a la abuela que no iba a comer los fideos porque tenían manteca, y prefirió comer una milanesa de pollo con ensalada. En poco tiempo, los resultados estuvieron a la vista. La ropa le quedaba más cómoda y me dijo que se sentía contenta. Todos en casa cambiamos nuestra forma de comer. Claro que cuando llegaron las Fiestas hubo un retroceso, pero enseguida nos pusimos en campaña para retomar la buena senda.

"El gran problema que tienen los chicos son los padres", me explica sin rodeos la médica nutricionista y presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición, Mónica Katz. "Hoy la mayoría de los padres responden a dos modelos: los que están obsesionados con el ideal estético. Y los que son todo lo opuesto. No miden la comida, ni lo que se sirven. No comen sino que embuchan. Los padres balanceados son muy pocos. Y menos los que no tienen problemas genéticos de peso", agrega.
Los hijos no nos escuchan, dice Katz, nos miran. "El sobrepeso y la obesidad son un asunto de familia. No hay un chico con obesidad en una familia que hace las cosas más o menos bien", dice.
"La familia entera tiene que hacer cambios. No sirve que un chico haga dieta. Los chicos menores de 12 años comen lo que los padres ofrecen. Lo único que ellos deciden es la porción, es decir, cuánto comen de lo que les ofrecemos. El problema es que desde chicos nos acostumbramos a obligarlos a terminar el plato, adormeciéndoles su capacidad de sentir saciedad", dice.
"Somos una sociedad que fabrica obesos. Vivimos en un medio ambiente que favorece la obesidad. Y es mucho lo que como padres se puede hacer. Hacer dietar a los chicos es un error. Pero en cambio hay que hacer cambios en los que los padres se tienen que involucrar. Hay que mejorar el patrón de actividad física. Pasar como familia más tiempo juntos al aire libre. Y dentro de casa, apagar las pantallas. Cuando estamos lejos de la tele o el celular, nos movemos más. Hacer caminatas, jugar juntos, comer juntos.
 Compartir tiempo en la preparación de los alimentos", dice Virginia Busnelli, médica especialista en nutrición y directora médica del Centro Endocrinológico y Nutrición "Crenyf".
Pero no alcanza con la responsabilidad de los padres, dice. También es necesario, apunta, que el Estado y el sistema de Salud reconozcan la obesidad como una enfermedad y le den tratamiento. Y que las escuelas favorezcan conductas que prevengan el sedentarismo y el sobrepeso.

¿Qué tipo de padre o madre sos?
Katz explica que la Sociedad Británica de Nutrición hizo una clasificación binaria sobre el estilo educativo de los papás y cómo impacta en la nutrición. Las dos variables que midieron son grado de demanda hacia el chico y la respuesta emocional. El resultado fueron cuatro estilos de paternidad alimentaria:

El padre o madre democrático     
Pide y da mucho. Es muy buen negociador. Escucha y equilibra. Si pone una regla se sostiene. El "no" no se afloja. "Y esa es la mejor manera de evitar las anorexias y los desórdenes", dice Katz. Negocia el menú entre la necesidad de comer variado, cosas les gusten a los distintos miembros de la familia.

El permisivo
No pide nada y da mucho. Puede no acomodar sus juguetes, no colaborar en la casa, no hacer la cama. La mamá o el papá se encarga. No le asignas muchas responsabilidades pero le das todo, muchas veces por sentir culpa.

El autoritario
Demanda mucho y da poco. "Desde lo nutricional, este modelo genera obesidad y trastornos alimentarios. El chico traga y se revela. El padre o madre, exigen flacos y consigue hijos con sobrepeso", dice Katz

El negligente
El que bajó los brazos y no asume su función paterna en la alimentación. "Pueden ser las 22.30, no apaga la tele y no tiene idea de qué se va a cenar. Son los que llegan preocupados porque su hijo tiene exceso de peso o es anoréxico y no sabe por qué", apunta la especialista.
"Es importante preguntarnos qué tipo de padre soy y con quién me emparejo. Porque la suma de padre y madre dan un estilo familiar que incide directamente en la alimentación", dice Katz.

E. H.

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