miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA EVOLUCIÓN DE LOS OBJETOS

La transformación de los objetos cotidianos que cambian de forma y función
A ver: piensen en la teoría de la evolución. ¿Ya está? Seguramente tengan en la cabeza a Carlitos Darwin y su extensa barba, a chimpancés, pinzones, australopitecos y tortugas de las Galápagos. Todo bien, sí, pero no es de esa evolución de la que nos vamos a ocupar aquí, sino de una más cercana e igualmente silenciosa: la de los objetos cotidianos que nos rodean. También van cambiando sutilmente de forma y función, se adaptan a los cambios y hasta podemos identificar algún antecesor común que dé lugar a líneas diferentes de. cubiertos, pelotas, elementos de librería, herramientas o vestidos.
De estas evoluciones se ocupa un tal Henry Petroski, ingeniero civil norteamericano que se dedica al análisis de fallos pero, sobre todo, nos ha regalado maravillosas historias de diseño en libros como Hacer ingeniería es humano, La evolución de las cosas útiles o El escarbadientes: tecnología y cultura. De esas historias de diseño que están en nuestras manos, narices y bocas, rescatemos dos como para entusiasmarse con la idea. Comencemos con las puntas del tenedor. O, más bien, con el tenedor mismo, que es un aditivo más o menos reciente. Por mucho tiempo se utilizó un solo cuchillo, a lo gaucho, para comer con pan o con la mano, mientras uno se quemaba o engrasaba alegremente. La primera revolución fue el agregado de un segundo cuchillo: con uno se pinchaba la comida (carne, para el caso) y con el otro se la trozaba.


Los tenedores ya habían hecho su aparición en las cocinas o los fogones, pero recién llegaron a las mesas reales hacia el siglo XIV, más como una rareza que como un utensilio cotidiano, desde el Medio Oriente hacia Italia y de allí al resto de Europa. Como los tenedores parrilleros, los primeros tenían dos largos dientes, buenos para pinchar y sostener pero inútiles para levantar trozos pequeños de comida. Así hizo su aparición estelar el tercer diente y, en algún momento del siglo XVIII, la cuarta punta llegó para quedarse.
Con estos cambios se fue transformando el cuchillo: ya no requería de una punta filosa porque no tenía nada que sostener. De paso, hubo quienes, como el cardenal Richelieu, aprovecharon para prohibir cuchillos en punta para la mesa, tanto para que no se usaran como armas como para que no se utilizaran como peligrosos escarbadientes. Es más, la punta del cuchillo evolucionó en una parte más ancha que el resto, como para ayudar al tenedor a levantar un poco de arroz o unas arvejas rebeldes. Está bien: aún hoy tenemos cuchillos que terminan en punta filosa, y podemos pensarlo como un resabio evolutivo de otros tiempos.


Otro objeto con una historia evolutiva interesante es el clip para papeles. Conocemos perfectamente su antecesor histórico: nada menos que el alfiler. En La riqueza de las naciones, Adam Smith se maravilla de la fabricación manual y en serie de estos alfileres a partir de alambres finos, heredado de siglos de historia y necesidades. Las primeras máquinas para fabricarlos son de comienzos del siglo XIX: un pequeño paso para la librería, un gran paso para la humanidad. Pero, claro, no son ideales para mantener papeles unidos. Hacia el final de ese siglo aparecen las primeras patentes de alfileres doblados de tal manera que podían aceptar papeles en medio de los dobleces y mantenerlos juntos y ordenados. Había nacido el padre del clip moderno. Sin embargo, la doble vuelta de alambre del clip tuvo que esperar hasta el siglo XX para hacer su entrada triunfal. Mírenlo: es un triunfo de la ingeniería y, como con buen producto evolutivo, no requiere de más cambios azarosos hasta que el ambiente así lo solicite.
Hay una máxima que dice que en biología nada tiene sentido si no se mira a través del prisma de la evolución. En nuestra cocina y nuestro escritorio, tampoco
D. G.

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