LA MODA Y EL ESTILO SEGÚN BARBRA STREISAND
EN SU LIBRO DE MEMORIAS, DEDICA ESPECIAL ATENCIÓN A SU GUARDARROPAS Ruth La Ferla / The New York Times—

Coqueteó con Marlon Brando y hasta con el entonces príncipe Carlos, y la vincularon sentimentalmente con una sucesión de bombonazos de Hollywood, desde Warren Beaty hasta Ryan O’neal. Sin embargo, en Mi nombre es Barbra, el exhaustivo y detallado libro de memorias de Barbra Streisand, no hay escenas de sábanas calientes. Por el contrario, a lo que le dedica una lujuriosa atención la multifacética estrella –cantante, actriz, productora, directora y filántropa–, es a su guardarropa, que se ocupa de documentar y desglosar página tras página, hasta la última lentejuela.
Cuando era chica, esta autoproclamada “flacuchita” de Brooklyn atesoraba su suéter bordó con botones de madera “que la distinguió de los otros chicos desde el primer día de campamento”. Ese inventario casi fetichista se adentra en la adolescencia, cuando se gastaba en pilchas cada dólar que ganaba como niñera o como cajera de un restaurante chino. En particular aquella pollera con aplicaciones de encaje, o aquel top cuadriculado rosa y blanco con zapatos al tono, “unas chatitas rosadas que mostraban la puntita de los dedos de mis pies”.
“Supongo que me veía diferente, que me vestía diferente”, dice Streisand en una inusual entrevista en la que accedió a enfocarse solamente en su gusto por la moda. “Nunca fui de vestirme a la moda del momento. Yo tenía otras imágenes en mi cabeza. Me inspiraba en las películas de época, en las pinturas de los museos y en aquellos fabulosos posters de Sarah Bernhardt dibujados por (Alfons) Mucha que vi por primera vez en mi adolescencia”.
Esa “buena chica judía” del barrio Flatbush, en Brooklyn, era dolorosamente consciente de su otredad. “Nadie que me haya visto por entonces habrá pensado: Esa chica tiene que ser estrella de cine”, escribe Streisand en sus memorias. “Tenía la cabeza pequeña, la nariz torcida, la boca demasiado grande y los ojos demasiado chicos. ¿Si alguna vez me sentí que era sexy? No”. Pero en vez de enmascarar esa diferencia, le sacó jugo, restándole importancia insistentemente a su costado sexual. En sus primeros años, actuaba con polleras por debajo de la rodilla, pintorescos accesorios victorianos comprados en ferias de segunda mano, pantalones de tweed híbridos masculino-femenino y vaporosas blusas con lazo al cuello.
Para su debut de 1960 en el Bon Soir, un piano-bar del Greenwich de Manhattan, se puso lo que hoy describe como “una casaca persa de cuello alto y manga larga de principios de siglo, bordada con hilos de plata, sobre un sencillo vestido negro”.
En su segunda noche, subió al escenario luciendo una mañanita victoriana que enhebró con una cinta de satén rosada para que hiciera juego con los zapatos de satén rosa de los años 20 que, como recuerda ahora, “en el local de segunda mano me costaron apenas tres dólares”.
“El punto es que no me identificaba con el tipo de vestido convencional que usaban la mayoría de los cantantes de clubes nocturnos –apunta Streisand–. Así que agarré una tela de ropa para hombres (un tweed espigado blanco y negro) y diseñé un chaleco, que usé con una blusa de gasa blanca y una falda de tweed haciendo juego, larga hasta el suelo, con tajo al costado y forrada en rojo. Y creo que desde entonces sigo usando distintas versiones de ese mismo traje”.
La sorprendente originalidad de Streisand impresionó a la editora de Vogue, Diana Vreeland. “Ella vio algo en mí mientras los otros se burlaban”, escribe Streisand en sus memorias. “Vreeland empezó a hablar de mí como un ícono de la moda, mucho antes de que imaginara que alguna vez estaría en la lista de las mejor vestidas”. Streisand encabezó dos veces esa lista de la revista Vogue. E hizo todo lo posible para estar a la altura de esa imagen, sentándose en la primera fila de los desfiles de Chanel con un abrigo de jaguar y un pastillero al tono, o subiendo al escenario con sus característicos vestidos estilo imperio. “Siempre me encantó ese estilo, con la cintura alta y la tela que llega hasta el piso –dice Streisand–. Se adaptaba bien a mi cuerpo y era holgado, me daba espacio para respirar cuando cantaba”.
Y a medida que crecía su fama, también crecía su refinamiento, junto con una confianza solo comparable con su desfachatez. Obsesiva confesa, para muchos de sus papeles en el cine, como Nuestros años felices o El príncipe de las mareas, terminó hurgando en su propio guardarropa. Hasta puede presumir de haber diseñado sus propios vestidos personalizados para Bill Blass, Arnold Scaasi y tantos otros. Para su boda en 1998 con el actor James Brolin –sí, siguen juntos–, le pidió a su amiga Donna Karan que la vistiera con un vestido estilo imperio, aunque Karan la convenció de ponerse un vestido de tul de encaje que caía como un torrente hasta sus pies.
¿Despótica? ¿Quisquillosa? Streisand tuvo que escuchar de todo. “Ok, tal vez me metía un poco demasiado en todo”, reconoce en sus memorias. Era una perfeccionista implacable, pero también cometió errores, entre ellos un tristemente célebre error de vestuario: para su horror, el brillante traje pantalón Scaasi que usó para la entrega del primer Oscar que ganó, en 1969, resultó ser transparente bajo las luces del escenario…
También tuvo que aguantarse algunas críticas. Cuando apareció en la gala inaugural de la primera presidencia de Bill Clinton con un traje a rayas, un chaleco que exhibía su busto y una falda larga con un provocativo tajo lateral, una columnista de The New York Times la criticó diciendo que su conjunto enviaba una “señal inquietante” y un “mensaje tímido y contradictorio”.
Streisand todavía sigue enojada. “Me pareció que la columnista estaba interpretando demasiado ese atuendo y que estaba hablando más sobre ella misma que sobre mí. Como escribí en mi libro: ¿Por qué las mujeres no pueden ser exitosas y atractivas, fuertes y sensibles, inteligentes y sexys?”. ¿Y en cuanto a eso de vestirse de
acuerdo a la edad? Ni siquiera entiende el concepto. “La gente tiene que expresarse y ponerse lo que la haga sentir bien cada día –afirma–. Y eso no tiene nada que ver con la edad”.
Streisand recuerda que hace varios años sugirió posar para la tapa de la revista W nada más que con una camisa blanca neta “y sin pantalones: solo mis piernas”. Al principio de su carrera se oponía a manifestaciones tan abiertas de su sensualidad. “Me daba mucho miedo que me vieran de esa manera, y ahora soy demasiado mayor como para que me importe”.
Streisand posee una colección de vestuario de películas, un vestido de Fortuny, ropa vintage y muñecas antiguas. “Algunas de mis muñecas tienen cien años. Y cada tanto necesitan un par de zapatos nuevos, ¿o no?”. Muchos de esos objetos los conserva en un salón especial subterráneo de su mansión de Malibú y tienen algún papel en su largo recorrido: el patito feo de Brooklyn que se negó a operarse la nariz se ha transformado en cisne. Como debe ser. “Todos crecimos escuchando cuentos de hadas”, escribe Streisand en sus memorias. “¿A quién puede no gustarle la historia de una Cenicienta?”
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