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jueves, 31 de mayo de 2018

TEMA DE REFLEXIÓN


Literatura y Justicia. Relatos sobre una sociedad en conflicto con la ley
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Frente al sistema de justicia argentino la primera reacción es la desconfianza. Se habla de formalismos absurdos, de casos que nunca se cierran, de corrupción, de manipulación política o de tráfico de influencias. Al mismo tiempo, y esto comprende al conjunto de la sociedad, parece haber siempre una excusa individual a medida para no cumplir con la ley. Sin embargo, persiste en el fondo la esperanza de que las decisiones de los jueces construyan, al fin, la equidad y la paz social anheladas. Frente a esa contradicción irresuelta, desde el Martín Fierro la literatura nacional ha intentado captar las formas que toman los bordes escurridizos de ese poder del Estado. Dicho más simple, a veces los escritores logran mostrar la suma de perspectivas que conforman el presente mejor que la esquiva realidad.
Basta recordar Operación Masacre, la crónica de los fusilamientos de José León Suárez que escribió Rodolfo Walsh en 1957, para reconocer una versión más contemporánea de una tendencia que viene de lejos y se mantiene hasta nuestros días: para contar la ineficacia de los mecanismos legales o la impunidad con que se cometen ciertos crímenes se apela a las herramientas literarias, ya sea en textos de ficción o no ficción; los datos puros se quedan cortos a la hora de iluminar todos los matices de lo real.
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La mirada desconfiada hacia los tribunales, en verdad, ya forma parte de una tradición nacional: esa costumbre de confrontar la ley en base a la moral individual que tan bien plantea la obra gauchesca de José Hernández.
El escritor Carlos Gamerro, autor de los ensayos de Facundo o Martín Fierro y de novelas como El sueño del señor Juez, que imagina el extremo de la arbitrariedad cuando un juez de paz juzga a los pobladores por sus sueños, señala que el Martín Fierro es la obra más representativa de este problema. "De una manera llamativa se presenta a la sociedad argentina del campo, que puede funcionar como metonimia de la sociedad toda, como un lugar sin conflictos donde trabajan en armonía los gauchos con el patrón. Es llamativo que en otras literaturas latinoamericanas, como la mexicana, el conflicto clave es siempre entre el hacendado y los campesinos. En la nuestra no, hay una armonía absoluta hasta que llega la ley y ahí se pudre todo. De ahí que el gaucho que plantea Hernández no es malo por naturaleza, sino que es la Justicia la que lo hace malo. Así inicia una tradición de valorizar el enfrentamiento a la ley basada en la desconfianza".
Hoy la mirada literaria puede volverse un recurso valioso para generar una nueva conciencia en quienes trabajan con la ley. Al menos eso piensa un grupo interdisciplinario de la Facultad de Derecho que, desde 2010, trabaja en el proyecto Lectores para la Justicia. Ellos están convencidos de que vale la pena explorar el efecto de la literatura de ficción en el desarrollo de sujetos críticos, como herramienta transformadora. Para lograrlo incluyen textos literarios en la enseñanza de materias duras y desarrollan una serie de recursos, como la Biblioteca digital, que aborda obras de la literatura universal desde la perspectiva del derecho.
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Su directora, Sandra Wierzba, abogada y profesora titular de Derecho Civil y Obligaciones, está convencida de la capacidad de cambio de las palabras. "La literatura tiene un tiempo, una intensidad y una dosis de libertad que no son propias de la Justicia como institución. En sus textos muchas veces hallamos descripciones de figuras como 'el juez', 'el proceso' y 'el castigo' que resultan representativas de la concepción que el hombre común tiene sobre el Poder Judicial, y que habilitan una interesante reflexión de los operadores de Justicia sobre sí mismos y sobre su función", dice.
Más allá de cierto aire de esperanza que da el proyecto, las variantes en la literatura sobre el tema confluyen, paradójicamente, en la idea de injusticia que supone el sistema. De algún modo, el protagonista de las historias es por antonomasia un ser en estado de desamparo frente a la ausencia o los males de la institución en la cual busca refugio.
"Corrupta, así imaginan los escritores a la Justicia", dice Norma Silvestre, la codirectora de Lectores para la Justicia. "Así es, por ejemplo, en El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, novela en la que la autoridad pretende obtener información de un preso político a través de una persona colocada en la misma celda, a quien le ofrece retribuir sus servicios con la libertad condicional. También la miran con desconfianza. Por ejemplo, así la reflejan cuando se opta por la justicia por mano propia en La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri y en 'Emma Zunz', de Jorge Luis Borges".
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Tal vez en ese cuento, Borges pone en evidencia una cuestión central: el deseo individual parece estar siempre por encima de cualquier autoridad. Emma cree que su padre fue injustamente acusado de un delito y que por eso se suicidó. Nunca aparecen causas justificadas para afirmar ese hecho como cierto. A partir de esa premisa, idea un plan que luego ejecuta para valerse de la Justicia como herramienta de su venganza personal.
Inacción judicial
En ese sentido, resulta inolvidable otra escena, la del anciano que alimenta, sin dirigirle la palabra, al violador y asesino de su esposa, a quien tiene encerrado en una jaula desde hace años. La imagen retrata mejor que cualquier reflexión la sensación de absoluta incapacidad del sistema judicial de dar respuesta a los conflictos sociales y pertenece, claro, a la novela El secreto de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que Juan José Campanella llevó al cine.
Escena de El secreto de sus ojos, adaptación cinematográfica de la novela de Eduardo Sacheri
Escena de El secreto de sus ojos, adaptación cinematográfica de la novela de Eduardo Sacheri Fuente: AP - Crédito: Maria Antolini
La historia muestra dos elementos que el escritor experimentó en su paso como empleado de un juzgado penal. "Trabajé con gente muy valiosa pero conocí también todas las trabas, las ineficiencias, los peros del sistema judicial -dice Sacheri-. Creo que en la novela hay un reflejo de las dos cosas: un par de empleados judiciales que intentan hacer su laburo y, al mismo tiempo, un sistema incapaz de impartir justicia por sus propias limitaciones o por decisiones políticas que están por encima de lo que se pueda decidir en el ámbito judicial".
En estos días ese ámbito reaparece narrado en Magnetizado (Anagrama), una crónica en la que Carlos Busqued consigue crear un personaje de novela a partir de un caso real, el del asesino serial Ricardo Melogno, que en la década del 80 mató a cuatro taxistas de manera idéntica sin explicación aparente. La sensación de extrañeza que recorre la entrevista, los informes y los documentos que el libro expone reflejan que la igualdad ante la ley es muchas veces solo retórica.
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Busqued es de los que piensan que las enseñanzas del Viejo Vizcacha perduran hasta nuestros días, en especial el consejo de hacerse amigo del juez. "En el paso del protagonista de Magnetizado por el sistema judicial queda claro que si hubiera tenido parientes o dinero ese tránsito muy probablemente habría sido más corto o más confortable. La Justicia argentina no me convoca para nada, y en el libro aparece descripta como un sistema que favorece la violencia que se dirige socialmente de arriba hacia abajo y castiga al pobre o al indefenso, independientemente de si es inocente o no. Con delinquir en contra de alguien más pobre o débil que vos, te asegurás la protección de la Justicia. Al menos no te va a castigar", dice Busqued.
En Chicas muertas, de la escritora Selva Almada, sucede algo similar. El punto de partida son los asesinatos de tres mujeres jóvenes que quedan sin resolver. Aquí la escritura desapegada, casi objetiva, seca, da cuenta del dolor mejor que cualquier sentimentalismo. A la escritora también la convoca el vacío que muchas veces deja la inoperancia de la Justicia. "Creo que es más movilizante para la literatura la falta de justicia o la injusticia, si querés, que el sistema de justicia. Si pienso en la literatura argentina y en textos fundamentales, desde El Matadero y el Martín Fierro hasta Operación Masacre, 'Emma Zunz' y Enero, de Sara Gallardo, no existe la justicia y ese es el disparador, me parece. Si vamos a Chicas muertas, ya que lo mencionás, no creo que hubiera existido ese libro si hubiera habido justicia para esas mujeres. A la hora de escribir, el combustible es siempre la injusticia", dice Almada.
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El marginal como héroe
Frente a la desesperanza radical, allí donde la Justicia se vuelve un acertijo absurdo, los personajes de ficción muchas veces asumen la tarea como desafío individual. De ahí que el héroe suele tomar en sus manos el conflicto y actúa por fuera del sistema, muchas veces apartándose o contra la ley.
No es casualidad que el escritor Federico Jeanmaire sea especialista en el Quijote: los protagonistas de sus novelas suelen tomar del manchego la vocación extrema por realizar la idea de justicia individual por encima de cualquier autoridad. Solo que esa opción no resulta necesariamente la mejor. En Tacos altos, por ejemplo, una adolescente china sufre el asesinato de su padre durante los saqueos de diciembre de 2013 y, ante la impunidad de ese crimen, encuentra de casualidad la posibilidad de hacer justicia por mano propia. Jeanmaire no tiene dudas respecto del vacío que deja esa ineficiencia. "Me ha tocado vivir una Argentina en que la justicia es un grito que se escucha en las calles. Se la pide. Se la implora. Y ese grito colectivo y sin respuesta ha funcionado como disparador en varias de mis novelas. Los personajes sufren un intento de robo o la pérdida de un ser querido o lo que sea y hacen lo que está a su alcance para reparar ese daño que han sufrido. Lo que está a su alcance, claro, nunca es lo correcto. No podría serlo: la falta de justicia en la literatura suele terminar peor que en las calles".
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Sin embargo, hay quienes se arriesgan a ir más allá de la mirada estructural y bucean en las raíces del asunto. "Más allá del problema de la Justicia, siento que los argentinos tenemos una dificultad gigantesca con la idea de la ley -afirma Sacheri-. Es decir, creo que no hay modo de que el sistema judicial funcione correctamente en una sociedad cuyo individualismo y cuya tendencia casi caótica a complacer el deseo de cada uno se da de bruces con la idea de los efectos de la ley. Sé que tengo una mirada pesimista al respecto. En América Latina en general, y en la Argentina en particular, es muy difícil construir un policial clásico. No tenés al héroe que representa la ley y somete al malvado a partir de su cumplimiento. Esta dificultad de encuadramiento de nuestra novela en el género policial tiene que ver con una sociedad que no se banca la ley. Las personas no toleran la noción de que la ley está por encima del deseo, de la pulsión personal. Y si eso es así, además de todos los problemas específicos, es muy difícil tener un sistema judicial confiable".
Un reflejo de ese pensamiento parece guiar la novela La muerte lenta de Luciana B., de Guillermo Martínez. Luciana vive sitiada por una amenaza no muy explícita, ve morir a sus sucesivos novios y a sus seres queridos con la sospecha de que esa cadena de desgracias no puede ser fruto de la casualidad. Pero no hay modo de que recurra a algún tipo de Justicia para protegerse.
De alguna manera, en el viaje que va de la justicia real a su representación literaria se esconde el vértigo que implica reconocer el pozo de una ausencia. Queda una ilusión: si la literatura no basta como herramienta de transformación inmediata de la realidad, quizá se vuelva el instrumento eficaz de una conciencia nueva.

V. B.

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