jueves, 30 de enero de 2020

DE ARISTÓTELES Y GRIETAS


La lección de Aristóteles contra la grieta
Elisa Goyenechea
Elisa Goyenechea
Cuando en 1948 la ONU decidió la partición de Palestina y la creación del Estado nación de Israel, Hannah Arendt se opuso y, en su lugar, propuso la creación de un Estado binacional judío y árabe. En contra de quienes abogaban por la nación instituida por y para el pueblo judío, ella creía que ambos pueblos podían convivir y ser amigos en una patria Palestina compartida. Arendt creía que podrían dar "una lección al mundo" de convivencia, respeto mutuo y tolerancia. Pero ¿qué clase de amistad podría funcionar como lazo entre dos pueblos proverbialmente enemigos?
Arendt aprendió de Aristóteles que el vínculo entre conciudadanos no puede limitarse a contratos comerciales, sino que se fortalece en las discusiones sobre lo justo y lo conveniente para la comunidad. Además, esa antigua "amistad política" tiene poco que ver con nuestros preconceptos, teñidos de lugares comunes heredados del XVIII y el XIX. Por ejemplo, que la amistad implica privacidad, afecto y expresión de sentimientos, o que se desarrolla en un espacio de intimidad.

Cuando Aristóteles acuñó la fórmula amistad política, aludía a algo muy distinto. Tenía en mente una virtud que funciona como lazo de unión entre ciudadanos. Primero, no se trata de un sentimiento, sino del ejercicio de un hábito; segundo, no se desarrolla en lo privado e íntimo, sino que su lugar natural es el espacio público, que es común a todos. En tercer lugar, no está asociada a las emociones, sino a la discusión y la deliberación de lo que consideramos justo y de las convicciones que tenemos por vinculantes. También involucra las decisiones sobre lo que queremos cambiar y los fines que nos proponemos lograr.
Pero lo decisivo de esta clase de amistad es que vincula a los desiguales; mejor dicho, iguala a los que son distintos. Es decir, más allá de las lealtades de facción, los compromisos partidarios, los intereses de grupo o las conveniencias mezquinas (todos ellos irrenunciables), los hombres y las mujeres podemos asociarnos en un nivel más alto que nos convoca e iguala no como partisanos, sino precisamente como ciudadanos. Las lecciones heredadas de la Grecia antigua enseñan que personas muy distintas pueden convivir en justicia y tolerancia. No se necesita ser iguales ni en preferencias políticas, ni en gustos privados o sociales, ni en confesiones de fe. Lo que sí es inexcusable para que haya conciudadanos y amigos es un sentido básico de justicia compartido, un marco institucional que establece las reglas de juego de la praxis política, incluso para modificarlo. Esto es no negociable.
Si enfocamos el asunto desde nuestra circunstancia, esta antigua virtud es el mejor remedio para superar todas las grietas. No para hacerlas desaparecer, sino para transformarlas en diferencias admisibles y posiciones que se pueden acercar. Si entendemos la ciudadanía en términos fanáticos, radicalizados y excluyentes como "pueblo y no pueblo" o como "amigos y enemigos", es como si estuviéramos activando una atávica y -solo en apariencia- superada mentalidad tribal. Esta actitud, que cree que solo los de la misma tribu (o el mismo pueblo o la misma raza o la misma religión o el mismo partido o la misma facción) pueden ocupar el espacio público, fue superada hace más de 2500 años cuando se instituyeron las primeras dos polis griegas, precisamente en desmedro de un orden jerárquico y desigual, compatible con las decisiones arbitrarias, las facultades extraordinarias y la debilidad de un marco institucional.
Una comunidad instituida a imagen y semejanza de un orden tribal admite solo algunos y expulsa al resto; administra la justicia discrecionalmente y no se atiene a las "reglas de juego", pues no las tiene. Y si las tiene, son a medida. Un orden político y jurídico puede organizar e igualar a los distintos, admite conciudadanos y amigos, pues el lazo de unión no exige identidad de opiniones ni de preferencias; repele lealtades incondicionales y fanatismos irreflexivos. No hermana a los hombres bajo la égida de un caudillo, simplemente los hace convivir en un marco de justicia que todos creen imprescindible defender. La amistad política es la virtud de ciudadanos republicanos. No debe descartarse como algo pasado de moda frente al auge de los populismos, que, erigidos sobre el patrón de la tribu, relativizan el valor de las instituciones, combaten la diversidad y desprecian de facto la tolerancia, aunque hipócritamente las defienden con palabras.
Sirva como ejemplo las imprudentes expresiones del senador cordobés Carlos Caserio, del Frente de Todos, cuando en pleno debate sobre la ley de emergencia, que culminó en la solidaridad compulsiva, afirmó que la clase política "no es la que hace el esfuerzo", sino que solo "dicta normas". Caserio y los de su calaña solo representan a la burocracia partidaria y "dictan las normas" olvidando el verdadero origen del poder que solo circunstancialmente ejercen. Estos no son los representantes que queremos.
Otro triste ejemplo es la batalla campal del 17 de diciembre en el seno de la UTA entre los partidarios de Hugo Moyano y los de Roberto Fernández, por el reparto de posiciones de poder. Además del penoso "los mato a fierrazos" y de la bravuconada "los hdp (los periodistas) están en todos lados para tratar de joder", lo que más llamó la atención fue la asombrosa demora de la policía para entrar en acción frente al "que se vayan todos o que no quede ni uno solo" de los manifestantes. Estos individuos no defienden a la clase obrera, sino que manejan un sindicato como si fuese una empresa privada, para usufructo personal y familiar. Son refractarios a la justicia, que debería aplicar para todos por igual, y "arreglan sus asuntos" oscuramente como las mafias y otras cofradías.
Por último, la escandalosa celeridad con que nuestros jueces pasaron de las prisiones preventivas a la liberación de una veintena de políticos presos (y no de presos políticos) a dos semanas de cambio de gobierno, lo que nos hace pensar más en la inconsistencia de la Justicia que en la estabilidad que brinda la independencia de los tres poderes. Esto es mentalidad tribal: orden jerárquico y desigualdad, arbitrariedad y la ley de la selva: el fuerte se come al débil. La amistad política es civilizada, por eso no tiene cabida en este tipo de estructuras. La philía politiké es todo un desafío a enseñar y practicar; vincula a los ciudadanos precisamente porque son distintos; asocia a hombres y mujeres civilizados; exige respeto incondicional a la ley y resiste la lealtad incuestionada a hombres o mujeres; fomenta la tolerancia; promueve la conversación respetuosa, y activa el compromiso político.

Profesora de Teoría Política

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