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jueves, 31 de mayo de 2018

ADICCIÓN TECNOLÓGICA

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Desde hace tiempo una pregunta me desvela: ¿la velocidad de la comunicación virtual es espoleada por la tecnología o por la ansiedad humana? Es un interrogante inútil, porque de cualquiera de las dos formas estamos perdidos. Para peor, me digo, la respuesta no necesariamente debe excluir a una de estas opciones. Posiblemente las comprenda a ambas. Acaso el teléfono inteligente representa ese recurso siempre a mano, socialmente asumido como una obligación, que nos permite aliviar nuestras ansiedades de forma virtuosa. La droga legal que calma la insoportable levedad del ser, el horror al vacío, con estímulos que nos mantienen conectados o colocados sin peligro alguno de caer en una súbita sobredosis fatal. Es un vicio que te mata de a poco, insensiblemente, y que te liquida cuando se ha quedado con tu tiempo, que era todo lo que tenías. Entonces llega el nirvana, la confusión de tu ser con el cuerpo electrónico infinito y virtual, porque al fin y al cabo la prisión del tiempo era el origen de tu angustia. Estás liberado. Te quedás sin tiempo, pero feliz.
La evidencia de que ese momento está cerca surge cuando, sin que te haya entrado en el celular ninguno de los muchos mensajes que te llegan por múltiples vías, mirás la pantalla varias veces por minuto con la desesperación de quien se busca en el espejo y no se encuentra. Necesitás que tu celular te diga algo. Es así como vemos gente enfocada en el lago sin fondo de su móvil en las circunstancias más disímiles: camino del baño, cruzando la avenida, manejando por la autopista, participando de un show televisivo, en los ascensores, en medio de una conversación con un semejante que hace lo propio, mientras devora una de muzarella con fainá, durante una función de cine, en el fútbol y hasta sentado en la intimidad del baño, si se pudo llegar hasta allí sin partirse antes la frente contra la pared. Es gente que no deja de cumplir con los deberes de la vida, pero que está en procura de otra dosis. O en medio del trance, entregada a la dulce satisfacción que produce la droga que hoy mueve al mundo.
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El fin de semana pasado, mientras consultaba sin motivo mi smartphone durante una apacible tarde de sábado, tuve la sospecha escalofriante de que me estaba convirtiendo en uno de ellos. Lo han repetido hasta el cansancio quienes previenen contra las adicciones: el vicio avanza en forma silenciosa y artera sin que lo advirtamos, solo necesita que le dejemos, en nuestra conmovedora inocencia, un resquicio por donde pasar. En cuanto le abrimos la puerta y lo tenemos al lado se apodera de nuestra voluntad y empieza a disolvernos sin remedio en sus encantos. Supe entonces, frente al WhatsApp (que en lugar de un nuevo mensaje me ofrecía su verdadero rostro), que había llegado el momento de la verdad: o me entregaba ahí mismo sin lucha o reculaba con decisión, como ante la peste.
Reculé, acaso como un cobarde, acaso como un hereje que reniega de los dioses. Soy de esos que se han encariñado con la propia angustia y no estoy dispuesto a entregarla sin antes resistir. A fin de cuentas, mi angustia y yo hemos aprendido a convivir y alcanzamos momentos de tregua en los que cada cosa parece en su sitio, incluido ahora el mismísimo celular.
Desde ese día me he convertido en un bebedor rehabilitado que esconde las botellas. Trato, consciente de la disparidad de fuerzas, de mantener a la bestia alejada de mí. Me mueve una convicción simple pero firme: la única manera de volver a ser una persona normal, y eso es lo que quiero con toda el alma, es mantenerla lejos de mi campo visual. Apenas llego a mi casa del trabajo, dejo el celular en lo alto de una biblioteca y trato de olvidarme de él por completo.
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No es fácil. La carne es débil, y el mundo entero conspira contra mis propósitos de mantener el vicio a distancia. Sin embargo, cada hora que pasa de esta forma es terreno ganado, tiempo reconquistado. Por momentos hasta olvido que el celular existe y es entonces cuando me siento un poco más cerca de aquel que alguna vez fui, ese que un sábado por la tarde se permitía apagar el mundo para dedicar las horas a la lectura o al paseo del perro sin el absurdo de llevar consigo ese objeto vivo que es como un flanco abierto, un arco desguarnecido en el que entran todas las pelotas, y por el que cualquiera, en cualquier momento, puede interrumpir e incluso desbaratar aquello a lo que te habías entregado quizá con expectativas modestas, pero con la disponibilidad del que es dueño de sus horas.
En suma, estoy tratando de recuperar mi soledad. Un lujo que el vicio de la comunicación constante está erradicando de la faz de la Tierra.

H. M. G.

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