viernes, 28 de agosto de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA


El mundo necesita con urgencia una nueva clase dirigente
Alberto va a tratar de robarle las banderas a Cristina. Él va a ...
Loris Zanatta
Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia
Primero fueron las filminas, ahora la vacuna. ¿Mañana? Durante meses, armado con su varita, el Presidente sermoneó que la Argentina era la mejor, que los chilenos eran un desastre, que los suecos, peor; que todos fueran a la escuela. “¡No pasará!”, pareció gritarle al virus. Tenía el viento a favor: gracias a la experiencia asiática, dada la tragedia europea, había cerrado las fronteras y decretado una cuarentena preventiva. Aplausos. Contener la pandemia, aislar el virus, parecía menos imposible que en otros lugares. Aunque muy concentrada alrededor de la capital, la densidad de la población argentina es muy baja, la distancia entre las principales ciudades, enorme; el flujo humano y comercial, limitado en comparación con China, o Europa, la costa este de Estados Unidos o las metrópolis indias. ¿Un éxito anunciado? Así lo esperamos muchos.
Pero algo ha salido mal, es evidente: la cuarentena ha resultado ser un escudo de hojalata y la Argentina sube en el ranking de víctimas, contagios, recesión. Las provincias han sido alcanzadas, a su vez. Es difícil no deducir que no se aprovechó el tiempo ganado con el cierre anticipado, que se falló en el objetivo de frenar la pandemia, que la Argentina está como muchos otros: algunos lo han hecho peor, otros mejor. ¿Tendrá sentido hacer cuentas y asignar notas de calificación? Mejor no dar cátedra, ¿verdad?
¡Qué va! Ahora le toca a la vacuna: la Argentina la producirá pronto, anunció el Presidente. Tiene científicos de primera clase, esto es notorio, así que en “seis meses”, tal vez “un año”, estará disponible. Ojalá. Más aplausos. Falta mucho, sin embargo, y lo mismo prometen en todos lados. Un poco de prudencia no estaría de más. Pero prometer no cuesta nada, y cuanto más oscura es la noche, más anhelado el amanecer: de “el virus no pasará” a “el virus se irá”.
En cambio, uno esperaría explicaciones sobre lo que no funcionó, sobre errores y deficiencias, propuestas y plazos, diagnósticos y planes. Pero no: se viene la “solución final”, un nuevo capítulo en la eterna batalla contra el dragón, otra promesa de salvación, el espejismo de un nuevo primado argentino, de la tierra prometida para el “pueblo elegido”. Espero que no sea el espectro de Ronald Richter, que, medalla peronista al cuello, revolotea sobre la isla de Huemul; o del presidente Perón, que anuncia al mundo que la Argentina “produce energía atómica”.
No hay nada de qué reírse, dadas las circunstancias, pero la tentación es fuerte. ¿Por qué esta ansiedad para primar? ¿Por qué tanta viril exhibición? ¿Qué falencia debe compensar? ¿No será un reflejo cultural? Porque el caso argentino es uno entre muchos, un caso ordinario: medio mundo presume de éxitos contra el Covid, decenas de gobiernos anuncian milagros inminentes. ¡Trump y Bolsonaro incluso creen en las virtudes taumatúrgicas de la cloroquina! ¡López Obrador e Iván Duarte, en el de los amuletos y los íconos religiosos! Hasta el gobierno italiano está convencido de haber hecho maravillas, y se infla el pecho si The New York Times se lo reconoce. ¿Y Putin? Llueven alabanzas sobre su Sputnik: la Santa Madre Rusia nos salvará. La historia es siempre la misma: ¿acaso Fidel Castro no prometió la vacuna contra el sida? Bueno, un poco de paciencia.
Así funciona el populismo, no me cansaré de repetirlo, tal es la esencia de la mentalidad populista: a la prosa del buen gobierno prefiere la lírica de la redención, a la imperfección de la historia la ilusión de la providencia, a la competencia la fe, a la crítica la lealtad, a la realidad el relato. ¿Tendrá esta “cultura” algo que ver con sus fracasos? El régimen cubano nunca derrotó al sida, pero acaba de crear “brigadas” contra los “coleros” y un nuevo sistema de apartheid económico; prometía el cielo, creó un orden primitivo. Es lo que pasó con el primer Sputnik, el de 1957: todos aplaudieron la superioridad tecnológica soviética; luego se descubrió que ocultaba un sistema opresivo y estancado, que había sido la flor de un día. Sospecho que volverá a suceder lo mismo, aunque Putin se burle de los protocolos científicos acatados por los demás. Por otro lado, no me parece que la cloroquina haya beneficiado a Estados Unidos y Brasil, que la Virgen haya protegido a México y Colombia, que el eslogan “cuarentena o
La vía sueca contra el coronavirus no es ningún triunfo; ha sido objeto de críticas y autocríticas
Pero Suecia no invocó la abstracta “salud del pueblo”, sino la concreta “responsabilidad” de los ciudadanos  haya impermeabilizado a la Argentina.
Ante este panorama desalentador, resuena más que nunca la respuesta del embajador sueco a Alberto Fernández cuando este, en mayo pasado, comparó con desdén los “éxitos” argentinos con los “fracasos” suecos. Es un pequeño pero precioso manual de cultura antipopulista. No tanto por el contenido: la vía sueca contra el coronavirus no es ningún triunfo, ha sido objeto de críticas y autocríticas. Sino por el método, el espíritu, el tono. Por el método porque el diplomático no pretendió dar lecciones a nadie. En Suecia, escribió, “estamos aprendiendo”; en lugar del dogma populista, el criterio científico: experimentación, error, aprendizaje, corrección. Por el espíritu porque no invocó la abstracta “salud del pueblo”, sino la concreta “responsabilidad” de los ciudadanos, su “confianza” en las instituciones, fruto de una larga historia de relaciones horizontales y transparentes, no verticales y clientelistas. ¡Qué gran diferencia! La diferencia entre una sociedad jerárquica y paternalista y otra abierta y democrática. Por el tono, finalmente: “Siempre estamos abiertos a dialogar con otros países para que podamos aprender unos de otros”; un pinchazo de elegancia e ironía que desinfló la pedantería del presidente argentino: no es “forma”, sino “estilo”, una manera de concebir la vida y de vivir la historia.
¿Entonces? Tarde o temprano el tiempo pasa factura. Al pretender sobresalir, no se ganan amistades, estima ni respeto. Más bien se siembran rencores de los que otros pagarán un día la cuenta. La lucha contra el Covid no es un concurso de premios, nadie será el ganador y todos necesitaremos a todos. Ojalá se convierta para algunos en escuela de civismo, realismo, sobriedad, humildad, virtudes a las que el populismo es inmune. El mundo necesita con urgencia una nueva clase dirigente.

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