lunes, 17 de julio de 2023

LA HISTORIA DETRÁS DE LA HISTORIA


Los Martín Fierro se quedaron sin secretos y sin gracia
— por Marcelo Stiletano

Fue hace alrededor de una década, año más, año menos, cuando la fiesta del Martín Fierro dejó para siempre de tener las características deliberadas de un encuentro bastante cerrado, del que solo se sabía lo que podían mostrar las cámaras de la transmisión oficial, la del canal que adquirió los derechos otorgados por los organizadores de la ceremonia.
Hasta que llegó ese proceso de cambios inevitables y también irreversibles, durante mucho tiempo la Asociación de Periodistas de la Radiofonía y Televisión Argentina (Aptra), la dueña histórica de la marca Martín Fierro, trató de evitar por todos los medios que se difundiera cualquier detalle de la ceremonia fuera de la pantalla del canal asignado para esa tarea después de ganar la puja por los derechos de transmisión.
Era muy difícil en ese tiempo lograr que algún cronista ajeno a la membresía de Aptra permaneciera en el lugar de la ceremonia y registrara desde adentro todo lo que ocurría. Los trascendidos, cotilleos, rumores, anécdotas, comentarios y curiosidades aparecerían recién al día siguiente, comentados por los únicos testigos presenciales de la fiesta: los propios invitados.
¿Dónde estaban los medios especializados? Confinados en un “corralito” próximo al lugar de la fiesta (por lo general el salón más importante de un destacado hotel porteño, como ocurre hasta hoy) después de cubrir el paso de los invitados por la alfombra roja y atentos al desfile de los ganadores, cada uno de ellos ya con la estatuilla en la mano listos para las fotos y las primeras palabras de rigor.
El celo se extendía justamente a la revelación del nombre del vencedor en cada categoría. No había manera de saberlo hasta que el conductor de la ceremonia o algún presentador invitado lo anunciaba desde la pantalla. Y tampoco había otra forma de registrar la primera reacción de los triunfadores que su propia imagen ante las cámaras. Eran tiempos, además, en los que la elección de los ganadores se hacía muy cerca del momento de la ceremonia y, por consiguiente, de los anuncios.
El secretismo se impuso hasta que dejó de tener sentido en medio de la revolución de los teléfonos celulares, la irrupción de las redes sociales y la información mediática en tiempo real. Todo empezaba a saberse y difundirse desde adentro, las infidencias empezaron a extenderse por toda la superficie de la ceremonia y hasta algunos despechados hicieron su contribución al filtrar en plena ceremonia listas de supuestos ganadores en los rubros más importantes.
No le quedó entonces más remedio a Aptra que resignarse ante el nuevo escenario. La fiesta abrió sus puertas para que todo el mundo mediático (y no solo los propietarios de los derechos de transmisión en cada año) difundiera en vivo y en directo los detalles de la única ceremonia de premios televisivos legitimada por los habitantes de ese pequeño gran universo.
Aptra se enfrentaba en medio de esos cambios a una situación incómoda. El restrictivo escenario anterior le aseguraba el control casi absoluto de lo que más parecía importarle a los organizadores: dejar bien claro a los protagonistas del mundo televisivo (especialmente a los rostros más conocidos e influyentes) que ellos y no otros debían ser reconocidos como los únicos y legítimos anfitriones de la gran fiesta anual del medio.
Hoy, el Martín Fierro sigue contando cada año con una única pantalla de TV para su difusión oficial, pero los detalles de la ceremonia se reproducen al instante en las miles de pequeñas pantallas que circulan alrededor de las mesas, activadas desde un ejército de celulares inteligentes.
La fiesta anual más importante de la televisión argentina hoy se reduce a eso: a la módica ambición de registrar desde el celular a los famosos. Sus rostros, sus movimientos, sus anécdotas, sus saludos, sus comentarios. Pero no hay registro, desde adentro de la fiesta y también desde las cámaras que transmiten la ceremonia a los hogares, de momentos vistosos, cuadros especiales o presencias estelares que ayuden al público a revivir todo un año de vida televisiva.
¿Por qué una fiesta que sigue siendo vista por una audiencia muy considerable resulta cada año más pobre y aburrida que el anterior? Entre otras cosas, porque los organizadores, resignados a que hoy todo el mundo se apropie en tiempo real de las imágenes del Martín Fierro, se empeñan en mantener la única instancia de exclusividad que tienen a su alcance. Al dedicarse a recibir, atender, agasajar y hacer sentir bien a los famosos se aseguran un objetivo que podríamos definir como “cholulo”, pero renuncian al mismo tiempo por falta de tiempo e interés a transformar la gran fiesta de la TV en la mejor producción televisiva de toda la temporada
La gran fiesta de la televisión resulta cada año más pobre y aburrida que el anterior; renuncia, paradójicamente, a ser una gran producción televisiva

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