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miércoles, 2 de mayo de 2018

LA PÁGINA DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


En artículo de Rolando Barbano que retrata la increíble historia del italiano Carlo Ponzi, creador de la estafa que inspiró a Bernard Madoff y de Enrique Blaksley.


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Llegó a los Estados Unidos con dos dólares y medio en efectivo y un millón en esperanzas.
En menos de 20 años lograría igualar ambas cuentas y poco después pesaría 200 veces más billetes que lo que había soñado.
Y todo gracias a su gran invento: el truco de robarle a Peter para pagarle a Paul. El mismo que según la Justicia habría utilizado Enrique Blaksley Señorans para quedarse con al menos 550 millones de pesos de más de 2.000 ahorristas argentinos. Y el que le permitió a Bernard Madoff hacerse con más de 65 mil millones de dólares desde su firma de inversiones de Wall Street.
Nadie tiene muy claro dónde nació Carlo Pietro Giovanni Guglielmo Tebaldo Ponzi, aunque la versión más aceptada indica que lo hizo el 3 de marzo de 1882 en Lugo, en la provincia italiana de Ravenna, en una casa pobre desde donde decidieron enviarlo a buscar futuro al Nuevo Continente antes de que cumpliera 20 años.
Tardaría mucho en regresar. En 1903 desembarcó del SS Vancouver en Boston, Massachusetts, con menos de lo que había previsto debido a su mala suerte en los juegos de cartas de a bordo. Apenas pudo perder unas horas antes de tomar el primer empleo que se le puso al alcance, como lavaplatos en un restorán.
Pese a su alergia crónica por el trabajo, al tiempo logró progresar y convertirse en mozo. Sin embargo, lo que pronto se revelaría como una obsesión por el dinero fácil lo acabaría traicionando: su jefe descubriría que se quedaba con un porcentaje del vuelto de cada cliente que atendía.
Un par de trabajos eventuales más lo convencieron de la necesidad de buscar otro escenario. En 1907 se mudó a Montreal, Canadá, y consiguió un puesto en el banco creado por un compatriota llamado Luigi Zarossi, el Banco Zarossi, en el que se encontraría con una revelación.
“Louis” Zarossi tomaba depósitos bajo la promesa de devolverlos con un 6% de interés, el doble de lo que ofrecía el mercado. El único detalle era que esos intereses los pagaba con el dinero que aportaban los nuevos clientes, en su gran mayoría inmigrantes italianos, y que en realidad no había inversión alguna, por lo que no había otro final posible más que una fuga con el grueso del capital obtenido.
Un día Zarossi escapó rumbo a México, con la bolsa llena y la familia abandonada en la indigencia. Para todos fue un escándalo, pero para Carlo Ponzi sería una revelación en el largo plazo. En el corto se había quedado desempleado y sin un centavo, por lo que tomó la decisión de hacerse con la chequera de una empresa que tenía cuenta en el banco y emitir un cheque a su favor.
Mucho menos hábil que Zarossi, Ponzi fue descubierto, arrestado y condenado a tres años de prisión. En 1911 lo liberaron y se volvió a Estados Unidos, donde tardó demasiado poco en volver a bailar con el delito: se asoció a una red de compatriotas que traficaban inmigrantes ilegales italianos hacia ese país. Lo descubrieron demasiado pronto y le dieron una condena a dos años de cárcel.
Al salir de prisión, decidido a no volver a una celda pero sin mucha convicción para evitarlo, se entregó al siempre espinoso camino de los sentimientos: se casó con Rosa Grecco, la hija de un hombre acaudalado.
Durante un tiempo pudo vivir la vida que soñaba, la de hacer nada con mucho dinero de otro, pero al tiempo se vio enfrentado a la disyuntiva de ser expulsado por su suegro o entregarse al mundo del trabajo.
Fue trabajo, pero en sus propios términos. Le pidió plata a su suegro para alquilar una oficina en el edificio Niles de Boston, le pidió más plata a su suegro para los muebles y le pidió más plata aún para difundir su idea de hacer una guía impresa de comercio exterior.
El resultado fue peor que malo. Las empresas se abalanzaron ante su invitación a publicitar sus negocios en la guía, pero sólo para escaparle rápido. Los meses pasaron sin variantes y la paciencia y los fondos del suegro se fueron agotando.
El día en el que todo cambiaría, los dueños de los muebles de la oficina de Ponzi avisaron que pasarían a retirarlos por falta de pago. Harto de resistir, antes de entregarlos el italiano se puso a revisar los pocos papeles que tenía en los cajones del escritorio cuando se encontró con una carta enviada por una empresa de España que le enviaba un cupón postal destinado a cubrir los costos de una eventual respuesta por medio del correo.
Era la clave.
Ponzi miró el cupón con desinterés hasta que se dio cuenta de que escondía la llave de su destino. Era del sistema conocido como Cupón de Respuesta Postal Internacional (International Reply Coupon, IRC), una suerte de sello que podía ser cambiado en cualquier oficina de correos por la cantidad de estampillas necesarias para pagar el envío de una respuesta por carta.
Y éstas a su vez se podían cambiar por efectivo. Pero la curiosidad no estaba en el sistema, sino en los valores de cambio: el cupón comprado a 30 centavos de peseta en España equivalía a 5 centavos de dólar en los Estados Unidos, lo cual suponía una ganancia del 10 por ciento para quien lo adquiriera en Europa y lo vendiera en América.
La oportunidad que venía buscando estaba allí, frente a sus ojos. Ponzi tomó el cupón y lo canjeó por dinero para confirmar sus cálculos. Tomó el diario y reconfirmó que los cupones tenían una cotización preacordada a nivel internacional.
Entonces supo que lo único que necesitaba para hacerse millonario era inversores que pusieran el dinero para comprar los cupones más baratos en un país y luego venderlos por un valor mayor en el otro.
El resto lo tenía: familiares en Italia -otro país donde se vendían los cupones a precio ventajoso para él- bien predispuestos para salir a comprar los IRC y enviárselos; y un amigo que trabajaba en un transatlántico que unía aquel país con los Estados Unidos, por lo que bien podía llevar y traer dinero y estampillas de un lugar al otro.
Cuando todo estuvo preparado, a falta de un apellido limpio Ponzi creó una empresa para que se encargara del negocio, la Securities Exchange Company, que salió al mercado a ofrecer ganancias del 10% en un plazo de 90 días.
La idea era pedir muy poco dinero a cada inversor, para que ninguno hiciera demasiadas preguntas ni pusiera reparos, y prometer muchos beneficios en poco tiempo como para hacer irresistible la tentación de la apuesta. Lo exótico del negocio hizo el resto: la plata empezó a aparecer, al principio en pequeñas cantidades pero de la mano de una masa entusiasta de inversores.
Ponzi cumplió sus promesas con rigor. En febrero de 1920, el primer mes completo de trabajo, la Securities Exchange Company obtuvo 5.000 dólares. Al mes siguiente eran 30 mil y sesenta días más tarde los ingresos ya sumaban más de 420 mil.
Y llegó la publicidad, pero de la buena, indispensable para estos manejos ayer y hoy. El Boston Post publicó una nota sobre el fenómeno y los candidatos a inversionista comenzaron a hacer cola en la puerta del edificio de Ponzi. La Policía tuvo que armar un operativo especial para ordenar las filas.
A julio de 1920 los ingresos de la firma eran de unos 250 mil dólares por día. Y seguían en aumento.
Entonces fue cuando los diarios se pusieron serios. El Boston Post le encomendó a un experto en finanzas que se pusiera a buscarle el defecto a Ponzi. Lo primero que descubrió el especialista fue un dato intrigante: el italiano invertía el dinero de otros, pero no ponía en riesgo un sólo centavo propio. Es decir, que no parecía confiar en las maravillas del negocio que ofrecía.
El segundo dato fue más complicado: una simple cuenta le permitió darse cuenta al especialista de que, para responder a las inversiones de sus clientes, Ponzi necesitaba comprar unos 160 millones de cupones postales. Pero en el mundo sólo se habían emitido 27.000.
Algo no cerraba.
El diario publicó su investigación y una multitud se reunió frente a las oficinas de Ponzi, pero no para invertir su dinero sino para reclamar el ya invertido. El italiano, carismático, repartió café y facturas y logró calmar a la mayoría. Enseguida, anunció una demanda contra los autores de la nota periodística y aseguró que lo criticaban porque no entendían su fórmula secreta para los negocios.
La publicidad, ahora mala, lo dejó tambaleando. Sobre todo porque atrajo la atención del fiscal general de los Estados Unidos, que ordenó hacerle una auditoría. Ponzi dejó de tomar nuevas inversiones con la excusa de enfrentar el peritaje, pero también dejó de pagar los intereses. El Boston Post descubrió sus antecedentes penales, los publicó y todo se vino abajo.
Se calcula que para entonces el italiano había obtenido unos 20 millones de dólares, una cifra equivalente a unos 225 millones de hoy en día.
Su secreto era el mismo que, décadas más tarde, utilizarían Madoff y, según cree la Justicia, el argentino Blaksley: no había negocio ni inversión, sólo una estafa mediante un esquema piramidal.
El truco consiste en ofrecer ganancias extraordinarias para captar fondos, pagarles los “intereses” prometidos a los primeros inversores con lo que ponen los nuevos y mantener la rueda funcionando para que todos reinviertan sus “ganancias” y generen el boca a boca indispensable para atraer a más y más clientes.
El esquema siempre se cae cuando todos los inversores se presentan al mismo tiempo a reclamar el capital invertido, algo que suele ocurrir en momentos de crisis económica -como le pasó a Madoff en 2008- o en el largo plazo, cuando el autor del engaño ya retiró tanto dinero para provecho propio que no puede afrontar los pagos mínimos.
Nunca se sabría en qué momento Ponzi dejó de comprar los sellos postales y se dedicó directamente a ejecutar su esquema piramidal. Seis bancos quebraron por sus maniobras, que lo obligaron a afrontar un juicio por fraude postal en el que fue condenado a cinco años de cárcel.

LEÍDO POR JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
Salió de la cárcel a los tres y medio, pero sólo para enfrentar 22 cargos por latrocinio (estafa), en tres nuevos juicios. Ya sin dinero, no pudo pagarse un abogado y apostó todo a su encanto personal.
Aún así le dieron una pena a nueve años de cárcel, que eludió durante un tiempo que dedicó a cometer una nueva estafa vendiendo terrenos en Florida que resultaron ser pantanos. Lo descubrieron e intentó huir a Italia en un barco, pero lo atraparon en Nueva Orleans.
Recién en 1934 pudo dejar la cárcel. Consiguió trabajo en una aerolínea italiana y empezó a trabajar en la ruta a Brasil, pero el empleo formal no era lo suyo. Rosa, su esposa, lo había dejado y él terminó viviendo en Río de Janeiro, donde murió solo y pobre el 18 de enero de 1949.
Ese, el solitario final, fue el único capítulo del guión de su estafa que no logró perfeccionar. En cambio sus seguidores, al menos la mayoría de los que se han conocido en la Argentina, siempre han logrado destinar una parte de las ganancias obtenidas a comprar las voluntades necesarias para abreviar la visita a la cárcel y dedicarse a disfrutar del botín con tranquilidad.

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