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viernes, 18 de mayo de 2018

TECNOLOGÍA; LAS MENTIRAS DE FACEBOOK



Hace muchos, pero muchos años, cuando Internet era joven, Google estaba recién nacido, Microsoft se encontraba en la cima y WhatsApp era impensable, el director de una agencia de prensa me confió que, en su opinión, habría que prohibir el MSN Messenger en los lugares de trabajo. "La gente de la pasa chateando", se quejó. Le respondí que para mí era exactamente al revés. Habría que poner un chat corporativo, porque eso volvería más eficiente a cualquier compañía. Me dijo que estaba loco.
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Hoy, como saben, el Office trae su propio mensajero, otrora llamado Link y ahora reemplazado por la versión empresarial de Skype (que Microsoft adquirió en mayo de 2011). Aparte, claro, del omnipresente WhatsApp.
Cuando Linux empezó a aparecer en los grandes medios (entrevisté a Linus Torvalds en 1997), un colega me aconsejó que no apostara tanto al software libre, porque si esa idea loca terminaba fracasando podía malograr mi carrera. Le dije que no me parecía que mi carrera dependiera de Linux, pero que de todos modos mi impresión era que el software libre iba a volverse el motor principal de la revolución digital. Hoy lo emplean desde Google y Amazon hasta la Bolsa de Londres y el Super Colisionador de Hadrones. Ah, y todos los teléfonos con Android.
Hago estas aclaraciones porque lo que voy a decir a continuación va a sonar absolutamente loco. Tan loco como el software libre en 1996 o el mensajero instantáneo en la oficina a principios de siglo. No es que quiera apelar al criterio de autoridad, entre otros motivos porque no siempre he acertado en mis pronósticos; solo pretendo dejar en claro que una idea que hoy parece impensable podría ser completamente normal dentro de un lustro. Ahí vamos.
Redactores, fotógrafos, columnistas
Mark Zuckerberg sugirió, cuando se presentó ante el Senado de Estados Unidos, que quizá podría haber en el futuro una versión paga de Facebook, sin avisos.
Lo de los avisos lo dijo sin ambages, porque la opinión pública ya está al tanto de que los servicios Web que cuestan cero usan nuestra información para dirigir avisos. Hasta ahí, todo bien. Es como la TV abierta, pero más eficiente, y en ambos sentidos. Para el avisador y para el usuario.
Una versión paga de Facebook sólo garantizaría que no muestre avisos, pero es imposible saber si realmente no está usando nuestros datos. Es más, la lógica misma de los seis grados de separación demanda que la red social (ésta o cualquier otra) sepa, cuando menos, quiénes son los amigos de nuestros amigos. Y ya dice el refrán: "Dime con quién andas y te diré quién eres".
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Traducido: Facebook (o cualquier otra red social) no puede funcionar sin que le proporcionemos una parte sustancial de nuestra privacidad.
Las versiones pagas tienen sentido, por ejemplo, con los diarios y otros productores de contenidos con alto valor agregado, o en plataformas que deben pagar por los contenidos que ofrecen, como Netflix y Spotify. Pero en el caso de Facebook (y sus subsidiarias, como Instagram) y Twitter, los redactores, los fotógrafos, los cronistas y los columnistas de opinión somos nosotros, los suscriptores. Los que producimos contenidos somos los usuarios.
Es cierto que si estas redes mañana detuvieran sus rotativas virtuales, que son, como todas las rotativas, muy costosas, no tendríamos dónde publicar todo eso que nos gusta publicar. Pero es igualmente cierto que si todos dejáramos de publicar, Facebook y Twitter desaparecerían instantáneamente del espacio virtual. Y es también obvio que a Facebook muerto, Facebook puesto. Internet es cualquier cosa menos nostálgica.
Así que no creo que la solución sea que algunos usuarios paguen por usar Facebook sin avisos, sino que Facebook comparta sus ganancias con sus usuarios. Es un poco lo que hace Google, con AdSense. Pongo un sitio en la Web, lo asocio a AdSense, Google inserta avisos y, de acuerdo con la audiencia que consiga atraer, a fin de mes recibo un cheque más o menos generoso. Está lejos de ser perfecto y Google obviamente se lleva una buena tajada de las ganancias. Pero la compañía sabe que su supervivencia depende de darle visibilidad a sus avisos, y eso tiene que ver con un solo factor: contenidos originales de valor. Por eso Netflix produce tal cantidad de series (algunas muy taquilleras) y películas (ídem). Los contenidos originales de alto valor agregado fueron, son y posiblemente sigan siendo los reyes durante mucho tiempo.
Lo del "valor" de esos contenidos es muy variable y subjetivo, pero eso está bien. Hay contenidos para todas las audiencias y audiencias para todos los gustos. Siempre fue así.
Valen plata, pero no son plata
Así que es al revés. No tenemos que pagar por Facebook para dejar de ver avisos. Primero, porque los avisos no son el problema. Nunca lo fueron, especialmente para las generaciones que nacieron con una Web omnipresente; aprovechan esa nueva forma de publicidad y la toman como un servicio más de los sitios que visitan.
Segundo, porque el núcleo del Facebookgate tiene que ver con qué hacen las redes sociales con nuestros datos (aparte de orientar avisos). La cuestión es qué hacer si le venden mis datos a terceros. En ese proceso, mi información personal sufre una metamorfosis inviable: se convierte en dinero. Tiene sentido con el petróleo y otras materias primas, porque al que vende un barril de crudo no le importa si lo van a convertir en nafta, plástico, parafina, brea o lubricantes. Y el que lo compra no tiene ningún interés en saber qué hará el vendedor con los dólares que gana en la transacción.
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Decir que "los datos personales son el nuevo petróleo" alimenta ese sofisma. A los que proporcionamos nuestros datos personales -muchas veces sin siquiera saberlo- sí nos interesa qué van a hacer con ellos. Y debería importarle sobre todo a la clase política. Como me decía hace poco una fuente que conoció de primera mano el funcionamiento de Google y Facebook, alcanzaría con apuntar a un grupo opositor la noticia (falsa) de que las elecciones han cambiado de día para sacar de quicio los resultados.
Hay razones económicas por las que equiparar nuestros datos con el petróleo es una falacia, pero las individuales y las institucionales son a mi juicio mucho más relevantes.
Transparencia
En tercer lugar, de nuevo, los contenidos. Lo que publicamos es una mescolanza de datos personales (lo que nos gusta, por ejemplo), de piezas creadas por otros (la nota de un diario, una foto sacada de un blog) y de información políticamente sensible (nuestras opiniones). Fuera de nuestro propio criterio para decidir qué subimos y qué no, el valor de Facebook depende exclusivamente de esta información. Vamos al sitio o abrimos la app para que nos obsequien los Me gusta y para contar nuestras historias, compartir notas, fotos o videos, y para enredarnos en debates más o menos bizantinos.
Así que pagar por hacer eso equivale a pagar por trabajar. Me dirán que vamos a Facebook porque nos gusta. Es verdad, y a Los Beatles seguro les gustaba tocar música; y se hicieron inmensamente ricos haciéndolo. Me dirán también que no todos los contenidos tienen la misma calidad. Es cierto también, pero en ningún momento propuse que los usuarios de Facebook cobren un salario, ni mucho menos un salario idéntico. Pero el sólo hecho de entrar en Facebook es una forma de decirle algo sobre nosotros; es más, Facebook y, en especial, Google, tienen escuchas por toda la Web, rastreándonos, alimentando su locomotora publicitaria con lo que hacemos.
Suena a locura, ya lo sé, ya lo dije. Pero pagar por Facebook me suena todavía más disparatado. Debería ser más bien al revés. Aunque, incluso en el caso de que Facebook nos pagara por producir sus contenidos, no se resolvería el verdadero dilema planteado por la red social, es decir, su posición dominante. De hecho, uno podría imaginar una competencia con otras redes sociales, a ver cuál les paga mejor a sus usuarios. Pero de nuevo ganaría Facebook, como Google con AdSense. Sus billeteras son virtualmente infinitas. Así que en lugar de hablar de pagar a uno o a los otros, de tratar de arreglar el entuerto con dinero, creo que lo mejor es volver a la cuestión central: la transparencia.

A. T.

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