viernes, 30 de junio de 2017

HISTORIAS DE VIDA Y MUERTE


La marcha por la vida
Elena Wichner
24 de abril se realizó en Polonia como todos los años, la Marcha
por la vida 2017, donde participamos cerca de 10.000 personas en contingentes de diversos países y religiones: Australia, Reino Unido, Canadá, Francia, Israel, Estados Unidos, Austria, Brasil, Argentina, y otros. Marchamos a lo largo de 3 km desde Auschwitz I a Auschwitz II (Birkenau), mancomunados y hermanados.
Auschwitz y Birkenau fueron campos de exterminio en donde murieron alrededor de 1.100.000 personas gaseadas y luego cremadas en hornos industriales, judíos, prisioneros polacos, gitanos, homosexuales, niños y ancianos. Fueron declarados Patrimonio de la Humanidad y guardan los testimonios de aquellos años incomprensibles. A fines de la Segunda Guerra Mundial, los SS decidieron abandonar los campos de exterminio fronterizos para evitar que el mundo supiera sobre la Solución Final y llevar a los prisioneros a campos más alejados.
En enero de 1945, desde Auschwitz se inició la más conocida de las Marchas de la Muerte, marcharon 60.000 prisioneros, de los cuales el 25% murió. El clima de la Marcha por la Vida fue solemne y respetuoso. Algunos de nosotros, hijos de sobrevivientes, recordamos a nuestros muertos más cercanos: mi abuelo paterno murió esclavo en las minas de sal de Cracovia y mi abuelo materno en el Guetto de Varsovia. Cuando evocamos tantas vidas truncadas, la racionalidad no encuentra explicaciones tranquilizadoras, la desazón se apodera de nosotros. Y fue en ese preciso momento, cuando sentí que mi madre sobreviviente de Birkenau, me tomó la mano, y me acompañó hasta Birkenau.
A medida que se leía el Kadish, la oración por los Muertos, se fue despidiendo, dejando su presencia sólo en mi memoria. ¿Y por qué Marcha por la vida? Porque se hizo imprescindible reconstruir, una nueva vida creativa, recordar, transmitir y rescatar de las cenizas, la esperanza del Nunca Jamás.

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